Communitcando

¿Cómo explicar que lo mejor de una comedia no es su estructura narrativa / cómica ni sus chistes? Es decir: ¿Cómo explicar que no es una serie sencilla de ver e interpretar? Tomemos a otra de las joyas de la nueva temporada, Modern Family. Usa uno de los formatos más famosos de los últimos tiempos y tiene una base tan clásica que casi podrías escribir un fanfic antes de ver la serie. Luego los guionistas se encargan de mejorar la premisa básica y lograr un triunfo más allá de lo trillado.

El problema, y la piedra de toque, de Community está precisamente en esa diferencia radical. Las series estudiantiles tienden a ser tinajeras, un reparto joven y aceptablemente guapo en el que no parece haber habido tanta evolución desde Freaks & Geeks hasta Glee. O desde Popular, si prefieren ser más autoconscientes. Y aquí tenemos toda una variedad de cambios con la que entretenernos, desde la localización en un Community College, que sería el equivalente de una Universidad Pública si las nuestras fueran el equivalente a un Colegio Público. La serie deja claro desde el mismo principio que a los Communitys sólo van los perdedores. Gente que no tiene los recursos, la capacidad o las ganas de ir a una Universidad Privada. Y que está más pendiente de sacar créditos de cualquier manera y conseguir un título carente de valor en el mercado laboral —algún punto en común tenía que tener con las Universidades españolas— que por formarse.

La tropa que integra la serie tiene todo tipo de edades, procedencias y trasfondo cultural. Diría que no se veía una variedad mayor desde SeaQuest pero tampoco quiero exagerar. El caso es que este extraño grupo de tirados me recuerda poderosamente al más glorioso grupo de tirados de la historia de las series: M*A*S*H.

Como en la gran comedia clásica tenemos la sensación de que los personajes están allí esperando a un futuro mejor. Defendiendo el pabellón mientras tiran de sus sueños y que son lo suficientemente maduros o están tan inevitablemente hastiados que no es tanto que no respeten la autoridad como que les da bastante igual. Ellos cumplen con lo que les dicen, circunnavegan los problemas y se dedican a los suyo. Incluso las correspondencias entre Hawkeye y Jeff o Radar y Amed podrían dar para profundos y sesudos análisis. No tengo tiempo, lo siento. Otra vez será.

Otro de los puntos fuertes de la serie es el componente lingüístico, las diferencias profundas de los personajes permiten que las frases no sean intercambiables —salvo que nos pongamos puntillosos citando algo del estilo “Pásame la sal” * — no sólo en la manera de afrontarla [algo que se puede ejemplificar con Friends: la misma frase pronunciada por Ross, Joey o Chandler sería distinta] también en las palabras elegidas o en la forma de expresarse. Britta siempre usará frases claras, cortas habitualmente, políticamente correctas y comprometidas; Jeff tirará de su labia para enredar —algo que queda claro desde el primer capítulo y a lo que dan un giro ejemplificante del clásico Gorgias / Protagoras cuando las clásicas artimañas sentimentales apoyadas en el carisma tienen que ser cambiadas a toda marcha por datos y lógica— y adaptará su forma de al vocabulario del oyente para lograr la mejor comprensión posible, está encantado de seducir casi tanto como de haberse conocido. Desgranemos rápidamente: Troy es un clásico deportista de instituto, lo suyo es el léxico sencillo y las metáforas; Shirley es marujienta y algo estereotipada, recurrirá a frases hechas y a giros y expresiones populares; Annie es la cerebrín así que será la que tenga las frases más elaboradas en su elección de palabras y la que más subordinadas —muchas veces para apoyar los rodeos propios de la inseguridad del personaje— usará de todo el reparto.

Quedan dos personajes. Pero en ellos hay que detenerse. En el primero porque el actor es más grande que su personaje; Pierce. Ya dije que eran perdedores, este es el único actor conocido y se trata de? Chevy Chase. En un registro que une sus actuaciones en el SNL con la imagen de tipo irritante, agresivo y despreciable que lleva unos cuantos años arrastrando —¿Quizá desde que logró su Banneo permanente del SNL?— su Pierce parece tener carta blanca para ser ofensivo con todo el mundo siempre presuponiendo que es incapaz de entender qué el lo que está mal. Difícil de justificar más allá del teórico tirón que Chase haciendo autoescarnio pueda tener.

El otro es, claro, Abed. Dentro de los personajes extraños que pueblan últimamente nuestra pantalla a Abed le ha tocado competir con Sheldon de una manera que sólo se puede señalar como arbitraria. Sí, los dos son raros pero Amed entiende el comportamiento humano. Quizá no todos sus formas de expresión pero si sus relaciones sociales; su interés por las artes visuales y las indagaciones hacen de él tres cosas a la vez: La Voz de los Subculturales —tremendas las citas y refenrecias con las que se mueven que van de las comedias de Hughes al poster de Cortocircuito 2 que tiene en su habitación—, El Ojo del Creador — que le permite establecer una relación con la información tipo Radar, juzga lo que va a pasar y muchas veces sabe cómo se van a mover las situaciones antes que el resto empiece a ver las jugadas—, El Señor del Cuarto MuroAbed tiene cierta tendencia a considerar su vida como una sitcom y a usar unos recursos tan meta (lingüísticos, visuales, lo que os dé la gana) que parece ser autoconsciente— lo que, todo sea dicho, le convierte en el más habitualmente apreciado de los personajes.

Así que tenemos una serie protagonizada por actores desconocidos sobre unos perdedores con que no tienen nada en común, que no cree en la bondad humana aunque suelen practicarla, con unos secundarios preparados para robar la escena a la mínima oportunidad —mención especial para el profesor de español, interpretado por Ken Jeong— y sin demasiado interés en seguir el típico hilo de trama cómica. ¿Y esperan que esto funcione? Una vez más una serie me gusta tanto que no creo que llegue a ver la tercera temporada.

* Atribuida originalmente a Mozart, otras fuentes indican que pudo haberla pronunciado Napoleón o Julio César. Lo de César no está tan claro, pero es por su manía de decir frases lapidarias en latín.


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