Sark de oro 2004 el año que reeleimos poderosamente

Un año más (y ya van cinco) aprovecho el comienzo de año para entregar el “Sark de Oro” al libro que más me ha gustado de este año.

Comienzo con la clásica advertencia, el que quiera pasar al resumen del año que se salte este párrafo. Las listas de “Lo mejor de…” acaban siendo los resultados de la intersección de los gustos personales con los libros leídos a lo largo del año. La posibilidad de que haya aparecido un libro revelador y no aparezca en la lista puede deberse más a no haberlo leído que a criterios de selección. Recapitulando en estos años y para que quede constancia, los anteriores Sark de Oro recayeron en “El hada carabina” de Daniel Pennac, “Huérfanos de Brooklyn” de Jonathan Lethem, “Cíclopes” de David Sedaris y “La disco rusa” de Wladimir Kaminer. Ah, no, no estoy a sueldo de Mondadori.

Vamos a ello. Este ha sido, sin duda, el año de las relecturas. Ya desde el principio del año con la magnífica iniciativa de El País y su colección de aventuras seguida luego por una colección Negra que nos ha permitido recuperar a Twain, Dumas o Stevenson por un lado y a Thompson, M. Cain o Himes. También los saldos han ayudado, como los del “Hit Man” de Block o “Una historia maravillosa…” de Eggers. Además, han sido publicadas en bolsillo “HappinessTM” de Ferguson, “Huérfanos de Brooklyn” de Lethem o “mi vida en Rose” de Sedaris. En este mismo formato han tenido la gentileza de rescatar “Hyperion” y “La caida de Hyperion” de Dan Simmons. O la publicación de nuevo de “Foe” de Coetzee, quizá su mejor novela. Y a todo esto hay que unir la recuperación de clásicos como “Guerra y Paz” o “Los papeles póstumos del Club Pickwick” y eso sin contar con las reedicione scompletas que Círculo de Lectores y Cátedra han preparado (cada una por su lado) de un selecto grupo de autores.

En resumen, un año de recuperaciones tan brillante que ha ensombrecido (cómo no) la pobre producción de este año.

Sí, hemos tenido algúnas novelas dignas, aunque pocas. No sé si ya lo he mencionado pero por su popularidad me centro en las novelas, aunque tampoco en Poesía, Ensayo o Biografía haya sido mucho mejor la cosa; destacaría las Obras Completas que se han reeditado este año de grandes autores como Kavafis, entre las biografías, mi preferida ha sido la que Espasa sacó (en una edición horrible, por cierto) de Mark Twain.

El caso es que pese a un año que no empezó mal (“El diablo te quiere”, “Música militar”) se estánco y no ha sido al final gran cosa.

Hasta el punto de que este año queda desierto el “Sark de Oro”. Eso sí, los “candidatos” se merecen por lo menos una mención.

“El curioso incidente del perro a media noche” de Mark Haddon, Salamandra, es una interesabte obra que mezcla el estudio del autismo con un asesinato menor. Muchos conceptos “de ciencias” también para una novela que sin acabar de convencer está entre lo más destacado del año.

“Ven a verme” de Erika Kauser, Mondadori, es un más que aceptable conjunto de relatos que se mueve entre el humor descarnado y el interiorismo social. Entre Dorothy Parker y Elvira Lindo, vaya. No está nada mal pero le falta algo del “punch” que ha caracterizado a al “new Generation” usaca.

“El caso del enterrador y la niñera” de Tim Cockey, roca Editorial. Un libro de género (negro) muy interesante, con reminiscencias delos clásicos de la tele , protagonizada por un enterrador que parece protagonizado pro Bruce Willis haciendo de detective y narrando una historia que, pese a sus problemas y lugares comunes, sabe entretener. Una de las sorpresas del año.

“Aire muerto” de Iain Banks, Mondadori, es una muy interesante obra con cambios narrativos (p’alante/p’atrás) que se pierde por no tener claro qué es lo que quiere contar. La trama genereal del protagonista resulta mucho más interesante que los hechos concretos en los que acaba centrándose para dar una “sensación de historia” arruinando de alguna forma un gran trabajo, una lástima.

“La fortaleza de la soledad” de Jonathan Lethem, Mondadori, es la obra quizá más madura de Lethem auqneu lamentablemenete también la más asfixiante (casi aprece una obra de Coetzee dejando poco espacio a cualquier sentimiento o momento positivo) la inclusión de “referencias pop” como tebeos o musica “popular” es una de las grandes bazas que usa el autor para separar, para separar a sus padres entre ellos, para separar a su madre (seguidora del Dr. Extraño de Ditko) de él mismo e incluso entre sus amigos comiqueros según prefieran a Kirby o Steranko a Conway o Gerber… Una historia casi sin concesónes de análisis de las relaciones entre padres e hijos (las presencias maternales están casi desaparecidas) a la que le sobra lamentablemente el trecho final, el “estrambote” que nos sitúa en el presente pese a su función de “justicia” para los personajes, al menos para algunos.

En cuanto a los libros españoles, un mal año a secas, lo más destacable es “Celda 211” que adolece de algunos defectos notables entre los que destacan la falta de definición de personajes entre lo que se dice de ellos y lo que eligen hacer. Dentro de Lengua de trapo también esta “Guapa de Cara” que naufraga en una segunda mitad que parece errabunda en todo momento. Poco más destacable, me negué a leer a Bolaño cuyos “Detectives salvajes” aún tengo atragantados, lo nuevo de Garcái Márquez resultó ser un “lifting” de un cuento que debió escribir cuando era joven siendo benévolo y el resto simplemente no ha estado a al altura, desde Pinilla y sus ansias Faulkeneizantes a los problemas de edistribución de Mario Muchnick y la nueva de Isaac Montero.

Eso sí, muchas editoriales nuevas que, de momento, no aportan mucho, pero hay que dejarlas crecer, la aparición de Roca Editorial que lelga con fuerzas a re-crear su Ediciones B perdido y la aparición de un cierto Ala Dura que nos ha dejado títulos tan memorables como el que enseña a dejar de ser homosexual que publicó Letras Libres o el célebre “¿A qué juegan nuestros hijos?” de los SanSebastian que publicó Ymelda Navajo en su Esfera de los Libros.

En resumen, un gran año para el reencuentro pero un año bastante lamentable para el descubrimiento.


Sark de Oro 2003: un 2003 lo tiene cualquiera

Un año más (y ya van cuatro) aprovecho el comienzo de año para entregar el “Sark de Oro” al libro que más me ha gustado de este año.

Comienzo con la clásica advertencia, el que quiera pasar al resumen del año que se salte este párrafo. Las listas de “Lo mejor de…” acaban siendo los resultados de la intersección de los gustos personales con los libros leídos a lo largo del año. La posibilidad de que haya aparecido un libro revelador y no aparezca en la lista puede deberse más a no haberlo leído que a criterios de selección. Recapitulando en estos años y para que quede constancia, los anteriores Sark de Oro recayeron en “El hada carabina” de Daniel Pennac, “Huérfanos de Brooklyn” de Jonathan Lethem y “Cíclopes” de David Sedaris.

Si tuviera que señalar alguna característica principal de este año, en lo que a literatura extranjera se refiere, diría que ha sido un año de re-encuentros. Todos los galardonados han presentado al menos una obra, de la misma forma que algunos finalistas (Tonino Benaquista, Michael Chabon). No ha sido un año, sin embargo de grandes sorpresas tanto como de consolidaciones. La línea “Next Generation” de Mondadori ha visto arreglarse el lamentable final del año pasado con el regreso de alguna de sus figuras claves y la presentación en sociedad de la colección 21 de DeBols!llo ha permitido hacer más accesible a alguno de los grandes popes incluso en sus reediciones (como David Foster Wallace) proporcionando más de una satisfacción, incluso cuando los trabajos rescatados hayan resultado tan decepcionantes como en el caso de Chabon.

En cuanto a la narrativa española, entre el recuerdo y la emulación, ha resultado un año bastante aburrido, apenas alguna cosilla de Lengua de Trapo (“Coda”) o algún intento postmoderno con más brío que acierto en Mondadori (“El dios reflectante”) para un año en el que se presentó un premiado correcto (“Los amigos del crimen perfecto” de Andrés Trapiello en Destino. Premio Nadal) y otro sugestivo (“El pasado” de Alan Pauls en Anagrama, Premio Herralde) frente a una gran mayoría de premios olvidables. Algunas miradas atrás y obras menores aunque destacables como “Cuentos del Oeste” de Luciano G. Egido en Tusquets.

Lamentablemente también se ha continuado con la chapuza editorial, la nerviosa Ediciones B ha logrado acumular despropósitos incluso entre sus aciertos como la publicación de “Estupidos hombres blancos” de Michael Moore o la gente de Ma Non Troppo que han logrado algunas erratas difícilmente creibles. Incluso el gran Vallcorba ha visto empañada su edición de la “Autobiografía” de Chesterton por fallos de impresión y faltas de ortografía, algo que parecía difícil de imaginar hace unos años. O el ejercicio de publicidad del “Todas putas” de Hernán Migoya, un libro bastante malo con una buena campaña. Hablando de libros malos, hay que advertir a la gente de que se parte de “Técnicas de masturbación entre Batman y Robin” por ser uno de los grandes horrores del año terminado. Pero lo peor sin duda han sido las muertes, de Augusto Monterroso a Manuel Vázquez Montalbán, los muertos han sido muy importantes este año, importantes y dolorosos.

Pero regresemos a la idea original de este texto, hablar de lo bueno. Bueno ha sido el reencuentro con el relato corto de Stephen King y Michael Marshall Smith, ambos en Plaza & Janés. Y también bueno es la publicación de “Hombres de armas” de Terry Pratchett, lamentablemente “Imágenes en acción” defraudó y “El segador” se quedó en una tierra de nadie.
Narrativa Mondadori recuperó para fortuna suya a Daniel Penca con “El dictador y la hamaca”, a Jonathan Lethem con “Cuando Alice cruzó la mesa” y a David Sedaris con “Mi vida en Rose”, todos ellos podrían haber sido finalistas en lugar de finalistas y ejemplifican el gran nivel que está teniendo la colección tras los últimos traspiés.

La colección 21 ha sido un gran regalo, no mentiré diciendo que al principio me causó inquietud por esa idea de dejar solo un relato de Foster Wallace de todos los que componían “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”, pero la selección y las obras presentadas han demostrado la existencia de un criterio. Lo peor de entre los mejores se lo lleva el dubitativo inicio de Chabon en la escritura, Palahniuk tampoco sale muy bien parado con su obra y el inclasificable Lethem hace un plato de difícil asunción, un Western Intergaláctico nuestra perfecta de sus problemas y virtudes. También autores casi desconocidos tuvieron su oportunidad y otros más alejados de esta Nueva Ola como la eterna aspirante al Nobel con “Zombie” o el músico Vinicius de Moraes pusieron la nota exótica en esta selección. Un nivel medio / alto propio de una gran colección [Apenas alguna como de Diagonal Bolsillo se puede comparar, con ese “Doble indemnización de Cain con otro título que han sacado este año] y solo lamentar que al final (por los motivos que sean, desde un replanteamiento a un Nobel de por medio) no haya aparecido el “Foe” de Coetzee (justísimo Premio Nobel de Literatura) en la colección.

Dejo ya de dar vueltas a la perdiz mareada y abro las plicas:

“Sark de Plata” al libro finalista para “Nana” de Chuck Palahniuk. Un recorrido por parte de la América mágica con una demostración de ritmo recuperado por un autor al que temía perdido. Una auténtica gozada leer esta locura sobre magia, muerte y canciones de cuna que demuestra que Palahniuk sigue vivo en algún lugar de su cuerpo. Esperemos que llegue pronto (que llegará) “Diario – Una novela” y que no se abandone en un juego de provocaciones sencillas.

“Sark de Oro” al libro publicado en 2003 que más me ha gustado para:

“La disco rusa”de Vladimir Kaminer, en DeBols!llo, colección 21.

Hay muchas razones por las que este libro puede pasar desapercibido. Su pequeño tamaño, su bajo precio y una portada horrorosa son argumentos de peso. Incluso la lectura del comienzo del libro, en el que un perplejo Kaminer nos explica como un ruso como él acabó en Alemania del Este, goteando detalles, fijando personajes y personalidades para darnos cuenta de que en la página 52 se ha producido un cambio. El libro sigue estando compuesto de breves historias, de 3 / 4 páginas en las que cuenta algo “casi cotidiano” de su estancia en Alemania, muchas veces desde su posición de emigrado y sin acabar de sentirse integrado . Es casi mágico encontrarse con unas historias tan bien definidas, sutilmente divertidas, con una ironía que sirve para perfilar y dotar de profundidad, no solo para sonreír. Un descubrimiento excelente el de esta obra y este autor, que pronto publicará otro libro, esta vez en RBA y cambiando su nombre de Vladimir a Wladimir. Si de todo el año pasado tuviera que quedarme con un libro sería con este, llámenme “adicto a los descubrimientos” o échenme en cara preferir a un desconocido frente a los consagrados, el caso es que tras bastante meditarlo he llegado a esta conclusión.

“La disco rusa” de Vladimir Kaminer es el ganador del 4º Premio “Sark de Oro”


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