Morituri victurosque

Desde hace unos años he aprendido a no esperar demasiado de las novedades que van llegando. En primer lugar, porque los proyectos van mutando según se desarrollan, en algunos casos desaparecen, en otros los cambios son tan radicales que parecen contrapuestos a sus ideas originales. Las más de las veces porque después de prometérnoslas muy felices acabamos recibiendo un más de lo mismo con extra de expectativas. Como sufriente regular y pesimista recalcitrante tenía que acabar dejando de esperar algo bueno incluso de las series,

No me disgustan los zombies. Son unos bichos encantadores y he visto, la verdad, más películas con ellos como principal aderezo de lo que me parecía posible. Siempre he sido, lo reconozco, más del slasher americano y su padre italiano, el giallo, deformación por lo terrorífico del clásico relato de misterio anglosajón, que luego ha ido sufriendo mutaciones como, en fin, cualquier otro género vivo. Cuando hace unos años se presentó Harper’s Island como primera aproximación al género por parte de una serie de televisión —afirmación tan discutible como casi cualquier otra, pero no entraremos en ello por el momento— pensé que podría salir algo interesante.

No podía estar más equivocado. Harper’s Island resultó ser un desastre en todos los aspectos, internamente valdría como un catálogo de todas las decisiones equivocadas que se pueden tomar al hacer una serie: El manejo de los tempos era espantoso, el reparto de secundarios resultaba —¡a la vez!— plano y repelente, la trama hubiera tenido graves problemas en una película de ’90 minutos, imaginad en una serie que sumaba 520’, y el final, ese despropósito, acumulaba todas las posibilidades de bochorno. El único punto positivo que le veía es que cuando dentro de mucho, mucho tiempo —fue tan mal de audiencia que se terminó de emitir una semana antes en Canadá que en USA— alguien decida intentarlo de nuevo será complicado que la cague más.

De manera que cuando empezó la bola de nieve que ha acabado trayéndonos The Walking Dead parecía que el escepticismo era lo más sensato. Cierto es que la presencia en la misma de Frank Darabont, junto a la implicación del autor y la propia cadena en la que se iba a emitir —nunca se puede dar de lado la especialización según sellos que existe en las cadenas televisivas, pero ese vuelve a ser otro tema— mitigaba un poco las dudas.

Sorprendentemente —bueno, dentro de lo que cabe— la multitud de discusiones que ha causado la serie se ha ceñido al concepto de lo que debería ser la serie. Entendámonos, no al viejo “como adaptación de este cómic debería ser así“ que de eso ha habido poco, tampoco al “parece mentira la diferencia entre televisión y tebeo“ que es el punto de fricción fundamental que yo le encuentro. No. A lo que debería ser la serie y no es.

El punto de fricción tebeo vs. televisión demuestra no tanto la superioridad del primero como lo distinto que es un medio del otro hasta el punto de que teniendo cuarenta minutos semanales en fila india durante mes y medio parece imposible que se nos esté haciendo más largo que la media docena de números que aparecieron a lo largo de medio año. Ciertamente el lector de cómics tiene más aguante, especialmente al leer las recopilaciones, su disfrute de apenas media hora —aquí apelo a su simpatía, doy por hecho que nadie puede emplear mucho más tiempo en la lectura de un tomo pero sé que puedo estar equivocados, no duden en adaptarlo a sus casos particulares— se contrapone con la dificultad de estirar la historia. La forma de narrar en el tebeo es mucho más sutil, más cuidadosa y planificada, que la de la serie de televisión, más cercana a un nivel medio de la realización que nos lleva al tópico “competencia artesanal“ sin darnos cuenta. es inexplicable, para mí al menos, que con tanto material adelantado y tantas posibilidades se estire el primer volumen para cubrir la primera temporada. Sobre todo habiendo gastado parte de los cartuchos en el piloto. Una planificación diferente quizá hubiera evitado esos problemas de tedio que yo achaco a los problemas adaptativos.

Pero no. El problema, por lo visto, no está ahí. Aparentemente lo que falla en la serie es que no es lo suficientes de zombies. Que se aparta del género. Que no tiene la suficiente acción… Imagino que la culpa es mía, por poner esa cara del típico chiste sobre Hollywood y cómo el problema de Hamlet es que hablan demasiado entre los asesinatos. “Cortando un par de monólogos, metiendo unos tiroteos y un par de explosiones esto sería otra cosa.“ Cierto, pero no se compra algo para que sea otra cosa. —Bueno… —

Entiendo que alguien que no haya leído el cómic no sepa de qué va o cómo va. Imagino que es la misma sensación que tratar de explicar Buffy a alguien que nunca la ha visto. Intentar justificar la serie desde la base de una primera temporada es siempre complicado —y perder el norte en la tercera un problema crónico, pero, de nuevo, eso será otra columna— de manera que hablar sobre la evolución de una situación tensa no parece más que posible desde una comparación tan ajena como es Galáctica. El tema en sí no es que la humanidad haya sido casi borrada del universo o que haya una gran cantidad de enemigos ahí fuera listos para machacar a los supervivientes, no es tampoco que la gente tenga que improvisar en el momento y crearse una nueva casta de héroes y líderes. El problema está en que los protagonistas asuman que eso ha pasado, que es irreversible, que tendrán no sólo que vivir con ello sino, de hecho, que avanzar.

Como BSG y otras series postapocalípticas —por citar algunas recientes: Jericho, o Jeremiah que también adaptaba un cómic— la importancia no reside tanto en el momento apocalíptico, en la supervivencia puntual, como en el regreso a las estructuras, dentro de lo posible. Muchas veces las preguntas sobre lo sucedido son innecesarias, más propias de gente con curiosidad que necesarias para llevar a cabo con éxito la reconstrucción.

El problema, claro, está en que la gente también está interesada en esos momentos de cambio, en esos ataques enemigos. Las historias constructivas pocas veces tienen tanto éxito como los ataques con víctimas, y ahí los zombies tiene mucho que decir.

Si los antecedentes directos podrían ser las series mencionadas el que parece como serie de referencia zombie es completamente distinto. Dead set, nuevo ejemplo de por qué la televisión inglesa se merece un altar, demuestra en una única temporada como llevar a televisión un relato zombie. Esa es su virtud y, también, su limitación. Cierto es que el punto de partida tampoco puede permitir muchas alegrías, la situación está claramente limitada y las rutinas se aplican con notable elegancia.

¿Existe un género zombie? No, claro. Existe un monstruo tradicional, el zombie, popularmente unido a un género como el horror, adscrito más claramente al de supervivencia y que gracias a unas estructuras clichés y unos éxitos resonantes ha logrado hacerse su propio… nicho.

Pero el zombie siempre ha sido más que eso, desde sus apariciones más cómicas a sus usos como mero fondo, se ha demostrado que no es un género sino un personaje, algo que la serie recuerda pero sus espectadores no —quizá piensen también que los vampiros son Drácula y ni Blade ni Crepúsculo cuentan para ellos— con extrañas peticiones de más clichés, como si Buffy fuera peor en los —numerosos— episodios en los que no caza vampiros.

De momento ya sabemos que Darabont no cuenta con los guionistas de esta primera temporada para la próxima, que piensa ir a un estilo de guionización más cercano al británico que al americano y que habrá más vueltas. Como lector del cómic también sé que frente a un primer tomo más cercano a la clásica acumulación de clichés zombies la historia muta y se transforma. Pero lo que realmente me causa curiosidad es ver cómo se adaptarán los espectadores. No tanto en audiencia, donde está realizando unos números espectaculares en todos los sentidos —para el canal, para cable, para el género, para el grupo de interés especial, para lo que nos de la gana, vaya— como en la capacidad de aceptación y comprensión que tendrán los espectadores de lo que sucede y sucederá.

Lo que nos lleva de nuevo al principio del artículo: “Expectativas, ¿hay que ser siempre negativo?


Haciéndose lenguas

Llámenlo esnobismo, deformación profesional o monomanía. No puedo dejar de pensar en el lenguaje cuando veo la tele. No sólo por la manera maravillosa en que pueden usarlo para definir personajes, situaciones y épocas; también por las nuevas y sorprendentes formas de destrozaron que idean semana tras semana.

La gente, siguiendo con el esnobismo, el pueblo llano y abrupto, tira del lenguaje que conoce en su vida cotidiana. Por eso antes hablaban sin engolamiento ni artificio y ahora, influidos por lo que ven y escuchan, repiten retóricas de baratillo vacías de utilidad y significado.

Frente al inglés BBC nosotros tenemos el español beodo, mascullado por nuestros poco vocalizantes actores y claramente desestructurado por los locutores, esos profesionales que a estas alturas son los únicos a los que se entiende todo.

Aún y con esas no parecemos haber descubierto aún la caracterización en nuestras ficciones, bien seriadas, bien magazineras, de manera que poco más que ponerle acento andaluz a los cómicos —especialmente si son secundarios, y si son clase baja mejor aún— llevamos.

Todos los demás hablan una especie de charleta madrileña tan propia de bar que no es de extrañar sea difícil encontrar una serie sin su cantina. Aunque es difícil plantearse cómo quedaría una serie con acentos, sobre todo tras ver lo ocurrido con el doblaje español de Kung Fu Hustle. Pienso en la posibilidad de, digamos, Imanol Arias poniendo acento gitano en Brigada Central y se me hiela la sangre.

Pero dejemos de lado los doblajes, dejemos también cualquier comparación con la ficción extranjera no vayamos a hacernos daño. Vayamos a la otra difusión: Los subtítulos. No ya los subtítulos alegales que corren por la red sino, incluso, los que traen —cuando los traen— las series y películas, que en ocasiones se limitan a transcribir la pista de audio en español, con todos sus problemas y errores, y en otras se permiten ser incluso más creativos. Ver Buffy en inglés con los subtítulos en español, pongamos por caso, es descubrir tres series distintas: la original, la subtitulada, y esa turbia zona gris en la mente del encargado de la traducción. Sin embargo, por negra que sea la situación —pienso en Clerks 2 — no es tanto el lenguaje propio el que se deforma como el camino recorrido desde el ajeno. Lo conseguido puede ser perfectamente válidos aunque carezca de sentido.

Pero vamos a por los otros subtítulos. Los que aparecen colgados misteriosamente por mágicos duendes en la red. Ahí sí que podemos verlo todo. Tenemos pistas sobre las formas e ideas a la hora de traducir de otro idioma, proporcionándonos horas de entretenimiento con frases y expresiones que engrandecen nuestro idioma por contagio, los subtítulos han hecho más por la difusión de americanismos que la RAE con su Panhispánico.

Traducir subtítulos debería ser una asignatura de instituto, no sólo se aprende inglés con la traducción, también se puede llegar a aprender español, desde descubrimientos como que You’re welcome no es siempre Eres bienvenido hasta la posibilidad de crearlos en inglés para series española —porque se agradecerían los subtítulos en nuestras series, en cualquier idioma— de manera que De nada no fuera traducido como Of nothing . Una buena instrucción idimática, más allá de las faltas ortográficas, permitiría comprender el significado real de la frase inglesa, en vez de limitarse a lo literal. Lo que no está reñido en absoluto con ese pintoresco —Por desacostumbrado— léxico que habla de Mariscales de campo o Jala la manija.

Piensa, silente lector, en ello. Y después dime desde hace cuanto puedes emplear correctamente en una conversación la palabra porrista.


Criterio crítico

Que no os engañe nadie, todo el mundo tiene criterio. Otra cosa es que la mayor parte de la gente lo use de manera activa. Muchas veces las decisiones que consideramos como irreflexivas o guiadas por los gustos no dejan de ser esas manifestaciones de criterio.

El problema es que, por esto mismo, se puede llegar a confundir un criterio con una opinión y, peor aún, con el ejercicio de la crítica.

El conjunto de nuestros gustos puede organizarse de muchas maneras, por eso no es extraño encontrarnos a gente que opina según ellos, usando como criterio para decidir si una película es buena la exposición dérmica que contenga, su posible pertenencia a alguna popular corriente de género o la inclusión de determinado equipo técnico y artístico. Es normal. Incluso cuando el criterio es el uso de avances técnicos o la aparición de determinados temas o iconos culturales —entendámonos: Piratas, zombies, nazis, dinosaurios… no Lady Gaga o Michael Jackson— de manera que así es como se escoge.

Existe un segundo paso en el cuál se reconoce que nuestro criterio puede ser difícil de aceptar o impopular así que la gente, culpabilizada, triste y autoderrotada, decide hacer valer al carta de placer culpable que es cuando el ser decidiente se rinde antes de intentar explicar qué es lo que le gusta dentro de lo impopular. —Y, de hecho, decide también qué es lo impopular, de manera que lo que para uno es placer culpable para otro grupo puede ser canon — Del mismo modo existe la idea de que hay gente que tiene mejor criterio —alguno habrá que diga gusto, sic— basado en su conocimiento de los resortes de la crítica.

La simple existencia de este grupo sirve como demostración de lo errada que es la frase Todas las opiniones son iguales. Precisamente los críticos tienen la obligación de poder opinar con un mayor conocimiento de causa.

Por un lado, porque es de esperar y desear que un crítico conozca una cantidad mayor de muestras de aquello sobre lo que opinan lo que les permitirá una visión temporal más completa —que, en general, servirá para establecer una genealogía de lo que se está disfrutando— así como un conocimiento de los aspectos más técnicos, la carpintería, de aquello que tiene que comentar, de manera que sabrá ver cuándo se está tapando con emoción prefabricada un agujero argumental o cuándo los criterios de dirección embarullan más que aclaran la acción demostrada.

El combo de conocimiento histórico más conocimiento técnico suele necesitar de un refuerzo en la explicación y exposición de las reflexiones derivadas de la contemplación, no sólo tiene que saberlo, también tiene que lograr que se entienda esta importancia de los logros.

Todo esto es el camino último para un enfrentamiento definitivo, Objetividad vs. Subjetividad que suele ser el gran caballo de batalla de la crítica. Normalmente se considera que la objetividad pura no existe, todo el mundo es rehén de sus opiniones, juicios y prejuicios en alguna parte de su propia capacidad crítica obviando que también el criterio subjetivo es mutante, cambiante en cada momento de visionado y con los años pues al ser lo más importante no la obra en sí sino el espectador avezado todo aquello que le cambie es susceptible de modificar su opinión sobre la obra.

“Pues vaya mierda.” Diréis.

Pues sí. Lo ideal sería que se manifestara una capacidad crítica frente a lo que recibimos o percibimos que no dejara de lado la importancia objetiva —entendida en una búsqueda de la ruptura con la influencia anterior y de su importancia posterior, en cuanto al contexto histórico, de su ejecución técnica y artística y, desde luego, de su efectividad, tema controvertido que tiende a ser olvidado: Si una película está hecha para entretener o para reflexionar y no logra de nosotros la respuesta adecuada todo lo demás dará bastante igual.— y que fuera consciente del grado en el que el criterio pesa en la valoración final.

Pero la verdad es que suele escasear ese comportamiento y esa capacidad de análisis, incluso en lo más básico, limitándose al megustismo.

Más aún, a la hora de recomendar algo, una serie por ejemplo, estos criterios serán sólo la mitad de lo que habrá que tener en cuenta, porque para decidir sobre personas hace falta algo más que un certificado de idoneidad de la obra, intervienen también los criterios propios y personales del receptor. —En minúscula, obviamente— que evita el viejo problema de recomendar algo que ha impresionado ala crítica a alguien que ni le importa ni lo valora. Eso no significa que dentro de la opinión de, pongamos, la crítica especializada, no pueda hacerse un trasvase para la gente ajena, esto es, se puede recomendar Juego de Tronos a la gente que no es muy partidaria del fantásticos si no está frontalmente contra el género —y, ya puestos, si le va el histórico sección medieval— pero será más fácil hacerlo para los fanes de la fantasía épica.

Todo esto viene a algo, aunque les cueste creerlo. Concretamente, a las reacciones de sorpresa de la gente al descubrir que el año pasado el Premio BAFTA a la Mejor Serie Dramática fue para la extraordinaria Misfits.

Cierto es que hablamos de una serie y un premio netamente británicos, que allí la tradición fantástica está respaldada por un cariño, reconocimiento y seriedad que no existe no ya en España, donde sigue existiendo un rechazo genérico a lo que va contra el realismo, sino también a Estados Unidos en donde parece perpetuarse la división entre alta y baja cultural televisiva usando precisamente estos criterios como diferenciadores.

Esa es la diferencia de Misfits con Heroes y Los Protegidos. Porque cada país tiene sus criterios.


Estadismo crítico

“El pasado más reciente se tocaba con Sí, Ministro (Yes, Minister, 1980-1988), una exitosa sátira surgida de las mentes de Anthony Jay y Jonathan Lynn y con un envidiable cast que encabezaron Paul Eddington como el ministro Jim Hacker, Nigel Hawthorne como su secretario y Derek Fowlds como Bernard Wooley, el inquietante Secretario de Asuntos Privados.”

El anterior texto pertenece al libro Una risa nueva y es un ejemplo de los problemas para el ensayo que tenemos. En estas breves líneas el autor, el teórico Alvy Singer, se las apaña para confundir el papel de Bernard Wooley (Derek Fowlds), que interpretaba al buenazo del Secretario Personal del Ministro, siempre metido entre los intentos de su jefe por hacer funcionar el estado y las maquinaciones del que, por derecho propio, era no ya inquietante sino, incluso ominoso, el rey de la función en casi todos los episodios y antagonista principal del ministro. Otra cosa es que Singer no haya considerado necesario señalar su posición como Secretario Permanente o que haya decidido que el nombre de su personaje no era necesario, sabrá Dios por qué, pero si algo se me antoja fundamental en esta serie es, precisamente, la figura conspirativa y sarcástica de Sir Humphry Appleby.

El artículo en general, una especie de selección de grandes hits que recuerda más a un listado de la Wikipedia anotado que a un intento de aproximación al género, sería en sí mismo un segundo ejemplo.

El tercero y, quizá, más claro y doloroso sería el texto del grupo cómico Vengamonjas, no tanto por el texto en sí como por lo que lo rodea. Y, sobre todo, porque el motivo de que se sepa esta historia es de los propios —y jactanciosos— autores.

Contaron cómo el sufrido coordinador, Jordi Costa, les pidió un artículo sobre las sucesivas oleadas de generaciones de cómicos del SNL y cómo había influido en la comedia. Costa considera, y así lo ha reflejado, que este programa ha sido un gran impacto en la Nueva Comedia de manera habitualmente directa. Los Vengamonjas por su parte, explicaban “La verdad es que no sabíamos tanto sobre el programa como para hacer algo enciclopédico, así que hicimos lo que nos dio la gana” y si esto les parece increíble no imaginan la alegre arrogancia con la que reconocían no tener idea del programa, haber sacado algo de información gracias a un tercero que, obviamente, ni es mencionado ni mucho menos agradecido y, en fin, haber convertido un ensayo interesante aunque breve en una pieza de ficción más o menos conseguida.

Claro que es más sencillo hacer creación que hacer investigación, claro que es difícil hacer una buena investigación, ¡¡¡por eso tiene más mérito!!!

Dentro de ese mismo libro hay piezas sobresalientes, como la de John Tones sobre el director Stephen Chow, o la del propio Costa titulada El chiste sucio que salvó a la humanidad, igual que hay notables aportaciones constreñidas por el corto espacio, como la de Absence con la comedia europea o el de Roberto Cueto sobre cine surcoreano.

Pero precisamente las dos aportaciones que dedicaban más espacio a la televisión y se iban a centrar en las más importantes influencias globales de la Nueva Comedia, en tanto que el inglés es el idioma común actual y su cultura la predominante, son las menos interesantes. Incluso sin considerar que Singer tenía que cumplir con un artículo en el que repasara a al vez cine y televisión en un espacio francamente limitado.

El resumen inevitable es que algo falla. Puede ser la consideración de la televisión, o su popularidad, la dificultad de tener un conocimiento real o de realizar una investigación competente, el caso es que los ensayos sobre la misma parecen reducirse a títulos monotemáticos centrados en una serie, bien de las llamadas de culto como los volúmenes que Errata Naturae ha dedicado a Los Sopranos y The Wire o a títulos que pretendiéndose de culto realmente están más cerca del éxito de masas, títulos muchas veces surgidos a raíz de ese mismo éxito instantáneo con más de descripción e inventario que de análisis.

Si vemos las actividades centradas en las series de televisión veremos que suelen limitarse a la emisión de capítulos y a realizar alguna charla / coloquio posterior, generalmente con alguno de los creadores que explica amablemente al público el cómo se hizo o relata alguna divertida anécdota surgida en el proceso de realización. Teniendo en cuenta el nivel de preguntas e intervenciones del público tampoco es que podamos sorprendernos en exceso. Resulta raro que esas pequeñas jornadas, normalmente más cercanas a un mercado de derechos o a una celebración de autobombo de algún canal, se preocupen no ya por desarrollar una visión crítica sobre lo que se ha visto sino, incluso, por publicar alguna conclusión.

Mientras esto no cambie, mientras no exista un interés por realizar una pieza seria y, más aún, mientras los colaboradores se crean con la capacidad de entregar cualquier cosa, es difícil que lleguemos a entender, comprender y mejorar lo que nos echan en la tele.

Tan necesario como hacer, de cuando en cuando, un poco de crítica sobre la crítica.


Hilarante desgracia

El humor. Sus resortes, la forma de organizar el gag para que tenga efectividad cómica, la manera de enredar con los diálogos. Todo lo que acaba conduciendo al humor, incluso a la sonrisa, risa o carcajada. Toda la premeditación en busca de un efecto y, un buen día, descubrimos que hay series que logran ser divertidas sin siquiera proponérselo, no porque sean naturalmente graciosas sino porque tienen de su parte la comicidad involuntaria.

El viejo y estúpido Es tan malo que es bueno se basa en parte en esto. Normalmente, cuanto menos cuidado hay en la producción, más sencillo parece reírse de ello. La realidad es, como siempre, más compleja. Reírse de la falta de medios es de un snobismo bastante triste, sobre todo porque si algo está más que demostrado —especialmente por parte de los ingleses— es que se pueden realizar buenas series con los celebérrimos cuatro duros.

Normalmente el humor involuntario se produce por el procedimiento conocido —o definido— como choque de trenes. Un guión excepcional con malos actores, una trama absolutamente ridícula ejecutada con extrema seriedad, la asunción como lógico y sensato de los más insospechados planes locos… el contraste, la ruptura, es lo que provoca la risa. Por eso hay tan pocas comedias que logren ser involuntariamente cómicas; más aún, los recursos de choque en estas comedias, como usar material claramente de derribo para confeccionar el guión o el atrezzo tienden a hacer más aburrido lo que ves por la demostración de voluntariedad en mostrarse como patético y conmiserable —Y no me refiero a la RAE en esta ocasion—.

Cierto es que un profesional competente puede elevar un algo el nivel general de un desastre; este mismo año William Shatner se ha convertido no sólo en el centro de su propia serie, sino en único flotador de la misma, que, a la vez, tiene una media de once millones de espectadores. Mientras, sucesos paranormales como el éxito de Todo el mundo quiere a Raymond antes o de Dos hombres y medio ahora nos demuestran que, en realidad, lo que hace reír a la gente no puede ser claramente calculado. De ahí los bajos ratings que llevaron a la cancelación a Arrested Development o que pueden poner en aprietos en cualquier momento a Community.

Mientras tanto, en España, se daba el fenómeno al completo; una serie de humor que no hace gracia como Las chicas de oro se contraponía a una serie seria —queremos suponer— como aquella en la que está pensando mi silente lector desde que empezó esta columna. Nuestro propio y especial Primavera para Hitler demostrando que el éxito se puede sacar incluso del desastre.

Uno de los asuntos más controvertidos con respecto a la comicidad involuntaria es que, de hecho, pueden ayudar a seguir adelante a una serie. O dotarla de cierta pátina de producto de culto. Digamos que, mientras que Los vigilantes de la playa se recordará por unos motivos (cof), su feto gemelo Los vigilantes de la noche tendrá un puesto sólo gracias al absoluto desastre que representaba.

Cop Rock o My mother the car lograron esta relevancia, esta infamia gozosa que sirve para perpetuar el nombre más allá de la tradicional desaparición por la apisonadora de series.

Entre los estrenos recientes, pocos más alocados que Outlaw, una serie de abogados que reunía la premisa estúpida, las sobreactuaciones y los personajes trazados como caricaturas, todo ello sobre guiones que hubieran sido perfectamente normales en casi cualquier pseudoprocedimental de la rama legal.

Aunque el más perfecto ejemplo de este año, que merece más aún que la consideración de culto, lo ha proporcionado la espiral cómica de dolor de Persons Unknown, magnífica caricatura involuntaria de las series tras la desaparición de Lost, que usaba el viejo esquema de avanzar recto hacia el abismo para salvar los problemas a sus espaldas. Algo que acabó convirtiendo en complicado seguir los episodios —la cadena llegó a emitir uno sólo por internet mientras el último fue, alternativamente, dos episodios, uno doble, uno que condensaba los dos y, al final, viendo que no merecía la pena, los dos uno detrás de otro—, pero que proporcionaba una auténtica munición de risas.

El esquema argumentativo general, con un grupo de personas raptadas y encerradas en un pueblecito fantasma y dos periodistas en el exterior investigando la trama, pronto se mostró más cercano a un programa de sketches que a esa especie de mezcla entre El Prisionero con los de la isla que traban de vendernos. Si dentro del poblado lo mismo construían un túnel de escape en plan mineros —casi una alusión directa a Top Secret —, que lograban quemar hasta reducir a un esqueleto a una persona echándole encima aceite caliente e, incluso, creaban su propia rutina cómica con la frase Si vuelves por aquí otra vez, tendré que matarte, funcionado en espejo con los de fuera, que tenían su propio encuentro muletillesco en Si sigues investigando tendré que matarte y sus grandes gags como la irrupción en una recepción disfrazados de religiosos, la muestra de periodismo de raza que es una búsqueda de Google impresa y, mi favorito, el encuentro con una mujer recluida en un pabellón psiquiátrico casi al aire libre que llevaba una camisa de fuerza porque solía arrojarle heces a la gente que se le acercaba y que pide a cambio de su información un churro —aclaremos: el dulce—.

Si antes otras series han logrado sobrevivir, pese a la fuerza de esta comicidad involuntaria —recordemos los inicios de 24 o Smallville—, añadiendo un ingrediente extra que sirviera como redentor de lo tronado del asunto, el fallo en estas series o el abrazo directo a una forma particular de enfrentarse a la coherencia interna, hace saltar desde el más que probable uso de tics cómicos que permiten con tranquilidad un Juego de beber hasta la cancelación.

Porque, en fin, si el humor es algo que es muy serio, cuando algo muy serio es humorístico, por su propia seriedad resulta imposible que se lo tomen en serio. Y una vez te han tomado a pitorreo sabes que te recordarán, sí, pero también que tienes los días contados.


Tres HallPOWeens

Hablaba la semana pasada de cómo se prepara la televisión para celebrar la que es una de las principales festividades argumentales del año.

Este año ha habido un menor espíritu que en ocasiones anteriores así que hemos sufrido un sinnúmero de episodios poco inspirados que se limitaban al combo disfraz + fiesta. Y no digo que no fueran buenos episodios de por si. La cada día mejor Raising Hopse, por ejemplo, se marcaba un episodio con varios niveles realmente divertido. Excepto porque podrían haberlo ambientado con sólo un par de cambios en Navidad, San Valentín o El Día de la Marmota.

Por suerte siempre se puede contar con las buenas series para darle una vuelta al asunto y, una vez visto lo emitido esta semana, mostrar una imagen completa usando sólo tres series. Series que han reflejado la festividad de manera que sólo en ella es posible, que han mostrado aspectos que sólo existen en este festivo y que, en fin, han demostrado con este episodio también sus grandezas y flaquezas.

Empecemos por el final: GLEE! Un capítulo prometedor en una temporada espantosa que sufre del Síndrome de la Tercera Temporada de avanzar como pollo sin cabeza pese a no haber llegado aún más que al capítulo sexto de la segunda. Aquí decidieron atacar Halloween desde el punto de vista musical y, más aún, de un musical. Y escogieron el que más de culto podría resultar: Rocky Horror Picture Show El problema es que no se limitaron a repetirlo, ni se atrevieron a condensarlo, ni fueron capaces de integrarlo. Ver este capítulo es como asistir a un maratón de Grandes Golpes, sabes que hay gente haciéndose daño y que no sacarás nada de provecho pero aún así resulta tan fascinante que no puedes apartar la mirada tratando de adivinar cuál será el próximo desastre y qué oculto mecanismo puede permitirlo. La timorata trama de este último episodio acaba con el profesor reconociendo que Sue tiene razón —algo que según avanza la serie parece más claro— y que en realidad hacer el RHPS nunca fue buena idea, a continuación terminan el capítulo haciendo una representación privada. ¿Cuál es el sentido? No sólo no es capaz de justificar moralmente lo que ha estado haciendo, además lo lleva adelante sin explicar nada sobre la obra y, más aún, recomienda no hacerla por algo que ellos mismos están haciendo de una forma tan irónicamente meta que parecería una burla si fueran capaces.

En segundo lugar tenemos Modern Family que sigue fiel a su idea de tres líneas argumentales, todas destinadas a confluir en Halloween. Siendo la festividad el tema de fondo se pueden permitir que una de ellas no esté centrada en ella, que la segunda sea un embrollo clásico que necesita de la festividad para entenderlo y que la tercera vaya entreverada con la fiesta. La reivindicación de Halloween como festivo disfrutable, como momento de lúdico disfrute del terror, fiesta enloquecida y chalada, es de agradecer. Completamente complementaria con la explicación de Sue en GLEE! sobre el miedo, esta doble argumentación a favor de la fiesta al casi principio y casi final del capítulo es toda una declaración de intenciones que, sin embargo, no elimina lo que tiene de formulaico y de —agradablemente— familiar, casi, incluso, reclamándola no como una festividad infantil de dulces o un asunto tardolescente de alcohol y trajes de guarrilla.

Lo que nos lleva al tercer punto de vista, el de Community. Una serie en la que pueden hacer, literalmente, lo que les de la gana, que entra en su scope. Da igual una visita al zoo o un especial sobre la caza de mamuts, lo brillante de la forma en la que está concebida y estructurada la serie es que dentro del aparente caos surrealista existe una fórmula mutante de éxito. Gracias ala cuál el combo fiesta + disfraz se transforma en algo completamente diferente —que no pienso aclarar, mejor os la vais viendo— incluyendo tanto comentarios críticos y despiadados como enormes aciertos —el uso de la banda sonora es por cruel irreprochable— y un punto de vista poco habitual en la televisión, el de la fiesta que pasa a celebrarse desde dentro. El capítulo se convierte en algo que podría ser una película de género y, por tanto, perfecta para el día.

Podríamos comentar, también, la forma en que las series del género como Supernatural se adaptan al asunto, ese momento en que su tema pasa a ser el tema y sólo quedan dos opciones, hacer algo diferente para celebrarlo o fingir que no ha ocurrido. Pero creo que ya he hablado suficiente por hoy, sobre todo siendo festivo, con mis silentes lectores probablemente roncantes


Extendiendo terror

Estoy seguro de que alguna vez han escuchado a una viej señora de avanzada edad quejándose de la desaparición del entretetiempo, ese periodo mágico en el que aún no habíamos pasado de una estación a otra. Más aún, seguro que alguna vez han escuchado quejas porque los humanos estamos destruyendo Primavera y Otoño y ya sólo pasamos del Verano al Invierno y viceversa.

Tranquilos, no voy a hablar de la distribución de las temporadas y las series. Si estáis pensando en los anuncios, las luces y los dulces navideños que ya rondan nuestras tiendas estáis acercandoos. Aunque no es la Navidad lo que me preocupa, es decir, estamos ya a mediados de Octubre, es lógico que la gente se prepare par algo que lleva en dos meses y pico porque como año es distinto hay que adaptarse a los cambios.

El tema es Halloween. Fiesta por la que no siento más que amor, como corresponde a cualquier celebración del susto, lo fantástico, la muerte, y más aún, la no-muerte; el problema llega cuando empezamos a tener programas y preparativos desde un mes.

No es algo que vaya a lamentar fuertemente, a mi me pones un especial Scooby Doo y me haces feliz —salvo que sea como los nuevos de imagen real, que no hay quien pueda con ellos— pero no sé si es lo más sensato empezar a hablar de especiales dos semanas antes, incluir previas de episodios, darle bombo con casi un mes, para cuando llegue el día 31 vamos a estar todos tan cansados de monstruos que lo celebraremos viendo lo más alejado al terror que se nos pueda ocurrir. Tuno negro o así.

Es complicado de explicar ese equilibrio que buscamos en lo que nos gusta, algo así como tratar de explicarle a un niño que comer chucherías está bien, pero que no sólo puedes comer sólo chucherías todo el rato. La actual situación (rellénese a elegir: social/ económica / política/ histórica/ y lo que te rondaré) favorece un aumento del humor necesario para disfrutarlo, y disfrutarlo durante más tiempo, el auge de todo lo sobrenatural, desde los vampiros gusiluz y las moñadas paranormales a la lucha por la supremacía de zombies vs. hombres lobos entra como el de los policíacos dentro de esa categoría.

El problema es que todo este ruido anterior puede quitar efectividad, y eso es algo que no puede desearse a nadie. Fíjense en cómo se había planificado el estreno de The Walking Dead para Halloween, y cómo fue filtrado semanas antes. Fíjense —o mejor, no, de hecho ¡evítenlo!— en las promesas que nos hacen del especial de Community para esta festividad o en lo de Glee. Es lógico que esté de moda, incluso en The Event se rumorea que puede haber una trama de este tipo frente a la más típica a la 24

La próxima semana podré hacer un repaso, ver cómo ha identificado cada serie el tema, qué planes han seguido —la MTv está usando la fiesta para cambiar de su dependencia a los realities por una versión similar en ficción que le permita convertirse en un canal generalista con series. ¿Recuerdan cuando se dedicaban a la música?—y cuál es el dibujo global que podemos sacar de ello. Mientras tanto vayan evitando los spoilers hasta el momento de ver sus series esta semana. A ver qué sacamos de todo esto si logramos abstraernos de todo el tiempo que lleva esto, como si no lleváramos un mes en ello, como si no fuera a terminarse en una noche.

Pero eso será el próximo lunes. Y vosotros, silentes lectores, no lo leeréis. No por la mañana. No en mitad de un puente. No después de una noche de juerga. Salvo.

Salvo que queráis continuar con la juerga viendo algunos capítulos de series de tele. No sólo el de Community, quizá también el 12 de Scooby Doo Mistery Incorporated que incluye a Harlan Ellison haciendo un cameo y a un sosias de Lovecraft mientras la malvada versión extraña de Cthulhu que se han buscado trata de acabar con ellos. Por si queréis ir preparando los primeros episodios de asunto Supernatural.


Prejuicio Orgulloso

Los gordos son más afables. El Rey es muy campechano. La natación es el deporte más completo. Los dobladores españoles son los mejores del mundo.

Así le va al mundo.

¿Han tratado de escuchar últimamente una serie extranjera doblada? Yo no. Más aún, hace ya tiempo que evito conscientemente los doblajes. Quizá les parezca una manía snob o quizá es que con los años me vuelvo —si cabe— más cascarrabias. El caso es que mi militancia anti-doblaje junto con esa tonta manía de ver las cosas en el momento que salen, en su idioma de origen, hace que tenga abandonada nuestra querida televisión.

La aparición del TDT parecía un buen momento para cambiar algunas cosas. Pero esto es como cuando poníamos Que grande es el cine y descubríamos que las películas se emitían sin posibilidad de versión original y masacradas a anuncios: Pura palabrería. No sólo el negociaco del siglo parece haber sido creado en una tira de Dilbert —aunque ese es un tema del que debería hablar en otra columna… algún día— sino que, además, la interactividad no es que brille por su ausencia, es que es incluso peor que lo que teníamos en tiempos en las autonómicas. En aquel entonces por lo menos emitían en dual casi toda la programación, aunque tuvieran los cojonazos —u ovariazos, que todo puede ser— de no subtitular casi nunca, como para verse Doraemon a pelo, vaya. —Aunque no entender a Nobita elimina mucha vergüenza ajena de esa serie— De manera que lo que podría haber sido un gran momento para que las cadenas nos dejaran tranquilos con estos doblajes últimos que estamos soportando —como todo el mundo sabe hasta Calviño la tele española era muy buena; malvado, malvado Calviño— significa que tenemos más oportunidades de desesperarnos.

Lo peor del caso es que tenemos un juego en dos partes, la primera es doble a su vez, por un lado la popularización de dobladores hizo que en un momento dado todo sonara a Friends o a Los Simpsons. La tristemente difunta Concha García Valero, la Monica de Friends tuvo tantísimo trabajo durante la primera mitad de la década que sólo Alba Solá, la Phoebe de esa misma serie, parecía que podría competir con ella. En cuanto a los chicos, Abraham Aguilar lo mismo es Sayid en Lost que Bender en Futurama o el Dr. Doofensmirtz en Phineas & Ferb hasta Ari Gold en Entourage pero siempre siendo Krusty en Los Simpsons. Incluso si estuvieran doblando siempre al mismo actor acabaríamos cansados de ellos, imaginad mi hastío al verles lo mismo para un roto que para un descosido.

El segundo problema de la primera parte —¿aún me siguen?— fue el de la creatividad, esas traducciones especialmente habituales en Antena 3 en las que te cambiaban a Dick Cheney por Jose María Aznar y se quedaban tan tranquilos. Sólo puedo imaginar que si algún día se emite Aquí no hay quien viva en USA —el original, no esa adaptación que está preparando, dicen, Sofía Vergara— las referencias a Chiquito de la Calzada las cambien por otras sobre Christopher Walken.

Como todo es susceptible de empeorar llegó la segunda parte. No sólo traducciones creativas y las mismas voces, además, se podía pasar por los matices y particularides como quien corta el cesped.

Ver My name is Earl en La Sexta con todo el acento white trash masacrado era casi tan doloroso como Veronica Mars con Weevil convertido en Piojo tal y como es emitida en Clan, sin posibilidad de cambiar, como no se podía cuando Buffy y su traducción gazapesca.

De las últimas grandes series americanas sorprende ver cómo en Modern Family han logrado que incluso actores de doblaje que suelen estar bien como el antes mencionado Abraham Aguilar —ya les dije que está en todas partes— compone un Cameron que parece salido de un chiste de maricas de Arévalo. Aunque la joya de la corona es Big Bang Theory que sufre una auténtica demolición en su todo logrando que nadie tenga una voz que se parezca remotamente a la de su actor original, a la intencionalidad del personaje o a lo que está tratando de construirse con ella.

No quiero saber qué estará haciendo esa misma Antena 3 con Glee porque lo mismo han puesto a Kurt a cantar a Rocío Jurado y hacer chistes sobre Falete y me entra pánico de sólo imaginar lo que harán con Community.

Entiendo, sí, que son personas. Que tiene un trabajo más o menos estable y que querrán comer todos los días, llevar a los niños al cole y llenarle el depósito al coche. Pero, ¿no hay otra manera?

Miren, yo les ofrezco una solución. Si hay un colectivo que realmente necesita de un buen trabajo de doblador y que facilitaría mucho el acercamiento del público es el de los actores españoles. Como es imposible que nadie vocalice peor que ellos tendrían asegurado trabajo durante años. Y si la cosa no mejora tampoco se va a notar. ¿No les parece a ustedes que salimos ganando todos?