Sark de Oro 2003: un 2003 lo tiene cualquiera

Un año más (y ya van cuatro) aprovecho el comienzo de año para entregar el “Sark de Oro” al libro que más me ha gustado de este año.

Comienzo con la clásica advertencia, el que quiera pasar al resumen del año que se salte este párrafo. Las listas de “Lo mejor de…” acaban siendo los resultados de la intersección de los gustos personales con los libros leídos a lo largo del año. La posibilidad de que haya aparecido un libro revelador y no aparezca en la lista puede deberse más a no haberlo leído que a criterios de selección. Recapitulando en estos años y para que quede constancia, los anteriores Sark de Oro recayeron en “El hada carabina” de Daniel Pennac, “Huérfanos de Brooklyn” de Jonathan Lethem y “Cíclopes” de David Sedaris.

Si tuviera que señalar alguna característica principal de este año, en lo que a literatura extranjera se refiere, diría que ha sido un año de re-encuentros. Todos los galardonados han presentado al menos una obra, de la misma forma que algunos finalistas (Tonino Benaquista, Michael Chabon). No ha sido un año, sin embargo de grandes sorpresas tanto como de consolidaciones. La línea “Next Generation” de Mondadori ha visto arreglarse el lamentable final del año pasado con el regreso de alguna de sus figuras claves y la presentación en sociedad de la colección 21 de DeBols!llo ha permitido hacer más accesible a alguno de los grandes popes incluso en sus reediciones (como David Foster Wallace) proporcionando más de una satisfacción, incluso cuando los trabajos rescatados hayan resultado tan decepcionantes como en el caso de Chabon.

En cuanto a la narrativa española, entre el recuerdo y la emulación, ha resultado un año bastante aburrido, apenas alguna cosilla de Lengua de Trapo (“Coda”) o algún intento postmoderno con más brío que acierto en Mondadori (“El dios reflectante”) para un año en el que se presentó un premiado correcto (“Los amigos del crimen perfecto” de Andrés Trapiello en Destino. Premio Nadal) y otro sugestivo (“El pasado” de Alan Pauls en Anagrama, Premio Herralde) frente a una gran mayoría de premios olvidables. Algunas miradas atrás y obras menores aunque destacables como “Cuentos del Oeste” de Luciano G. Egido en Tusquets.

Lamentablemente también se ha continuado con la chapuza editorial, la nerviosa Ediciones B ha logrado acumular despropósitos incluso entre sus aciertos como la publicación de “Estupidos hombres blancos” de Michael Moore o la gente de Ma Non Troppo que han logrado algunas erratas difícilmente creibles. Incluso el gran Vallcorba ha visto empañada su edición de la “Autobiografía” de Chesterton por fallos de impresión y faltas de ortografía, algo que parecía difícil de imaginar hace unos años. O el ejercicio de publicidad del “Todas putas” de Hernán Migoya, un libro bastante malo con una buena campaña. Hablando de libros malos, hay que advertir a la gente de que se parte de “Técnicas de masturbación entre Batman y Robin” por ser uno de los grandes horrores del año terminado. Pero lo peor sin duda han sido las muertes, de Augusto Monterroso a Manuel Vázquez Montalbán, los muertos han sido muy importantes este año, importantes y dolorosos.

Pero regresemos a la idea original de este texto, hablar de lo bueno. Bueno ha sido el reencuentro con el relato corto de Stephen King y Michael Marshall Smith, ambos en Plaza & Janés. Y también bueno es la publicación de “Hombres de armas” de Terry Pratchett, lamentablemente “Imágenes en acción” defraudó y “El segador” se quedó en una tierra de nadie.
Narrativa Mondadori recuperó para fortuna suya a Daniel Penca con “El dictador y la hamaca”, a Jonathan Lethem con “Cuando Alice cruzó la mesa” y a David Sedaris con “Mi vida en Rose”, todos ellos podrían haber sido finalistas en lugar de finalistas y ejemplifican el gran nivel que está teniendo la colección tras los últimos traspiés.

La colección 21 ha sido un gran regalo, no mentiré diciendo que al principio me causó inquietud por esa idea de dejar solo un relato de Foster Wallace de todos los que componían “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”, pero la selección y las obras presentadas han demostrado la existencia de un criterio. Lo peor de entre los mejores se lo lleva el dubitativo inicio de Chabon en la escritura, Palahniuk tampoco sale muy bien parado con su obra y el inclasificable Lethem hace un plato de difícil asunción, un Western Intergaláctico nuestra perfecta de sus problemas y virtudes. También autores casi desconocidos tuvieron su oportunidad y otros más alejados de esta Nueva Ola como la eterna aspirante al Nobel con “Zombie” o el músico Vinicius de Moraes pusieron la nota exótica en esta selección. Un nivel medio / alto propio de una gran colección [Apenas alguna como de Diagonal Bolsillo se puede comparar, con ese “Doble indemnización de Cain con otro título que han sacado este año] y solo lamentar que al final (por los motivos que sean, desde un replanteamiento a un Nobel de por medio) no haya aparecido el “Foe” de Coetzee (justísimo Premio Nobel de Literatura) en la colección.

Dejo ya de dar vueltas a la perdiz mareada y abro las plicas:

“Sark de Plata” al libro finalista para “Nana” de Chuck Palahniuk. Un recorrido por parte de la América mágica con una demostración de ritmo recuperado por un autor al que temía perdido. Una auténtica gozada leer esta locura sobre magia, muerte y canciones de cuna que demuestra que Palahniuk sigue vivo en algún lugar de su cuerpo. Esperemos que llegue pronto (que llegará) “Diario – Una novela” y que no se abandone en un juego de provocaciones sencillas.

“Sark de Oro” al libro publicado en 2003 que más me ha gustado para:

“La disco rusa”de Vladimir Kaminer, en DeBols!llo, colección 21.

Hay muchas razones por las que este libro puede pasar desapercibido. Su pequeño tamaño, su bajo precio y una portada horrorosa son argumentos de peso. Incluso la lectura del comienzo del libro, en el que un perplejo Kaminer nos explica como un ruso como él acabó en Alemania del Este, goteando detalles, fijando personajes y personalidades para darnos cuenta de que en la página 52 se ha producido un cambio. El libro sigue estando compuesto de breves historias, de 3 / 4 páginas en las que cuenta algo “casi cotidiano” de su estancia en Alemania, muchas veces desde su posición de emigrado y sin acabar de sentirse integrado . Es casi mágico encontrarse con unas historias tan bien definidas, sutilmente divertidas, con una ironía que sirve para perfilar y dotar de profundidad, no solo para sonreír. Un descubrimiento excelente el de esta obra y este autor, que pronto publicará otro libro, esta vez en RBA y cambiando su nombre de Vladimir a Wladimir. Si de todo el año pasado tuviera que quedarme con un libro sería con este, llámenme “adicto a los descubrimientos” o échenme en cara preferir a un desconocido frente a los consagrados, el caso es que tras bastante meditarlo he llegado a esta conclusión.

“La disco rusa” de Vladimir Kaminer es el ganador del 4º Premio “Sark de Oro”