Del conocimiento antes que la erudición

El conocimiento es siempre esquivo. Lograr aprender algo, entender un funcionamiento o apreciar los posibles detalles -más allá de los problemas inevitables de análisis por parte del Receptor¹– precisa de un interés en la materia y de una búsqueda para verificar la realidad de lo aprendido. Vamos, que si quieres aprender cosas más te vale que siempre quieras expandirlo más y no te fíes completamente de nadie.

Viene a cuenta todo esto porque uno de los efectos colaterales del tan traído y llevado tema La edad de oro de las series de televisión es precisamente el del conocimiento en el que basar la afirmación. Y, a su vez, en una observación sobre un tipo de público adepto que parece más interesada en el dato concreto que en la capacidad de conocimiento más abstracto.

Introducción toda esta para llegar a la siguiente frase:

No es necesario tanto un conocimiento de erudito como la sabiduría necesaria para tener claros los conceptos y, sobre todo, ser consciente de la necesidad de comprobar los datos de nuestros discursos.

Puede parecer una contradicción pero no lo es. A lo largo de la vida de esta columna primero y de la web después he intentado una y otra vez dejar claro que el problema de muchas de las afirmaciones e interpretaciones, sobre todo en muchos de los libros y columnas sobre el tema televisivo que se han ido publicando, es la más que notable dejadez en la comprobación de los datos de partida. Bien sea por pasar de ellos completamente, no comprobarlos o fiarse de la memoria, hemos encontrado cosas como la falta de conocimientos para establecer lo que era la cultura participativa,  hablar de una serie fundamental confundiendo personajes y actitudes o aseveraciones locas sobre la historia de las sitcoms… artículos todos ellos que se podían haber corregido dedicándoles un poco más de trabajo, tiempo, quizá ambos. Ya, ya sé: Estamos viviendo unos tiempos en los que la precariedad de los investigadores hacen imposible producir obras de mayor calidad y blablabla. El viejo ¿Por lo que les pagan no esperarás que lo hagan mejor? que viene en parte ante la realidad de la progresiva bajada de tarifas y por otra de la idea de que la calidad se paga a parte. No partes de un estándar de calidad para ir hacia arriba y abajo en la escala sino que empiezas poco menos que de cero y a partir de eso ponte a pagar. Otro de los males de nuestro tiempo.

Pero lo que pedía en esas columnas no era que el crítico fuera capaz de dar datos concretos sino que tuviera el conocimiento de lo que hablaba -por ejemplo, que hubo más sitcoms protagonizadas por actores negros antes de El show de Bill Cosby– o que tuvieran la capacidad de mirarse los datos que estaban dando en internet -como los personajes, actores y atribuciones en Sí, Ministro– de modo que errores que son perfectamente comprensibles y que cualquiera de nosotros puede cometer, bien por existir una tradición de hablar de falsedades como si fueran hechos, bien porque a algunos la memoria nos juega malas pasadas y escribir desde allí es arriesgarse en meter la pata, se agravan al entrar en un contexto ensayístico -no digamos ya el hecho de que fuera de pago- que facilitará su uso recurrente en el futuro incluyendo la posibilidad de citas de autoridad pese a partir de hechos erróneos.

Por esto precisamente es necesaria la lectura crítica de los textos que nos llegan -incluidos, por supuesto, los de quien esto escribe- cuando somos lectores y procurar comprobar todo lo posible los datos cuando se trabaja como autor. Precisamente por eso muchas veces lleva más tiempo la labor de documentación y comprobación de fuentes y datos que la propia escritura. A veces, como ocurrió con la Giallo Lista, los datos de estreno, director, guión, etc… son difusos y contradictorios de manera que hay que acabar tomando decisiones que uno considera que pueden ser erróneas, del mismo modo que muchas veces las hemerotecas no logran despejar cuándo se estrenó una determinada serie o qué cadena emitió qué y dónde. No es un asunto sencillo ni logra siempre resultados positivos pero más nos vale hacer cuanto menos el intento.

Decía antes que no hace falta saberse la lista de comedias con protagonistas negros anteriores a El show de Bill Cosby tanto como que existieron. Puede parecer un contrasentido, pero no lo es si pensamos que son dos tipos de conocimientos separados. Por un lado tenemos el conocimiento específico que podríamos considerar como propio de la erudicción permitiendo listarlos de memoria, algo sin duda meritorio pero que no es imprescindible más que cuando llega la necesidad de demostración. Es decir, si tenemos el conocimiento de que existieron otros antes no hará falta demostrarlo enumerándolos. Cualquier conocimiento añadido es bueno y cualquier búsqueda de una ampliación de nuestro campo de interés resultará bienvenida pero la simple acumulación de datos no ha de ser tanto un objetivo en si mismo como un resultado de esas investigaciones. Precisamente porque conocer una serie de datos concretos ultraespecíficos puede resultar interesante para los juegos de preguntas o respuestas pero rara vez tiene la importancia real que una investigación competente, para comprobar datos y desarrollar reflexiones a partir de hechos concretos, puede proporcionar. Y siempre es mejor ir variando nuestras opiniones y reflexiones según los datos obtenidos que empeñarlos en cuadrarlos a martillazos.

Por tanto, no se será peor profesional de la escritura cultural por conocer menos de estos datos tanto como por no molestarse en buscarlos llegado el momento. Se puede hablar de televisión sin haber visto ni un solo episodio de I love Lucy o de videojuegos sin haber jugado jamás a Double Dragon, lo necesario es conocer la existencia de ambos títulos y su influencia posterior.

Hasta el punto de que puede suceder justo lo contrario, porque un conocimiento exhaustivo no se traduce necesariamente en la capacidad de encontrar las relaciones causales, el impacto social y cultural o las posibles interpretaciones tanto de intencionalidad autoral como del entorno que la produjo. De modo que en lugar de poder expandir el conocimiento a partir de los datos nos encontramos con el equivalente al índice de nombres y obras de un ensayo. Y es que no solo necesitamos tener bien los datos, también buscar la manera de interpretarlos.

Así que ya sabéis, mejor más pensamiento autocrítico y control de los datos expuestos cuando uno se prepara para escribir que confiar en la memoria o loar a los que pueden soltarlos como eruditos. Porque la auténtica búsqueda de conocimientos está más en replantearse lo que sabemos siendo conscientes de nuestras imperfecciones antes que en asumir las superioridades de los datos apilados.

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¹Cuando llega una información -del tipo que sea, aunque en este caso nos estemos centrando en obras culturales- el proceso de asimilación lleva a la reflexión para comprenderla, lo que puede derivar en una multitud de pequeños problemas de la que el sobreanálisis a través del prisma de nuestros propios intereses tiende a ser el más habitual. Por supuesto, eso no invalida cualquier análisis, aunque a veces diga más del receptor que de la obra. Y, por otro lado, también se puede sacar una enseñanza, no tanto de lo que la obra quiere decir -esto es de la intencionalidad autoral– como de lo que la obra ofrece en su propio contexto -es decir, aquello que ofrece como producto de una época, el famoso zeitgeist, o una corriente cultural aunque el autor lo haya hecho de manera no intencional– para llegar a una conclusión no sobre la obra en sí o su creador sino sobre el contexto del que parte. Luego ya está la posibilidad de inventarse un rollo porque te da la gana, pero ese es otro tema.


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