Mercero Sentimental

Durante mucho tiempo ha existido una tendencia a desestimar a Antonio Mercero por algo que es innegable, su propensión a la sentimentalidad, pero no lo único en una de las grandes carreras de la televisión española. Como el otro recuerdo asociado es Verano azul, mil veces repetidas, su imagen general es, habitualmente, baja.

Es una pena, y lo es por muchos motivos. De entrada porque pensando en Verano azul podemos caer en la cuenta de que en ella se presentan escenas como esta: El grupo de niños protagonistas están decididos a no dejar que los especuladores ganen y que le quiten a Chanquete su barco y sus tierras para promover el ladrillo y, para ello, deciden hacer una sentada pacífica con su amiga la pintora. Es decir:

¿Qué? ¿Algún paralelismo con la actualidad se les ocurre? ¿Eh? Ya, eso me parecía.

Pero habrá tiempo de hablar de Verano azul, hagamos las cosas bien, desde el principio.

Antonio Mercero se apuntó a la Escuela Oficial de Cinematografía y comenzó con los cortos en los ’60, tras realizar varios durante la carrera —uno de los cuales, Trotín troteras llegó a ganar un premio internacional en la Bienal del Arte de París, y ya como profesional debutó con el corto Lección de arte que ganó la Concha de Oro en San Sebastián, a partir de ahí un par de cortos más y para 1963 estaba dirigiendo su primera película Se necesita chico una coproducción hispano-italiana que pasó con más pena que gloria y que le tuvo el resto de la década realizando documentales para TVE.

Para finales de la década había demostrado su capacidad para rodar y guionizar que le llevaría a su primer gran proyecto, colaborar en la serie Crónicas de un pueblo

Así, con la música del programa Protagonistas, comenzaba esta complicada idea. Teóricamente ideada por Carrero Blanco para mayor gloria del régimen franquista, la forma en que Mercero loggró convertirla también en un fresco de la vida de pueblo pese a estar obligado a usar sólo un lado de esa vida para atraer al público. Convertir esos personajes en gente real, con la que uno podía empatizar y ver más allá del mensaje propagandístico fue toda una victoria de Mercero y del guionista principal Juan Arias.

Además le permitió suficiente autonomía para preparar su siguiente poyecto para televisión:

La Cabina, en 1972, se convirtió en toda una revolución para la televisión española siguiendo los pasos de las producciones de Chicho Ibáñez Serrador o Jaime de Armiñán que triunfaban en los certámenes extranjeros. Un éxito que llevó a conseguir entre otros premios un Emmy.

Con un planteamiento cercano al de El Asfalto, de los dos Ibáñez, y un Jose Luis López Vázquez magnifico el guión que Mercero realizó junto a Jose Luis Garci volvía a hablar de la incomunicación, del aislamiento y de la capacidad de la sociedad para dejar al margen a los necesitados de ayuda.

Repetiría con López Vázquez esa vez en el cine en Manchas de sangre en un coche nuevo una película con algunos puntos en común con Muerte de un ciclista, como Lucía Bosé, salvo que donde la película de Bardem apostaba por el drama esta se inclinaba hacia el suspense.

En cualquier caso, su paso po el cine, con películas como La guerra de papá, nunca le alejó definitivamente de al televisión donde realizó aún otra colaboración con López Vázquez en _Este señor de negro que con guiones de Mingote contaba en 13 capítulos las historias de Sixto Zabaleta un señor bastante retrógrado que veía a su abuelo salir del retrato para explicarle los peligros modernos.


Watch “Este senor de negro” in Music  |  View More Free Videos Online at Veoh.com

Pero sería en 1981 cuando llegaría su gran triunfo, y no me refiero a ese nuevo estudio sobre la otridad que es Toby —sí, sentimental de nuevo, ciertamente, pero lección sobre cómo la gente trata a los diferentes sin duda alguna— sino a Verano azul serie que, sí, sin duda, está bien, lo aceptamos: Es sentimental. Pero que debería ser analizada también por otros asuntos:

– Trata a la juventud como juventud, les hace creíbles y presenta unas divisiones y alianzas que van girando.

– Refleja distintos problemas y situaciones sociales, explica todo tipo de situaciones y no busca pontificar sino tratar de hacer entendible la situación y ofrecer distintas opiniones, incluso cuando se nos cuenta los intentos de exploración del ladrillo en el pueblo escuchamos a esa gente explicar por qué lo apoya, y no es sólo por dinero.

– Resulta un compendio perfecto de las corrientes de las series que reúne los argumentos sociales propios de las series de la época con un intento de realizar un retrato de la sociedad contemporánea, algo en lo que Mercero ya había destacado y que era también un signo de los tiempos.

– Mata a Chanquete. Eso son puntos a su favor. Incluso contando con la existencia de Kike.

El tremendo éxito —sí, ya, chistes sobre conducir bicicletas y repetir más la serie que Los Simpson— hizo que Mercero dirigiera aún otra película infantil, alejada esta vez de las inquietudes de Toby o Verano Azul e incluso de sus aproximaciones al fantástico: Buenas noches, señor monstruo.

No sería sin embargo la única serie de éxito que realizara en los ochenta ya que a la realización de otras películas como Espérame en el cielo se une una labor en una de las más importantes series españolas de los años ’80, Turno de Oficio

Aunque bajo el paragüas de BMG Films sería Mercero el encargado de dirigir la serie y de colaborar en los guiones, especialmente el del piloto.

Poco hay que sea necesario decir sobre este pilar televisivo pues, de nuevo, se trataban los temas importantes del momento a la vez que se desarrollaban los personajes logrando mezclar la vida privada de los mismos con los temas que importaban en la España de entonces.

Antonio Mercero sólo volvería una vez más a la televisión en España. Sería al poco de que comenzaran a funcionar las privadas y con su último gran éxito, una serie cuyo último capítulo es aún la ficción más vista por los españoles. Me refiero, claro a…

Un gran punto final a su carrera en la televisión, una de las series emblemáticas de los años ’90 y de la historia de la televisión en la que su carácter de comedia y sus tramas de farsa en muchas ocasiones no escondía que se iban deslizando ideas y tramas , de manera más discreta y menos matizada que en años anteriores pero aún con suficiente interés como para que los personajes resultaran reales y las situaciones plausibles.

La mezcla de actores reconocidos —muchos con experiencia televisiva como los principales Concha Cuetos y Carlos Larrañaga— con, una vez más, jóvenes promesas dio lo mejor de sí en lo que acabaría siendo una de las últimas buenas series de la televisión española durante una temporada demasiado larga.

Mercero no volvería directamente a la televisión pero su importancia es imposible de minimizar. Él ahora sufre de alzheimer, la enfermedad de la que hablaba su última película ¿Y tú quién eres?, pero aunque él pueda estar olvidando su pasado nosotros, los telespectadores, nunca podremos hacerlo.

Puede que suene sentimental pero si algo nos ha enseñado Mercero es que eso ni es incompatible ni necesariamente malo.


Communismo Radical

Community es la mejor comedia que se está emitiendo en estos momentos.

Alto ahí: No me cansaré nunca de loar esa primera temporada de Louie que se emitió el año pasado. Reconozco los méritos de Raising Hope, HIMYM está mejor que el año pasado y 30 Rock ha regresado por todo lo grande. Modern Family es un ejemplo perfecto de construcción de una sitcom clásica, South Park o It’s always sunny in Philadelphia son grandes ejemplos de humor e incorrección política y seguro que podríamos seguir durante horas repasando los pros de todas las series, seguro que alguno defendería incluso Happy Endings.

Pero Community se mueve no ya a otro nivel sino a todos los otros niveles. Hay series apreciables por su tridimensional, Community se mueve en unas 27 dimensiones diferentes. Esta semana con la emisión de la última parte de su brillantísimo capítulo final doble se han podido leer todas las loas posibles, todos los parabienes deuna crítica que está rendida a sus pies y postrada de hinojos. No sólo eso, tratar de explicar qué es Community o cómo funciona se ha convertido en una de las actividades preferidas de la crítica televisiva. Y ni aún así hay forma de poner de acuerdo a *Sepinwall con los chicos del AV Club o a un periódico con otro. ¿Se trata de una comedia llevada al extremo, de la comedia de una comedia, es tan metareferencial que puede terminar atrapada dentro de si misma?

Quizá todas las respuestas anteriores sean afirmativas porque si algo ha demostrado Community es que puede ir a cualquier campo. El paintball que ha servido para otras series como The Big Bang theory aquí sufre una mutación completa, el humor puede pasar rápidamente desde la planificación táctica de Modern Family hasta el más rudo humor sucio sutil y brutal a la vez — ¡ese juego con las banderas de las universidades! — y, además, se permite cambios y movimientos que no sólo no se veían desde Arrested development sino que ni esa serie podría haber imaginado, acercándola más a los buenos tiempos de Los Simpson

Porque si algo tuviera que caracterizar a esta serie por encima de metareferencial es mutante. Uno se pone delante de la pantalla a ver qué se les ha ocurrido esta semana, un poco como si estuviera ante un episodio de Phineas & Ferb, y sólo sabe que no puede tener claro nada.

Literalmente. Uno de los puntos álgidos de la temporada fue un episodio centrado en el cumpleaños de Abed con motivo del cual el grupo le daría una fiesta disfrazados como en Pulp Fiction. Había fotos, había declaraciones, todo el mundo esperaba ver qué se les había ocurrido. El hype generado fue utilizado por los guionistas para… ¡realizar una versión de Mi cena con André! No sólo eso, sino que los personajes que habían preparado con tanto esmero el homenaje a Pulp Fiction^se sentían engañados, ¿es que no veía Abed que lo hacían por él? de manera que el episodio, que trataba de la madurez y la frustración de expectativas literalmente frustraba las expectativas de sus hypeados espectadores. ¿Algún problema? ¡Madurad!

Este episodio doble final es otro ejemplo, el tema era el spaghetti western —aunque las parafilias de los guionistas no dejaran fuera referencias como Sillas de montar calientes — pero termina dando paso a una suerte de starwarserío que, a su vez, se queda en unos cuantos chistes y referencias para fijarse en una suerte de repaso a clichés bélicos.

De manera que, igual que en los dioramas que han estado realizando toda la segunda temporada — y que al final han servido para ayudarles a enfocar tácticamente el asalto— acaban en un último diorama que representa al grupo haciendo dioaramas: la caja dentro de la caja dentro de la pantalla.

La evolución desde la primera temporada es evidente. El piloto fue un gran punto de partida pero los primeros episodios no dejaban de ser buenos ejemplos de sitcom clásica, quizá peor orquestados que Modern Family, alocados, sí, pero a falta de un chispazo. Quizá fuera el noveno capítulo, parodia de los debates escolares, puede que el 12, el navideño, en que el tema es, sorprendentemente, la religión, lo que tengo muy claro es que para el 17, centrado en una clase de billar, la serie había sobrepasado la vergüenza. Si había que desnudar a un sexagenario mientras se interpretan grandes momentos del cine de billar y se discute sobre lo que mueve a la gente, se hace. Y se hace con naturalidad. Una de las claves. Si todo se presenta como si fuera lo más normal del mundo a nadie le sorprende que uno de los personajes, Abed, decida que la mejor forma de ligar sea…

imitando a Don Draper o que la versión de si mismo que se acercaría a una chica es…

Bueno, mejor lo pongo.

Pura lógica, ¿verdad?

1. Yo no me acerco a ligar con una chica ->¿No hay alguna versión tuya que se acercaría a ligar con ella? ->
2. Sí ->¿Qué estás haciendo? ->
3. Esta es la versión mía que ligaría con ella.

En ese momento sólo quedaba esperar a que se produjera una auténtica explosión de talento en algún momento puesto que sin complejos teníamos una versión de las pelis de gangsters como el 21, pero sería el 23 el que consiguió cambiar no sólo la forma de verla de muchos sino crear el capítulo perfecto para picar a la gente con la serie.

Hablo, por supuesto, de Modern Warfare

Es imposible describir con justicia la brillantez del episodio, su capacidad para incorporar referencias, expandir las situaciones y aprovechar a todos los secundarios que habían ido creándose para la serie.

De manera que la segunda temporada ya tenía un ejemplo a seguir. Y no sólo lo hicieron con capítulos como el dedicado a las películas de astronautas —el 4 — sino que empezaron a no ya dejar guiños ocultos sino a permitirse licencias como dejar directamente a Abed teniendo su propia aventura… en el segundo plano. O pasar de la metatextualdiad a la religión pasando por la complejidad moderna, dedicar el capítulo de Halloween a una invasión zombie, crear una conspiración llena de giros o redefinen los episodios embotellados_ quedándose en la sala para discutir sobre un robo imposible o jugar al rol.

Además, aparecen episodios de un tono abiértamente instrospectivo con un humor profundamente amargo que parecen más propios de cualquier serie dramática o se pasa a parodiar el formato emprendiéndola con las comedias de falso documental o los episodios de clips de recuerdos.

Así pues este episodio doble no ha sido sino el perfecto ejemplo de cómo reunir todo lo anterior, y cómo lo importante al final por encima de los personajes —“Estupendo, cuando parecía que no iban a monopolizar la clase otra semana”, dice un secundario ante el parto de Shirley— demostrando que cada una de sus partes es impresionante —y espero ciertamente candidaturas para al menos Danny Pudi (Abed) y Allison Brie (Annie) pero no sólo— pero que es al unión, la suma de todo o que Dan Harmon ha conseguido y reunido, sus guionistas y productores, lo que debe ser considerado.

Ahora se enfrentarán al fantasma de la tercera temporada, ese enemigo de las comedias inteligentes. Pero yo confío en ellos y aunque ahora la escuela esté cerrada por el verano estoy seguro de que lo conseguirán:

¡¡¡SEIS TEMPORADAS Y PELÍCULA!!!


Coralidad Steven

Cuando un creador televisivo dice venir de un ambiente artístico uno esperaría descubrir que sus padres eran actores, guionistas, directores o, en el mejor de los casos, cómicos. En el caso de Steven Bochco, reputado creador de series de policías, abogados y médicos, lo último que parece probable es la verdad: Steven Bochco es hijo de un violinista y una pintora, educado en la Escuela de Música y Artes de Manhattan, estudiante en Carnegie de Bellas Artes y, especialmente, de escritura de guiones y piezas teatrales.

En 1966, recién concluidos sus estudios, Bochco hizo lo que casi todos los demás jóvenes graduados: Buscarse un trabajo en una gran compañía. En su caso la afortunada fue la Universal que le puso a realizar guiones para policiales como Colombo, Ironside o El comisario McMillan y esposa entre otras, subiendo de puestos de simple guionista a responsable de guiones y de ahí a ocuparse en 1969 de su propia serie.

O casi. En realidad lo que le ofrecieron fue ocuparse de un segmento de la serie The bold ones —algo así como Los Intrépidos—, cada semana tocaba un grupo diferente que se iba turnando: Los abogados, Los protectores, El senador y, por supuesto, The New Doctors. En ella un grupo de médicos muy especializados capitaneados por el Dr. David Craig (E.G.Marshall) que cada episodio se ocupaban de un extraño caso, bien por la dificultad del mismo o por los problemas para diagnosticarlo correctamente. A lo largo de los cuatro años que duró el contenedor se emitieron un total de 45 capítulos y si bien no fue un desastre como El Senador ni logró la popularidad y respeto crítico de las otras dos sí consiguió que se fijaran en él y tras un par de años trabajando en telefilmes aceptó una oferta en 1978 para dejar la Universal e irse a la productora de Gary Tinker y su mujer, Mary Tyler Moore, MTM. En la que desarrolla su primera serie completa:

Paris, centrada en la vida de un capitán de policía, Woody Paris, y en cómo conciliaba su vida profesional y la formación de los jóvenes policías a su servicio con la vida familiar que compartía con su mujer Bárbara. No le fue muy bien a la serie gracias a una elección de horario especialmente calamitosa: Los sábados a las 10 de la noche es incluso peor que los viernes y la serie no fue capaz de llegar a los 13 capítulos, aunque si sirvió para dar a conocer a su actor principal, James Earl Jones.

Su siguiente idea, co-creada con Michael Kozoll, vendida a la NBC y desarrollada pese a todos los problemas que representada gracias a la buena conexión con Brandon Tartikoff que no dudó en acceder al reparto coral, a los arcos argumentales de varios episodios y a las tramas entrecruzadas que iban y volvían de lo profesional a lo privados. Es decir, todo lo que convirtió en un signo de identidad esta serie:

Quizá la mejor serie policíaca jamás filmada, extremadamente compleja e inteligente, alternando momentos de comedia con otros de drama y abriendo, cerrando en falso o cortando tramas, Canción triste de Hill Street (Hill Street Blues) fue una historia difícil de armar, vender y poner en marcha y sólo la confianza de Tartikoff logró que la cadena no se rindiera en varios momentos complicados. La idea de llevar más allá las premisas de Barney Miller, las novelas de Ed McBain o el documental The Police Tapes dando un aspecto más sucio y realista a la serie. No tanto oscuro o desesperado como agridulce, mostrando victorias y derrotas como un todo y atrayendo talentos como Bob Woodward o David Mamet a escribir algún episodio.

Pese a todo la MTM pide a Bochco que siga trabajando y cree alguna serie nueva, algo que pueda seguir con la idea de Hill Street lo que nos lleva a:

Decir que Bay City Blues no fue exactamente como la MTM esperaba —o la NBC, pero la NBC está acostumbrada a estas cosas— es el eufemismo equivalente a El Vesubio dejó olor a humo en algunas cortinas, pese a estar realizado con alguno de los actores de confianza de Bochco como Dennis Franz esta mezcla de drama con comedia centrada en un equipo de las ligas bajas de baseball emitió sólo 4 de los 8 capítulos que tenía en producción y causó el despido de Bochco de MTM. —Pese a lo cuál Canción triste de Hill Street duró aún dos años con la NBC y MTM

Bochco contaba aún con Tartikoff como valedor dentro de la NBC así que pudo venderle otra idea, esta vez co-creando junto a Terry Louise Fisher y como productor asociado a la 20th Century Fox. Ya habíamos tenido médicos y policías así que estaba claro el siguiente paso:

Durante 12 años La ley de Los Ángeles (L.A. Law) marcó el estándar de calidad de las series de abogados aplicando ideas similares a las de Canción triste de Hill Street para mover personajes y tramas. Y si bien en esta ocasión había menos variedad racial aún se notaba la formación de Bochco en los ’60 y ’70 por la inclusión de grandes temas que se debatían en la serie.

Cantera de toda una idea de entender la abogacía gracias al lavado de cara que pegaba a viejas series como The Defenders, sin ella es imposible comprender los pasos de creadores como David E. Kelly que empezó allí como guionista y no tardó en ascender hasta responsable de guiones.

Este nuevo éxito en la NBC sirvió para lo de siempre: Hizo apetecible a Bochco para el resto de cadenas, lo que facilitó que la ABC le ofreciera un trato por 10 series. ¿Cómo iba Steven a dejarlo pasar?

La primera serie del paquete demostró las ideas extrañas que Steven Bochco, deseoso de innovar, iba a llegar a probar transitando por los límites del género para reinventarlo.

Hooperman colocaba a John Ritter_ —dos años después del final del Spin-off de Apartamento para tres— como protagonista de una serie mezcla de drama con comedia sobre un policía que, además, heredaba un edificio de apartamentos. El bajón de calidad de la segunda temporada condenó a la serie pese a los esfuerzos de Bochco para que la cadena le permitiera intentar una tercera temporada.

Por suerte para todos —incluyendo David E. Kelly, acreditado como su co-creador— su siguiente proyecto sí que fue un completo éxito, gracias al giro que daba a uno de los géneros más clásicos logrando unir las series para adolescentes con las de médicos, es decir:

Con Doogie Houser, M.D (o Un médico precoz como se la conoció en España) dio a conocer a Neil Patrick Harris y ofreció una visión diferente y fresca de las series de médicos.

Así pudo prepara a la cadena para una de las mayores debacles de la televisión. De cualquier televisión:

Sí, ese era Randy Newman. Es difícil añadir nada a lo que ya he dicho en varias ocasiones sobre Cop Rock, una idea tan extraordinaria como extraña, que trató de unir el policíaco con el musical con canciones creadas ex-profeso y que marcaría un punto en la trayectoria de Bochco del que parecía que jamás podría volver.

Solo que su siguiente proyecto fue a peor aún. Puede que la idea no fuera necesariamente mala pero el momento no era decididamente el adecuado; da igual que en 1992 Los Simpsons fueran ya un éxito: nadie estaba preparado para algo como Capitol Critters

Una serie centrada en las ratas, cucarachas y demás animales de alcantarilla del capitolio en el que no se ponía el acento tanto en el humor como en el debate de grandes temas logró horrorizar lo suficiente a audiencia y productores como para que el primer episodio fuera casi el último, emitiéndose el resto de los producidos durante los dos años siguientes. Ni las reminiscencias a Bakshi pudieron levantar la pinta de Fievel va a la Casa Blanca y tiene problemas con el alcohol, las drogas y el dinero ni el trabajo vocal de Neil Patrick Harris como el protagonista, Max, sirvió de gran cosa en lo que parecía, ahora sí, la última palada de tierra en la tumba de Bochco.

Sólo que aún le quedaban series comprometidas con la ABC y tenía el último recurso a mano: Back to the basic. (Por favor, suban el volumen antes de disfrutar del siguiente opening)

El excepcional trabajo de Mike Post vuelve a brillar en la cabecera como ya lo hiciese en Canción triste de Hill Street, y no es el único parecido gracias a la troupe de actores que Bochco arrastra de serie en serie logrando que Dennis Franz luzca especialmente mientras le va dando oportunidades a otros habituales como Jimmy Smits o Mark Paul Gosselar. Un retorno por todo lo alto, ahora con más grandes temas y mayor capacidad de ofender. Porque el espectador de ahora se ofende con nada, claro.

En cualquier caso, sirve este éxito para que la ABC pase por alto una sucesión de series poco acertadas que vinieron a continuación: Brooklyn South (1997), City of Angels (2000), Philly (2001) y Over There (2005) que llegaría al mismo año en que terminó NYPD Blue. Entre medias sólo un acierto parcial, la enorme mezcla de serie de abogados con misterio siguiendo las líneas de Twin Peaks o los seriales británicos:


GENERIQUE : MURDER ONE por artemis181

Lamentablemente la marcha de su estrella, Daniel Benzali, tras la primera temporada, acabó con la serie en una segunda temporada renqueante y perdida que hundió el buen arranque de la primera.

De manera que en 2005, tras el fracaso de Over there y el cierre de Policías de Nueva York concluía la colaboración de Steven Bochco con la cadena ABC.

En esa misma época era fácil encontrarse que sus entrevistas giraban sobre dos temas, la falta de un público interesado para ver la tele en las cadenas generalistas, que en opinión de Bochco se habían pasado al cable para poder ver programas interesantes, inteligentes y complejos dejando las generalistas con la necesidad de rellenar con contenidos que no ofendieran demasiado a nadie ni dieran muchos quebraderos de cabeza, y la sensación de que su tiempo había pasado por la falta de profesionales apasionados y competentes como Brandon Tartikoff que apoyaran a los creadores y estuvieran dispuestos a probar con series novedosas.

Irónicamente su siguiente proyecto sería coger una de las series más exitosas del arranque de la temporada de 2005 y, siendo amables con él, desmontarla. Tras las sucesivas broncas entre la ABC y el escritor Rod Lurie la cadena decide prescindir de él para continuar desarrollando Señora Presidenta (Commander in chief) después de que el estilo polémico, intelectual y descuidado con plazos y fechas de entrega de Lurie cansara a la cadena que prefirió intentar tirar de un profesional competente. El resultado fue que tras su magnífico inicio la serie se convirtió en plana y predecible hundiéndose en las audiencias y cerrando rápidamente en el episodio 18.

Así que Bochco hizo lo más sensato, se pasó a los canales de cable y allí presentó en 2007 una nueva serie de abogados Raising the bar. de nuevo con Gosselar, a quien ya había introducido en Commander in chief, y de nuevo con una forma tan formulaica y cansada de hacer las cosas, tan esto ya lo he visto que en dos temporadas estuvo fuera.

Podríamos pensar que en 2009, con el cierre de Raising the bar, Bochco se habría rendido a participar sólo como consultor, supervisando y escribiendo novelas, alejándose de la televisión de combate.

Pero la verdad es que en estos momentos se encuentra desarrollando una idea para Showtime, un proyecto ultrasecreto a medias con Chris Gerolmo llamado Church of Rock de la que poco se sabe y mucho se especula. Parece que aún tardaremos toda una temporada en descubrirlo pero mientras nos quedamos con una idea, y es que los viejos rockeros de la creación televisiva nunca se retiran.


Larguísima Duración

Se nos está haciendo larga la temporada a todos. Seguro que ya has comentado que este año seguir una serie se ha convertido en algo cansado e interminable y, sin duda, tu interlocutor te ha dado la razón. Y eso es por algo muy concreto: Es estrictamente cierto.

Tradicionalmente las series de otoño empezaban sobre la quincena central de Octubre, se extendían hasta navidades y paraban alrededor de año nuevo para pasar enlatadas hasta marzo continuando hasta mediados de Mayo.

¡Eh, espera! —Diréis. Entonces… Aún estamos dentro de fecha.

Algo así. Este año casi todos los programas terminan en las últimas semanas de Mayo así que van a durar algo más. También empezaron casi un mes antes, sobre la semana del 15 de septiembre. Es decir, en apariencia sólo se han estirado un mes y medio. Salvo que no ha sido así.

La temporada del famoso parón ha sido mínima este año, y lo ha sido por un motivo muy concreto: Las cadenas no se fían de sus programas.

Imagina que estuviéramos hablando de trabajadores. La cadena les tiene que dar vacaciones, ¡maldita sea si no se las han ganado! Pero,a demás, necesitan sustitutos para que hagan su trabajo. Y sí, quizá quede algún temporero que quiera volver a ocupar su puesto pero como están las cosas lo más fácil es que los recortes los hayan limitado a sólo un par mientras que el resto son inexpertos que no sabes cómo se comportarán. Así que el jefe mira a los reclutas y agarra la hoja con los números de teléfono de sus chicos preparado para llamarles a la mínima.

Cuando las cosas se juntan, se juntan todas a la vez. El año pasado las olimpiadas lograron disimular lo sucedido, pero la verdad es que los recortes han hecho que se solicitaran menos series de media temporada, que se estrenaran sólo las que parecían tener mejor pinta —¡santo cielo, cómo serían los proyectos abortados!— y que se cancelaran algunas series por motivos económicos o, simplemente, por las caídas de audiencias generalizadas de la televisión.

De manera que pasamos de años anteriores en los que había series haciendo cola a la espera de una fecha de estreno a tener un número muy limitado de series que más vale alargar.

Y ahí empieza el problema. Cierto es que algunas series que empiezan regular tienen así un balón de oxígeno, muy mal tienen que hacerlo para que las quiten a las primeras de cambio —lo que no evita desastres como The Paul Reiser Show— , pero sobre todo empieza una sobreexposición para evitar meter algo nuevo y que fracase. Igual que en el cine se va a lo seguro, en la tele sólo se abre algo la mano en los estrenos de otoño e incluso estos van siendo, bien más formulaicos, bien más basados en las estrellas detrás o delante de las cámaras.

De manera que una vez amarrada al serie y con unas cifras de audiencia fieles llega el momento de estirar el chicle. En lugar de varias semanas de capítulos nuevos se van alternando con repetidos de forma que el espectador ocasional rara vez sabe qué toca esa semana, se empieza antes y termina después, se vuelve del parón antes aunque sea sólo con un capítulo nuevo y un mes de repetidos, todo para que la gente note al continuidad.

El problema es que la gente se olvida. Se olvida de la serie, se olvida de las tramas, olvida en qué punto estaban los personajes y acusa el cansancio de ver las series en pequeñas dosis. Hasta el punto de que están logrando echar al público hacia otros canales más pequeños que sí emiten cosas nuevas. Porque esa regularidad en la novedad permite una intensidad dramática que se cargan las repeticiones y porque no hay asunto más ridículo que descubrir como la magnífica Justified —más os vale estar viéndola— terminará su segunda temporada esta semana, tras 13 capítulos, mucho antes que la gran mayoría de series que se estrenaron a mediados de septiembre hayan llegado a sus tres capítulos finales.

De manera que esa fatiga sólo se acabará cuando descubran lo que ya empieza a pasar con las series menos seguidas: La gente se olvida de ellas y su audiencia va cayendo. Además, la desconfianza en la novedad generalista se atenaza y frente a los buenos resultados de 2009 en 2010 apenas se han logrado series que regresen para una segunda temporada, mucho menos en 2011 que está viendo como los limitados estrenos se convierten en sangrías de espectadores.

Como siempre será la temporada de Otoño la encargada de redimir o condenar el resto del año pero no hay buenos augurios. Los estrenos de verano son mínimos y si bien la situación insostenible hace que se hayan solicitado más pilotos que el año pasado veremos cuántos se estrenan y con qué resultados, igual que habrá que ver cuánto aguantan series con un recorrido más que abultado como House, How I met your mother o Mujeres Desesperadas que tienen no ya sólo los signos de la edad sino, además, a actores aburridos con ganas de cambiar.

De momento este verano la cosa irá a peor porque las cadenas aprovecharán para reflotar los capítulos ya producidos de series canceladas para rellenar huecos y programando repeticiones de series que siguen emitiendo —sí, se están acercando al modelo español de nunca fuera de la parrilla— hasta el punto de que los datos para nuevos estrenos son ridículos.

Durante la temporada de verano tendremos 30 programas nuevos entre TODOS los canales. Es decir, entre los canales grandes la CBS no tiene prevista NINGUNA novedad este verano. La ABC tiene uno, The Hot Zone, sobre un hospital de campaña, que estaba previsto para su estreno en la temporada de invierno. Ese entrañable desastre llamado NBC es la que más tiene de las tres grandes con DOS estrenos que son programas que han ido retrasando su estreno, una de las cuales Love bites, no deja de ser una serie antológica romántica que sigue el modelo de Vacaciones en el mar o de Hotel para presentarnos un marco en el que cada semana habrá tres parejas en problemas resolviendo sus asuntos; la otra Friends with benefits lleva ya dos años en producción y varios cambios de reparto, así que se estrena más para poder cancelarla y dejar de perder dinero de desarrollo que por auténtica convicción.

Lamentablemente los efectos de esta táctica empresarial de sobreexplotación para aprovechar los éxitos y minimizar los fracasos que pasan por agotar un producto y minimizar los riesgos tendrán un efecto a largo plazo. Mientras tanto, con la situación actual y sin claras demostraciones en contra, esto es lo que tendremos que soportar. Así que si esta temporada se os ha hecho tan interminable como a casi todo el mundo ya sabéis, podéis echarle —también aquí— la culpa a la crisis.


Thatcher Visión

El primer impulso al elegir a alguien para abrir las columnas sobre la televisión UK en los años ’80 fue, obviamente, ponerme a hablar de Sí, Ministro como si no existiera mañana.

Pero incluso teniendo en cuenta que eso es, precisamente, lo que tengo intención de hacer hay otro asunto que no se puede dejar de lado para hablar de la televisión durante esa época. Y es que desde el 6 de Mayo de 1979 al 28 de Noviembre de 1990 el destino de Gran Bretaña estuvo dirigido por la Dama de Hierro, la Baronesa de Kesteven, el Gran Dragón de la Pérfida Albión: Margaret Thatcher.

El cerebral Harold Wilson no residía más en Downing street e incluso el Sunny Jim Callaghan se había marchado ya. Era su turno de poder y eso, como sus creencias, se dejaron notar en todas partes. Incluso, y por supuesto, en la televisión.

Si un campo de juegos vivió ese intento de cambiar la forma en que se percibía la imagen y la situación así como de poner en práctica sus ideas fue, sin duda, la BBC. El antagonismo entre la Primer Ministro y la cadena pública fue una historia de guerrillas y broncas, de desplantes y extrañas victorias para ambos bandos.

Quizá una de las más sonadas fue la oposición central a Doctor Who por ser un programa no apto para menores y caro para emitirse en una cadena pública. La escalada de enfrentamientos llegó a su zenit en 1988, tras las terceras elecciones ganadas por Thatcher y ante la clara visión de que la serie no duraría mucho más con ese gabinete —Y no se equivocaban, esa fue su última temporada y cerca estuvo de ser el final de la más longeva serie de Ciencia Ficción de la historia— lo que les decidió a sacar la artillería pesada: el serial en tres partes The Happiness Patrol.


The Happiness Patrol Part1 por tardismedia

El Doctor —el 7º en aquel entonces— y su companion de entonces, Ace, llegan hasta la colonia terrestre Terra Alpha para descubrir que está regida por la malvada dictadora Helen A que exige a sus súbditos que sean felices, todo el tiempo, o las Happiness Patrols se encargarán de ellos si no lo hacen cualquier otro de los métodos de la tirana. Sylverter McCoy, el 7º Doctor, aseguraría años después que habían ido a satirizar a Thatcher —y a apoyar de alguna mera la huelga de mineros del 84-85 — porque “Margaret Thatcher era de lejos más terrible que cualquier monstruo con el que el Doctor se hubiera encontrado.

Pero esta influencia, esta visión negativa típica en la ciencia ficción de la época y especialmente en los autores británicos, influyó también en la comedia, y si la ciencia ficción avanzó hacia la distopía la comedía saltó al sarcasmo más afilado.

Quizá el programa cómico de crítica política más importante de la década, Spitting image no dudaba en presentar bajo la más cruel de las luces a la panda del partido a los que pintaba, en el mejor de los casos, como lunáticos.

En cuanto a la propia Thatcher, masculina, autoritaria y con modos que van más allá de lo autoritario hasta niveles insospechados.

Todo lo cuál nos lleva a la serie favorita de Margaret Thatcher y al problema que representa juzgarla gracias a su brillante ambigüedad que la convertía en un dulce envenenado para todo el espectro político — ¡e incluso apolítico! — a la vez que marcaba una cumbre en la comedia televisada. Estoy hablando, obviamente, de Sí, Ministro. —¿ O es que no os había dejado claro que esta era mi intención desde el principio?—

Y el motivo de que le encantara a Margaret Thatcher era sencillo: Presentaba una lucha no entre partidos sino entre estamentos, los políticos contra los funcionarios. Sí, también los medios de comunicación se llevaban su parte pero era la lucha entre estos dos grupos la que centraba el grueso de la sátira.

Las relaciones de poder eran tan complejas como sibilinas y la forma de comportarse de los personajes permitía dejar claro que no existían buenos. Ciertamente el político — el ministro del título— James Jim Hacker parecía mejor persona por el simple motivo de que le sacaban como a un completo idiota, inútil e incompetente. Como decía: representado con una luz positiva.

Por contra los funcionarios aparecen como pusilánimes como el ayudante del ministro, Bernard Woolley, o como brillantes manipuladores, especializados en resistir a los intentos de hacer la burocracia más sencilla y accesible, capaces de auto-perpetuarse y evitar cualquier innovación por parte de los políticos. Todo ello representado en la grandísima personalidad de Sir Humphrey Appleby.

Uno de los momentos más recordados es un diálogo en el que Hacker asegura que los dos partidos están en el mismo bando, que el enemigo es el funcionariado. Ese tipo de declaraciones, esa luz positiva —en apariencia— para los políticos, ese demostrar que la función y el trabajo de los mismos era más complejo de lo que podía parecer a simple vista y que existía una gran oposición a hacer un cambio —pequeño, grande, mediano— era lo que la convirtió en un favorito de la Dama de Hierro.

La verdad es que presentar la serie así no deja de ser limitar una pequeña maravilla de la televisión. Con un reparto extremadamente reducido y apenas un par de decorados lograba algunas de las más cómicas situaciones posibles usando exclusivamente la conversación. Los diálogos, maravillosamente escritos, tenían el justo tempo cómico y la rapidez necesaria para marcar un estándar en comedia de calidad.

No sólo se ponían sobre la mesa problemas prácticos de política, también se demostraba las distintas maneras de cagarla con ellos, e incluso cuando Sir Humphrey se salía con la suya no podía demostrarse que eso fuera a concluir con los problemas.

Si en las primeras temporadas parecía limitado el campo de acción de Hacker el paso lógico a Yes, Prime Minister les permitió abordar todo tipo de temas y problemas políticos en distintas variaciones de los problemas inamovibles y en el juego del gato y el ratón que realizan de forma superlativa Paul Eddington (Hacker) y Nigel Hawthorne (Sir Humphrey) mientras Derek Fowlds (Bernard) quedaba para hacer el papel de inocenton o de pared apra que ambos actores pudieran demostrar su elocuencia.

Tres ejemplos de su bilis, sus opiniones sobre…

Los lectores según sus periódicos:

La política del Foreign Office:

Oriente medio e Israel:

Los motivos europeos para crear la Comunidad Económica Europea:

Y podría llenar esto de frases igual de ingeniosas hasta completar las cinco temporadas entre Yes, Minister y Yes, Prime Minister pero hay algo que no podemos olvidar. el apoyo de la jefa permitió que la serie durara tanto sin que nadie se hiciera muchas preguntas. Por ejemplo, en la forma de desenmascarar el cinismo del sistema político y los dobles pensamientos que soportaban. Muchos de los cuales eran propios de los nuevos responsables.

De nuevo, como en ‘Till death do us part, la creación de unos personajes que expresaban unos puntos de vista determinados permitían incluir otros mensajes no precisamente complacientes ante las mismas narices de quienes creían que estaban validándolos. Esa es parte fundamental de la grandeza del humor.

Lo que responde a la afirmación inicial: ¿Cómo podría no pasarme horas hablando de Sí, Ministro y Sí, Primer Ministro si sólo con esta serie se explica e identifica no sólo el humor político sino toda la la ideología de la principal enemiga del canal —público— que lo emitía?

Demostrar que los políticos al dilucidar un problema están escogiendo entre dos opciones que acabarán favoreciendo a alguna empresa privada, explicar cómo la principal ocupación de un político es hacer carrera y tratar de no quedar mal entre los medios — la divulgación del término Spin debe mucho a esta serie— y tratar de lograr sino la victoria sí la derrota del adversario.

Así que lo único que se puede decir cuando se nos recuerda que al ser preguntada por su serie favorita Margaret Thatcher respondía que era Sí, Ministro es, obviamente:

Yes, Prime Minister


Descabezando culebrones

Esta semana se ha confirmado algo que venía rumoreándose desde hace tiempo y que demuestra los problemas actuales de la ficción televisiva. Y no me refiero a la renovación por dos temporadas más de Mujeres desesperadas.

Hablo de la cancelación de All my children y One life to live. Esta cancelación se une a la de finales del año pasado cuando As the world turns se despidió también de las pantallas americanas o Guiding light en 2009.

Aún quedan tres clásicos, uno más moderno, comenzado en los años ’80: The bold and the beatiful flamante campeón los dos últimos años del Emmy a mejor culebrón —o daytime drama llámenlo como quieran— así como el culebrón que mantiene mejor audiencia, The young and the restless y, por supuesto, el mejor culebrón del mundo: General Hospital.

Muchos de estos culebrones venían de los años setenta. Las radionovelas adaptadas a la televisión habían demostrado tener una vida relativamente larga, aunque nada comparada con sus primas inglesas. La apertura y revolución de los años setenta permitió una mejora frente a las relativamente timoratas historias. De las conocidas como Procter & Gamble Productions por haber sido creadas para los primeror modelos de programas — muchos de los cuales llevaban el nombre del patrocinados (Texaco, Ford, etc…) en su nombre— esponsorizando muchos, incluso en el cambio de los años setenta, aunque en estos momentos sólo The young and the restless permanezca.

La nueva década permite personajes como Erica Kane en All my children, quizá la más avanzada de las novelas al añadir un contexto y reflexión sobre temas calientes del momento; así, Erica pasaba de ser la princesita malcriada a una mujer independiente a lo largo de los años, permaneciendo al menos esa ruptura con la situación clásica en el guión de la novela.

Sin embargo la evolución del género ha ido deshaciendo su poder. Suele empezarse enumerando la multiplicación de canales como un motivo de la progresiva baja audiencia.

Podríamos incluso discutir sobre la existencia de SOAPnet, un canal por cable de Disney/ABC que repetía los culebrones diarios, incluía repeticiones de otros clásicos —e incluso de aquellos propiedad de la ABC cuyos episodios especiales emitía también— y que tenía un público constante y en crecimiento, aunque muy segmentado.

Pero resulta que lo van a cerrar. Se supo la noticia antes de que empezara a rumorearse el final de AMC y OLTL y en ese momento lo achacaron a que Disney/ABC consideraban prescindible su existencia para poder usar la frecuencia como lanzamiento en USA de una cadena pensada para alumnos de preescolar. Disney Junior tomaría la idea de alguno de los canales de fuera de USA como el Disney Playground, siendo las víctimas colaterales los espectadores y la serie canadiense Being Erica.

Being Erica tuvo tercera temporada, entre otras cosas, por que SOAPnet estaba emitiéndola y quería continuar con ella; ahora su continuidad parece más complicada. Yo, particularmente, no me preocupo en exceso. Pero es porque me vi los tres primeros capítulos.—

Sobre los espectadores, el conglomerado dijo que con tanta grabación digital y física en realidad había dejado de ser necesario un canal para que la gente pudiera ver las series de nuevo, obviando la redifusión de materiales antiguos y, por supuesto, ajenos.

El sector entregado se temió, obviamente, que eso pudiera significar la cancelación de alguna de las series de la cadena ABC, y acertó de pleno. La idea era que librarse de los culebrones causaría unos huecos que el canal por cable no estaba muy interesado en rellenar, y la posibilidad de añadir la frecuencia a la bola de nieve de Disney.

Pero, ¿qué significa realmente esto?

Podemos hacer varias lecturas. La más sencilla es que los fogueos televisivos tendrán que empezar a salir de otro lado. Y no me refiero a que esta fuera la mejor o la única escuela posible para la ficción, pero sí que era una forma sencilla de formar y baquetear a caras nuevas y no tan nuevas, así como un retiro dorado del que entraban y salían cientos de actores.

Cierto es que los culebrones americanos iban perdiendo espectadores en favor de las loquísimas telenovelas en español, que causan auténtico furor en Estados Unidos incluso entre aquellos espectadores que, literalmente, no entienden de lo que están hablando. Las tramas inexplicables de pasión desatada iban ganado a esas peleas de patios de vecinos a las que habían evolucionado los culebrones americanos. Pero eso, como en tantas otras ocasiones, se podría haber solucionado desde los guiones o lanzando un culebrón nuevo.

En lugar de eso, la ficción volverá a perder frente al reality y los magazines otra batalla, otro bastión perdido. La facilidad de ensamblaje, el coste notablemente menor y el progresivo desapego del público por la ficción ha permitido que la solución, para todos aquellos que no han pasado al mercado extranjero, sea este abandono total.

La búsqueda de lo real y lo creíble, ofrecida mediante porciones igual de cocinadas y guionizadas pero con unas posibilidades mucho menores, la apariencia de realidad conseguida mediante no la capacidad escritora sino la exposición mediática de baja calidad, como si el hecho de que alguien se interpretara a sí mismo —o a la versión de él que decidió que la tele podría querer comprar— fuera un sello de calidad.

El gancho de la actualidad, convertida en un sinfín de tonterías que difícilmente podrían pasar por noticias, truculentismos, ganchos sexuales y todo tipo de apelaciones a los más bajos instintos disfrazados de conocer la actualidad pero sin dejar que la actualidad se manifieste o que los auténticos temas se debatan.

Mirar atrás, a los años setenta, y comprobar que en un culebrón se podía discutir esto mismo, resultando creíbles e interesantes, es ver lo que hemos ido perdiendo en la ficción durante todos estos años de simplificación argumental.

Terminemos, en fin, recordando a alguno de esos actores surgidos del culebrón que después han saltado a otro campo. Sí, es hacer trampas, también muchos actores se han quedado o no han progresado desde el culebrón, pero hoy esto va de lo que va.

Nathan Fillion

Sarah Michelle Gellar

Christian Slater

Meg Ryan

Marcia Cross

Parker Posey

Kathy Bates

Amanda Seyfried

Josh Duhamel

Ryan Phillippe

Julianne Moore, Marisa Tomei

Todos ellos y, además: Martin Sheen, Tommy Lee Jones, Mischa Barton, Laurence Fishburne, Colm Meaney, Marissa Leo, Philicia Rashad, Dana Delany, Courtney Cox, Richard Thomas, Brandon Routh, Hayden Panettier


Deletrein éxito

¿Hasta qué punto pudieron cambiar series como Dragnet o La familia Addams la televisión en los años venideros? Pues independientemente de su más que probada calidad y su estilo a la hora de innovar, fueron determinantes gracias a una persona.

Entrar en el negocio televisivo podía parecer complicado, especialmente si se era un judío de Dallas, algo que ya le había causado un año sin salir de casa por un problema nervioso derivado del acoso escolar que sufría por ser el único de esa religión en su clase —y casi en el colegio—, año invertido leyendo todo tipo de historias gracias a los libros que sus padres le iban consiguiendo, para cuando se recuperó sabía que quería dedicarse a contar historias. Así que ingresó en la Southern Methodist University, estudió periodismo y trabajó en el grupo de teatro hasta el punto de lograr una distinción de Harvard por una de sus obras y causar un inexplicable escándalo al poner en marcha una gran obra de teatro. La situación llegó a tal punto que tuvo que elegir: o abandonaba la ciudad o su padre sería despedido de la SEARS en la que trabajaba.

Por eso puso rumbo a Hollywood con la típica imagen de una mano delante y otra detrás. Llegó en la práctica ruina y pronto tuvo que asomar por todo tipo de series y films para televisión. Además, había terminado casándose con una chica a la que conoció poco después de llegar a Hollywood, una joven y prometedora actriz llamada Carolyn Jones, que también estaba abriéndose hueco en la industria. De manera que nuestro hombre, sin dudarlo, se creó una carrera para él y para su matrimonio ofreciéndose para realizar guiones y como secundario. Precisamente sería con un papel recurrente en Dragnet con el que empezaría a despuntar, aunque para entonces ya había realizado capítulos para infinidad de series: Comenzando por Jane Wyman presents y continuando por Crusader, Gunsmoke o Playhouse 90, siempre con pequeñas obras para estas historias antológicas, siempre recuperando la esencia de O. Henry que tanto le marcó en su año en blanco. Así conoció a otros guionistas y actores: Jack Webb, que le daría el papel de Charlie Boyd en Dragnet; Dick Powell, que le iría llevando de Playhouse 90 a otras series en su productora Four stars —fundada por Powell junto a Charles Boyer y David Niven con el añadido sin _stock de Ida Lupino — o actores como Alan Ladd o Lloyd Bridges, con los que colaboró estrechamente en el lanzamiento de sus programas.

Pronto pudo meter mano en la creación de una serie policiaca La ley de Burke, un muy entretenido whodunit a mayor gloría de Gene Barry. Daban igual sus ambiciones anteriores, el éxito de esta serie le convenció de que en los telefilmes se podían tratar temas impactantes —y lacrimógenos— pero que la gente veía la televisión, las series, para divertirse. De esa manera fue alternando ambos campos.

La década de los sesenta sería, sin embargo, la que le proyectara al éxito comenzando por un asunto que sólo podría parecer negativo. Su mujer consiguió por fin un papel importante, participaría en La familia Addams como la madre, Morticia. Eso desencadenó el final de su matrimonio. Y con ese final el ansia por buscar nuevos horizontes. Si Dragnet había iniciado su reconocimiento La familia Munster le había… centrado. Ahora, a mediados de la década, no le quedaba más remedio que avanzar, reinventarse, buscar nuevos retos.

Su primer cambio sería una mujer nueva, Carole “Candy” Gene. El segundo sería buscarse un nuevo puesto de trabajo, sobre todo tras la muerte de Dick Powell y la desaparición de Four Stars. Así terminó asociado con Danny Thomas para desarrollar la serie de Bud Ruskin The Mod Squad, el éxito le llevó a dejar a Thomas para asociarse con otros de los guionistas de la serie Shelly Hull y Leonard Goldberg, con los que tomar al asalto los años ’70. Tenían claro que su trabajo sería desarrollar las ideas de otros, tomar semillas y convertirlas en árboles. Eso hicieron con su primer éxito setentero, The Rookies, y eso harían también con la serie que le instalaría en el firmamento televisivo:

Esa serie era Los Ángeles de Charlie y el joven judío de Texas, que llevaba ya dos décadas abriéndose paso en Hollywood con esfuerzo y trabajo, empezaba a forjarse una reputación como sinónimo de entretenimiento. Él era Aaron Spelling

Tras varias series de relativa popularidad o de gran discusión como S.W.A.T. — o Los hombres de Harrelson — que fue cancelada a mitad de su segunda temporada por la excesiva violencia de la propuesta —sí, en serio— o de telefilmes como El niño de la burbuja, protagonizado por uno de los actores de Welcome back, Kotter llamado John Travolta, demostrando que de todas partes se podía rascar talento.

En los años ’70 y gracias a la asociación con Goldberg, antiguo vicepresidente de programas de la cadena ABC, lograron convencer a Fred Silverman —ese hombre— para poner en marcha varias series de poco calado intelecutal y mucha diversión; tras Los ángeles de Charlie vendrían Starsky & Hutch, Vega$, Hart to Hart y —por supuesto— Vacaciones en el mar, que ofrece una de las constantes en las producciones Spelling desde ese mismo momento: Una localización paradisiaca, pequeños problemas agridulces a solucionar y todas las estrellas invitadas que se puedan conseguir.




Una versión sorprendente y, sin duda, mucho más creativa de lo que Spelling acostumbraba a hacer fue Fantasy Island en la que Ricardo Montalbán y el pequeño Hervé Villechaize daban la bienvenida a una isla muy particular en la que se cumplían los deseos de los invitados de esa semana.

Por supuesto también intentó alguna aproximación más cercana a sus telefilmes, cuyo resultado fue Family, una serie familiar que no se alejaba mucho de ser una concatenación de los telefilmes de la semana de Spelling y que reunía en una familia todas las desdichas posibles.

La marcha de Silverman no alteró el pacto gracias a las buenas audiencias conseguidas por sus programas, aunque las novedades no acabaran de cuajar. B.A.D. Cats (Polis de robos de coches), Glitter (Una revista como centro de la acción), MacGruder and Loud (Dos polis casados entre ellos que lo llevan en secreto), Finder of Lost Loves (Un detective que encuentra a amores perdidos), Heartbeat (clásica serie de médicos), El pulso de Hollywood (Más policías), Aloha Paradise o Matt Houston (Un detective, poco más)

Pero Spelling nunca se dejaba caer a la lona. Según tocaba el suelo se levantaba de nuevo, usando sus puntales clásicos: Acción, diversión, ligereza y, si todo fallaba, grandes dosis de drama. Hasta el punto de que, con todos esos fracasos, el trato con la ABC y la creación de tres series permitieron dar una imagen de éxito rotunda.

Cuando la CBS tenía un éxito todos saltaban detrás. Quizás sus espectadores sean tradicionalmente más viejos y su programación más tosca pero la solidez de sus propuestas es imbatible. Así que cuando decidieron dar luz verde a David Jacobs para crear una serie dramática fuertemente influida por las telenovelas de Amor y Lujo, es decir, Dallas, la ABC necesitaba que Spelling sacara algo parecido cuanto antes; de ahí salió Dinastía.

Los Carrington, los Colby y, sobre todo, Joan Collins componiendo a una mala malísima de antología. El éxito, que llevó a la serie a durar una década, tuvo incluso un spin off que duró tres temporadas. Una nueva idea se añadió a la bolsa de trucos de Spelling.

El segundo éxito fue la repesca de William Shatner para una de patrulleros, T. J. Hooker, en la que también rescataba a la actriz Heather Locklear. Una serie muy clásica, claro.

Finalmente el esquema de Vacaciones en el mar se repitió y perfeccionó con Hotel, en la que James Brolin y Connie Selleca seguían hasta la extenuación las reglas del juego: Problemas —los más domésticos, algunos de suspense como para justificar a un jefe de detectives en el hotel—, tontadas sentimentales y aún más invitados especiales, normalmente trenzando tres historias con algunos puntos en común. ¿Qué sentido tiene cambiar algo que funciona?

El final de Dinastía y de la exclusividad con la ABC en 1989 pilló a Spelling con el paso cambiado y sin ningún proyecto preparado para estrenar ese mismo año. Tenía ante él todo tipo de posibilidades incluyendo, por supuesto, un completo cambio de registros.

El primer punto fue la cadena; decidió apostar por FOX, recién creada y buscando un público joven y amante de las series distintas. Por supuesto para Spelling una serie distinta para jóvenes era hacer lo de siempre y quitarle la mitad de edad a sus actores y tres cuartas partes a los personajes. Efectivamente:

Y con ellos una auténtica revolución al unir las series teen con el culebrón desaforado, iniciando una manera de manipular a los jóvenes que podría citarse como la gran influencia de la programación creada expresamente para ellos durante las décadas posteriores.

Cuando dos años después tratara de poner en marcha una serie damática a la antigua usanza, algo como MePlace el roce, perdón, Melrose Place ,tendría que incluir grandes cantidades de culebrón e, incluso, psicodrama, para poder tenerlo en funcionamiento.

Por si a Aaron Spelling le pudiera quedar alguna tropelía por incorporar a la televisión al acercarse al nuevo milenio decidió enchufar a su hija Tori —ese modelo de mujer— en el papel de pavisosa para 90210 y a su hijo Randy para el culebrón Sunset Beach. El escaso éxito de la segunda frente a la tremenda repercusión de la primera son directamente proporcionales a lo que luego se aferrarían a la exposición mediática.

De nuevo sus éxitos encubrieron fiascos como Modelos, intento de spin off del spin off, de 2000 Malibú Road que trataba de repetir el éxito con los _Madman of the People _, con un padre y su hijo discutiendo por el oficio del periodismo —ay, señor—, y Savannah con tres amigas que están juntas y les pasas melodramáticas cosas.

Y, además, Kindred: The Embraced de la que quizá recordéis lo que escribí en las columnas sobre los vampiros porque —sí— estamos hablando de la serie basada en Vampiro: La Mascarada.

Durante el nuevo siglo, en los años declinantes, sacó adelante varias series de policías como Titans, el melodrama de Casper Van Dien; 10-8:Officers in deputy que es —nunca lo adivinaríais— policiaca, como la serie de fugitivos Wanted y, por supuesto, otro melodrama: Summerland.

Lo que no significara que se fuera con un petardo. Más bien al contrario, su muerte en 2006 fue acompañada por el cierre de las dos series que habían demostrado su poderío del último momento.

Una de ellas demostró su capacidad para reciclar actrices y para dar giros, esta vez hacia lo sobrenatural. Se trata, obviamente, de…

Sí, Embrujadas aplicaría las ideas de Spelling a un campo nada transitado con él, pese a que la aplicación de gotas melodramáticas y trucos de culebrón no dudó en regresar al género.

Finalmente, Siete en el paraíso era una destilación de todo lo que Spelling había ido sacado de uno y otro lado dando una idea familiar durante diez años seguidos, llenándolo de caras jóvenes y bonitas.

En resumen, una carrera llena de éxitos que dan brillo a los fracasos, vertebrando la ficción televisiva durante tanto tiempo que podría considerarse un sinónimo de éxito en el medio. Ciertamente sus programas eran sencillos, simples, apelando a los mínimos denominadores y rellenando de acción, drama de baratillo y caras bonitas las pantallas de los espectadores. Pero su influencia en el medio es tan incontestable que no podríamos comprender cosas como el canal CW sin él.

Por eso, por su capacidad para trasformar las ideas de otros en material televisivo, por su gran figura aglutinadora de la televisión, el nombre de Aaron Spelling no puede eludirse en el repaso de los más importantes creadores televisivos.


Tiempos modelnos

Hay cosas que escapan de nuestro control, cosas sobre las que símplemente no tenemos capacidad de decisión. Otras, en cambio, sólo requieren una determinación y una dedicación tan constante y centrada que resulta más sencillo considerarlas imposibles.

Cambiar la opinión de lo que consideramos evidente aunque rara vez sea más que algo consensuado pertenece al asegundo grupo. La serie de columnas sobre las series pretéritas y sus creadores pertenecen a un esfuerzo continuado por desterrar una de las ideas más estúpidas que existen: Que hemos pasado de una caja tonta a una caja lista gracias a un incremento notable —y reciente—de calidad en las mismas.

Hubiera sido más sencillo —qué duda cabe— demostrar que, en realidad, ahora las series están lejos de ser tan inteligentes como se supone, bien demostrando la vacuidad de propuestas de vacas sagradas como Allan Ball o con simples enumeraciones, tú dices Community yo respondo Better with you, Perfect couples y Mad love. Al fin y al cabo que sea el presente no significa que no se cumpla la ley de *Sturgeon.

Sin embargo consideré que la mejor cura para la estupidez es el conocimiento. Existe una notable ceguera en lo que al pasado televisivo se refiere. Peor aún, existe una notable nostalgia que une los recuerdos televisivos sólo con lo que veíamos y cuándo lo veíamos, como si fuera más importante recordarnos a nosotros que recordar la obra. Cierto es que no se puede esperar que la gente recuerde todo su pasado pero, por eso mismo, es bueno ayudar a recordar.

El punto a demostrar tras todas las anteriores divagaciones es que el desconocimiento —por encima de las ganas de autoafirmarse como los más brillantes, los mejores telespectadores de la historia televisiva— es lo que permite perpetuar la idea, así como escribir grandilocuentes charlatanerías, y que es la divulgación lo que nos permitirá exorcizarlo.

Porque, la verdad, la televisión siempre ha tenido un nivel medio. Siempre ha habido malos programas v siempre hemos tenidos grandes referentes, creadores que ponían su sello personal a sus productos, gente que comercializaba su imagen como Lucille Ball o que tenía un molde propio, de éxito, como Jack Webb —y eso sólo en los años ’50— para contrarrestar los programas rutinarios, las aplicaciones de clichés a la pequeña pantalla que se limitaban a una rutinaria regurgitación de las historias clásicas y los clichés básicos.

Algo que se notaría más con la popularización de canales de los años ’80. No eran ya sólo las tres grandes las que competían en USA, UK o cualquier otro mercado que se os ocurra. Empieza a multiplicarse la competencia, los canales, los distintos sellos por los que distribuir nuevas creaciones de ficción. Más canales, más obras, más purria. Pero, además, más trabajo.

Porque cuando se incrementa el número de novedades se incrementa también las posibilidades de una mayor cantidad de productos de ficción salvables, de creadores y, por supuesto, de grandes obras.

Ese será el motivo de que, empezando la próxima semana, las columnas se centren aún más en los creadores, olvidando —externamente, internamente trataré de seguir una cronología— la agrupación por décadas.

Mientras tanto, recordad mis silentes lectores, la próxima vez que os digan que la televisión vive ahora una edad dorada de las series pensaréis que como en los ’90 con Twin Peaks, Urgencias, Prime Suspect o Frasier; en los ’80 con Canción triste de Hill Street, Murphy Brown, El enano rojo o Las chicas de oro; en los ’70 con M*A*S*H, Monty Python’s Flying Circus, Lou Grant y, por supuesto, Yo, Claudio; en los ’60 con El prisionero, Los defensores, Los vengadores o Los Picapiedra e, incluso, en los primeros años de la tele ficcional, en los ’50, con I love Lucy, Dragnet o los diferentes Quatermass.

Siempre ha habido buena televisión, también ahora, que no se nos olvide ninguna de las dos cosas.