Lo iZombie

Terminada la semana pasada la primera temporada de iZombie, parece el momento adecuado para considerarla como un todo. No solo la parte que se nos ofrecía en sus inicios o ese final estupendo del otro día, sino el discurso y las partes porque, como otras tantas series, esta ronda inicial ha tenido problemas para ponerse en marcha y fricciones diversas.

Porque el juego que trata de poner en marcha es complicado, por un lado un misterio de la semana que cargue con la parte policíaca de la historia y que permite aprovechar las especiales características de la protagonista, por el otro, una trama que vaya explicando la situación de los zombies. Pero quizá conviene explicar un poco más la serie: iZombie trata sobre la doctora Olivia Liv Moore que tras un accidente pasó a ser un zombie. Cuando la conocemos -tras un brevísimo prólogo- trabaja como forense en su Seattle natal, aprovechando su empleo para proveerse de los cerebros que necesita para sobrevivir. Porque, y este es el primer asunto, si consume cerebros en una base regular puede seguir funcionando como una persona normal. Solo la delata la total falta de coloración de su cuerpo y un latido mucho más bajo. Por lo demás, se encuentra con contratiempos como que las uñas le crecen más rápido, o que tiene atrofiado el gusto, pero eso no es lo más relevante de su nueva situación zombie. Lo más relevante es que al ingerir esos cerebros de muertos recientes asume algunas de sus caracetrísticas y puede tener breves visiones de sus recuerdos, sobre todo de los más recientes. De ahí su uso para resolver esos crímenes, tras convencer a uno de los policías de la ciudad de que es medium y tiene visiones.

El problema es que ese truco es inevitablemente limitado. Frente al de Pushing Daisies de resucitar a los muertos,  el de Psych de tener falsas visiones o el de Medium de tenerlas auténticas aquí no existen muchas posibilidades alternativa a Muerto->Cerebros->Investigación de asesinato. No solo eso, exige además una capacidad interpretativa de la que su protagonista, Rose McIver, no anda precisamente sobrada. Cierto es que exigir la versatilidad de una Tatiana Maslany parece injusto, pero es que aquí estamos más lejos de los registros de Kristen Bell y sus falsos acentos y más cerca de los de Sarah Michelle Gellar, interpretando a dos gemelas en Ringer sin ser creíble ni en las escenas conjuntas. Aunque quizá el problema principal de la serie es la forma de conjugar las dos tramas.

Las dos series que sirven como referente a iZombie son Veronica Mars y Buffy. El caso de la primera es más claro dado que comparten un creador, Rob Thomas, además del hecho de que la otra creadora de la serie, Diane Ruggiero-Wright, fuera guionista de las aventuras de la detective de Neptune durante años, y la cadena que acabaría siendo su hogar final, la CW, aunque es cierto es que esta cadena saldría de la unión de la UPN (que emitió sus primeras temporadas) y la Warner (que emitió las últimas de Buffy) de modo que esa podría ser la conexión. Pero, por encima de ello, lo que toma de la segunda sobre la primera es la idea de unos bajos fondos sobrenaturales. Sí, en ambos casos existe una intencionalidad para crear un universo propio con referentes -y personajes- recurrentes, pero en el segundo hay, además, seres mágicos. Es difícil decidir si la divergencia principal entre las dos series, que en una sea un universo milenario y establecido mientras que en la otra parezca estar creándose en ese momento- es realmente un fallo, una muestra de los problemas para aceptar colocar al espectador en una premisa sobrenatural desde el primer instante, o bien un acierto, la oportunidad de mostrar cómo se crean esos tejidos que -al contrario de los superhéroicos- suelen mostrarse como ya creados.

Entramos aquí ya en un asunto que podría resultar destripe para quienes no hayan visto aún la serie. Les recomiendo, por tanto, que la vean antes de continuar o asuman que habrá cosas que podrían preferir no saber antes de verla.

Esta es una de las principales diferencias entre el cómic que lo inspira y la serie. No es hablar a la ligera dado que entre ambas casi no hay parecidos. El personaje central del cómic se llama Gwen Dylan, es enterradora, tiene una relación peculiar con estos muertos para los que realiza últimas voluntades o intenta descubrir la causa de su muerte, pero, sobre todo, vive en un mundo diferente. Un mundo en el que existen muchos seres fantásticos. Fantasmas, momias, criaturas, vampiros o were-terriers, todo es posible -y casi aceptado- allí. Precisamente este reparto mágico, que es la mayoría del reparto secundario de la serie, se pierde en su paso a televisión. Curiosamente también desaparecen las muestras de diversidad sexual -que no racial, algo es algo- del cómic. Pero, claro, Thomas aprovecha para crear su propia serie y echarle la culpa no tanto al -limitado- dinero de los efectos especiales como a la existencia de True Blood. Yo tampoco lo puedo entender más que de esa idea de construir una mitología desde el inicio.

Algo que puede tener que ver con los actores envueltos. La protagonista es, como decía antes, de recursos limitados. Su exnovio no va mucho más allá. El policía junto al que resuelve los casos -sí, en la tele necesita un policía, eso sí que no era de esperar del creador del Sheriff Lamb– no solo es el peor policía de la ciudad sino que es poco menos que un muro para resolver casos. Su familia es unidimensional hasta el punto de que de una aparición a otra pueden pasar varios capítulos sin que les importe la falta de sentido temporal, y su mejor amiga y compañera de piso es… en fin. De modo que solo su jefe-compañero-investigador de Lo Zombie y el GranMalo ponen algo de interés al elenco habitual.

En el caso de su jefe, el Dr. Ravi Chakrabarti, el motivo es fundamentalmente la gran interpretación que Rahul Kohli hace con lo poco que le dan.  En la de Blaine DeBeers, el gran villano de esta temporada, se une el interés del personaje con el buen hacer del actor David Anders, logrando componer al personaje más memorable de la serie. Precisamente el cerebro que va creando ese imperio criminal poco a poco. Algo que influye también en el problema que se invierte durante el desarrollo de la misma. De ser una serie de investigación con un toque fantástico en la que se mete con calzador las historias zombies de Liv o Blaine pasamos a una historia de fantasía urbana interrumpida inevitablemente por un caso de la semana que, además, repite una y otra vez el mismo esquema. Hasta que no llegamos a los últimos capítulos, en los que se entremezclan ambos y se prepara la próxima temporada con la aparición de un nuevo villano a manos del gran Steven Weber, la serie parece estar torpe al intentar conjugar ambas partes de la serie. Algo especialmente sorprendente teniendo Veronica Mars como referente, al menos hasta que ellos mismos reconocen que le dedican menos tiempo a la trama de misterio.

Esperemos que para la siguiente temporada hayan logrado armarlo de nuevo para que ambas cosas se conjunten porque el potencial está claro, cuando logran hacerla funcionar es realmente interesante y, aunque Thomas crea que los villanos que pasan al bando de los héroes es algo que se ha inventado ahora -¿cómo pueden inspirarse en Buffy y olvidar a Spike con lo mucho que lo canalizan? Otro misterio- el juego a tres bandas y esperemos que pronto más suena mucho más interesante que la trama de un posible antídoto que tiene incluso menos futuro que el de Las Tortugas Ninjas o tantas posibilidades como las de que El Fugitivo pillara al Hombre Manco.

Por suerte al margen de esto Thomas y Ruggiero-Wright nos dejan algunos ejemplos de su buen hacer en los fuertes paralelismos con su trabajo anterior. Si en los inicios de la temporada se nos dejaba caer que la imagen del zombie clásico y su finalidad como metáfora estaban superados ante el avance de la historia, poco a poco se nos va creando una situación metafórica nueva.

Los Zombies son Los Poderosos, los clientes adinerados de Blaine, esa clase a la que Liv pertenece de forma reticente y que se muestra cuando su madre compra en la boutique gastronómica de Blaine -porque solo Los Ricos se pueden permitir ese tipo de alimentación- y que tuvo su origen en una fiesta en un barco, una fiesta desmadrada por las drogas y el alcohol -al final sospecharé que Thomas tiene una fijación tras Veronica Mars, Party Down y ahora esto- que acabó con ella convertida en lo que es ahora y unida a un grupo que se nutre de la gente corriente. Es cierto que ella procura que esa nutrición tenga su impacto positivo en la comunidad, como si fuera la aproximación del Limousine liberal, mientras que el resto simplemente se alimenta sin pensar en la cantidad de niños sin hogar que están consumiendo. No solo eso, su corrupción zombie alcanza todas las ramas incluida la policía -aunque se nos trate de vender esa idea de Suzuki como alguien que fue un buen policía hasta que fue zombificado, algo fallido probablemente por los problemas para contar las historias y los frecuentes tijeretazos que se dan- permitiendo a los zombies manejar a sus anchas como si de los seres de Están vivos o de Society se tratara. Situación esta que permite que incluso músicos populares dentro de su universo como Lowell Tracy (un buen Bradley James) sean parte de esos zombies mientras puedan evitar pensar en aquello de lo que se nutren.  Por eso la empresa de Blaine tiene que zombificar a sus trabajadores para que sean útiles.

Veremos cómo evoluciona el símil cuando entre Weber en la trama, con su empresa amoral dispuesta tanto a vender productos que te zombifican como a quitarse las molestias zombies de por medio. Veremos también si se traza alguna línea entre su empresa y la fiesta, quizá en forma de oculto patrocinio de pruebas. En cualquier caso, tendremos que esperar a la próxima temporada para ello. Esperemos que para entonces hayan logrado poner a punto una serie con buenas intenciones pero claros problemas internos que impiden que se convierta en la gran obra que se atisba en ocasiones. Ojalá la próxima temporada podamos cerebrarlo.


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