Reivindicación de la reivindicación

Hay tareas que no terminan nunca. Ese es el resumen que justifica que sigan las series. O, al menos, las que impulsa las que tratan un problema semanal. La falta de un criminal, un elemento sobrenatural o de enfermos podría poner en jaque muchas de las series más apreciadas por los espectadores. También resultaría poco creíble.

Lo sería solo cuando hay un gran mal que se persigue o una enorme tarea, descubierto el villano en las sombras, neutralizada su función, o se sustituye por otro o hay que aceptar un cambio en la forma de ser de la misma serie.

Por contra, las comedias -como las series más cotidianas- viven de los hechos improbables y las fricciones. Las personales y las amorosas. De ahí que en ocasiones se sobre-exploten esas relaciones y esas dinámicas, haciendo rotar a los personajes en enfrentamientos y emparejamientos sucesivos.

El que no parezca haber un final para las cosas no significa, sin embargo, que sea algo malo. Solo que es algo trabajoso. Ciertamente las series pierden frescura, a veces incluso se notan encerradas en hábitos y reteraciones. Algo que puede hacer pensar que a partir de la 7ª temporada no merece la pena que duren, sin entrar en que cada serie es diferente y las reinvenciones pueden ayudar -o cargarse- algo que funciona. Igual que parece que las policiacas nunca tendrán fin podemos ver cómo Seinfeld parece revivible en la actualidad. Como si los actores no tuvieran derecho a cansarse de sus personajes. Todo lo cuál no es una introducción para recordar M*A*S*H o Urgencias sino la labor de la reivindicación.

El pasado sábado en el suplemento cultural de El País escribía Boyero sobre True Detective. Sus tonterías de siempre, vaya. Que si Kevin Spacey era un desconocido cuando Seven, que si la HBO y sus series… El asunto en sí no es que Boyero desconociera a Spacey pese a que seis meses antes se hubiera estrenado Sospechosos habituales, o hubiera actuando antes en Henry & June y Glengarry Glen Ross. Tampoco es que al hablar de la HBO lo hiciera para mencionar la rutina de costumbre con Los Sopranos y The Wire. Lo importante es que ante esto sepamos y queramos continuar con la reivindicación.

Recordando esa magnífica serie de Cannell y Lupo llamado Wiseguy, emitida en España por la FORTA -aunque a Boyero se ve que no le tocó- que tenía una trama de temporada y una docena escasa de capítulos, además de las actuaciones habituales de Ken WahlJonathan Banks, contaban con unos cambios de gran parte del reparto que les permitía tener a gente como Chazz Palminteri, Tim Curry o Michael Chiklis, pero, sobre todo, una prodigiosa segunda temporada con Kevin Spacey como gran -y bastante desquiciado- villano.

O volviendo a contar una vez más que la HBO empezó a funcionar a mitad de los setenta y que para mediados de los ochenta ya tuvo sus primeras series, incluyendo la coproducción Fraggle Rock. Junto a especiales de comedia y deportivos fueron saliendo programas como El cuentacuentos -de nuevo gracias a la buena relación con Henson– y antologías como Historias de la cripta o El autoestopista. A partir de ahí fueron apareciendo comedias como las sitcoms – Sigue soñando, por ejemplo- todos ellos programas al menos estimables que precedieron a dos creaciones humorísticas magníficas como fueron El Show de Larry Sanders y Mr. Show. Dos creaciones noventeras de la HBO a las que podemos unir un primer drama inesperado, magnífico y, esta vez sí, ciertamente rupturista: OZ. En la HBO de aquella época hubo de todo, como la serie animada de Spawn o Tenacious D, una mezcla de comedia musical sobre una banda auténtica o falsa, quizá ambas. No significa que ahora no tengan cierta variedad ni que las series estrenadas a partir del 2000 no haya algunas olvidadas frente a otras más conocidas, contando incluso con la poca habitual situación de que contaran con una única temporada -de manera más que comprensible- como Lucky Louie o John from Cincinnati que aparecieron y desaparecieron mientras Flight of the Conchords o Big Love llegaban para quedarse.

Lo importante de toda esa cháchara es que no hay que dejar que el discurso habitual, que olvida y oscurece, se fije. De ahí que convenga continuar reivindicando, atrayendo atención sobre OZ o Wiseguy, recordando a la gente las producciones magníficas que desde los ’50 se han ido realizando en el medio.

El asunto del que al fin y al cabo es de lo que trata esta columna es que incluso si se lograra dar una fama y relevancia a estas series habría otras. Igual que hay actores, directores, guionistas… que merecen un poco más de foco. El problema es que ese foco no puede estar sobre todo el mundo todo el rato así que hay que ir moviéndolo.

No se trata de ser agresivo, tampoco es que esto tenga mucha más solución, pero sí merece la pena recordarlo cuando tengamos oportunidad. Como tantas otras cosas. Así quizá los discursos implantados como eso de «la edad de oro de las series» o «los años noventa en la HBO»,  fundados muchas veces en desconocimientos, desaparezcan. Que parece mentira que a estas alturas sigamos viendo discusiones sobre si hay mujeres divertidas o si el fantástico puede funcionar en televisión como si I love Lucy o las minis de Quatermass no hubieran estado en su mismo inicio.

Como he dicho en otras ocasiones, cuando comencé esta columna pensé en dedicarla fundamentalmente a la reflexión sobre lo que tenemos ahora. Tardé poco en ver que hay que dedicar tiempo también a la divulgación, porque sin despejar esas ideas preconcebidas y establecer un marco en el que moverse la reflexión podría no comprenderse de manera parcial o total.

Así pues, reivindiquemos. Y cuando tengamos algo que ya creamos suficientemente reivindicado, pongamos Roger Corman, pasemos a lo siguiente, no cerremos esa reivindicación previa ni, desde luego, combatirla. Puede que ahora parezca que Corman o Jess Franco están más asumidos. En realidad suele ser una percepción borrosa propia de los círculos en los que nos movemos -el famoso sesgo- pero mientras seguimos con ellas podemos tratar de ir un poco más allá con la siguiente ronda.

No hay que buscar atajos, esto no va a terminar nunca así que no tiene sentido tratar de acortar el camino o decaer pensando que jamás lograremos nuestro objetivo, ¡no hay un objetivo que se pueda completar! La educación no es algo que se resuelva en una sola noche o que se pueda arreglar de una vez, es un proceso continuo. Podemos conseguir distinciones y honores, por supuesto, pero la curiosidad por lo que nos gusta y las ganas de compartirlo y divulgarlo… eso ni termina nunca ni tendría sentido esperarlo.

Por eso hay que permanecer atento, reivindicando todo lo que nos parezca que lo merece. Incluyendo, por supuesto, la propia idea de reivindicación.