Sark de Oro 2011 o Perdidos en el Amazon

Hace doce años, -¡ARGH!- en mis primeros tiempos de internet, acostumbrado a hacer tonterías como cualquier otro internauta primerizo decidí que, igual que otras personas en la aún novedosa Dreamers, podía convertir mi opinión en premio y elegir la mejor lectura del año.

Hoy, más de una década después, sigue siendo mi particular tradición de año nuevo. Repasar el año editorial, señalar alguna de mis lecturas y, claro, exponer cuales fueron los dos libros que más me habían gustado. Y ahí está la clave. Me da igual la importancia de los libros, la técnica con la que se realice o lo culturalmente aceptable que resulte. Yo, como único juez, soy lo más importante, y que me haya gustado, que me haya hecho disfrutar de la lectura, es lo que determina la elección.

En años anteriores el galardón fue para El Hada Carabina de Daniel Pennac, Huérfanos de Brooklyn deJonathan Lethem, Cíclopes de David Sedaris, La Disco Rusa de Wladimir Kaminer, La Mosca de Slawomir Mrozek, El Martillo Cósmico de Robert Anton Wilson , Pégate un tiro para sobrevivir de Chuck Klosterman, Las Ovejas de Glenkill de Leonie Swann, los Cuentos Completos de Connie Willis, Al pie de la escalera deLorrie Moore y  Mi Tío Napoleón de Iraj Pezeshkzad

Este ha sido otro de esos años en los que las líneas divergen, oficialmente no ha habido una propuesta que moviera el año, como mucho el éxito de El jardín olvidado que llegó en verano porque algo tenía que llenar el aburrimiento vacío. Ni siquiera la aparición de buenos títulos en las tradicionales como Solar en Anagrama o Disturbios en Acantilado. Incluso títulos poco tradicionales en editoriales de siempre, como la más que subyugante Los Poseidos de Elif Batuman en Seix Barral. Por suerte llegó Amazón a montar el taco,  haciendo interesante -llamémoslo así- el mercado electrónico. Casi ha hecho de menos que la fuerza inicial que está pillando el fantástico más épico hubiera funcionado de manera más rápida y explosiva.

Por lo demás, tranquilidad. La gente de Ático de los Libros y sus gemelos de Principal han seguido la buena senda del año pasado aunque reduciendo el número de novedades, lo que no ha quitado para que sacara El dinero de los demás y La esquina entre otras novedades. Impedimenta, Libros del Asteroide, Nórdica, Sajalín y todas las demás pequeñas son las que han sabido meterle algo de diversión a este año que termina. Las recuperaciones de unos y otros con obras magníficas como El callejón de las almas perdidas o Las vidas de Dubin en  Sajalín, La juguetería errante o Reina Lucía en Impedimenta, La gente corriente de Irlanda de Flann O’Brien en Nórdica, En el condado de Drury en 451 y el proverbial largo etcétera. A los que habrá que unir sellos pequeñajos como Contraseña o Satori. Y, por supuesto, la enorme satisfacción que ha resultado que Es Pop Ediciones se animara a recuperar a Chuck Klosterman con la completamente recomendable Fargo Rock City.

Los autores españoles no han logrado darle mucho más interés al año, la publicación de Otra dimensión de Grace Morales o la puesta al día de Tusquets con Rafael Reig o Pérez Andujar y, magnífico como siempre, Antonio Orejudo, sazonaron más que removieron el año.

Pero si algo ha logrado hacer interesante el año es la fuerza del género negro que ha aprovechado el impulso nórdico para hacer una labor de crecimiento y difusión. Como decía antes, tanto Impedimenta o Contraseña como Sajalín o Principal presentaron grandes propuestas, el mystery más british, el noir más hardboiled, y la exploración del crimen actual, cotidiano, de bajos fondos… hay un poco de todo por aquí. Si alguien merece el crédito por ir mes tras mes buscando lo mejor y más importante de todos los rincones del género, es la Serie Negra de RBA que me ha dado muchas satisfacciones este año, especialmente con la recuperaciones de Fredric Brown -Lagrimones me caen cada vez que lo pienso- y, por supuesto, El último buen beso. Durante gran parte del año ha sido mi libro favorito del mismo y, sin duda, una de las novelas detectives más interesantes y sólidas que se pudieran encontrar. Todo lo cuál nos va llevando poco a poco a lo que más os interesará -es un decir- que es la elección de los Sark de Oro.

ellunesempiezaelsabadoSark de Plata para El lunes empieza el sábado  de Arkadi y Boris Strugatski  en Nevsky Prospects.

De estos grandes autores se había ido publicando en España alguna cosilla, sobre todo en Gigamesh, pero creo que esta obra es incluso mejor que La Zona o Stalker o como toque traducirlo hoy. Al menos es la más divertida, usando la metaficción en ocasiones y en otras los clásicos resortes del género para proporcionar un reflejo deforme y lleno de humor sobre la ciencia ficción, el fantástico -género en aumento este año- y, por supuesto, la reflexión cultural cercana a la parodia y, a la vez, enormemente interesante en sus propuestas. Hasta tal punto que lo único negativo que puedo decir es que deja ganas de más y, desde luego, que no entiendo la mención a Harry Potter en la faja.

losamigosdeedditecoyleSark de Oro para Los amigos de Eddie Coyle de George V. Higgins en Libros del Asteroide.

El éxito del negro este año, de las fronteras y límites, ha servido para extender más aún el nombre de lo que se hace. No sólo con la grandísima -y gratísima- labor de la Serie Negra de RBA, también editoriales como Libros del Asteroide que tiene un magnífico historial y una brillante selección, Nancy Mitford, Robertson Davies, Angel Wagestein o Manuel Cháves Nogales, que incluye a Leo Mallet y que se ha distinguido publicando este año el caramelito del que puedo decir, con enorme satisfacción, que tiene un pequeño continente pero un enorme fondo. Historia urbana, mostrando múltiples oces alrededor de la figura central de Eddie, arremolinando a todo tipo de hampones y defensores de la ley, todo ello con un entramado constructivo, unos diálogos, una forma de presentar las escenas entre personajes y aprovecharse de las peculiaridades de la narración que convierten este libro en una clave que sirve para explicar, acercar y magnificar todo lo bueno que una novela negra puede tener.


Espejismos finianuales actuales

El repaso al año parece haberse salvado en los últimos minutos. Si yo siguiera la idea de “temporada” que empieza en Septiembre y termina en Agosto, la de 2010-2011 habría sido un vacío con unas pocas y notables excepciones. Por suerte soy de los que prefiere elegir su arbitrariedad junto a la del calendario, de manera que estos últimos meses he podido ver series que han animado el año tan soso que llevábamos.

A lo mencionado en los últimos Pilotos Deathmatch hay que unir un par más de series que se han colado de rondón en este año. Y si bien varias de ellas son perfectamente prescindibles y muy poco interesantes como I hate my teen daughter o The Exes, junto a productos tan dignos como suelen ser los ingleses, como la biografía Young James Herriot o el inicio, también inglés, de The Bleak Old Shop Of Stuff, una serie que pretende hacer sátira dickensiana desde el dickensianismo, o series que prometían más de lo que dan como la previa que se ha podido ver de Luck o The house of lies, aunque quizá ambas mejoren con el rodaje.

Así que ya sabéis de qué voy a hablar. Black Mirror, que por tres semanas ha presentado lo que no deja de ser por un lado un excelente ejercicio de sociedad ficción usando todo tipo de recursos, desde los más cercanos al fantástico de Twilight Zone al SciFi de Outer Limits, y que siendo una serie notable y mereciendo, sin duda, un puesto en el Arriba Diez de lo mejor del año, tiene en su contra tres cosas:

Su carácter antológico, que hace que no exista ni una ligazón ni, desde luego, una continuidad argumental. Ideológica, incluso temática, pero no argumental. Al fin y al cabo es algo propio de las citadas series. Aunque al final el nexo de unión siempre acaba siendo tanto la idea rectora como la forma de abordar las historias. Pero no es necesario que realice desde aquí un canto a las grandes series antológicas y su desaparición. ¿O sí? Mejor otro día esa historia.

Su segundo problema es, precisamente, la existencia de esos ilustres antecedentes. Competir, no ya contra los que hicieron historia sino contra el recuerdo que dejaron, es una imposibilidad. De la misma manera en que aquellos luchaban contra los seriales de radio y los cuentos en revistas pulp o en los cómics. Además, claro, de todos sus refinamientos a lo largo de los años. Así que cuando digáis me suena a visto ya sabéis a qué os estáis refiriendo en realidad.

Finalmente, su peor problema: Vosotros, queridos míos. Que hacéis un hype hasta del pan de molde. Si os dicen: Esta serie es buena. Parece que os váis imaginando algo con un nivel mínimo de Community —Espera, habrá, gente a la que… No, esa gente no puede existir— pero parad a considerarlo. ¿Es que ahora sólo tenemos dos puntos? O es Insuperable o es Puaj, ¿qué fue de las antiguas gradaciones? ¿Cuándo volverán los grises?

En cualquier caso: Black Mirror, con sus escasos tres capítulos, sus ilustres precedentes y todo lo que cada cuál quiera sacarle, es una de las series del año, mucho más afilada que la anterior creación de Charlie Brooker, la magnífica Dead set. Otro de esos genios salidos de The 11 O’Clock Show que marcó el cambio de siglo inglés y que se preocupa de la relación de la gente con los medios, con la televisión, con la novedad electrónica. Al fin y al cabo empezó su carrera escribiendo en PC Zone y fue copresentador, entre otras cosas, de un programa de gadgets y aparatejos electrónicos..

En la serie hay poco que se pueda decir o analizar sin desmenuzar parte de lo interesantes e, incluso, rupturistas, que son parte de su brillo, y resultaría poco interesante dar algo más que breves apuntes sobre lo que realmente parece estar diciéndonos Brooker, que la realidad se nos está desmadrando. Que el futuro distópico podría empezar en quince minutos y que las señales están ahí. Por eso su discurso es tan coherente.

Recordemos que es el autor de algo tan increíble como How to watch television? para The Art Show

Brooker es una de las personas que más tiempo puede haberle dedicado a reflexionar sobre la televisión, tanto mediante artefactos meta como sus Brass Eye — ¿ Recordáis la bronca por su programa centrado en la pedofilia? ¿No? Satirizar no la pedofilia (Que también) sino la locura amarillista de la prensa y su tratamiento apocalíptico de estas informaciones, lo exacerbado de su tratamiento; sirvió para que esos mismos medios, con el loco ultraderechismo del Daily Mail a la cabeza, atacaron duramente al programa, a su creador, Chris Morris — A quien quizá conozcáis por su papel de Denholm Reynholm en The IT Crowd o como director de la película Four Lions— o en sus críticas del medio en columnas de The Guardian primero y en un video-blog para la BBC, Screenwipe además, por supuesto de How TV ruined your life, un programa en seis partes en el que examinaba el medio, sus límites y su influencia en el comportamiento humano actual.

Como aquello era un documental tuvo menos repercusión así que, de una manera inequívocamente irónica, la aparición de este Black Mirror sirve para demostrar que a la gente le interesa más la ficción que la reflexión. Qué le vamos a hacer.

Del resto del año hablaremos un poco más, pero sólo un poco, la semana próxima. Mientras tanto id recordando dos cosas: Que lo bueno de hacer una lista a final de año es que suele dar tiempo a las series a mostrar sus cartas y que hasta que no termina el año no se debe sacar una lista de “Lo mejor del año”.


Decada noventerUSismo según

Tratar de reducir, resumir o —incluso— trazar el cambio importante que supuso para la televisión en general y para la estadounidense en concreto la década de los noventa es una locura. Por eso desde este momento reconozco que, por lograr un final en falso para las columnas históricas —en el sentido de retratar la televisión, sus series y creadores desde el comienzo mismo, no porque se haya desbocado mi siempre exultante autoestima — voy a contar en breve —reíros, cabrones, si queréis— lo que sucedió. Ya habrá oportunidades de volver en un futuro algo lejano a tratar con mayor profundidad el tema.

Tres son los cambios fundamentales que se producen, y quizá el mayor de ellos empezara a finales de la década anterior. La culpa de todo la tiene Rupert Murdoch. El magnate australiano — Mogul es una palabra tan bella —y su compinche estadounidense Marvin Davis dirigían una compañía que en 1986 dio un golpe de mano en el tablero de la televisión USA comprando una serie de pequeñas emisoras, Metromedia, un grupo independiente y desorganizado que ellos vieron como una oportunidad. Al fin y al cabo ya en los años ’50 intentaron asaltar a las tres grandes para hacerse un huequito. No lograron un éxito pero, eh, por lo menos sacaron Perry Mason a la palestra. Ahora, con estas estaciones parecia el momento ideal para volver a intentarlo. En 1985 se inició la búsqueda de un grupo de emisoras para meterse en el pastel televisivo, en el ’86 estaba cerrado ya el trato con Metromedia y se preparaba el lanzamiento del canal que aún mantenía su programación antigua, el primer programa propio fue The Late Show conducido por Joan Rivers y que, aún en un momento tan temprano en la vida del canal, daba idea de por dónde iban a ir sus apuestas.

Si la ABC era el canal de la familia, la CBS de los viej… los mayores y la NBC era el canal de los que no veían la tele entonces FOX iba a ser el canal de los diferentes: Apostarían por la diferencia en sexo, religión o etnia, apostarían muy especialmente por los jóvenes, y su tono sería cercano al sarcasmo, un humor fuerte, duro y corrosivo. Siguiendo la idea de la MTv que había convulsionado el mercado televisivo en los ochenta y con él a toda una joven generación en FOX se propusieron crear una parrilla que no dejara a al gente indiferente.

En 1987, además de la salida de Rivers tras un rocambolesco suceso¹, se puso en marcha una primera parrilla que incluía como primera serie Matrimonio con hijos y como primer programa para el primetime El Show de Tracy Ullman que dos semanas más tarde empezaba a emitir una serie de cortos llamada, ¿cómo era? Ah, sí… Los Simpson. Durante ese año llegarían también 21 Jump Street ( Jóvenes policías) junto con series menos perdurables pero no por ello menos originales como Werewolf, The New Adventures of Beans Baxter o Women in prision. El fallecido Late de Joan Rivers dio un par de traspiés en un formato llamado The Wilton North Report; mitad Weekend Update del SNL y propuestas inglesas como la gran Not the Nine O’Clock News que anticipaba el de Daily Show o el Colbert Report; que acabó siendo sustituido por un nuevo Late The Arsenio Hall Show^, conducido por el cómico negro y en el que podía dedicarse a informar sobre el SIDA y el VIH igual que a tener de invitado a Eddie Murphy o a Clinton tocando el saxofón.

Otro ejemplo sería la creación del programa de sketches del ex-SNL Damon Wayans junto con su hermano Keenen Ivory, la saga de los Wayans tiene estas cosas. El programa en cuestión era In living colour y se convirtió en el centro de una revolución de color en la que junto a los hermanos se lanzaron dos carreras importantes, la de Jamie Foxx y, sobre todo, la de uno de los dos blancos que participaban en el programa, Jim Carrey.

Jóvenes, mujeres, minorías, extravagancias en el gusto y humor fuerte, como decía la FOX apareció para convertirse en la alternativa y, como suele suceder cuando hay un tiburón como Murdoch detrás, les salió bien. A principios de los noventa dispararon rápido a los jovencitos: 90210, Melrose Place, New York Undercover y Party of Five y por pura casualidad gracias al superéxito de principios de los noventa, la FOX había decidido apostar por la loca idea de que un querido actor de serie B en una extravagancia que mezclaba western, comedia, aventuras y un poco de steampunk sería su éxito de la temporada. Lamentablemente para la carrera de Bruce Campbell su The Adventures of Brisco County, Jr. fue un pequeño fracaso cancelado en la primera temporada. Por contra la serie sobre un par de investigadores fue un éxito grandísimo. Aunque, claro, eran investigadores de lo sobrenatural.


The X-Files – intro por HatakTRAILERS

Expediente X. Su primera serie en lograr entrar el Top 20 de programas del año. A partir de ahí estaba claro que la cadena había llegado para quedarse y que alguna maniobra existía tras sus ideas de rejuvenecer y captar a la audiencia periférica.

Para finales de la década estaban establecidos y para la siguiente, con la explosión de los Realities, logró ponerse primera en 2008 en lugar de la CBS aunque llevara años siendo la primera en la franja de espectadores de 18/49 que aún ostenta. Como decíamos, tenía un plan.

El efecto más evidente es que frente a la NBC que tiende a crear programas que siguen ese viejo dicho “más inteligentes que sus espectadores”, en FOX sólo son cercanos a los diferentes, además su forma empresarial despiadada para con los débiles — No se puede hablar de FOX sin mencionar Firefly, lo pone en el reglamento— permite que haya mucha rotación de ideas extrañas de manera que cuando una funciona hace olas. La parte mala es, por supuesto, que el estar dirigida por CEOs Despiadados haga que caigan encima de ella dispuestos a devorarla. Sean Expediente X, Los Simpson, Ally McBeal, House o Glee.

Para desenterrar el siguiente pilar no debemos irnos a los años ochenta, mejor nos vamos a 1965 y la creación del primer canal de cable, es decir, al primer loco que decidió enviar las ondas por cables en lugar de por el teléfono o las microondas, en fin, conozcan a Charles Francis Dolan. Nacido en el 26 y decidido a conseguir una forma alternativa se puso a enterar cables bajo Manhattan para su estación televisiva. En los setenta pasó a las microondas y después incorporó el satélite, pero siempre innovando y buscando la forma de darle una vuelta a los conceptos televisivos, desde la emisión de combates en directo hasta codificar su señal a mediados de los ochenta para que sólo los que pagaban pudieran verla.

Dolan estaba convencido de que a la gente no le importaría pagar un poco por poder disfrutar de las emisiones de películas y series sin interrupciones, de manera que puso en marcha el Green Channel hasta lograr el apoyo de la empresa Life que pasó a ser desde el 8 de noviembre de 1972 — es decir, cumplirá 40 años el próximo Noviembre— la emisora conocida como Home Box Office. Pronto introdujeron series extranjeras y algún otro éxito como, digamos, emitir softcore entrada la noche. Lo que no significa que no añadieran programas infantiles dado que fueron los primeros en emitir en Estados Unidos la serie creada por los ingleses de la ITV junto a la CBC canadiense y nuestros chicos como coproducción con su productora directa, la HIT o Henson International Televisión, porque estamos hablando de…

Fraggle Rock. De hecho, hasta pasado el año 2000 nuestros muchachos estadounidenses mantuvieron una —exclusiva, faltaría más— programación infantil. El régimen de coproducción se notaba en el _mundo exterior_que tenía a Doc y Sprocket, salvo en las versiones para Alemania (que usaba lo mismo pero con un actor alemán), Francia (que usaba una pastelería) y Reino Unido (que usaba un faro, y logró perder los capítulos propios. Y creíais que eso era cosa de los sesenta.)

Para finales de los noventa la cadena ya había decidido dos cosas, distribuir series adultas originales y producir sus propias series. La primera de las cuales fue un drama carcelario de gran nivel y extenso en el uso de violencia e incluso sexo, sórdido y duro aunque de gran calidad, la magnífica serie se llamaba Oz. Creación de Tom Fontana, un grandísimo guionista que colaboró en los guiones de St. Elsewhere u Homicidio: Una vida en las calles.

Esta seriedad contrastaba con la serie que demostraba la potencia de la distribución por parte del canal, una serie que marcó a muchas mujeres y sobre la que procuro no entrar en valoraciones para evitar interminables discusiones sobre la diferencia entre “protagonizada por mujeres” y “feminista” o “plausible” y “creíble”. Es decir:

Y justo cuando iba a sonar la bocina de la época el canal presentó otra serie dramática, profunda y reflexiva, no especialmente fácil y que durante años sería el rasero con el que se mediría a toda la ficción televisiva por motivos que, sinceramente, se me escapa siempre.

Como la memoria es mala al cabo de una década pasarían a medirla con*_The Wire_*, que al fin y al cabo también es de la Home Box Office o como la conocemos todos: HBO.

En décadas posteriores llegaría el establecimiento de su marca y su intento de reactivar las miniseries con Band of brothers así como el progresivo proceso de copia y mejora —o al menos cambio— por parte de otros canales como AMC, Showcase o Starz.

El tercer pilar vuelve a llevarnos a canales nuevos, porque la animación con humor logra una revolución gracias a la aparición y éxito de Los Simpson y su serie propia en 1989, y eso es algo que se nota en otros canales como con la doble aparición de The Comedy Central y Cartoon Network.

En el primer caso serían los poseedores de la HBO —ya sabéis, la empresa Life era parte de TIME que se fusionó con Warner creando TIME Warner —Sí, es la versión resumida— puso en marcha The Comedy Channel y Viacom (Es decir: MTV o Nickelodeon) lanzo Ha!. El primero se centraba en actuaciones de stand-up y películas cómicas, el segundo en repetir sitcoms, y tras menos de un año de comerse los mocos se juntan en una cadena que acabaría llamándose The Comedy Central, que mantuvo las rutinas antiguas y especialmente el único gran éxito de la antigua programación, el programa dedicado a despellejar películas antiguas Mystery Science Theater 3000.

Para mitad de la década empezaba a meter programas nuevos como The Daily Show, aún sin Jon Stewart al frente, Politically Incorrect con Bill Maher aunque sin duda los mayores éxitos llegaron con la animación, primero en Dr. Katz, Professional Therapist

Una serie que unía el concepto de psicoanálisis —que permitía acercarlos a la stand-up — con al sitcom más tradicional. Y que era otro ejemplo de la animación adulta —iba a decir que siempre desde la comedia pero otro de los éxitos de la FOX en esta década, King of the Hill está muy lejos de poder ser considerada humorística — que gracias al éxito de Los SImpson llenó los años noventa: Con Ren & Stimpy en el lado más cercano a lo normal, El Crítico en el centro y Duckman en el otro extremo.

Aunque nada como el megahit de los noventa de Comedy Central. Ya sabéis…

South Park, creada por Trey Parker y Matt Stone, es una serie de la que no se me ocurre que hace falta que hable, así que otro día será.

La referencia de Los Simpson a Los Picapiedra y la buena marcha del canal de Viacom Nickelodeon sirvió para convencer a, de nuevo, Time Warner de que apostara por un canal que recuperara las viejas animaciones del estudio Hannah-Barbera que poseían desde hacía años, así como el resto del enorme stock que tenían acumulado sin darle demasiado uso. Y cuando notaron que también había una nueva animación bullendo decidieron darle una oportunidad a series nuevas: El laboratorio de Dexter (1996), Johnny Bravo (1997), Vaca y Pollo (1997), I Am Weasel (1997) o The Powerpuff Girls (1998)

Ahí tenemos el éxito de la aparición de esos dos primeros nuevos canales y cómo dinamizaron las series en general y las de animación en concreto. También marca el final de estas columnas quincenales dedicadas a repasar la historia de la televisión y sus creadores —aunque hoy hayamos visto menos de estos— aprovechando que Los Sopranos sería la primera serie reivindicada y recuperada por la nueva generación de espectadores del mismo modo que Family Guy, estrenada el enero de 1999, sería la primera serie cuyas ventas en DVDs la llevaran de nuevo de vuelta a la televisión en uno de los muy escasos regresos de una tumba de una serie largo tiempo cancelada.

Espero que os haya servido de provecho, quizá incluso gustado, porque hay más historias de donde he sacado estas —no, la Wikipedia no, hombre— y quedan aún muchos creadores a los que conviene recordar y redescubrir. Al fin y al cabo los sucesos del pasado mueven a los del presente, por eso hay que tenerlos en cuenta. ¿O podéis imaginar cómo sería la televisión —y el cine, y… casi todo— si alguien en UK no hubiera pensado en poner en marcha The 11 O’Clock Show ?

[¹El programa iba bien pero sus datos empezaban a declinar así que le dijeron que despidiera al productor y buscara a alguien que pudiera arreglarlo. El asunto es que el productor era el marido de Rivers de aquel momento. Se negó a hacerlo y su programa fue consecuentemente —un decir— cancelado. Precisamente este año Joan Rivers ha participado en un capítulo de Los Simpson parodiando aquel suceso. Y sí, Los Simpson se emiten en la FOX. ]


Cambiantes consumiciones televisivas

Cuando acepté escribir estas columnas pensé que lograría equilibrar mejor la parte de ficción de la televisión —entendida como la parte confesa de ficción, claro— y la parte de teórica no-ficción que también tiene. Lo que pasa es que resulta siempre más tentador tirar por el lado de la ficción, al menos para mí. En cualquier caso os aseguro que el año próximo habrá ciertos cambios pero, mientras tanto, convendría examinar otros asuntos.

Hace unos pocos meses en El País publicaron una página de contenido infame sobre la actual tendencia al alza en el consumo de series. El tipo que escribía no era consciente, o le daba igual, del cambio operado que justificaba ese aumento y se quedaba, simplemente, en que era una actividad audiovisual al alza y, según su estrecho punto de mira, un claro ejemplo de la gente que se embarca en mundos ficticios para combatir su soledad. Una mamarrachada como otra cualquiera en cuanto que el punto de partida o los ejemplos (el tiempo muerto en la consulta del médico) eran poco menos que estupideces poco meditadas, mientras pasaba muy de puntillas por el auténtico motivo confundiendo causas y efectos. Pero siendo un artículo de opinión en ese periódico tampoco es que se pudiera esperar mucho más.

Por otra parte, en las últimas semanas se han estrenado dos servicios de Televisión On Line, por un lado Youzee y por el otro Voddler. En ambos casos se trata de portales centrados en ofrecer de manera legal la posibilidad de acceder a contenidos audiovisuales —series, películas, cortos, documentales, etc… — de consumo inmediato y en cualquier aparato dotado de internet y posibilidades de usar un reproductor multimedia. Luego volveré a ellos.

Tratemos pues de establecer los motivos del auge de las series desde un punto de vista no sólo actual sino, más importante, contextual. Hay tres grandes falacias que parecen ofrecer soluciones sencillas a la cuestión y que necesitan de algo más de reflexión: En primer lugar está la que señala el actual crecimiento de su consumo como algo unido a la gran calidad actual de las series televisivas intentando convencernos de que vivimos en una edad de oro o, como poco, de plata, sin parangón alguno.

Tras todo este año de repaso y ensalzamiento de autores y creaciones creo que los lectores de esta columna deben tener bien claro no ya mi opinión al respecto sino la realidad innegable: Buenas series han existido siempre. En mayor o menor cantidad y número, desde luego, pero nunca de manera inapreciable ni inexistente, no desde la popularización televisiva en los años 50 —recordemos que pese a todo la televisión es un medio joven— e incluso en la década anterior, entre pruebas, se daban algunos buenos ejemplos. El repaso a creadores, autores y series tanto en USA como en UK y España debería dejar claro este punto y ayudar a que dejáramos de oír esas tonterías de que las series “están mejor que nunca”.

En segundo lugar está la que asegura que se trata de una moda ligada, por tanto, a la presión social, ver series está de moda. Por lo visto, antes en el café de la oficina hablaban de Herodoto. Obviamente, cuando alguien dice ver series está de moda en realidad querría decir ver series por elección en lugar de lo que pone la televisión es más sencillo ahora —es decir, el paso de un sistema algo más activo en la elección, en un crecimiento exponencial desde la existencia de un canal a la situación actual, pasando por la llegada de las privadas hace poco más de veinte años— de manera que las conversaciones sirven para comparar entre más productos culturales dentro de un mismo medio. Igual que se habla de películas o libros, siendo unos más populares o recomendados que otros, pasamos a no estar constreñidos por la limitación de elección sino por todas las otras cosas que tratan de influirnos como el mercado, la publicidad y los pesados evangelistas machacones.

Finalmente, y más importante, que es un asunto de los tipos estos de Internet que son unos piratas y se bajan las series matando a los autores. O algo así. Y parece ridículo no reconocer que Internet ha cambiado muchísimo la aproximación a todos los productos culturales. Pero el problema está en que son todos. No hay un Internet sólo para series, aunque leyendo blogs de televisión pueda parecerlo. En Internet uno puede encontrar libros, música, películas o vídeos musicales. Y si algo no parece ser encontrable, ahora existen muchas más posibilidades de conseguirlo. Ojo, muchas más, no “todo”, ni “seguro”, que no dudo que acabe sucediendo si el tiempo tiende a infinito, pero puedo asegurar que hay cosas que están desaparecidas, o casi.

Ahora vamos a aproximarnos a esos mismo puntos al revés. En un contexto. Si en los años ’70 estabas viendo una serie, más te valía estar delante de la tele y tener el mando para poder contarla luego. En los ’80 empezaron a poder rularse VHS con capítulos, aunque ocupaban mucho espacio —de manera que, pongamos, Kimagure Orange Road era una caja de cartón llena de cintas— por suerte para finales de los ’90 ya estaban los CDs y DVDs reduciendo espacio, y con la llegada de internet incluso empezó a terminarse el problema de “oh, vaya he grabado el final de Estudio Estadio por lo que me faltan los quince últimos minutos de El Comisario McMillan y Esposa”, más aún, empezó a poder conseguirse en el momento también los capítulos en su idioma original —por el bonito procedimiento de armarte de paciencia y bajar trozos de las news para juntarlo de nuevo—, de forma que acabamos en el punto actual, en el que puedes buscar y encontrar dejando de depender de la tiranía televisiva.

No sé si lo habrán hablado ya pero una de las discusiones más habituales de los últimos años es el cambio del centro Televisión al centro Pantalla, o Pantallas, en las casas. El antiguo objeto televisión que ganó unas aplicaciones de vídeo, que después admitió la consola y quizá ahora esté enchufada al ordenador está, además, rodeado; hay más gente sin televisión porque tiene más pantallas. Ya no sólo no hay hegemonía, además la presencia de sobremesa y, sobre todo, de portátiles, junto con otros paraparatos del estilo de ebooks y teléfonos listillos permite que cada cuál haga poco menos que lo que le venga en gana.

La multiplicación de canales, que ha pasado de uno a dos a media docena y ahora a una treintena, sin contar promociones y tontadas varias por tierra, mar y cable, se ha convertido en una solución efectiva pero pírrica ante los datos de mayor consumo internetero y menor consumo televisivo. De forma similar a la de los periódicos (que ahora llevan la inexplicable coletilla en papel) o la radio, la televisión, tras sólo unas décadas de reinado, se ha convertido en algo que parece propio de otras generaciones y obsoleto, sin prestar atención a que nuestros padres podían no tenerla o verla sólo en blanco y negro o, en el mejor de los casos, haber vivido la mayor parte de su vida con una muy limitada oferta televisiva.

Entender Internet como un Videoclub infinito, un lugar del que sacar lo que se quiere en cualquier momento es sólo la mitad del asunto. En la parte de cacharrería es el poder tenerlo en cualquier lugar, llevarlo a otra habitación o, incluso, portarlo en el móvil o en la consola —y aquí reconozco no ser capaz de lograr ver en pantallas tan pequeñas—, lo que permitiría llevarse las series a la sala de espera de un doctor en lugar de algo más abierto y comunicativo como, digamos, una novela.

Convertir el visionado de series en una actividad sencilla, frente a lo que era en su momento conseguir los episodios de los Monty Python o del Dr. Who o seguir Urgencias o Policías de Nueva York, es lo que ha favorecido que se pudieran recomendar y seguir más allá de los canales y las audiencias en zapineo; esta facilidad y el gusto de la gente por opinar es lo que ha creado esos estados de opinión que igual que hablan de libros, partidos de fútbol o cómics —bueno, quizá esto último aún no…— te machaquen con lo buena que es Mad Men.

Y de la misma manera que acabas recibiendo El tiempo entre costuras en préstamo o regalo, te llega un bonito y —sobre todo— funcional estuche con una serie, una temporada normalmente aunque si hay suerte es algún tipo de mini completa como Band of Brothers o una bonita construcción de alguna serie completa de mediano tamaño como The Wire. Reconozcamos que las posibilidades de que te caiga algo realmente goloso como House of cards o State of play es tan menor como su propio precio.

Lo que nos lleva a la llegada a España de algunos servicios: Voddler, YouZee, Wukio y, si tenemos suerte, Netflix empiezan a operar en España. Son empresas que tienen un catálogo de películas y series y que lo ofrecen bien de manera gratuita, bien por pago o, incluso, mediante un sistema de tarifa plana. Imaginad que Series Yonkis fuera legal. Pues ellos han imaginado que la gente paga por Spotify y que el único motivo por el que no lo hacen por las series y películas es la inexistencia de algo como ellos. Veremos cómo les va porque la cosa está muy en mantillas todavía y algunas de las opciones más claras del pirateo —es decir, la inmediatez en la disponibilidad de capítulos y el placer de escucharlos en su idioma original— no queda tan claro que vayan a mantenerlo. Pero eso será otra columna.

Y precisamente esa inmediatez es el último punto a tener en cuenta pues el tráfico constante de novedades fáciles de conseguir — Y de calidad como SPY o Life’s too short — hacen que la gente no se percate tanto o no encuentre espacio para recuperar los clásicos y no tan clásicos. Del mismo modo encontrarlos no siempre es fácil, y pienso no ya en los inencontrables de Viruete sino en algo tan aparentemente sencillo como La Pandilla Plumilla. Aspectos ambos que explican esa exaltación de la actualidad frente a una visión ponderada para la que hace falta un mínimo de memoria y haberle dedicado un rato a ver series, incluso a reflexionar sobre ellas.

Comprender todo esto es necesario para poder explicar, argumentar o entender que la relevancia actual de las series es, sencillamente, el derivado de la aplicación de nuevas tecnologías que facilitan el acceso en un medio que ya era popular. Nuevas tecnologías que permiten una mayor cantidad de oportunidades y el acceso a mucho más material, de manera que mientras la televisión convencional se va restringiendo, emitiendo cada vez más repeticiones de las mismas series en canales diferentes, ahora podemos acceder en muchos más lugares y eligiendo nosotros el momento.

Una nueva revolución que provoca olas y también, como siempre, que a alguno le llegue el agua a los pies y piense que está lloviendo.


Deshelando UK modernamente

El siguiente turno para ir cerrando este año de creadores e historia televisiva le toca a la televisión del Reino Unido y, la verdad, aún podría hablarse de unos cuantos creadores. Lo dejaremos para otra ocasión, sí, pero mientras hagamos un repaso a la evolución que tuvo en el post- Thatcherismo.

Recordemos que los años se convirtieron en un Maggie contra todos centrado en especial en desmantelar las estructuras de Lo público que tuvo una de sus grandes batallas contra la BBC. Muchos fueron los daños y víctimas colaterales — Como Dr. Who, que se cerró heróicamente en 1989, la última gran victoria pírrica de la Dama de Hierro— y eso creó una tensión y un tono que sirvió para que las televisiones siguieran haciendo lo que mejor se les daba redoblando esfuerzos en la parte, digamos, moral.

El resultado de lo cuál fue el habitual efecto péndulo, que si en USA se dejó notar tras la salida de Nixon de la Casa Blanca aquí sería más moderado. Desaparecida la mezcla perfecta de La Baronesa y Destro el humor iría un poco más relajado.

Por supuesto no significaba que se cerrara de inmediato las series que habían marcado la sátira durante su estancia. El mejor ejemplo es The New Statesman que servía como contrapunto y parodia de las nuevas maneras conservadoras, casi como una continuación natural de la sátira política de Sí, Ministro / Sí, Primer Ministro, que llegó hasta 1988, esta serie se centraba en las andanzas del diputado sin cargo (un backbencher en inglés) Alan B’Stard, un ultraderechista egoista, rastrero y muchas más cosas que iba demostrando semana tras semana, un magnífico personaje —aunque, seamos sinceros, mucho menos irónico o sutil que los de Sí, Ministro, aquí todo será más burdo — interpretado por Rik Mayall, a quien todos recordaremos por la serie The young ones o Els Joves o como la FORTA tuviera a bien traducirlo en tu comunidad. Mayall estuvo también en Blackadder y al finalizar este Statesman regresaría a su asociación con Adrian Edmondson en lo que se podría considerar una continuación extraoficial de la primera serie: Bottom o como la llamaron aquí La pareja basura (Sí, bueno, títulos y traductores, ya sabéis) En cualquier caso, The New Statesman es uan gran serie de humor que satirizaba lindando la crueldad los modos y maneras de la nueva clase política.

Como decía, no es que se dejara de lado Lo social, ni mucho menos. Pero hubo un cierto respiro, en comedia se pudo disfrutar de las petardas de Absolutely Fabulous que es uno de esos raros casos en los que la química en pantalla no parece tener sentido alguno —como demuestra los sucesivos intentos USA de recrearlo, todos desastrosos— y es que las aventuras de estas dos mujeres trabajadora de éxito que están como cencerros, las pobres, parece la síntesis perfecta entre lo que sería en los ’70-‘80 Laverne & Shirley y los que podría haber sido en ’90-‘00 Sex and the City.

Aunque sin duda la gran serie de humor de los ’90 a efectos de impacto planetario fue el salto mortal con tirabuzón que Rowan Atkinson realizó al pasar de Not the Nine O’Clock News _ o Blackadder a la comicidad gestual de —ya lo imagináis— Mr. Bean. Un prodigio de interpretación con unos guiones casi esquemáticos que permitían al actor convertirse en la dinamo que soportaba una de las grandes creaciones del humor reciente. Quizá el punto de _clown que tenía diera una falsa impresión de infantilismo, pero la idiosincrasia del personaje y su forma de comportarse lo llevan más allá, hacia un humor físico adulto alejado de lo anterior y lo posterior que realizaría Atkinson.

Hablando de infantilismo, y puestos a señalar los éxitos de la televisión británica noventera, quizá deberíamos hablar aquí del programa que más dinero hizo ganar a la BBC. Más allá de los odios, dudas y burlas, o de copias y homenajes, sería complicado explicar esa década o fingir estar repasando lo más importante de la misma y olvidarnos de… en fin…

Los Teletubbies están entre el icono y la incomprensión, en cualquier momento alguien los reivindicará o los pondrá de moda —Y cada día estamos más cerca, atentos a las camisetas de próximas temporadas— pero aunque para los adultos resultara extraño, perturbador incluso, se convirtió en un éxito tal que los niños parecían encantados por los personajillos.

Pero, volviendo a los adultos. Esta década es también en la que irrumpió Steve Coogan y con él conocimos a Alan PartridgeAH-HAA — que dio el salto desde un programa de radio hasta la televisión y allí se quedó, apareciendo y desapareciendo a lo largo de la década mientras su actor exploraba ambos lados del atlántico, otras ideas televisivas o el cine, Wintterbotton mediante. Sin embargo el icono asociado a Coogan, por mucho trabajo que realice, seguirá siendo Partridge, da igual que su Tony Wilson en 24 Hour Party People sea para hacerle un monumento, igual que Atkinson es más asociado a Bean que a Blackaddder.

Quizá estos fueron los mayores iconos, aunque no los únicos éxitos. La tradición británica nunca se está quieta, fruto de lo cuál se producen regularmente programas de sketches, algo a lo que los años ’90 no fueron inmunes. Quizá los mejores fueran los más conocidos, una opinión quizá no muy popular pero sí popular. O, si ustedes lo prefieren por ganar claridad, quizá más populista de lo evidente. Me refiero, claro, a A bit of Fry & Laurie en el que Stephen Fry y Hugh Laurie unen sus —enormes— talentos cómicos para una serie de sketches que parecen más un ejemplo de todo lo que podrían llegar a dar de si.

De manera poco habitual la emisión de este programa se fue alternando con _Jeeves and Wooster _, una adaptación de las historias clásicas de Wodehouse en la que Fry y Laurie —respectivamente— interpretaban a los personajes del título. Empezaron un año después de ABOF&L y concluyeron dos antes. Consagrándose como actores cómicos.

Otro nombre propio de esa década es el de Harry Enfield, que tuvo varios programas propios tras darse a conocer en el Saturday Live de Channel 4 gracias a los personajes y sketches cocreados junto a Paul Whitehouse. Entre sus personajes más famosos están Stavros y Loadsamoney, caricaturas —quizá no lo suficientemente satíricas— de los nuevos codiciosos del thacherismo. De enorme popularidad, Enfield pasaría a ocupar sus propios programas de sketches como _ Harry Enfield’s Television Programme_ que luego pasaría a ser Harry Enfield and Chums.

Además de otros proyectos ocasionales Enfield regresaría a los sketches con cierta regularidad, en los ’00 Harry Enfield’s Brand Spanking New Show y ya en la actualidad —de nuevo con WhitehouseHarry & Paul

Paul Whitehouse, figura central como vemos, tuvo su propia idea para un programa en el que , por una vez, no se incluía a Enfield. De su asociación con Charlie Higson salió The fast show, que presentaban personajes y frases recurrentes pero tenían la novedad —y la virtud— de ir más rápido, ser más breves, de manera que cupieran muchos más sketches (y mucho más ágiles) en cada episodio.

De gran popularidad — Johnny Deep dijo que Whitehouse es uno de los mejores actores que ha visto jamás, e incluso logró hacer un cameo en el último the Fast Show -, Whitehouse no ha dejado jamás de trabajar a uno u otro lado de la cámara. Junto o por separado con Enfield o sus otros compinches como Charlie Higson o Chris Langham.

Langham, por su parte, participaba de la continuación oficiosa de Not the Nine O’Clock News _, es decir: Alas Smith and Jones. En este programa de _sketches Mel Smith y Griff Rhys Jones, con Langham de tercera rueda, era una variedad sobre los clásicos números del tonto y el listo, que termina mostrándose también como tonto. Empezó en los ochenta tras la cancelación de NtNON y duraría hasta finales de los noventa. Con adiciones como la de Andy Hamilton.

Otra serie que empezó a finales de los ochenta y ocuparía todos los noventa, aunque no de sketches —aunque sí de culto— con el fondo de una historia de ciencia ficción y toda la mala baba inglesa del género sería… ¿hace falta decirlo? ¿Seguro? ¡Pues claro! Red Dwarf

Creada por Rob Grant y Doug Naylor con el nombre que usaban para sus proyectos compartidos, Grant Naylor, desde un personaje recurrente del programa radiofónico Son of Cliché. Pronto se convertiría no ya en su mayor creación sino en una que reaparece cada cierto tiempo —fanes de la ciencia ficción, esto es lo que les gusta— hasta el punto de que Grant se acabaría yendo de la serie, en principio por discrepancias con Naylor pero, según declaró posteriormente, porque no quería que Red Dwarf se viera como lo único que había hecho en su vida. Así que ahora no es lo único, sólo lo más importante.

Hubo otras series, aunque los noventa no fueran una gran década para el humor en Inglaterra tras los magníficos años anteriores e, incluso, comparándolo con lo que estaba por venir. En cualquier caso, al menos tres series deben ser mencionadas, la primera de las cuales es realmente familiar, es decir…

Royle family, creada a finales de los noventa, por Caroline Aherne y Craig Cash. Cash venía de trabajar como guionista en The fast show y con Aherne en su anterior éxito, The Mrs Merton Show una señora mayor que lleva un programa de entrevistas en las que su forma de entrevistar —a personas reales— mezcla de dulce candidez y notable mala leche, lograba producir incómodas situaciones por la forma amorosa y completamente dulce de introducir malentendidos y despellejar a los invitados.

Y si ustedes creen que Mrs. Merton tenía algo que ver con Alan Partridge véanla entrevistando a Steve Coogan.

En cualquier caso, Aherne volvió a trabajar con Cash —y alguna ayuda ocasional de otros guionistas— para poner en marcha esta comedia sobre una familia de clase más que baja arrastrada que subvertía la clásica idea de historia dramática tipo kitchen sink convirtiéndola en un canto al humor, la serie original duró un par de años pero sus especiales siguen saliendo con cierta regularidad. Eso sí, Aherne se ha retirado como actriz para centrarse en la escritura.

Y de lo humano pasamos a lo divino, con la serie que descubrió el gran talento cómico de Graham Linehan, la muy reverendísima Father Ted que con la historia de un clérigo desterrado que es enviado a una isla de la costa oeste irlandesa en la que compartirá casa y parroquia con el muy alcoholizado Padre Jack y el joven e ingenuo Padre Dougal. Unos mimbres mínimos con los que Linehan teje magníficas farsas.

Por supuesto la serie tenía potencial para durar años, lamentablemente el actor que encarnaba al padre Ted, Dermot Morgan, murió poco después de terminar de filmar la tercera serie. Una tragedia que hizo moverse a Linehan a otras comedias, entre las que destacarían Black Books y, por supuesto, The IT Crowd lo que significa que, en algún momento, tendremos que vovler a hablar de este creador con más atención.

Mientras tanto seguiremos por lo divino con The Vicar Of Dibley una muy popular comedia sobre una mujer sacerdote de mente abierta y notable alegría que lidia con su parroquia, con el consejo local y con el encargado del consejo David Horton, un serio y estirado multimillonario con una educación anticuada que no entiende a esta mujer.

Tras esta serie se encuentra uno de los grandes creadores ingleses de la época, Richard Curtis, colaborador habitual de Rowan Atkinson con el que comenzó a escribir en Not the Nine O’Clock News para formar sociedad en _ Blackadder_ y Mr. Bean, a parte de lo cuál en televisión haría esta comedia al estar más ocupado en el cine guionizando para Cuatro bodas y un funeral o Notting Hill, además de adaptar El diario de Bridget Jones y escribir y dirigir sus propias películas: Love Actually y The Boat That Rocked (Radio encubierta).

Un hombre ocupado, vaya. Hay que decir, además, que fue el creador e impulsor, junto con el cómico Lenny Henry, en 1985 de la iniciativa Comic Relief, un evento de caridad creado para ayudar ante una hambruna en Etiopía y que ha seguido ayudando en otros proyectos caritativos. Destaca entre sus actividades un telemaratón bienal llamado Red Nose Day en el que suelen ayudar los más populares cómicos del país. Y también de series afines, aunque no sean propiamente cómicas, como Doctor Who.

Y eso que los noventa no fueron, por lo demás, una buena década para el Doctah pero tampoco es que al resto de los dramas le fueran mucho mejor. Por suerte para la televisión aún existían miniseries como la magnífica Our friends of the North o la impresionante House of Cards como ya comentamos por aquí

Además, claro, de la tradicional Austenmanía que para eso está. Un éxito siempre que en esta década produjo imágenes como…

Un regreso a los clásicos con enorme éxito, como podéis suponer. Y, sin embargo, sí hubo un gran éxito en lo que a la ficción se refiere. Un programa que mostró ser superior frente a los demás.

A finales de los años ’80 la escritora y guionista Lynda La Plante tenía una idea. Tras el éxito alcanzado por su anterior proyecto, Widows —sobre la viudas de unos atracadores de bancos— ahora tenía pensado algo distinto: Una historia policiaca centrada en una mujer uerte y de gran hondura psicológica. Sólo necesitaba el OK de la cadena, la ITV, y una actriz para protagonizarla. La elegida terminaría siendo una actriz de raza: Helen Mirren.

Mirren, que a esas alturas de su vida tiene 35 años y lleva actuando desde antes de cumplir veinte habiéndose unido a la Royal Shakespeare Company en los setenta en la que ya había interpretado a personajes de la talla de Lady Macbeth o La duquesa de Malfi de la obra de Webster del mismo título. Tras dejar la compañía y pasarse con no demasiado éxito al cine —es un decir, claro, porque tuvo papeles importantes en Excalibur o El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante así como en la loquísima El diabólico plan del Dr. Fu Man Chú de Pter Sellers — regresa de una estancia poco fructífera en Hollywood para interpretar el papel de Jane Tennison.

¿Qué les puedo decir de este clasicazo, de esta obra maestra de la televisión criminal? La historia se centra no sólo en el caso en sí, también en las particularidades sociales o sociopolíticas, incluso históricas del mismo, pero, sobre todo, en el estudio del personaje principal, el investigador, retratado con fuerza y sutileza como alguien quebradizo y contradictorio pero empujado por una gran determinación interior. Es el primer gran personaje femenino fuerte y facetado en una serie policíaca, no es simplemente una mujer policía como pudo ser Angie Dickinson y el hecho de ser policía no es lo único que la define ni, desde luego, lo más importante. Antes que Cagney & Lacey o Jessica Fletcher estamos ante un personaje que emparenta con Furillo y la gente de Hill Stret pero dando una mayor importancia al relieve de un único personaje lo que permite usar la historia para profundizar en él, es decir, lo que los maestros europeos de novela negra, de Highsmith a Simenon, llevaban años haciendo con sus personajes en libros.

Esta magia alquímica lograda por La Plante y Mirren tiene nombre, y sin duda mis lectores lo recordarán por estar grabado con letras doradas en los libros de televisión. Se trata, por supuesto, de Prime Suspect

En total fueron siete historias en otras tantas temporadas de duración variable. En el transcurso de la misma hablaron de sexismo, racismo, alcoholismo o xenofobia y no tiembla al abordar violaciones, tráfico de drogas, prostitución infantil o política. Mirren ganó varios BAFTA s televisivos por ellas, La Plante también y puedo decir sin equivocarme que marcaron no sólo el tradicional antes y después, también toda una generación de mujeres fuertes y frágiles en programas policiacos cuya cosecha aún estamos recogiendo.

Por supuesto esto abrió una espita para toda una serie de detectives de vida destrozada y tendencia a cierta introspección, similares a las de sus libros, que contrasta con el otro tipo de crímenes centrados en el misterio que tanto abundaban. Frente a series más formulaicas como Midsomer Murders este éxito facilitaba la creación de series más introspectivas, desde la versión que la propia La Plante realizaba del Ley y Orden de Dick Wolf —ese hombre— en Trial & Retribution aunque probablemente los dos mejores ejemplos serían las series sobre Eddie Fitz Fitzgerald y William Edward Jack Frost.

Eddie Fitz Fitzgerald, de Jimmy McGovern, magníficamente interpretado por Robbie Coltrane, es un psicólogo criminal, un especialista en los perfiles psicológicos delos delincuentes, lo que lllaman un Cracker, que para eso es el nombre de su serie. Y esa misma cualidad psicológica que emplea para analizar a los criminales que persiguen sirve también para dirigirla sobre si mismo y sus allegados. Lo que no le hace especialmente feliz. Es decir, y nos vamos a aburrir, le hace: alcohólico, jugador, maníaco, obsesivo, obeso e, incluso, fumador. Nada menos. En ocasiones es difícil separar al criminal entre los tipos a los que estudian y la propia policía que los persigue dando una imagen sórdida, aunque de un humor sarcástico y afilado, a todo el proceso criminal. Es decir, el clásico inglés: Me estoy riendo de cosas que no tienen ninguna gracia.

En cuanto a William Edward Jack Frost, sólo estamos un poco mejor. Cierto que iba a dejar a su mujer, pero le dio un cáncer terminal rapidísimo y no hizo falta, y quizá logró una medalla al mérito por enfrentarse borracho a un criminal, puede que no haga su papeleo porque para eso tiene subordinados y quizá la serie tenga en general un aspecto oscuro, sucio e, incluso, algo visceral, pero no pierde nunca de vista que los demonios internos de Frost suelen permanecer más atados que los de otros compañeros. David Jason hace un trabajo magnífico con el personaje central, adaptado de una serie de libros de R. D. Wingfield explicando así que se realizaran hasta quince series, la última de las cuales fue emitida en 2010 convirtiendo a Frost en el detective en activo más viejo de ese año. Todo eso y mucho más era A touch of Frost.

Por supuesto esto no significa que no existieran otras serie de carácter más ligero o abiertamente diferente, de entre los que destacan dos: El primero es Jonathan Creek, (interpretado por Alan Davies, sí, el de IQ) un canto a los trucos con un protagonista que se dedicaba a crear trucos para magos que pone en marcha su talento para descubrir los —mortales— trucos que otros han usado. Un divertimento encantador que bordea siempre la comedia, en ocasiones mojándose los pies.

También una serie ligera y alegre, antítesis de lo que hemos estado viendo, y con un protagonista peculiar en extremo, es Pie in the Sky sobre un policía a su pesar, ya que no le dejan ir por ser el mejor hombre que tienen. Eso no impide que Henry Crabbe, pues ese es su nombre, sea además vocacionalmente cocinero e incluso el chef del restaurante de su pueblecito, pero tiene que compatibilizar ambos trabajos. Richard Griffiths logra que el personaje transmita ternura, humor e, incluso, ese desapego por lo que está haciendo, por lo poco que le gusta y lo bien que se lo pasa entre fogones. Un bombón de serie, vaya.

— Ahora que no nos lee nadie, me voy a permitir comentar una serie que en realidad no tuvo tanto peso ni importancia pero que a mí me gusta: Hamish Macbeth, un ejemplo de los policías en pueblecito pequeño y excéntrico con Robert Carlyle en el papel principal que logra atrapar algo especial.

Pero conste que esta ya es debilidad mía.—

Al final el humor acaba apareciendo de nuevo, aunque no sea tanto como el que hemos estado acostumbrados o, incluso, como el que está por venir. Y no me refiero al éxito inexplicado de This life sino a la llegada silenciosa pero mortal casi terminado la década de tres programas que revolucionarían los sigueitnes diez años. En cuanto a los dramas, se estrena en 1999 Queer as folk, y en comedia en 1998 aparece The 11 O’Clock Show y un año después Spaced. El cambio se acercaba, pero de todo esto ya habrá tiempo para hablar, otro año.


Verdadera Ficcionalidad Falsa

Creo que supondríais que la idea principal de esta columna debería ser Salvemos Community. No dudéis de que la mejor comedia de la actualidad merece todo el tiempo que pueda conseguir pero aquí poco podría hacer más que explicar la lógica de la decisión de la NBC — por una vez parece existir, con números similares Withney aparentemente es una decisión más lógica que Community para acompañar a Chelsea —, tratar de tranquilizar al personal explicando que todos los años suele haber alguna serie cuyo regreso se retrasa y que en alguna ocasión eso no significa que no se la renueve —es decir, como el año pasado Parks & Recreations — pero que todo esfuerzo, ya sea con los hashtag #SaveCommunity o, sobre todo #sixseasonsandamovie además, claro, de firmando en http://www.save-community.com/ o en FaceBook y me temo que poco más se puede analizar.

Esperar una mejora en las audiencias o un cambio en los espectadores, teniendo en cuenta el número de espectadores potenciales que no lo son porque no pillan o les parece pretenciosa poca solución le veo. Más allá de que es una cadena impredecible y con muy poca audiencia y la historia en sí parece tener un final programado: En un año, dos como mucho, tendrán que graduarse. Si lo hacen en sólo un año la cadena conseguiría, además, una serie que se podría vender al circuito de sindicación, ese de pequeñas estaciones de televisión que emiten series semanales a diario —sí, lo sé, suena como España— y para las que hace falta una bolsa razonablemente grande de episodios para no quemar la serie repitiendo sólo un par de temporadas —¿ veis?, esto ya no suena como España— lo que compensaría mantenerlo para concluir la historia de manera razonable, especialmente siendo la gran beneficiada la productora de la misma, Sony, que ya ha demostrado ser capaz de bajar los precios por lograr estos tratos.

Dicho esto, y espero que algo más tranquilos mis teóricos lectores, hablemos una vez más de realidad y ficción. La excusa de esta vez: Regis Philbin, octogenario presentador de un programa matinal de gran éxito en USA, se retira. Durante estos últimos meses han ido apareciendo co-presentadores famosos, en parte como homenaje, en parte para probar los límites y las afinidades del programa. El desfile fue notable y el elegido para sustituir a Regis la primera semana acabó siendo Jerry Seinfield, luego seguirá habiendo rotaciones y aún no se ha elegido al sustituto final pero eso a nosotros no nos importa demasiado.

Lo que nos importa es que se supone que Regis se quejó por esta sustitución ya que aún se sentía maltratado por su aparición en Seinfeld, en el que realizaba un cameo —el programa entero, de hecho— con una frase que no le gustaba, no le parecía propia ni divertida —Y si estás pensando de qué podía tratarse, le decía a Kramer You’re bonkos — de manera que eso afectaría a su imagen. Ahí tenemos a la realidad afectada por la ficción.

El caso contrario. Siempre que hablo de la ficción bebiendo de la realidad suele ser porque tengo intención de mencionar a Jack Webb, como vimos la semana pasada el Método Webb es usado con enorme alegría y regocijo por Dick Wolf —Ese hombre— y, por extensión, por más series que quieren estar cerca de la actualidad sobre todo las de policías que no sólo siguen el método Webb de usar hechos reales como base, también se inspiran en personajes y situaciones reales, de manera que la guerra Leno – Conan puede dar ideas para un episodio de Castle, por ejemplo. Pero más allá de eso tenemos a las series de abogados que exponen estos hechos y juzgan sin mucho reparo, algo en lo que David E. Kelley es un maestro como lleva demostrando años, desde ese L.A. Law de la que acabó ocupándose casi por completo. Ahora en Harry’s Law, que comenzó queriendo ser algo nuevo y que ha acabado teniendo que convertir en la enésima revampirización de su serie clásica de abogados, pero también en series de otros creadores. Quizá la mejor en eso sea hoy por hoy The Good Wife, el prodigio del matrimonio formado por Robert y Michelle King no sólo suele ir pegado a la actualidad sino que, en ocasiones, logra que esa vaya y vuelva, como en el reciente capítulo sobre la comida escolar, que tenía su origen en las muertes por listeria ocurridas a principios de septiembre por un brote en melones, la plaga, que llegó a afectar comedores escolares, dio lugar a un episodio que se emitió a principios de Octubre y que, sin embargo, no ha dejado de causar muertes, las últimas a finales del mes pasado, si bien, y como es costumbre también mezclando ideas, datos y conceptos que da idea de lo útil que es acercarse a la actualidad pero no que sea necesario serle fiel realmente. Por eso la plaga de listeria de este año se confunde con la única más grave que esta, la que en 1985 causó la muerte de más de cincuenta personas por comer queso contaminado. Precisamente ese queso permitía a la serie hablar de otro tema, difícil de creer en un contexto real: Las discusiones federales para establecer la comida de comedor escolar que están tratando de establecer, por ejemplo, que un alto nivel de salsa de tomate en la pizza la calificaría como vegetal. Y os preguntaréis como hacía Seth Meyers en el Weekend Update del SNL: ¿En serio?

He ahí otro límite de la discusión, los falsos informativos, o los auténticos informativos pero con humor. A veces uno no sabe si la idea de que un informativo serio incluya youtubes de gatitos mientras que uno satírico cree sus propios virales debería de contar, pero el hecho es que estas falsas noticias, desde los periódicos satíricos hasta programas como Estas no son las noticias de las nueve o Have I got news for you pasando por supuesto por el Weekend Update y, desde luego, los dos más importantes de la televisión americana The Daily Show con Jon Stewart y The Colbert report. Dado que el famoso segmento 18 a 49 y especialmente los más jóvenes dentro de ellos han reconocido en numerosas encuestas que se informan gracias a ellos, ¿deberíamos suponer que la ficción humorística se ha apoderado de las noticias o que es la realidad la que proporciona un gran material dentro del es gracioso porque es verdad que tiende a acecharnos?

Cada vez más nos encontramos con hibridaciones, con esos teóricos realities que se quieren veristas, con personas que son en realidad pésimos actores, tan malos que resultan naturales de alguna retorcida manera, pues interpretan su único personaje, el asitself. pero en realidad están perfectamente guionizados —o, al menos, tanto como podría estarlo un concurso, lo que nos llevaría a pensar si Have I got news for you o QI deberían entrar en ficción o concursos, o variedades… y ya puestos, mirarlas conexiones del ex-*SNL* Rich Hall en todas estas propuestas— mientras en la ficción real se buscan tramas y personajes cercanos, sobre todo en España, en la que lo que no es patio es barrio.

El resultado, cada vez más cercano a convertir todo el audiovisual en un pastiche que sólo podría encajar en la etiqueta Variedades, es de una alegría para los postmodernos que de puro futurista parece imposible: La tácita separación de programas se diluye, no por el efecto ya os vale de cambios de planos y mentiras en programas de cocina y chapucismo vario sino porque a la gente le gusta la realidad ficticia, la ficción realista y todo el juego de espejos que hace que la realidad tenga que adaptarse a la ficción para ser creída y la ficción buscar modos de parecer tan desastrosa como suele ser. Todo lo cuál nos lleva a un momento como este:

¿Realidad, Ficción o Variedades?


Dick Wolf Sehombre

Ya os decía yo que os iba a sonar la musiquita. Pero, ¿de dónde sale Dick Wolf? Cuando nació en 1946 en New York le pusieron Richard Anthony Wolf pero tardó muy poco en ser un Dick, muy pronto entró en la élite gracias a su padre, ejecutivo de publicidad de la NBC —luego pasa lo que pasa— que primero le mandó a la escuela de St. David y luego a la muy prestigiosa Phillips Academy de Andover, (en la que sería compañero de… pero mejor dejemos eso para un poco más adelante) aún tendría tiempo de pasar por The Gunnery antes de acabar en la Universidad de Penssylvania_ en donde se graduó en 1969. En 1970 hizo dos cosas, casarse y empezar a trabajar en publicidad, en la firma neoyorquina Benton & Bowles, mientras terminaba unos guiones que poder vender en Hollywood. Entre sus anuncios destaca este para :

Que ríete tú de Mad Men y Pan Am. Y es que Dick Wolf siempre ha sido ese hombre.

A finales de los setenta tuvo una reunión con Oliver Stone que no le compró ninguno pero le recomendó algunos pasos que dar y facilitó la venta de sus dos primeros guiones, uno era Skateboard, un extraño film de skaters, el otro era Gas, una comedia sobre un periodista que investiga el robo de leche y su relación entre la subida de los precios de la leche y la gasolina.

La parte buena es que le sirvió para entrar en el juego y que le ofrecieran un puesto de escritor en Canción triste de Hill Street que le puso definitivamente en el mapa gracias a la candidatura para el Emmy en un episodio que escribió a solas, lo que facilitó, a su vez, la venta de un par de guiones y su entrada como guionista en una nueva serie creada por un productor que quería renovar el policiaco de manera radical introduciendo más acción y más estilo, de manera que contrató a Dick Wolf como supervisor de guiones. El hombre era Michael Mann, la serie Miami Vice y el resto es historia.

Durante su estancia en la serie aprovechó para vender algunos guiones más a Hollywood, un par de los cuales fueron suficientemente bien recibidos. Por ejemplo el que en 1987 le permitió contar con un joven y prometedor actor para una historia realmente curiosa: Un policía novato se infiltra en un grupo dedicado a robar coches, su líder es un tipo carismático que parece arrastrar al resto, incluido el joven poli que pronto se replanteará sus lealtades inmerso en la vida de velocidad, chicas y adrenalina que su nuevo amigo le propone. No, no salen surferos, ni rapados, de hecho el protagonista se quedó durante años en un discreto segundo plano — D. B. Sweeney — mientras que el peso real recayó en el jefe de los ladrones, un tipo incapaz de apartarse del primer plano y a punto de realizar una interpretación magistral en una película sobre Wall Street. El actor se llamaba… Charlie Sheen. No man’s land o La tierra de nadie (En fin) no fue una gran película ni logró ampliar las ganas de Hollywood de reutilizar la historia pero, por lo menos, fue un escalón mientras llegaba la siguiente película y seguía ascendiendo puestos en la serie.

Tardó poco menos de un año. Otra estrella despuntante, otra historia de género. Un puñado de hombres y mujeres bailan en torno a una joven heredera huérfana que no tiene muy claro en quién puede confiar, ni si el chico que le gusta, un apuesto capitán de yates de carreras, está siendo del todo sincera con ella. De nuevo el papel más importante es el más ambiguo, y en esta ocasión, en la película Masquerade o Mascarada para un crimen, le toca a otro joven prodigio de los ochenta, Rob Lowe ser el motor real de la historia.

Pese a todo Wolf pasará a centrarse en la televisión, no dejando el mundo de las series hasta que… pero me estoy adelantando de nuevo. Wolf había hecho un par de películas y Corrupción en Miami estaba acercándose a su fin. (No os lo creeréis pero duró sólo 5 temporadas) así que, a la vez que se terminaba Wolf hacía lo que todo joven productor, empezar a lanzar sus propias series.

De entrada se sumó al intento de relanzar las ABC Mistery Movies, el espacio semanal en el que se dieron a conocer Colombo o Kojak —recuperadas para la ocasión— con tres series nuevas, dos de las cuales llevaban la marca de Wolf. La primera, Christine Cromwell estaba protagonizada por la ex-_Ángel de Charlie_ Jaclyn Smith, que en esta ocasión vería cómo le cancelaban la serie tras cuatro episodios pese a ser la única protagonizada por una mujer; la otra, Gideon Oliver, sobre un profesor universitario de antropología interpretado por Louis Gossett Jr. que logró alcanzar los cinco episodios. (La otra, B. L. Styker tampoco duró mucho, pese a estar protagonizada por Burt Reynolds y producida por Tom Selleck, con un par de bigotes)

Por suerte para el año siguiente pudo poner en marcha dos pilotos. El primero, aún para la ABC, se llamaba H.E.L.P., trataba de un nuevo servicio que ofrecía a la vez la asistencia de bomberos, policías y paramédicos.

La serie, en la que recuperaba de Canción triste de Hill Street para un papel como policía a David Caruso y presentaba como un joven oficial a Wesley Snipes, no tuvo demasiado éxito y en seis episodios estaba fuera. Aún quedaba casi una década para que funcionara esa historia con Turno de guardia (Third watch) y, mientras, Dick Wol tenía otras cosas de las que ocuparse.

Por ejemplo Nasty boys, una serie para al NBC sobre policías de narcóticos —Ya, bueno— en el departamento de policía de Las Vegas. Un departamento especializado en infiltrarse en el que destacaban Don Franklin y Benjamin Bratt junto a otro rescate de Canción triste de Hill Street , el gran Dennis Franz. Por algún extraño motivo parecía que no era aún el momento y duró sólo el doble que la anterior, hasta 13 capítulos. La verdad es que consiguió unos buenos resultados y una base fiel pero era la NBC de Tartikoff, primera en los ratings y ese año decidieron que les iban tan bien las cosas que sólo tendrían una serie no producida por ellos. La NBC nunca defrauda.

Así que parecía que a Wolf le iban durando cada vez más las series: 4, 5, 6, 13… La próxima parecía que podría ser la definitiva. Tenía una idea, hacer una serie policiaca. Porque hay que reconocerle que es de ideas fijas, y si este no funciona ya funcionará el siguiente. Y si mezclarla con policías y bomberos no servía de gran cosa… ¿Qué tal con abogados?

Efectivamente, el 13 de septiembre de 1990 se emitía el primer capítulo de una serie llamada a hacer historia. Sacando los casos de los titulares, como si de un nuevo Jack Webb se tratara. Centrada en los casos transversales que pasaban de investigarse a juzgarse, creando una forma de verlos que permitía tomar lo mejor de los dramas judiciales y la investigación de Perry Mason sin que el sospechoso y sus giros se quedaran fuera de juego al incluir la investigación, ofreciendo un díptico capaz de ofrecer a la vez intriga y reflexión.

Que lo digo en serio. Los episodios con giro tipo son mucvhos pero también la existencia de una reflexión general sobre el tema que tocaba esa mañana en el juicio y en la investigación. Y como Dick Wolf es un cuco en lugar de dar una respuesta a la Soorkin o Kelley se dedica a meterla doblada ofreciendo dos posibilidades: La suya y la mala. Repasar la integración de un ideario de derechas en una serie que cuenta sin problemas con minorías, personajes positivos en ambos y una aparente ecuanimidad en el trato y reflexión es tan divertido como hacerlo mirando sólo el resultado: Sí, es difícil ser más de derechas pero, a la vez, es difícil disimularlo mejor. Porque todo es perfecto hasta que llega el final y ganan los de siempre, y si no ganan porque ya sería pasarse, entonces surge una complicación para-legal o aparece un personaje para que se cumpla una ley natural por encima de la _legislativa-, que no nos vas a pillar en tonterías a nosotros, hombre. No es algo realmente condenable — al fin y al cabo Kelley lleva toda su carrera haciendo lo mismo para el otro bando— siempre y cuando nos demos cuenta de la manipulación, de la falta de una reflexión final que va más allá de esa defensa ultra, digo, a ultranza, de la ley natural. Y, total, al final los malos son castigados y los bueno… bueno, los malos son castigados.

Por su reparto han pasado multitud de buenos actores, empezando por Chris North — A quien podéis ver ahora en The Good Wife pero que seguro que recordáis como el Mr. Big de Sex and the City —, también Dennis Farina o Benjamin Bratt, rescatados del pasado de Wolf, interpretaron personajes aunque los más duraderos y recordados fueron Sam Waterston, Steven Hill y, sobre todo, S. Epatha Merkerson. Además, Jerry Orbach pasó en la serie desde la temporada 2 a las 14 en la que se cambió al spin-off L&O: Trial by Jury debido a la menor carga de trabajo que era de esperar para él en la nueva serie, el motivo: un cáncer de próstata que le mató cuando sólo había podido grabar dos episodios de la nueva serie. Todos ellos y montones de otros actores, regulares, invitados y variables. Aunque quizá merecería la pena detenerse en dos. Bueno, de momento detengámonos en uno: Richard Belzer que logró dar el santo de Homicide: Life on the Street a L&O conservando… el personaje. John Munch empezó en la serie y logró pasar a L&O:SUV aún teniendo en cuenta que su personaje era creación de David Simon —Sí, el de siempre— y cobraría royalties por su uso. De manera que Belzer ha estado paseando a Munch por la pequeña pantalla con L&O como base de operaciones. Las maravillas de la televisión.

Durante veinte años, hasta 2010, aguantó Ley & Orden los modos y modas, que se dice pronto, está empatado con Gunsmoke como serie de acción real que más ha durado y sólo Los Simpsons ha sobrepasado a ambas. De hecho cuando la NBC — ¡Esa cadena! — decidió cancelar la serie sin posibilidad siquiera de una temporada corta para que ganara a Gunsmoke (No pueden evitarlo, en serio, ellos son así) el propio Dick Wolf — ¡¡¡Ese hombre!!! — se ofreció a pasarlo a cable, a internet o a bodas, bautizos y comuniones si falta hacía para poder superar el record. Pero no hubo forma. 456 capítulos quedaban detrás y, más importante, multitud de versiones.

La primera llegó al final de los turbulentos— para Wolf, ya veréis, ya — años ’90.
Parecía un buen momento, con las subidas de audiencia, para sacar un spin-off, Law & Order: Special Victims Unit cumpliría esa función con un éxito más que notable. Un poco más procedural, un poco más escandaloso porque, como decíamos antes, al estilo Dragnet de Jack Webb de basado en hechos reales le añadiría un componente sexual que centraría la actividad del SUV. Y, además, tenía a Mariska Hargitay que logró ser la primera actriz de un L&O en ser nominada a un Emmy y ganarlo. Y también se hizo como un Globo de oro. De hecho, Hargatay se convirtió en el pilar de la serie, con un personaje que se convertiría en ejemplo para todas esas mujeres investigadoras con puestos de responsabilidad que hemos estado viendo en la última década. Tras múltiples complicaciones de salud y varias negociaciones económicas parece que la actriz seguirá en la serie que entra ya en su 13 temporada y ha perdido por el camino a su compañero de las anteriores, el ex- OZ , Christopher Meloni, que no pudo o supo cerrar el trato.

El siguiente hijo le nació para la temporada de 2001, algo le hacía pensar a la NBC o a Dick Wolf de que sería un buen año para iniciar una tercera serie relacionada, Law & Order: Criminal Intent centrada en delitos de perfil alto (es decir, un 90% de las veces asesinatos) cometidas sobre, alrededor y — habitualmente— por un VIP, y esta vez con un Vincent D’Onofrio que parecía empeñado en convertirse en las versión king size de Colombo. El debut fu espectacular, los siguientes tres años fue la serie líder de su día, hasta que la ABC se sacó de la manga Mujeres desesperadas y la NBC compró el Football Americano para hacerle frente, el peregrinaje —y la habitual intención de los actores por largarse al lograr cierta relevancia— lo que llevó a la cadena a traerse a Chris Noth para alternar con D’Onofrio y, a la marcha de Noth a pastos más verdes, a incorporar a Jeff Goldblum, convirtiéndose en el actor principal de un cast que estuvo moviendo a a la gente como una montaña rusa hasta que la NBC decidió cerrarlo al concluir su décima temporada en 2011.

Entre medias de estas tres estuvo la cuarta serie —Sí, cuando decía que L&O ha sido todo un éxito no exageraba— que se centraba en la parte judicial para compensar el giro policial del resto. Law & Order: Trial by Jury duró sólo 13 episodios entre 2005 y 2006 y fue el primer traspiés de la factoría.

Aún quedaba por jugar la baza de la franquicia que permitió vender versiones de la serie a paises como Francia que lo convirtió en Paris enquêtes criminelles y la mantuvo en el aire tres temporadas entre 2007 y 2009, mientras que la versión inglesa llamda en un alarde de imaginación Law & Order: UK comenzó a emitirse en 2009 y aún continúa. Menos suerte tuvo la última versión americana: Law & Order: Los Angeles, una idea poco inspirada pero no lo suficientemente loca que duró una temporada —completa, eso sí— entre 2010 y 2011, intentando encontrar una personalidad propia. Pero ya parecía tarde.

De todas estas series sólo queda la internacional inglesa y Law & Order: Special Victims Unit que vive una temporada más de caída de sus números. Es difícil saber si la NBC cerrará este último capítulo de una de las series que más dinero les ha hecho ganar. Especialmente porque es la NBC y porque este años sus estrenos se han estrellado, pero la relación con Wolf lleva siendo tensa desde que se empeñaron en cancelar el primer Ley y Orden.

Lo divertido del caso era que los ratings de la serie sufrieron todo el proceso que rara vez se da, comenzando por los últimos 40 para ir subiendo poco a poco a los treinta y luego a los veinte, hasta 1999 no marcarían por primera vez en el Top 20 en el 13 y, como os estáis oliendo seguro desde hace un rato, no llegaría a entrar en el Top 10 por primera, última y única vez hasta su duodécima temporada estrenada 15 días después del 11S. (Tal y como vimos que pasó con JAG, como para no ver el causa-efecto) Tres temporadas más tarde había vuelto a los 30 y en cinco había llegado a su mínimo, quedándose en el 54 y si bien la siguiente logró que remontara hasta el 38 las dos últimas, ya en los puestos más allá del 60 condenaron definitivamente a tan longeva producción.

Lo que nos lleva al otro actor destacado de Ley y Orden, por motivos externos. Se trata de Fred Thompson, que durante 5 temporadas, de la 13 a la 18, interpretó al fiscal de distrito Arthur Branch y que dejó el cargo para… presentar su candidatura a la presidencia por el Partido Republicano, es decir, su candidatura a candidato para enfrentarse al aún no electo candidato demócrata que estaba claro que sería Barack Obama o Hillary Clinton. Thompson tenía muchos respaldos, sobre todo dentro del mundo del espectáculo —empezando, obviamente, por el de Dick Wolf— pero en el río revuelto post-*Bush* acabó ahogándose frente a políticos profesionales como McCain, Romney y Huckabee que dejaron fuera de juego al actor con rapidez, pese a lo cuál decidió no regresar a Ley y Orden .

No era el primer encuentro de Wolf con la política, como dijimos antes su mejora en los _ratings- hacia el año 2000 podía explicarse también por factores externos, y es que el famoso compañero de Wolf cuando estuvo internado en la Phillips Academy de Andover era… George W. Bush. Dick Wolf hizo campaña en las dos ocasiones por él y estaba bastante claro que existía si no una sintonía sí un complicidad entre ambos. Lo que explica claramente algunas de las decisiones internas en Ley y Orden pero, también alguna de las de la carrera externa de Wolf. Lo veremos en su momento.

Volvamos a los años noventa, como el resto del país, y veamos lo que fue la carrera de Dick Wolf más allá de “Ley y Orden empezando por el siguiente guión para una película que vende, en 1992, y que podría marcar a una generación de intérpretes tanto como Rebeldes marcó a la anterior. En este caso Wolf se inspiraba en sus años de internado para presentarnos a un grupo de jovenzuelos que nos presenta a un atleta judío transferido gracias a una beca deportiva a un internado exclusivo en el que tendría que luchar contra la discriminación y todas esas cosas que se lucha en las pelis. En el reparto, como estrella, Brendan Fraser, mientras que el malvado alumno envidioso que le delata como judío —¿He dicho que estaba ambientada en los años ’50? Por lo visto entonces existían atletas judíos— el malo, decía, era un Matt Damon celosón porque sus otros compañeros —entre los que estaba, claro, Ben Affleck—le hacían más caso. Completaba el reparto masculino Chris O’Donnell y los menos conocidos Cole Hauser, Anthony Rapp y Randall Batinkoff.

No sé cómo iría la experiencia pero el director, Robert Mandel, lo siguiente que rodó fue El sustituto. Y hablando de héroes de acción, Dick Wolf tenía preparadas dos novedades más para 1992. La primera fue un extraño intento de hacer drama médico que no duró nada, ni John Mahoney ni Eriq LaSalle acababan de encajar en el tema médicoo, por lo visto. Menos mal que Wolf tenía un plan B. Junto con DeLaurentisBob , no Dino — creó una serie llamada Mann & Machine y que trataba de… de… Mejor lo miráis primero y cuando os lo creáis seguimos.

Efectivamente, entre Un robot en casa, Una chica explosiva y Medias de seda tenemos una serie puntera y rompedora que ríete del Automan de Larson, la historia de un polícia — Mann, ¿lo pillas, lo pillas?— al que con un poco de Weird science construyen un Small wonder para que detengan los delitos de Silk stalking y un poco lo que les venga así a mano. La Machine del título se llamaba Eve Edison —Eso es. El Festival del Humor no acababa nunca.— y no dejaba de ser la clásica serie de policías compañeros diferentes, más cercano a Holmes y Yo-yo (Haced una búsqueda, veréis las risas) que a Robocop, y que duró 4 capítulos en antena aunque se llegaron a grabar 9. ¿La cadena? Pues la NBC, ¿qué otra?.

El año siguiente Wolf repitió con DeLaurentis y juntos crearon otro vehículo para * Yancy Butler*, la actriz que interpretaba a Eve, juntos crearon South Beach, una serie inspirada muy levemente en Modesty Blaide con una ladrona de guante blanco forzada a trabajar para la policía acompañada por Eagle-Eye Cherry que, ojo, es el nombre real del actor, bueno, en realidad es un músico sueco de raíces africanas que . La parte buena es que estaba a las órdenes de Robert, un siempre excelente John Glover. Esta vez llegaron a emitir seis episodios y grabar siete así que mucho mejor

En cuanto dejó de lado a DeLaurentis y se asoció con Kevin Arkadie la cosa mejoró algo al centrarse en, claro, policías. La llegada de la FOX le permitió centrarse en ello con las nuevas ideas alternativas, multiculturales y jóvenes de la cadena. Concretamente en policías de incógnito en la ciudad de Nueva York o como ellos lo llamaron: Nueva York Undercover, la serie tuvo un éxito relativo llegando a las cuatro temporadas y siendo más recordada por ser la primera serie en presentar a dos actores de color en los papeles principales, Malik Yoba como el detective J.C. Williams y Michael DeLorenzo como el detective Eddie Torres.

Durante los siguientes años Wolf iría encadenando una notable cantidad de series fallidas año tras año, el drama legal The Wright Verdicts en 1995, la macarrada de acción de Swift Justice en 1996, el acercamiento a los federales en —en fin— Feds en 1997, la serie política D.C. en 2000… Casi parece que lo más útil que hizo fue en 1997 cuando lo intentó con Players, una serie sobre exconvictos que colaboran con la justicia que permitió a Wolf darle el papel principal a IceT, a quién recuperaría en 2000 para que interpretara a un personaje de L&O:SVU.

A eso se unían todo tipo de series que trataban de sacar éxito de Ley y Orden, como Deadline, serie de periodistas que duró dos temporadas (2000- 2001) y estuvo centrada en la vida del ficticio New Yor Ledge que solía aparecer en Ley & Orden; en 2006 saca Conviction, centrado en el personaje la abogada Alexandra Cabot, interpretada por Stephanie March que venía de L&O:SVU y aabaría volviendo a ella tras lograr sólo 13 episodios para esta serie.

Aunque quizá el caso más sorprendente fuera el de las series de no-ficción, primero Arrest & Trial, del año 2000, en el que se recreaba un caso real al más puro estilo Ley & Orden, dándole una apariencia de documental que transmitiera incluso más verismo que la serie. A continuación y por dos temporadas, de 2002 a 2004, _Crime & Punishment _, que seguía a miembros de la fiscalía del distrito mientras preparaban sus casos. Un paso más para adentrarse en los casos reales, como siempre. Hablando de lo cuál, Wolf fue el elegido por la ABC para tratar de recuperar el Dragnet de Jack Webb del que tanto bebía su principal fuente de dinero.

La desconcertante elección del gran Ed O’Neill —incluso por encima de los arreglos al clásico tema musical— parecía remitir más a la parodia cinematográfica —con el mismo nombre que la serie original y la dupla Tom Hanks y Dan Aykroyd, una idea que no es algo reciente— interpretando el personaje de Joe Friday que Webb inmortalizó y Aykroyd parodió, sin que pareciera muy clara la dirección que le pretendían dar. El desastre fue de tal magnitud que en el episodio 12 decidieron dar un enorme giro, cerraron temporada y prepararon una nueva librándose del compañero de O’Neill y presentando a un grupo de jóvenes investigadores racialmente diversos —con señalar que incluía a Eva Longoria os podéis hacer una idea— el resultado esperable fue la cancelación tras cuatro episodios de la nueva temporada. Los restantes —hasta 10— fueron apareciendo en repeticiones y canales ajenos, hasta el punto de que la serie fue completada por primera vez en su pase en Francia.

A esto había que unir su faceta como productor de telefilmes, a veces con la suficiente calidad, como la adaptación para la HBO de _Bury My Heart at Wounded Knee _, una historia de las tribus indias de los Estados Unidos; antes de eso había producido una nueva versión del clásico The Invisible Man, no una serie como la del habitualmente interesante Matt Greenberg, sino una versión con Kyle MacLachlan en 1998, aunque lo más importante sería, por supuesto, Twin Towers, una mezcla de documental y película estrenada en 2003 que presentaba a dos hermanos, uno bombero, el otro policía, muertos durante los ataques del 11S. Es algo que no puede evitar.

De hecho, mientras Ley y Orden se resiste a desaparecer del todo de nuestras pantallas el próximo proyecto de Dick Wolf es crear una serie de bomberos desde una perspectiva seria que muestre los héroes que son. Y la verdad es que si alguien puede sacarla adelante es Wolf, no en vano él es Ese hombre.


Teorizando las evoluciones

Cuando uno —pongamos… yo mismo— habla de las series desde la perspectiva de los pilotos o, incluso, de los 3 primeros episodios, siempre surge una duda. “Bueno, vale, pero, ¿cómo evolucionará luego?” Una cuestión a la que se puede responder en ocasiones pero que acaba siendo fundamental para el futuro de la serie y —más aún— para la opinión que tendremos sobre ella.

Ya hemos hablado aquí de la maldición del episodio 13, aquel en el que todo lo que estaba pensado “en previsión” se termina, y más vale que tengas una idea de cómo seguir —y que los ejecutivos de la cadena no quieran meter mano— o puedes acabar como Glee, sufriendo una bajada de calidad absolutamente brutal y echando por tierra todo el trabajo anterior.

Porque es normal que las series tengan que evolucionar pero la inteligencia del creador, del responsable, está en cómo lo hacen. Fijaos en Community, de unos primeros episodios más cercanos a una sitcom clásica, con detallitos, eso sí, se fue pasando poco a poco hacia la locura total para final de temporada con capítulos como el del pollo o el magistral episodio del paintball y, una vez lograda la idea, decidieron hacer una segunda temporada que se tiraba en plancha sobre la locura. Cierto es que alguno de los personajes parece tener un desarrollo parcialmente errático — es decir, el _señor Chang _ que siempre está bien aunque no siempre tenga sentido su inclusión — pero las líneas de dirección de la serie parecen firmes.

Por contra, en 2 broke girls llevamos 8 episodios y no parece que tengan intención de crecer, evolucionar o pasar a mayores. No es algo atroz, la serie es aceptable y tiene buenos diálogos, pero el potencial se ve desaprovechado.

¿Será miedo al cambio? Ese mismo miedo que ha llevado a los chicos de Misfits a sustituir a un personaje por otro demasiado parecido y devolverlos a la casilla de salida, como si no hubieran dado muestras de originalidad los dos últimos años para poder prescindir del uniforme. ¿Es eso bueno? ¿O es el exceso de cambios lo que puede matar a una serie? Recordemos la idea de Roseanne de hacerles ricos, Maude convirtiéndose en congresista o SeaQuest metiendo un cambio radical que era, sobre todo, un lavado de cara y de género. No parece que les fuera mucho mejor, ¿eh?.

La evolución es una complicación. Porque muchas veces pierdes lo que tienes, y no me refiero sólo a la resolución de la Tensión Sexual. Pensad en Scrubs, la trama sobre el Dr. Kelso jubilándose es grandiosa pero una vez concluida… te deja a un gran personaje en fuera de juego para el resto de temporadas. Incluso la genialidad con la que supieron llevarlo —Su afición a los muffins— no escondía que se les había ido de las manos.

Por contra, en Urgencias, durante la temporada 3, la encantadora Dra. Lewis se subía a un tren. Y todos pensábamos que acabaría bajándose de él. Después de todo lo que había sufrido con el hijo de su hermana y de la relación que estaba flotando con el Dr. Greene… ¡¡¡Si hasta él fue a decirle que no se fuera!!! Pero los guionistas nos reservaban otra cosa: Susan Lewis desaparecería de la serie, como desaparece la gente de la vida real, sin previo aviso. Otra cosa es que, pasados 5 años y ante la huida de los protagonistas originales (Clooney, Margulies, La Salle, Reuben y hasta Edwards) consiguieran que regresara. Y lo mejor de todo es que lo explicaron de tal manera que parecía lógico: Gente a la que dejas de ver y, un día, vuelve a entrar en tu vida.

Esto, como la calidad de las series, es variable. Que también es parte de la evolución, aunque no lo parezca. Por motivos externos e internos. How I Met Your Mother empezó tanteando, como casi todas, y se convirtió en una gran serie. De hecho, el final de la cuarta temporada fue magnífico. Pero entonces llegó la quinta… y la calidad comenzó a bajar, y siguió la sexta y aquello parecía no tener remedio, la gente huía de ella… de manera que cuando en la séptima ha empezado a recuperar fuelle —es decir, se han acordado de no hacerle mucho caso ni darle dramatismo a Ted Mosby, ese personaje— la mayor parte está ya fuera.

Del mismo modo cuando The Big Bang Theory se han convertido en un éxito de masas han ido a convertirlo en otra cosa, una serie de relaciones, de chicos contra chicas de frikis sin suerte que, en fin, como en el caso de Glee significa no sólo vulgarizar la serie a los niveles medios sino, además, convertir una serie de lo que era a lo que uno pensaba que sería cuando le contaban de lo que iba. La involución, vaya.

Aunque si me preguntaran cuál es la serie que hoy en día ha logrado conjugar la premisa inicial con evoluciones extremas constantes, creo que no tendría mucha duda: Supernatural. Desde los tiempos de Happy days no se había visto una locura evolucionista semejante, y en Happy days llego un momento en que no sabían si iban o venían, quién era el protagonista o dónde estaban. En Supernatural los protagonistas siempre han sido los Winchester, aunque no hayan estado siempre vivos los dos a la vez, y el tema siempre ha sido la lucha contra los elementos sobrenaturales malvados, tanto daba que fueran leyendas urbanas, monstruos —de la semana—, demonios, ángeles o Dios. Lo importante era eso y así se ha mantenido; todo lo demás, desde los secundarios a las motivaciones y contextos, ha ido cambiando, de la búsqueda del padre con la que empezaba la primera temporada a la asociación de cazamonstruos, las tramas diabólicas, las tramas angélicas o el paso actual, enemigo final de temporada que va apareciendo de cuando en cuando y episodios independientes —o casi— en medio, al más puro estilo Buffy.

Frente a esto, las evoluciones internas en otras series —ahora tiene nuevo novio, ahora hay boda, ahora toca niño, otro niño, ¡más niños!— se antojan limitadas, son evoluciones sentimentales, humanas si queremos, pero hay poca evolución real, poco cambio de paradigma con conservación de la esencia.

Quizá por eso tienen tanto éxito la valoración de pilotos, porque sospechamos que no van a alejarse mucho de ese punto inicial, y cuando lo hacen a mejor o a peor, o cuando demuestran estar en una carrera para que no dejen de pasar cosas, sea para bien o para mal —es decir, como podría pasar en Lost o en American Horror Story — nos preguntamos cuánto durará y si habrá un plan detrás. Demasiados episodios para este punto de partida, esto no les da para dos temporadas, habrá que ver qué se inventan cuando haya pasado X y es normal. Fijaos en algunos de los mejores estrenos de esta temporada: Homeland, Revenge, Boss… ¿Alguien tiene la sensación de que podrán estirar la premisa? Frente a ideas abiertas como las de grupo, como Friends, de lugar de trabajo, como The Office, o de localización, como Mujeres desesperadas, las que tienen una idea detrás parecen más limitadas por su propia idea: Como conocí a vuestra madre pasa a ser Papaito Brasas, en Expediente X parecía que nunca acababan de estar contentos con la explicación a la desaparición de Samantha Mulder y cuando alguna como El Mentalista se atreve a superar su final teórico —La muerte de John el Rojo — da la sensación de que le falta algo a la serie.

Y, sin embargo, nuestra propia vida cambia y muta, miramos dónde, con quién o qué hacíamos hace 5, 10, 15, 20 años y podemos comprobar los cambios y adivinar los que vendrán, ¿por qué nos cuesta entonces tanto aceptarlos en un producto de ficción con vocación e continuidad? ¿será el miedo al cambio? ¿O será que lo que nosotros llamamos evolución o desarrollo puede zumbar en los oídos como “No le toques ya más, que así es la rosa”?

Lo importante, al menos para mí, es aceptar ese cambio pero no dejar de ser crítico con él, y sé que eso significaría repasar las series de las que he hablado al cabo de unos meses, ver si han cambiado, si ha sido para bien, si mejor haberlas dejado… Pero no hay tiempo para todo. Tendréis que conformaros con anotaciones, comentarios y, si la evolución es grande, quizá hasta alguna columna sobre una evolución concreta.

O no. Ya veremos. Según evolucione.