Pobreza Obliga: El auge del ‘poverty porn’ como arma y espectáculo

Las evoluciones televisivas siempre son interesantes. Como señalaba Roseanne hace años, es difícil encontrar en la ficción televisiva ejemplo de familias de clase baja o muy baja. Incluso cuando la familia es en teoría de clase media/baja el nivel de vida mostrado en pantalla no casa con lo que se podrían permitir en la vida real. Tampoco vamos a enfadarnos por eso, al fin y al cabo los creadores no suelen darse ni cuenta o inventan extrañas explicaciones -la renta antigua en Friends, por ejemplo- para justificarlo. Pero, claro, eso era en la ficción.

Cuando llegaron los realities empezaron a sacar todo tipo de personas, comportamientos, círculos socioculturales, sobre todo si eso podía dar audiencia y dinero. De modo que parte de ellos acabaron siendo de clase baja. Pero su presencia resultó tener dos movimientos detrás, por un lado demostrar que los que menos tenían se buscaban la vida, a veces de manera poco legales, permitiendo alienarles y demostrar la ineficacia del sistema de ayudas público convirtiendo la anécdota en norma; por otro ofrecía una visión miserable que servía para regodearse en ella desde esa bonita postura de pues podríamos estar peor de lo que estamos e, incluso, esta gente nos necesita y podemos cambiar sus vidas con nuestra caridad.  Que tampoco es que sea algo realmente novedoso. En el Siglo XIX se difundió en Inglaterra el término Slum Tourism para esos grupos que descendían a comprobar las pobres condiciones materiales en las que la gente vivía, generalmente con el enmascaramiento de hacer algo luego por ellos desde organizaciones parroquiales o civiles, algo que pronto se extendió a viajar a países en vías de desarrollo para poder comprobarlo de primera mano. A partir de ahí sacar la cara oscura es algo tan popular que parece inevitable incluso en películas que no tendrían por qué, como ocurrió con Slumdog Millonarie, adaptación por parte de blancos occidentales de la obra de un indio -bien que de educación anglo-europea y miembro del cuerpo diplomático- dando alas a esas quejas. La crítica habitual es que lo que se muestra parece hecho como si no fueran más que una curiosidad turística. Los pobres como atracción.

De modo que cuando en 2008 dio comienzo una nueva crisis lo que nuestras televisiones, que se habían perdido la oportunidad de 1929, empezaron a ofrecer programas recreándose más aún en este tipo de comportamientos. No había detrás de ellos la intención de denunciar un problema y reclamar una solución como la hubo en Las Hurdes, tierra sin pan de Buñuel o en las fotografías de Dorothea Lange, James Agee o Walker Evans. De hecho, en ocasiones parecía que la idea era que la gente percibiera que el problema eran ellos, los pobres, culpables de su propia situación o acostumbrados a forzar las ayudas para seguir malviviendo. Una explicación que descargaba la responsabilidad que el sistema tenía en la situación en que se encontraban para culpar a su víctima y reforzar la idea de que si el espectador no estaba en las mismas no era por su punto de partida o por las redes de apoyo que familia y amigos podían prestarle, ni por las dinámicas socioculturales en las que se hallaba. Del mismo modo que las historias de hombre hecho a si mismo parecían reforzar la idea de que con esfuerzo se podía conseguir todo y si no lo tenías era por no haberte esforzado, convirtiendo el Partir de la nada y las Empresas creadas en un garaje en dos de los tropos más exportables y tópicos para contraponer la riqueza alcanzada.

Si hace años eran los talk shows los que mostraban a gente de clase baja desatando sus pasiones o sus comportamientos como animales en un circo, alimentando a Jerry Springer, Geraldo, Trissha Goddard o Jeremy Kyle, y tras ellos llegó el momento para lavar la imagen de los ricos con docurealities como The secret millonaire en el que se disfraza y mezcla para luego donar dinero que ayude a la gente de la zona, es decir, dinero para aquello que ha conocido directamente siguiendo esa regla de la ficción audiovisual actual de que solo lo que nos ha afectado directamente es relevante para movilizarnos en una narración. Pronto los británicos, reyes de este tipo de ideas -el sistema de clases no se quita tan deprisa de uno- idearon pronto una vuelta de tuerca para ofrecer aún más del mismo discurso con Undercover Boss, en el que un jefazo se juntaba con los curritos para descubrir los problemas de base y -en teoría- empatizar un poco con sus trabajadores. En realidad la cosa tira más hacia un lavado de imagen para empresas en el que muestran que están compuestos por gente de verdad y tienen voluntad de mejorar. No vayas a mostrar problemas propios de la gestión o el modelo de negocio, ni a señalar de que los problemas por lo poco que cobran se debe a otra cosa que no sea lograr una empresa competitiva. Mucha gente con problemas familiares y a ser posible de salud, algo con lo que la empresa no tenga que ver. Gente que esté dejándose los cuernos y se le pueda dar un bonus o subir -un poco- el nivel, que la gente vea que esforzarse renta. Y los de Relaciones Públicas echen un ojo que luego se les escapa cosas como recompensar a una empleada con un aumento de pechos y aún hay bronca.

Pero aún podían ir a más los realities. Siempre pueden tratar de ir más allá. En 2009 comenzó en la BBC la emisión del espacio de crimen real Saints and Scroungers, centrado en investigaciones sobre personas que han solicitado ayudas del estado y que al ser investigadas son repartidos entre los Scroungers, Parásitos en español, y los Santos. Si esta separación no deja claras las cosas más allá de la tendenciosa elección de términos. No solo eso, los Santos son muchas veces no los que necesitan ayuda sino aquellos -amigos, vecinos, etc…- que se la prestan. Poco después Channel 4 se sumó con Benefit Busters que proponía echar un ojo a ese sistema tanto a los que los recibían como a las instituciones que lo entregaban. Pero que ponía como motivo el enorme gasto que suponía. Esto, que en principio podría haberse visto como un inicio de lo que ya entonces estaban considerando programas de superioridad moral en los que la gente puede juzgar las vidas de los demás que han necesitado ayuda de la televisión para mantener abiertos sus negocios, educar a sus hijos, adelgazar, vestir a la moda, reformar la casa o mantenerla limpia. Programas que con la excusa de la divulgación mostraban una poco disimulada tendencia a criticar desde la superioridad o a engancharse a las emociones sensacionalistas.

Pero la indignación alrededor del tema central de este programa, sobre todo de la gente que abusaba del sistema, hizo que un creativo perspicaz oliera el negocio. En 2010 la televisión escocesa emitiría The Scheme, docureality en 5 capítulos sobre la vida de seis familias de clase baja que permitía no solo que el publico se entretuviera con sus penurias sino, además,mostrar algunos de estos procesos para beneficiarse de las ayudas públicas. La repercusión fue lo suficientemente sonada como para que el periodista Pat Kane escribiera un artículo en el que aseguraba que el programa era una variedad de porno y pronto los medios discutían no solo sobre la serie sino, también, sobre el concepto que pronto ocuparía artículos discutiéndolo.

Fue el disparo de salida a otros programas similares, desde una versión irlandesa llamada The Estate a los que seguían el estilo de esos coachs de la vida como The Fairy Jobmother, que aseguraba querer ayudar a las familias a reintegrarse al mercado del trabajo. Mientras, iniciativas que buscaban dar publicidad a algo impreciso como SleepOut, en la que CEOs dormirían por una noche en la calle, en teoría para llamar la atención al problema de los sintecho, en la práctica también para ofrecer muestras de empatía de las clases altas y, finalmente, ha servido para que cada año que se realice arrecie una discusión sobre si es poverty porn y qué finalidad no solo se persigue sino, incuso, se logra.

Mientras Benefits Britain iba mutando en formas y aspectos -incluyendo su versión Benefits Britain: 1949, una suerte de teatrillo ridículo de la pobreza trasladada a otra época- otros programas se añadían en 2013. Channel 4 se pondría a la cabeza con How to get a Council House, un programa que no se preguntaba puntos tan básicos como por qué los que solicitaban estas viviendas de protección oficial no podían pagarlas, o Skint, programa que se suponía trataba la vida de los pobres, de las clases más bajas, pero que acababa convertido en una suerte de turismo de la pobreza similar al que en España realizaría el programa Callejeros. Pero eso no significaba que la BBC no pusiera su granito con la mezcla de docureality y coaching de We All Pay Your Benefits. El incremento fue tan notable que la mosca sonaba cada vez más fuerte tras la oreja de los periódicos. Y eso que lo más fuerte estaba por llegar.

En 2014 el documental Benefits Street se convirtió no solo en todo un fenómeno televisivo sino, sobre todo, social. Channel 4 presentaba a los que sobrevivían de las ayudas estatales con un tratamiento y una presentación que reunía todos los ingredientes tanto del sensacionalismo y el morbo como de las políticas que el partido Conservador estaba llevando a cabo con sus recortes, centrándose en aquellos casos que más podían desprestigiar la existencia de las ayudas. Un machaque constante y reiterado que venía muy bien en año pre-electoral y -sobre todo- a un partido que ante el auge del ultraderechista UKIP estaba centrándose menos en los problemas y necesidades creados con los empleos que en la existencias de estos sistemas o la existencia de una inmigración a la que culpaban de los mismos. La llegada de personas de países miembros de la Unión Europea era la excusa necesaria para intentar sacar a UK de las organizaciones europeas del mismo modo que la insistencia con esos abusos parecía facilitar el camino a una ruptura con el Acta de los Derechos Humanos, para poner su  versión propia. Algo que podría parecer una conspiranoia si no fuera porque el propio Secretario de Trabajo y Pensiones, Iain Duncan Smith, sugirió que el programa y sus chocantes revelaciones estaban facilitando estos recortes.

Sirvió, además, para que acabara siendo un término casi coloquial. Ya había pasado mucho desde aquellas menciones iniciales. Se habían publicado libros al calor de la crisis que analizaban no solo las situaciones económicas, también las sociales y culturales. Probablemente el más concreto -que no el que más impacto ha logrado, ese probablemente sería el Chavs de Owen Jones, que toca el tema de refilón- sea Narrating Poverty and Precarity in Britain, conjunto de ensayos con edición a cargo de Barbara Korte y Frédéric Regard, en la se analizan las construcciones de una articulación de la pobreza como espectáculo. No son los únicos que escribirían sobre el tema. El centro de investigación sociológica The Sociological Imagination publicó un artículo sobre la coincidencia en verano de 2013 de tantos programas sobre el tema, y diversas fundaciones decidieron también alzar su voz. Así, la Social Action Research Foundation relacionó clasismo y poverty porn mientras que la Joseph Rowntree Foundation se preguntaba por los beneficiados antes la multiplicación de estos programas.

Mientras tanto, la televisión no para. En Australia la llegada de su propia versión, Struggle Street, se recibió sabiendo ya lo que se podía esperar y para dónde iban a ir los movimientos, pero no por ello con menos debate. En Reino Unido la última creación es el reality-concurso Britain’s Hardest Grafter que pone a gente en trabajos malpagados o directamente en el paro a competir unos contra otros en diversas pruebas para demostrar su valía. De momento no piden que se maten entre ellos pero las inevitables comparaciones han aparecido con tanta rapidez como las peticiones para que el canal al que se presupone voluntad de servicio público elimine esto de su programación y cese en sus intentos de convertir la tragedia de la gente en entretenimiento.  En Estados Unidos aún están intentando procesar The Briefcase, reciente estreno de la CBS en el que una familias con problemas recibe cada semana un maletín lleno de dinero. Dentro está el historial de otra familia con problemas. Ellos deben decidir cuánto les dan y cuánto se quedan sin saber que esa familia ha recibido un maletín con idéntico contenido y un dossier sobre sus vidas. La perversidad de esta versión del Prisionero Español parece creada bien por sociólogos que quieran investigar alguna extraña teoría de juegos o por aquellos adinerados señores que buscan la manera de ir allanando poco a poco en televisión la posibilidad de poner a dos vagabundos a pelear por una botella de licor. Logrando, de momento, no solo una serie de críticas furibundas sino, por supuesto, comparaciones también aquí con Los juegos del hambre.

Es difícil saber si en estos tiempos en los que se trata de vender una recuperación los que necesitan ayuda son demonizados para poder mandarlos más allá de los márgenes del sistema o directamente no computarlos para que no estropeen las cifras. Lo que sí queda claro es que la utilidad de la televisión para contar historias y crear narraciones que refuercen un discurso no debe ser minusvalorada. Puede que a España no haya llegado aún un programa similar a estos pero dada la situación actual no creo que tarde demasiado. Mientras tanto recordemos que también se puede usar para mostrar una realidad y ofrecer soluciones. Otra cosa es lo que decidan hacer desde las cadenas. Mientras tanto tendremos que seguir realizando un análisis más allá del entretenimiento que produzcan, porque para diseccionar estas vertebraciones ideológicas, ponerlas de relieve, son imprescindibles los Estudios Culturales. Quizá así logremos ver en televisión menos poverty porn todo junto y más por separado.


5 comments to this article

  1. kloikl

    on 1 junio, 2015 at 6:48 pm - Responder

    El programa más popular en la España de hace 50 años era Reina Por Un Día. Evolución ha habido, pero.

  2. Juanlu

    on 4 junio, 2015 at 5:08 pm - Responder

    Undercover Boss ya ha llegado, lo ha emitido la sexta y es bastante lamentable.

  3. E. Martín

    on 22 junio, 2015 at 9:21 pm - Responder

    Perseguido, esa joya de serie B adelantada a su tiempo…

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