Espoileables zonas problemáticas interneteras

El choque, junto con la tensión, es lo que suele explicar la mayor parte de problemas del mundo. Sobre todo cuando van más allá de los hechos para convertirse en un choque de opiniones. Igual que se discuten otros límites, el de la información produce olas.

Estoy hablando, por supuesto, de los spoilers, los famosos destripes que son tanto una forma inevitable de comentar y analizar un hecho como una forma de cambiar el punto de vista a la hora de abordarlo.

Hace un par de semanas tuvimos un estallido general con Juego de Tronos. No acabo de entender la popularidad de esta serie pero llevo viendo, oyendo y leyendo a gente comentarla durante años. Ya debemos estar incluso cerca de poder decir décadas. Y los giros de la trama, más o menos inesperados, siguen representando uno de los puntos candentes, capaces de desencadenar la tormenta, como suele ocurrir al menos una vez por libro en esta saga, casi siempre a un tercio del final.

Como era de esperar, estas revoluciones llevaron a la gente a querer comentar lo sucedido —con diferentes grados de detalle— en todos los medios que existen ahora para ello, lo que llevó a un choque con la gente que, por unos motivos u otros, no había visto aún el episodio pero sí quería seguir usando los medios sociales.

No sólo es un tema delicado, también tiene múltiples niveles de enfrentamiento y acaba, al final, basándose en algo tan poco habitual como el respeto por los demás y las buenas maneras. En ambas direcciones.

Es delicado porque parece un error tratar de coartar la libertad de expresión de los demás. Al fin y al cabo, esa excitación con la ficción —centrándonos en este caso, claro, podríamos hablar también de algún momento en los realities, especialmente en los dedicados a concursos—, con el producto final, es lo que ha buscado el autor. Lo que pretende provocar. Y en ese estado es lógico querer compartirlo. Opinar. Discutir. Intercambiar impresiones.

¿No se supone que es esa la finalidad de las redes sociales?

Y, sin embargo, ¿qué marca los tiempos? O, mejor dicho, los lugares. ¿Es necesario poder comentar todo en cada sitio sin preocuparse por los demás? ¿Es un ejercicio de libertad o es mear en la calle?

Otro punto es la distancia entre los medios en que se puede encontrar la obra. Cuando una obra se basa en otra anterior, la distancia entre medios se multiplica, pues podemos contar tanto el tiempo de su última aparición como de su primera versión. En el caso que nos ocupa el libro apareció en inglés hace trece años, ¿debemos atenernos a eso? Creo que la diferencia de medios y de la gente que a ellos acude debería ser suficiente para disuadir a los seguidores de uno de centrarse en el otro. Sobre todo porque es raro encontrarse a gente que tenga una cultura lo suficientemente amplia como para que no le afecte ningún intercambio de formatos. Pensemos, sin ir más lejos, en el tránsito del papel al celuloide: ¿Podemos entonces destripar impunemente el final de El juego de Ender —de próximo estreno— porque el libro original tiene casi treinta? ¿Y de El gran Gatsby? ¿ Romeo y Julieta? ¿Dónde ponemos el límite? ¿Debe la antigüedad de la publicación original —papel, película, serie…— justificar que un medio moderno sea tratado diferente? La justificación parece caer por su propio peso en cuanto consideras todos los formatos como el mismo: ¿Si vieras a alguien leyéndolo considerarías que se le puede destripar? ¿Pese a que existan versiones en otros formatos que ha podido conocer? ¿No le preguntarías por dónde va?

Sabiendo qué conocimientos previos se tienen o tanteando por dónde va se pueden mantener conversaciones. Y es que podemos plantearnos en serio preguntas como: ¿No se puede hablar de una obra sin destriparla? Es algo que yo me pregunto muy a menudo. Hace dos semanas comentaba aquí Bates Motel; como lo importante no era realmente lo que pasa tanto como la construcción y el uso de una narrativa que da por hecho el conocimiento de la obra que precede, decidí no contar gran cosa sobre las obras anteriores. Y es una decisión igual de ilógica. Porque en un medio de comunicación extenso como esta columna podría simplemente haber señalado que iba a destripar el argumento. Si hubiera sido necesario lo habría hecho.

La semana pasada hice un repaso completo al Quinto Doctor, la etapa Davison en sus tres años. Y para contarla hubo que destripar argumentos, hablar de llegadas y salidas de personajes secundarios, de muertes, villanos tras la cortina y toda una serie de sucesos que quizá hubiera sido mejor no saber si se tiene en mente ver la serie. Al menos en breve, si uno no tiene buena memoria.

Esta misma semana se ha anunciado a bombo y platillo un cambio grande en uno de los próximos episodios de Doctor Who. Algo que cambiará la serie, sin duda alguna, y que habría sido mucho mejor si no se hubiera sabido. Sin embargo se filtró. Bien por decisión propia o por estrategia de comunicación, tanto da. Igual que los concursos que avisan de cuándo han dado un gran premio haciendo irrelevante ver el resto de los capítulos porque allí no se van a dar.

Cuando salieron las nuevas películas de Star Wars se planteó la posibilidad de que hubiera gente que las viera por primera vez y en orden, de manera que la revelación en El imperio contraataca no lo fuera tanto. Claro que avisar de que hay una revelación ya predispone a que el público observe de una manera diferente.

Hitchcok es, precisamente, el que suele ser mencionado en estos casos. Tanto cuando se habla de la diferencia entre sorpresa —una bomba estalla en un maletín bajo la mesa de dos hombres que toman café— como de suspense —sabemos que en el maletín bajo la mesa en la que dos hombres toman café hay una bomba que se va a acercando a la explosión— como cuando se recuerda que pedía que no se contara el final de Psicosis porque era el único que tenía.

Aunque lo de pedir que no se revele un final sorpresa o un giro inesperado es más antiguo. Y se ha usado en escenas como la de Homer saliendo de El imperio contraataca, que es precisamente una de las escenas que podrían resumir esta discusión.

Vayámonos incluso antes: La Illiada. O Beowulf. O vuestra historia mítica favorita. Tanto da. El caso es que se siguen haciendo adaptaciones. Sigue habiendo películas, series o libros en los que la gente descubre lo que ocurrió allí. Y podemos culpar a la gente pero, la verdad, también hubo un momento en nuestras vidas en el que no lo conocíamos. Por fuerza tuvo que existir. ¿Comentarías lo que le pasa a los griegos al lado de la cola para ver Troya? Piensa que ha habido gente capaz de esquivar los espoilers toda su vida adulta, ¿por qué hacerles daño?

Un ejemplo más: la promoción de la nueva película aún en rodaje de Spider-Man ha ofrecido la posibilidad de especular sobre si se adaptaría un hecho sucedido en el cómic hace casi cuarenta años, algo que cualquier lector de la serie sabe más que de sobra —pesados como son en Marvel con ello— pero que la mayor parte de los periodistas ha tratado como un spoiler de la película, no del cómic. Es decir: no poniéndolo en titulares, no la imagen en carruseles, y avisando antes de que podrían revelar detalles importantes.

Ese es, para mí, el camino. Si hay que revelar algo para un análisis o una historia lo mejor es advertirlo, hacerlo desde el principio, evitar que el lector se encuentre con ello de sopetón, incluso entre las imágenes destacadas —un medio americano hacía su reseña con destripe del capítulo, usando una imagen del momento fundamental que, obviamente, era la destacada tanto en la sección de novedades como en la columna de lo más visto, todo un fallo épico—, aunque sea solo para evitar modificar la visión del damnificado.

Aunque eso nos llevaría a tres lugares distintos, siendo el primero la discusión sobre el público. Cuando uno escribe se encuentra con que no sabe a quién va a llegar. No lo sabe porque si escribes en una página no controlas quién va a leerte y si lo haces en las redes sociales no sabes quién va a compartir el contenido que tú generas, cómo lo va a hacer o quién puede acabar llegando a verlo. Incluso se puede dar que la información se apile junto a otra, formando una combinación mortal. Pero ahí ya entra la responsabilidad del que comparte: la existencia del compartidor de información modifica la idea del cuidado en la creación, cambiándola por el que debe tener el que comparta, avisando si fuera necesario del contenido de los enlaces.

Pasemos al siguiente punto principal: La responsabilidad del espoileado, su tolerancia debida. Porque también pueden ser muy mijitas. Claro que sí. ¿Cuánto tiempo pueden pasarse sin ver algo que tienen interés en ver? ¿Por qué entran donde no deben? ¿Por qué no paran de leer tras el aviso? Y aquí sólo puedo decir que, si hay un aviso y se lee, es culpa del lector; si entran donde no deben podemos discutir cómo de claro era que no debían entrar ahí; si se trata de una reseña claramente identificada será culpa suya, sin duda. Pero… ¿nos vamos a meter en el tiempo que tarda alguien? Mejor hablemos del tiempo en el que hay que ser más cuidadoso. La famosa Regla de las 24 horas durante la que guardar silencio espoileador. Sólo en los destripes. Valorar la calidad o intensidad, lo que nos gusta y otras opiniones no referidas a la trama no entrarían, claro.

Y, sin embargo, parece que se trate de incluir en este tipo de sitios en los que no deben entrar esas mismas redes sociales —aislar a una parte de la sociedad no sé yo si es lo más social que se deba hacer—. Porque se expone a meterse en medio de la comunicación de los demás. Igual que viajando en autobús o entrando en su casa, supongo. Y, por lo visto, lo correcto sería o bien darse mucha prisa en ponerse al día, participando del entrañable frenesí de consumo cultural, o bien permanecer en un agradable aislamiento social hasta haber cumplido. Aunque esto deja bien claro que en ese choque de esferas de conocimiento hay quien aboga por la exclusión social de aquellos menos informados que ellos.

Como decía antes, el estudio del comportamiento con los destripes podría servir para examinar la propia comunidad, sus relaciones de solidaridad y hasta qué punto esta existe o es sólo impostada.

Pero hablemos de la última parte, las maneras en que la percepción se ve modificada. Decir que pasa algo concreto y citando a qué personajes es, sin duda, la más clara. Citar lo sucedido o los implicados es un poco menos claro. Dar a entender que pasa algo gordo o una generalización sobre los implicados, aquí ya empieza a ser menos claro. Decir, simplemente, que algo ocurre… ¿No debería ocurrir algo en todos los episodios? ¿Pues por qué habría de sonarnos raro entonces? Quizá porque, aunque no se cuente un desarrollo de la trama, si se aumenta la importancia al respecto, se crea lo que se llama hype, que debe corresponderse a algo grave, de manera que el propio hype nos advierte de que no es un capítulo normal.

Pensemos de nuevo en el choque de formatos. Lo que ocurre en una serie, o en un libro o en un cómic, puede ser algo cotidiano para sus asiduos pero ajeno para aquellos que lo ven en un nuevo formato, película, serie… De manera que alguien puede ser una muerta recurrente con cuarenta años cadáver y una importancia compleja y, a la vez, un personaje completamente vivo y fundamental. Así, si uno se sube en un formato, se encontrará con una relevancia distinta. Parece claro que si te encuentras a alguien viéndolo en el formato nuevo el tiempo que lleve la historia disponible para el público va a influir pero, ¿significa eso que si te encuentras a alguien leyendo el original vas a comentarle cómo termina?

Y, sin embargo, ¡qué locura! ¿No hay ningún medio de comunicarnos y discutir lo que ocurre en ellos? ¿No debería buscarse una manera de que podamos compartir y discutir? Pero sí que la hay: Avisando primero o dentro de las zonas habilitadas. La figura de las webs de reseñas es cada vez más popular, de manera que no debería sorprendernos saber que algunas, como el AV Club, hacen reseñas por separado para lectores del libro y para no lectores y que en las reseñas se solicita que se hable sólo hasta ese capítulo, sin referencias a lo que está por venir, o ha venido. Del mismo modo, avisar de que se va a destripar algo es el mínimo de cortesía en un foro. Cuando aún existía en internet algo llamado netiqueta y se dejaba espacio entre el aviso y el destripe. Hoy en día es algo difícil de encontrar porque la duración es menor y los destripes pueden llegar mediante un retuiteo de la parte central de un comentario extenso.

Sólo que en ese caso la culpa no es del que ha generado ese contenido sino del que lo ha compartido. Igual que si un usuario decide autoespoilearse poco puede decir o quejarse. Si te vas a leer una historia del cine y te saltas las advertencias, u obvias que el autor señala al principio que para realizar correctamente algunas partes de la crítica —pues la crítica en profundidad necesita partir obviamente de un conocimiento profundo de lo criticado— va a tener que despiezarlo, será sólo tuya la culpa de lo que descubras.

Como decía, son los menos. Pero existen. Esos mijitas que reclaman que no se hable de algo. No es lo habitual, claro, porque cuando se asume que algo es conocido —es decir, cuando no tienes el buen juicio de empezar con un ¿Conocéis…? — suele acabar con un ¡Que yo no lo sabía!.

Llegamos al momento de valorar cómo nos modifica el comportamiento al afrontar la obra. Pero, claro, ¿en qué condiciones reales vemos algo? Es casi imposible ver una ficción sin unos conocimientos previos o sin tener en cuenta los roles tradicionales y los clichés típicos. Suponemos, aunque no sabemos, un montón de cosas en función del equipo técnico y artístico que se reúne para realizarla.

Sin embargo… Se suele decir que una obra gana en matices porque con cada visionado puedes centrarte en cosas distintas. También que la persona que funciona como receptor de la misma no es dos veces la misma. Incluso si te la pones de nuevo según ha terminado la primera pasarás a ser la persona que eras al principio pero habiéndola visto una vez.

Repasemos entonces el problema del destripe en sus distintos aspectos:

– Es, fundamentalmente, un choque de esferas de conocimiento. – Resulta también una muestra social. Una parte de la sociedad reclama que otra se autoexcluya o acepte como inevitable ese choque. – Es un asunto que trasciende formatos. Aunque, a la vez, los jerarquiza. El formato más reciente siempre facilitará el acceso de nuevas personas a esa información. El cambio o renovación del formato debe ser tenido en cuenta. – Querer hablar de ello es muy natural. Pero nada te impide, ya que vas a hacerlo, indicarlo apropiadamente. Las nuevas fórmulas de interacción social pueden minimizar estos intentos de comportarse correctamente, pero avisar nunca está de más.

Y añado para mí que ocultarse bajo la incorrecta manera de actuar de los demás es muy español pero bastante pueril.

Hablar de las buenas maneras o la netiqueta puede hacer pensar que estás loco. O que te estás introduciendo en terrenos pantanosos. Al fin y al cabo, la definición de las buena maneras es tan difusa como la de lo que es spoiler. En realidad debería quedar claro que lo haces socializando. El equivalente más cercano que se me ocurre es el del tabaco. Gente que quiere ejercer su libertad, gente que quiere que no se le moleste y la común idea de que echarle el humo a otro a la cara es de mala educación pero no esté tan claro si uno debe procurar que el viento no lleve el humo a los ojos de los demás.

Por encima de un problema de las diferencias culturales, las esferas de conocimiento, la globalización en la era de las redes sociales, al final todo acaba teniendo que ver por la preocupación que nos producen los demás y cómo decidimos relacionarnos con ellos, dónde ponemos los famosos límites que pueden molestar a los demás. Y no sabría yo si existe alguna correlación con los del humor, pero me atrevería a decir que es un asunto distinto.

Pero parece que al final todo se reduce a una cuestión de buenas maneras.