Repaso añejo

Si algo malo tenía la idea de repasar qué había sido de las series estrenadas durante el año 2010 —es decir, desde el 1 de Enero, en la temporada de Invierno— era el nivel casi subterráneo de este año.

La verdad es que la mayor parte de las series abiertas no merece gran comentario fuera del más puro completismo, algo que hace más meritorio páginas como The Futon Critic o libros como —por citar uno— el repaso a las Series de Televisión y Especiales del 46 al 92

Incluso centrándonos en las estrenadas y canceladas este mismo año: ¿A alguien le importa realmente que hayan cancelado ya 100 Questions, 18 to life, The Deep End, Huge, Lone Star, My Generation, Outlaw, Past Life, Romantically Challenged, The Good Guys, Son of Tucson o The Whole Truth?

Más allá de la pregunta: ¿Cómo fueron aprobadas en primer lugar? Puedo llegar a imaginar que en algún momento un loco ejecutivo pensó que Sons of Tucson podía funcionar pero si alguien es capaz de explicar cómo vendieron la idea de un departamento de policía que investiga crímenes cometidos en anteriores reencarnaciones quizá pueda conseguir algo de fe en los ejecutivos de los estudios.

Algo de enseñanza —o de reflexión— sí podemos sacar de otras siete novedades canceladas.

The Bridge es un ejemplo claro de diferencia entre países. Frente a su andadura en USA, cancelada en el tercer capítulo, este drama policial con ribetes históricos tiene garantizada una segunda temporada en Canadá. La historia, pausada y negra, casi más propia de los británicos que de los canadienses, ha tenido la fortuna de ser una coproducción, algo que le ha salvado el culo como serie, algo poco habitual pero no inédito. Quizá debiera cundir el ejemplo.

The Gates demuestra cómo la popularidad de un tema no es suficiente para mantener una serie. Con una premisa que podría ser la de cualquier libro de supernatural romance o, incluso, de una Mujeres desesperadas completamente desmadradas, que un culebrón tan típico lleno de cadáveres y personajes poderosos fracasara hace pensar que algo falló. Quizá el problema fue la cadena en que se emitió — La ABC — pero más probablemente fue la poca confianza de esta misma cadena que decidió estrenarla en pleno verano. La época de menor consumo televisivo, caracterizada por argumentos simples que se puedan seguir con media neurona y un ojo entreabierto no es la mejor elección para un intrincado plano de relaciones, muchos personajes y una amplia variedad de razas míticas.

Gravity Una curiosa comedia sobre un tema tan espinoso como el suicidio que en la cadena Starz parecía estar en su mejor elemento. Ciertamente no era imprescindible pero sí estaba realizado con ese cariño que había convertido Starz en una cadena británica en Estados Unidos. Quizá la no renovación por una segunda temporada signifique que en la televisión estadounidense hay capacidad para la innovación, pero dentro de un orden.

Persons Unknown _ Ver la evolución de este despropósito ha sido uno de los momentos más divertidos de este verano, no todos los años se asiste a la destrucción total de una serie que se va desintegrando a la vez que se permite las más locas vueltas de tuerca y los más increíbles _non sequitur, de forma que el más difícil todavía se convierta en un lema antes que en una forma de buscar y eliminar riesgos.

Rubicon Dentro de las sorpresas en la cancelación y casi dentro del terreno en el que metemos a Gravity y en el que meteremos a la siguiente serie está la no renovación para otra temporada de esta serie, auténtica oda a ver secarse la pintura y a la paranoia como campo de juegos en el que se suponía que estaba pasando más de lo que realmente pasaba a modo de una auténtica construcción de serie de culto, algo que la cadena AMC siempre se había preciado de defender pero que en esta ocasión ha servido más bien de poco. Eso le pasa por no ser co-canadiense, claro.

Terriers Y terminamos el trío de Rubicon y Gravity con esta buddie serie que ha logrado aguantar en antena en la cadena *FX con menos audiencia que un programa de La2. Si bien el resiste y vencerás funcionó a la cadena con otros títulos como The Shield o Its always sunny in Philadelphia Aquí no logró jamás que se acumulase más de medio millón de espectadores. ¿Razones para el fracaso? El creador de la serie entonó el mea culpa y señaló que quizá el canal no era el más adecuado para la serie. ¿Hemos llegado ya al momento en que un canal está tan nichificao que no deja entrar cosas nuevas? Y, ya puestos, ¿realmente el canal FX pide series tan testosterónicas como las dos citadas o su actual éxito Sons of Anarchy? Y en ese caso, ¿quién tendría que haber emitido el programa? ¿Habría funcionado en un canal de culto como AMC o ya hemos visto que eso no significa nada? ¿Y en la casa de los policiacos, la CBS, hubiera habido un público más dispuesto? Ah, los canales como modificadores de las expectativas —y las capacidades— de los espectadores, que tema tan interesante.

Unnatural History La primera serie de acción real de Cartoon Network ha durado en antena una temporada sólo. No parece que la segunda, Tower Prep, tenga un futuro mejor a la vista pero por lo menos nos enseña que CN trató de hacer algo diferente, más adulto, de las series para jovenzuelos de la Disney o de Nickelodeon. ¿Es el marcado carácter juvenil lo que ha hecho que no funcionara o el que fuera demasiado adulto para su público? ¿Se trata quizá de la apuesta por la aventura —vale, desde un punto de vista didáctico, pero aventura al fin y al cabo— lo que la ha condenado en un momento dominado por las tonterías de personajes juveniles reconocibles? ¿Cómo afectará en sus siguientes intentonas al canal?

Cómo veis las series canceladas en su primera temporada también pueden ofrecer preguntas interesantes y puntos de partida para futuras reflexiones televisivas. En cualquier caso de este año también se pueden decir cosas buenas, por difícil que os resulta creerlo, pero eso será ya la semana próxima.


Santa Celebracionidad

Oscuros dioses piden sangrientos tributos.

A nosotros nos toca soportar episodios navideños.

Por eso los Dioses Oscuros siempre están de moda.

Cuando una serie se enfrenta a un episodio navideño lo que suele hacer es rendirse. Da igual lo que crean que pueden o no hacer, o evitan sacar episodio en ese momento del año —al más puro estilo fabiano— o se deciden por uno de los tres grandes modelos de actuación:

1) Se anuncia la Navidad, problemas —domésticos casi siempre— que mantienen en jaque a los personajes hasta el final del mismo en el que gracias al poder navideño logra que se produzcan reconciliaciones y la gente se contente con lo que tiene. Típica en las sitcom.

2) Tenemos un episodios como todas las semanas pero como muestra de respeto, o porque sobraba en producción, se incluyen detalles navideños y menciones a la época del año. Suele concluir con una escena de reunión navideña entre los personajes principales. Un clásico para las dramas, especialmente los policiacos.

3) Por si fuera poco lo que se ahorran los guionistas ahorrándose inventar un capítulo con la excusa de la Navidad, encima deciden que ni en amontonar clichés se van a molestar y buscan algún clásico que —en el mejor de los casos— parodiar.

Cualquier otro acercamiento no es ya que merezca la pena reseñar sino que, directamente, merece un apartamento en Torrevieja. De hecho, creo que puedo citar el Festivus de Seinfeld y poco más.

Pero, eh, eso no significa que todos sean malos. Previsibles, tal vez, pero no necesariamente malos. Episodios como el del Armadillo Navideño, la fiesta de navidad de la Bluth Company, el señor Mojón o casi cualquiera de las navidades de la presidencia Bartlett. Y, por supuesto, Abed’s Uncontrollable Christmas.

La capacidad de sorpresa e imprevisibilidad de Community se demuestra una vez más cuando, lejos de reinterpretar esos dos hitos habituales que son Canción de Navidad o Qué bello es vivir deciden ir directos a la animación, dando una explicación consistente para el cambio de formato y la inclusión de canciones. Un paso hacia delante que demuestra los riesgos que están dispuestos a tomar en esta serie, que parece vivir siempre como si el próximo capítulo fuera el último.

El recurso de el auténtico significado de la Navidad, tan repetido en las obras de esta ambientación, funciona tan bien como excusa argumental sobre la que debatir como la increíble mezcla entre la película de Rudolph, el reno de la nariz roja y Charlie y la fábrica de chocolate. Teniendo en cuenta que en la anterior ocasión se habló de las diferencias religiosas —presentándolas como partes de los personajes que luego volverían a salir, así el que Abed sea musulman, Annie judía y Pierce pertenezca a una extraña secta budista se menciona aquí por primera vez, para luego ser explotadas en la serie regular— acordándose de añadir, además, suficientes bandos, no limitándose a la renacida Shirley sino que se permite establecer el ateísmo de Britta como un tipo de religión que se contrasta con el rechazo que en todos ellos provoca que Jeff sea —muy coherentemente— agnóstico. Y termina en una auténtica pelea en la nieve contra un grupo de matones comandado por Anthony Michael Hall que sirve, a la vez, para cumplir con el inevitable destino navideño del tipo 1 y, además, como jocoso comentario final de que la Navidad debe de estar por encima de la propia religión.

No digo que no haya habido otros grandes capítulos estas navidades, o al menos otros interesantes —pienso, por ejemplo, en el de 30 Rock que es pura clase 1 o en el clase 3 imaginativo y juguetón de Psych— pero una auténtica búsqueda de hacer algo de alguna forma original sólo se ha producido en Community y no porque no haya habido. Los clásicos episodios navideños especiales —es decir, fuera de la línea temporal y de emisión— han atacado a series más o menos en curso como Glee o como el estrambote que ha supuesto para Misfits o para los especiales que aparecen en estos días de series fuera de su momento de emisión como Eureka o Dr. Who, asunto tan habitual que incluso de Pychoville pretendían que hubiera uno. —Al menos hasta que los creadores convencieron a la cadena de que era más lógico que fuera un especial de Halloween— Demostrando así lo difícil que es lograr escaparse de estas fiestas.

Luego pasa lo que tiene que pasar y en cualquier momento aparecer un Star Wars Holiday Special.

Haber elegido sangrientos tributos.


Presente continuo

Encontrar un tema interesante sobre la televisión del que hablar no es difícil, lograrlo ya es discusión aparte. En estos momentos tenemos media docena de temas que bien merecerían el empleo de esta columna. La mayoría serán tratados en el más inmediato de los futuros, como las temáticas navideñas en las series —y, por descontado, el brillantísimo capítulo especial de Community— o algo que considero absolutamente necesario: un repaso al estado actual de las series que conocimos cuando aún eran pilotos; pero dos temas aparecen de la nada y reclaman nuestra atención.

El primero era un secreto a voces que serviría para enlazar y reflexionar sobre demasiados temas: El cierre del canal CNN + por parte de PRISA que no sólo deja en la calle a un buen número de periodistas sino que hace plantearse el sistema televisivo actual. Podríamos pasarnos la siguiente hora divagan do sobre cuál es el motivo definitivo que ha llevado a esta decisión, podríamos también reflexionar sobre la situación de la televisión en España, especialmente en lo que parece una causa-efecto excesivamente evidente: Entra Tele 5 y sale la información. Sospecho que nos vamos a aburrir de leer reflexiones, supongo que muchas se limitarán a las explicaciones fáciles para los temas complejos, como buen tema pivotal. La televisión espectáculo es barata, la información es cara, y, lo peor, el resultado en audiencia es mínimo. En realidad una parte importante del análisis es la influencia de la audiencia española y el modelo televisivo hacia el que vamos: ¿Cómo es posible que en un tiempo de fraccionamiento televisivo se esté apostando tan descaradamente por la reiteración en las cadenas? ¿No sería más lógico tratar de diferencias y diferenciarse en busca del público apostando precisamente por marcas consolidadas?

Sin embargo también en Estados Unidos la televisión informativa se ha visto engullida por la opinión espectáculo. No tanto por el tertulianismo opinativo de andar por casa que tenemos por aquí como por la necesidad de atraer espectadores no por una formavión en la información sino por el aparato que lo rodea, lo importante es más convertir el programa en algo tragable que simplemente, esperar que el espctador esté o quiera estar formado.

Pero también podría entenderse como parte del cambio inexorable de la función televisiva, la información es más inmediata en internet, la multiplicidad de fuentes y opiniones posibles sin la necesidad de una gran cadena detrás que amplifica pero también constriñe según sus duelos y sus anunciantes, ¿qué sentido tiene la televisión como difusora de información entonces? No vamos a comparar los telediarios con el NoDo, claro, simplemente preguntémonos cómo el amateurismo de la red puede estar haciendo tanta mella en la organización profesional.

El otro gran asunto reciente es la más que previsible llegada de Netflix a España el año que viene, algo tan adelantado por la rumorología como ese Amazon.es que parece que se va acercando poco a poco, y que puede ser una prueba de fuego definitiva para los tan habituales como rutinariamente aburridos debates sobre legalidad y red.

Netflix es, por si algún despistado quedara entre mis silentes lectores, una compañía que frece programas de televisión en streaming. Algo así como un canal on-line a la carta con una opción de precio fijo que es, al menos en USA, de lo más razonable. Obviamente falto tiempo para diversificarse añadiendo videojuegos, alquiler de películas e, incluso, la función propia de su servicio on-line accesible desde los televisores de nueva ola con acceso a internet. Un servicio controvertido por muchos motivos ya en USA, especialmente por priorizar al cliente que realiza menos peticiones sobre el más activo o compulsivo. Algo que podría convertir su implantación aquí en un versus inimaginablemente divertido de contemplar.

No sólo por lo que significaría para las empresas de gestión de derechos de autor —imaginen cuál— por lo reducido de las tarifas, también por la diferencia de razonamiento con el prototípico consumidor televisivo español, acostumbrado, incluso en los canales de pago, a sartenadas de capítulos, repeticiones y reiteraciones, así como a la versión alegal de los mismos en forma de acaparadores cibernéticos construyéndose una despensa para el invierno.

Habiendo crecido rodeado de gente que decidió que pagar una conexión con tarifa plana 24 horas significaba que había que aprovecharlo al máximo descargando como si fuera deporte olímpico, es difícil no sospechar de copias privadas y almacenamientos aún más masivos en cuanto se introduzca.

Unamos este último tema a la campaña que Antena 3 está desarrollando a favor del visionado en su propia web de las series de la casa. En contra de la piratería, se supone.

La actual situación de la televisión, con las cadenas generalistas a la búsqueda de nuevas formas baratas de lograr contenido popular, separándose así de las cadenas por cable que —de momento aún fuera de España— buscan tener un estilo marcado que permita una clientela fiel basada en el autoconvencimiento como target de lo que ofrecen, y mostrando este sello sobre todo en sus ficciones, hace que el divorcio entre uno y otro estilo de televisión se acentúe, tendiendo, además, a ambos resultados a hibridarse y, peor aún, contagiar por simbiosis el resto de contenido de las cadenas.

Como decía casi al inicio, muchos son los temas interesantes para el presente de la televisión. Lo difícil es que algo de lo escrito nos resulte interesante.


Morituri victurosque

Desde hace unos años he aprendido a no esperar demasiado de las novedades que van llegando. En primer lugar, porque los proyectos van mutando según se desarrollan, en algunos casos desaparecen, en otros los cambios son tan radicales que parecen contrapuestos a sus ideas originales. Las más de las veces porque después de prometérnoslas muy felices acabamos recibiendo un más de lo mismo con extra de expectativas. Como sufriente regular y pesimista recalcitrante tenía que acabar dejando de esperar algo bueno incluso de las series,

No me disgustan los zombies. Son unos bichos encantadores y he visto, la verdad, más películas con ellos como principal aderezo de lo que me parecía posible. Siempre he sido, lo reconozco, más del slasher americano y su padre italiano, el giallo, deformación por lo terrorífico del clásico relato de misterio anglosajón, que luego ha ido sufriendo mutaciones como, en fin, cualquier otro género vivo. Cuando hace unos años se presentó Harper’s Island como primera aproximación al género por parte de una serie de televisión —afirmación tan discutible como casi cualquier otra, pero no entraremos en ello por el momento— pensé que podría salir algo interesante.

No podía estar más equivocado. Harper’s Island resultó ser un desastre en todos los aspectos, internamente valdría como un catálogo de todas las decisiones equivocadas que se pueden tomar al hacer una serie: El manejo de los tempos era espantoso, el reparto de secundarios resultaba —¡a la vez!— plano y repelente, la trama hubiera tenido graves problemas en una película de ’90 minutos, imaginad en una serie que sumaba 520’, y el final, ese despropósito, acumulaba todas las posibilidades de bochorno. El único punto positivo que le veía es que cuando dentro de mucho, mucho tiempo —fue tan mal de audiencia que se terminó de emitir una semana antes en Canadá que en USA— alguien decida intentarlo de nuevo será complicado que la cague más.

De manera que cuando empezó la bola de nieve que ha acabado trayéndonos The Walking Dead parecía que el escepticismo era lo más sensato. Cierto es que la presencia en la misma de Frank Darabont, junto a la implicación del autor y la propia cadena en la que se iba a emitir —nunca se puede dar de lado la especialización según sellos que existe en las cadenas televisivas, pero ese vuelve a ser otro tema— mitigaba un poco las dudas.

Sorprendentemente —bueno, dentro de lo que cabe— la multitud de discusiones que ha causado la serie se ha ceñido al concepto de lo que debería ser la serie. Entendámonos, no al viejo “como adaptación de este cómic debería ser así“ que de eso ha habido poco, tampoco al “parece mentira la diferencia entre televisión y tebeo“ que es el punto de fricción fundamental que yo le encuentro. No. A lo que debería ser la serie y no es.

El punto de fricción tebeo vs. televisión demuestra no tanto la superioridad del primero como lo distinto que es un medio del otro hasta el punto de que teniendo cuarenta minutos semanales en fila india durante mes y medio parece imposible que se nos esté haciendo más largo que la media docena de números que aparecieron a lo largo de medio año. Ciertamente el lector de cómics tiene más aguante, especialmente al leer las recopilaciones, su disfrute de apenas media hora —aquí apelo a su simpatía, doy por hecho que nadie puede emplear mucho más tiempo en la lectura de un tomo pero sé que puedo estar equivocados, no duden en adaptarlo a sus casos particulares— se contrapone con la dificultad de estirar la historia. La forma de narrar en el tebeo es mucho más sutil, más cuidadosa y planificada, que la de la serie de televisión, más cercana a un nivel medio de la realización que nos lleva al tópico “competencia artesanal“ sin darnos cuenta. es inexplicable, para mí al menos, que con tanto material adelantado y tantas posibilidades se estire el primer volumen para cubrir la primera temporada. Sobre todo habiendo gastado parte de los cartuchos en el piloto. Una planificación diferente quizá hubiera evitado esos problemas de tedio que yo achaco a los problemas adaptativos.

Pero no. El problema, por lo visto, no está ahí. Aparentemente lo que falla en la serie es que no es lo suficientes de zombies. Que se aparta del género. Que no tiene la suficiente acción… Imagino que la culpa es mía, por poner esa cara del típico chiste sobre Hollywood y cómo el problema de Hamlet es que hablan demasiado entre los asesinatos. “Cortando un par de monólogos, metiendo unos tiroteos y un par de explosiones esto sería otra cosa.“ Cierto, pero no se compra algo para que sea otra cosa. —Bueno… —

Entiendo que alguien que no haya leído el cómic no sepa de qué va o cómo va. Imagino que es la misma sensación que tratar de explicar Buffy a alguien que nunca la ha visto. Intentar justificar la serie desde la base de una primera temporada es siempre complicado —y perder el norte en la tercera un problema crónico, pero, de nuevo, eso será otra columna— de manera que hablar sobre la evolución de una situación tensa no parece más que posible desde una comparación tan ajena como es Galáctica. El tema en sí no es que la humanidad haya sido casi borrada del universo o que haya una gran cantidad de enemigos ahí fuera listos para machacar a los supervivientes, no es tampoco que la gente tenga que improvisar en el momento y crearse una nueva casta de héroes y líderes. El problema está en que los protagonistas asuman que eso ha pasado, que es irreversible, que tendrán no sólo que vivir con ello sino, de hecho, que avanzar.

Como BSG y otras series postapocalípticas —por citar algunas recientes: Jericho, o Jeremiah que también adaptaba un cómic— la importancia no reside tanto en el momento apocalíptico, en la supervivencia puntual, como en el regreso a las estructuras, dentro de lo posible. Muchas veces las preguntas sobre lo sucedido son innecesarias, más propias de gente con curiosidad que necesarias para llevar a cabo con éxito la reconstrucción.

El problema, claro, está en que la gente también está interesada en esos momentos de cambio, en esos ataques enemigos. Las historias constructivas pocas veces tienen tanto éxito como los ataques con víctimas, y ahí los zombies tiene mucho que decir.

Si los antecedentes directos podrían ser las series mencionadas el que parece como serie de referencia zombie es completamente distinto. Dead set, nuevo ejemplo de por qué la televisión inglesa se merece un altar, demuestra en una única temporada como llevar a televisión un relato zombie. Esa es su virtud y, también, su limitación. Cierto es que el punto de partida tampoco puede permitir muchas alegrías, la situación está claramente limitada y las rutinas se aplican con notable elegancia.

¿Existe un género zombie? No, claro. Existe un monstruo tradicional, el zombie, popularmente unido a un género como el horror, adscrito más claramente al de supervivencia y que gracias a unas estructuras clichés y unos éxitos resonantes ha logrado hacerse su propio… nicho.

Pero el zombie siempre ha sido más que eso, desde sus apariciones más cómicas a sus usos como mero fondo, se ha demostrado que no es un género sino un personaje, algo que la serie recuerda pero sus espectadores no —quizá piensen también que los vampiros son Drácula y ni Blade ni Crepúsculo cuentan para ellos— con extrañas peticiones de más clichés, como si Buffy fuera peor en los —numerosos— episodios en los que no caza vampiros.

De momento ya sabemos que Darabont no cuenta con los guionistas de esta primera temporada para la próxima, que piensa ir a un estilo de guionización más cercano al británico que al americano y que habrá más vueltas. Como lector del cómic también sé que frente a un primer tomo más cercano a la clásica acumulación de clichés zombies la historia muta y se transforma. Pero lo que realmente me causa curiosidad es ver cómo se adaptarán los espectadores. No tanto en audiencia, donde está realizando unos números espectaculares en todos los sentidos —para el canal, para cable, para el género, para el grupo de interés especial, para lo que nos de la gana, vaya— como en la capacidad de aceptación y comprensión que tendrán los espectadores de lo que sucede y sucederá.

Lo que nos lleva de nuevo al principio del artículo: “Expectativas, ¿hay que ser siempre negativo?