Polarizaciones Interneteras Televisivas

¿Se han leído alguna vez el texto de entrada de esta columna? Eso a la derecha del dibujito que Efe tuvo a bien realizar —casi sin chantaje por mi parte— para ilustrar la tontada. En cualquier caso, en esa entradilla dijo, entre otras bobadas, que “Mientras avanza el siglo, e Internet la remplaza, queda como el electrodoméstico más importante.” Hum, autocitarme para empezar es algo que tenía que haber hecho antes.

Cuando lo escribí ya habían salido los primeros estudios —bueno, o los terceros o cuartos— que hablaban de cómo las jóvenes generaciones se están desenganchando de la televisión a favor de internet —lo de los porros y el caballo de toda la vida, vamos— y cómo eso había llevado a algunas grandes empresas a tomar decisiones importantes para seguir manteniendo su negocio con unos pequeños ajustes.

Lo hilarante es que esas empresas eran las de televisiones. Que en cuanto se olieron el percal empezaron a convertir la forma correcta de ver la tele en la forma correcta de usar una pantalla. El pantallismo se iba a convertir en una forma más de cultura del siglo XXI. Los fabricantes se volverían relevantes e imprescindibles para los juegos de las consolas e irían integrando y mejorando las cosas que se pueden hacer cuando se les enlaza con el ordenador. “Tonto, que más grande es mejor” parecía ser su lema. Y, con el tiempo, incluso han empezado a integrar otro tipo de servicios y a buscar la forma de separarse de las propias emisiones, bien integrando sus propios enlaces de contenido web o apoyando a estas compañías.

Dicho en breve: Las televisiones se apartaban de las televisiones. Perdón: Las pantallas se apartaban de las cadenas de emisión de contenido. Algo que debería haber hecho sospechar a las cadenas.

De hecho, las cadenas deberían haber estado moscas desde los años ochenta. Antes de eso la mayor parte de cadenas eran monolíticas, había poca alternativa y siempre de manera local o regional. —Aquí, en USA, incluso en UK— De manera que lo que pasaba en las grandes cadenas tenía un peso. La importancia histórica del programa de los Smother Brothers se basada en parte en eso. Eran tres cadenas, Bonanza llevaba temporadas mandando de manera absoluta. La aparición del cable, el básico y el premium, o de los canales menores organizados, ha ido limando todo eso. Hoy en día un programa revolucionario, digamos Community, puede emitirse en una gran cadena y tener que competir contra el cable de FX o los programas de Commedy Central. Cuanto más difusa está la relevancia menor es el poder que se tiene.

Volvemos por un momento a un pensamiento del pasado. “La posibilidad de reproducir en cualquier parte cualquier programa como nuevo estándar del consumo digital.” (Lo he puesto entre comillas pero no sé si llegué a expresarlo así, en cualquier caso esto de autocitarse es adicitivo) Y veamos cómo eso casa de nuevo con los fabricantes de pantallas. Pantallas en el teléfono, la consola portatil, el ordenador igual de portatil o los famosos y nuevos pdas, pantallas por todas partes que te permiten conectarte y ver.

Ya tienes la infraestructura pero ahora falta la segunda parte: el contenido. Y ahí es dónde tocaba actuar a las cadenas de televisión. ¿El resultado?

El resultado ha sido que frente a la creación de plataformas específicas — es decir, Netflix como paradigma, Hulu como poco menos que un YouTube de marca, un montón de empresas seguidoras de la idea corriendo detrás — la lógica hubiera supuesto que el canal tendría que escuchar y buscar una forma de acceder a ese público. La realidad ha sido, como casi siempre, otra bien distinta.

La mayor parte de las cadenas se han limitado a buscar un método mixto de aproximación, no creando ningún espacio exclusivo para internet pero sí incorporando internet en sus contenidos. Y por una vez no me refiero a meter YouTubes en las noticias vengan o no a cuenta. Me refiero a usarla como plataforma de comunicación en un primer momento, casi como si fuera un teléfono/fax de extraño aspecto, después como fondo de información en el que poder buscar datos — que significa muchas cosas, desde su condición de biblioteca Infinita y, por tanto, Caótica hasta su condición de un buen lugar para fusilar contenidos según la moral del usuario— o para colocarlo en busca de visibilidad.

Casi todas las cadenas tienen algún caramelito para la red, unas pocas están empezando a usarla como un medio en el que pueden tener a disposición del público los programas atrasados. No todos, fundamentalmente series y algunos clips que consideran importantes de noticias y magazines. Pero ya es algo. Tengamos en cuenta que internet está inexplorado en muchos sentidos y uno es el de los derechos de emisión. Que os puede hacer muchas risas pero que veremos cómo se irán regulando durante los próximos años.

El caso de South Park es un ejemplo, no es la cadena la que lo tiene a disposición de todo el mundo sino sus propios autores. Cualquier capítulo desde cualquier localización puede ser consultado. —Aquí entrarían, además, las ideas de los mismos autores, libertarios de izquierdas, uniéndose a la idea comercial— Por contra señores como los de la BBC tienden a limitar la disposición geográfica de su contenido. Y nuestra TVE va recuperando poco a poco los clásicos que tiene en su fondo.Y repito con pesar lo de poco a poco.

A esos usos aún existentes se ha unido, finalmente, una idea de entender internet como una mezcla de forma de medir el pulso de la realidad y competidor: Un termómetro rectal.

De manera que cuando necesitan comprobar la relevancia o justificarla usan intenet —fundamentalmente ahora las redes sociales— para refrendar lo dicho y, ya puestos, darle un aire nuevo a lo que en la película Network se satirizaba como Vox Populi, esos segmentos en el que gente sin conocimientos que pasa por la calle demuestran que tienen una opinión sobre cualquier tema.

En cuanto a la parte de la competencia… Como el periodismo está cada día más hundido en el amarillismo por su necesidad de generar beneficios económicos tangibles e inmediatos [Es decir, no tanto dar una buena imagen de la cadena y atraer a gente que les considere con una visión del mundo si no imparcial sí sesgada de la misma manera, que da sus beneficios en atracción y fidelización de la audiencia, sino en poder poner anuncios y vender lo que toque con el menor gasto posible.] que favorecen el uso del alarmismo entre los espectadores. Y allá que van con internet como un nido de pedófilos malvados que van a por nuestros hijos, una taberna de piratas que tratan de hundir a la sufrida industria del espectáculo —que a estas alturas ya ha comprado o está comprando en estos momentos todos los medios que se ponen a tiro—- y, desde luego, peligrosos revolucionarios que ponen en peligro el estado, la seguridad nacional y las recetas de cocina sin clembuterol.

– ¿Y todo esto venía a cuenta de?

Como decía al principio. Antes incluso de empezar con esta columna habían salido datos hablando de cómo cada vez hay menos gente que le hagan caso a la televisión. Pero es que el último resultado ya dibuja un futuro bastante negro para ellos: Según la empresa de mediciones Nielsen los jóvenes menores de 35 años cada vez ven menos televisión. En ese mismo informe se comenta que los mayores, sin embargo, cada vez ven más minutos de televisión.

Podríamos discutir la validez de esos datos o buscar explicaciones a lo allí expuesto, digamos por ejemplo que el aumento se pueden deber a motivos sociopolíticos como el incremento del paro en esas franjas de edad. Me da lo mismo. Primero, porque para cualquier asunto se pueden crear múltiples explicaciones a posteriori que lo expliquen. Segundo, porque me interesa más esa polarización progresiva. El panorama trazado señala que la generación que no nació con la informática pro defecto tiende a depender aún de la televisión. y mientras esa generación dure los problemas serán limitados. Es decir, la situación de la televisión será la misma que la de la radio. —Con la diferencia obvia de que la radio se puede usar en muchas circunstancias en las que prestar atención a una pantalla es poco recomendable.— Así que ahora pensad en esos señores que hablan de cuando en la radio salía, y esas imágenes de familias escuchando la radio con aprensión. Felicidades, en diez años seréis vuestro propio guión de Cuéntame.

Pero lo más importante es el rango de edad. Ya estamos hasta los 34 años. ¿Por qué es importante ese dato? Pues porque los anunciantes tienen una franja de edad deseable —la vieja bronca entre FOX y CBS— que indica que lo mejor es tener espectadores entre 18 y 49 años y, dentro de esos, mejor aún si no sobrepasas los 34. Tu vida estará aún en ese momento de realizar gastos y ser impulsivo. Menos establecida y restrictiva en el dinero que tienes y cómo te lo vas a gastar. —Y yo sigo suponiendo que todos esos programas sobre adolescentes mentales tienen como objetivo parcial atraerlos. Al menos ese es mi sueño para dotar de sentido las decisiones de las cadenas—

De manera que ahora ese público objetivo que nos va a dar de comer se encuentra…

En Internet.

Así que ahora es cuando deberíamos ver cómo ocurre una de estas posibilidades:

— Regresa la polémica FOX vs. CBS y bien se empieza a hacer más caso a los mayores, bien se redefine de nuevo una franja de edad interesante. ¿12 a 18? ¿49 a 59?

— Los anunciantes empiezan a meter pasta en internet, como en tiempos de la burbuja. Pobres idiotas. En consecuencia las cadenas tiene que empezar a buscarse la vida para adaptarse en internet.

— Empiezan las luchas para domar definitivamente Internet, convertirla en un redil más manejable y sacar a la gente que ha ido allí buscando algo nuevo e interesante. Como siempre se ha hecho antes.

— Todas las anteriores y, además, el final de la electricidad. O quizá una guerra. Bien pensado, todas las anteriores y varias de las posteriores.

El punto del cambio, en cualquier caso, es este. Demográficamente estamos en el centro del giro y aún no hay tanto control en la red como parece. Ya ha habido adaptaciones variadas, de series de ficción a servicios de noticias, que serán los nuevos pioneros, y pronto estará por ver cómo siguen los demás.

Pero, tranquilos, la televisión no desaparecerá, igual que no han desaparecido la radio, los cómics o los libritos pulp… Como veis la extinción no es el peor destino posible.


Evitando cruzamientos encimeras

Hay mucha gente a la que le gusta comer. A otros les gusta cocinar. A los más afortunados les gusta ambas cosas. —Y antes de que digáis nada, existen los segundos, lo afirmo de primera mano— De manera que los programas de cocina siempre han sido valorados y populares.

En las viejas revistas venían recetas, en la radio popular abundaban los consultorios y pronto hubo programas en la televisión de lo que podíamos considerar “encimera”, programas en los que salía un señor que cocinaba explicando cómo realizar estas maravillas de la cocina.

Kathleen Collins asegura que todo fue una sucesión de casualidades, primero para enseñar el público cómo sacar más rendimiento a las raciones durante la segunda guerra mundial, luego para aprovechar lo poco que había en la postguerra. No digo que no ayudara a popularizarlo en televisión —y radio— pero sí que ya a finales del S XIX había publicaciones de tema culinario y secciones en revistas femeninas de manera que algo más debe haber ahí.

En Estados Unidos ponen como punto de inflexión la figura de Julia Child, una mujer extraordinaria en muchos aspectos que se alejaba de los modos y maneras del cocinero tradicional. Quizá hayáis visto ya Julie & Julia pero dejad que os ponga un clip de la auténtica Julia Child

Sí, esa es su voz. y esa forma de aproximarse a la cocina es la que la hicieron una celebridad. Y la que causó que Dan Aykroyd realizara una de las parodias más conocidas del SNL clásico.


The French Chef por y10566

Y ese fue el punto de movimiento en los programas De encimera, la personalidad del cocinero tiraría del programa de manera que sólo los que más destacaran podría hacer algo. Lo que aplicado a España significa:

He ahí el Robin Williams de la cocina española. Pero pensad en lo importante de la presencia. Antes de su llegada había habido programas de cocina, por supuesto, pero ninguno que se convirtiera en un auténtico fenómeno. Hasta el punto de que el más cercano, Con las manos en la masa era —y es— menos recordado por las recetas de Elena Santoja y sus ilustres invitados, o por las charlas que allí tenían lugar, que por la sintonía de su cabecera:

Lo dicho, poco éxito. Y no porque no se buscaran cocineros mediáticos o carismáticos o como lo quieran llamar. Hasier Etxeberria comentaba en Porca Memoria, el libro de memorias de cocina que escribió a medias con ese otro genio todoterreno que es David de Jorge, que buscó a alguien que hiciera interesante ese tipo de programas y que cuando por fin lo encontró se lo quitaron en el último momento —se refería, claro a Arguiñano— porque el problema es que puedes tener a un cocinero magnífico como Pedro Subijana pero ponerle ante una cámara no significa que vayas a lograr ese espectáculo que es lo que hace que la gente se quede viendo el programa.

El problema de ir más allá de una persona cocinando es, precisamente, lo que ha llevado al resto de países a intentar variar y ampliar las experiencias y expectativas de este tipo de televisión, especialmente cuando los americanos descubrieron que había todo un campo gracias a los distintos géneros y sus hibridaciones, o cuando los continentales decidieron que la comida no es más que un método de transporte… Ya hablaremos de todo ello aquí. De momento nos queda la reflexión con España. Pensad en los programas de cocina que se emiten. En lo que hay, en lo que estáis viendo. Incluso en el propio Canal Cocina y sus producciones locales. ¿Por qué en un país con tanta tradición, gusto e interés nos hemos quedado tan detrás? ¿Por qué parece que vamos a remoquete de lo que hacen los demás, en un furgón de cola poco interesante?

Imagino que los problemas son los habituales: Por un lado nuestra poco desarrollada cultura audiovisiual, por otro lo justo que suelen ir de dinero las producciones que realizamos. Eso es lo único que justifica en mi cabeza que sigamos tirando de programas de encimera y tratando de encontrar a gente con suficiente carisma como para sacar a flote al barco.

Sí, en los últimos años parece que algo se ha empezado a mover. Sobre todo en cuanto a imitaciones de formatos extranjeros se refiere. Y si creéis que exagero pensad en uno de los puntos más bajos de la cocina española en televisión —el programa llegó a ser retirado antes de tiempo— y, en general, de los realities de Tele5: Esta cocina es un infierno o el intento de adaptar el Top Chef aquí.


El reencuentro / Esta cocina es un infierno por Sh0xTL

Famosos toreando profesionales. La cocina como lo último que le interesa a nadie allí. El gusto por el amarillismo y la confrontación por el puro gusto por el choque, no como finalidad o narración. Y, por supuesto, la paciencia de los chefs españoles. Esto con Anthony Bourdain, Tom Colicchio y, sobre todo, Gordon Ramsay hubiera terminado como Justified. pero si algo tiene a bien la televisión en España es menospreciar la educación, igualar por abajo y ensalzar la falta de educación. Quizá eso influya también en el estancamiento.

Así que, mientras tanto, iremos viendo cómo se lo montan fuera.


Excesismos contenientes temporalizados

En el momento actual se puede hacer ya una lista de las tendencias para la televisión si dividimos como Curso 11/12 lo estrenado de Septiembre del pasado año hasta Agosto. Lo más obvio es la llegada de la moda de los cuentos. Las series estrenadas, aprobadas o encargadas se multiplican. Detrás podríamos poner los futuros distópicos, las comedias multicçamara —que es un eufemismo para cutre — y, como siempre desde hace más de un lustro, las adaptaciones. Pero, además, este año está siendo muy productivo el desmadre.

No se trata de una cosa a la National Lampoon sino de una forma actual de interactuar con la ficción. La decisión consciente de que hay que ir más allá constantemente, de que no puede haber límites, algo que muchas series han intentado lograr a lo largo de la historia —y aquí pienso una vez más en esa gran precursora de subir las apuestas que fue Dark shadows — ir un paso más allá en cada ocasión. Un concepto que parece forzado a chocar de frente contra el famoso tiburón de la tele.

Antídoto contra el formulismo, espoleo para tratar de enganchar al espectador, que no sepa por dónde vendrá la siguiente, reivindicación viva del desmadre que ha tenido sus más y sus menos televisivos, con grandes momentos en los ochenta gracias a los megaculebrones, siempre tan proclives a los giros locos, y a principios del nuevo milenio, demolida la capacidad de sorpresa junto con las torres y enfrentada la ficción a la duda de ofrecer un refugio seguro y clásico y tratar de ofrecer un más difícil todavía que parecía obligatorio ir más allá y que frente a la comedia, en la que parece casi inevitable considerarlo como un método de crear el impacto necesario para el humor, podría acabar creando el efecto contrario: Convertir el intento dramático en un ejemplo de humor involuntario cayendo en el ridículo.

Los seguidores, más aún los espectadores ocasionales, podrían discutir hasta que punto esto sucedía en Lost, o qué parte del interés de 24 residía precisamente ahí, en ver cómo superarían la situación metiéndose en algo incluso más grande. El defecto consiguiente fue que muchas series decidieron que era este truco el que les daba carta de naturaleza y lograba su éxito convirtiéndolo en un ingrediente principal de una serie de producciones que parecían diseñadas por algún tipo de mamífero zoológico adicto que se lanzaban sin casco contra la pared televisiva. De manera que a la vez que nos permitía refocilarnos ante The Cape o Persons Unknown hacían que la siguiente vez fuera más complicada porque los ejecutivos y el público empezaban a temerse lo peor de este recurso. Y tras una temporada casi sin excesos, de improviso, varias series acertaron en tono y tiempo para acertar la misma nota, cada cual desde un punto diferente. Porque, aunque os parezca una tontería, lo más importante de todo es no sólo darse a los excesos sino ser capaz de fundamentarlos.

Empecemos por lo más sencillo, por la comedia. Suburgatory parte de una idea simple, un padre y una hija oponen su visión urbanita de NY a la aparentemente plástica de los suburbios del estado. Un principio con el que se podría haber estado años sin lograr un buena guión o, peor aún, sin notar la diferencia entre un capítulo y otro. (Mirad 2 brooke girls que podría haber formado pareja por las noches con Becker a finales de los noventa o con Alice a mediados de los setenta) Pero aquí tenemos sobre el esqueleto —nunca mejor dicho— de Mean girls el empuje y, sobre todo, la intención de expandirse que ha hecho que en menos de media temporada tengan una extensa galería de personajes secundarios y una indudable preferencia por llevar más allá los conceptos. Ciertamente no llega a los excesos de Community pero sí sobrepasa los de HIMYM o Scrubs en esa intencionalidad que permita distinguir el programa.

En cuanto a AHS, American Horror Story, juega a las dos barajas del género del horror, porque dentro de todo el desmadre que el fantástico permite —y ya sabemos que es mucho— no sólo juega a no poner reglas sino a que parezca que las pone para romperlas a continuación y, por supuesto, a que esas transgresiones puedan parecer simples retazos de melodrama cuando, en realidad, hace un estudio y repaso del gótico americano en todos su espléndida magnificencia. De manera que las barbaridades se suceden de tal manera que se cotidianizan y, al final, pase lo que pase nos encontramos en el propio ambiente familiar y hogareño, retorcido pero no ajeno, de manera que las partes más cotidianas —que son, por cierto, las más cercanas a ese gótico suburbano de Jackson, Leiber o Levin, y menos mal que no les dio por aproximarse a V.C. Andrews — acaban siendo las que demuestran más claramente lo mal que estamos: Tanto como para que eso que les ocurre nos parezca normal.

Pasemos a esa extraña serie llamada Revenge que coge otro de los géneros clásicos en el exceso, el melodrama culebronesco, que demostró durante los ochenta y parte de los noventa su absoluta falta de desvergüenza, y lo reinventa con una tibia justificación de suspense para poder jugar a tirar de la cuerda con caídas desde grandes alturas, comas que no lo son y, por supuesto, ninjas. Si Soap realizaba un homenaje realista en Revenge tenemos poco menos que una reivindicación de un género que ha sabido ir inoculando otros porque, al fin y al cabo, si se le da suficiente tiempo a una trama siempre acaba tendiendo al culebrón.

Lo que vendría a demostrarse en el último ejemplo, Homeland, pues el espionaje en sí fue uno de los más afectados por esa mordedura melodramática, y, a la vez, la locura en sus dos vertientes, la del improbabilismo que predomina en tantos relatos de espionaje de Bond a Los Vengadores, permitiéndoles locas piezas de tecnologías y grandes planes de dominación mundial bajo la base de que algo ocurre porque no es imposible, sólo sumamente improbable, y la de la conspiranoia que asegura que todo el mundo está tejiendo uno de estos planes para atraparnos. Y lo lleva a un nuevo nivel apoyándose en que frente a 24, que llevaba al tope y poco más ese improbabilismo, aquí se pueden estudiar los círculos de locura que confluyen y se tocan en la separación entre una locura externa —es decir, la existencia real de la manifestación de esa locura improbable en forma de conspiración— y la interna, con una protagonista que detecta este plan porque los ve por todas partes de manera que es su propia situación de estar, digamos, como las maracas de Machín, la que permite que trace las líneas de la conspiración. Una vuelta del calcetín que va estirando un poco más allá el renacido interés por el género de espionaje que este año pasado dio tantas alegrías. Como vemos, todos son géneros en los que parece fácil que se produzcan estos cambios, parecen preparados para ello, y como decíamos antes ha habido siempre antecedentes, siempre hay alguna serie que va más allá.

¿Significa el éxito de estas propuestas que están perdiendo los escrúpulos, por fin, y que empiezan a decidir olvidar los aburridos sucesos que usan ahora? ¿O es que han decidido que algo de juerga y algarabía al elegir las tramas siempre anima la serie? ¿O aún no han caído en el motivo real de que se diga que la realidad puede ser más extraña que la ficción? ¿Pero no debería pasar también con el resto? ¿Cuánta credibilidad tenemos que matar para ver una serie policíaca o para aceptar los resultados de las de abogados o, por qué no, para aceptar ver una serie de aquí? ¿Por qué no matar la credibilidad necesaria para asumir ese te violo en la primera cita que es Toledo en algo más ambicioso?

Es la rutina, el convencionalismo, lo que resulta más peligroso para una serie. Si haces una historia con un mono detective, con una madre reencarnada en coche o con una capa con poderes puede que te la pegues pero serás recordado sin duda.


Cargantes descargantes futuropasados

Muy bien, aparcaré a los pobres cocineros un rato. Si algo cae en mi negociado —y merece la pena— es la forma en que la televisión llega al público y resulta que por algún motivo la gente parecía creer que TV en internet = Megaupload

Todo lo cuál me lleva a un pequeño proceso doble: Hay que hablar del pasado y del futuro.

El pasado… Soy contrario a la nostalgia pero no a la memoria. Hace unas semanas en tuiter @fosforoblanco preguntaba cómo seguíamos las series hace unos años. En cierto modo era como hacer un ejercicio de arqueología de las ciencias del compartimiento. Antes de que apareciera internet en nuestras vidas teníamos copias de VHS, o entre cassettes para música o juegos, incluso el contenido de los discos de 8, 5 y 1/4, 3 y 1/2… Si algo parecía claro era que la idea de compartir estaba ahí antes de que alguien decidiera poner las cosas más sencillas. Para la comunicación, digo.

Obviamente en cuanto hubo comunicación apareció gente dispuesta a compartir lo que tenía. De ahí que pronto surgiera la idea de usarlos. Lo primero que pude utilizar para ver una serie extranjera fueron las news, un espanto completo de bajar trozos y pegarlos. Las news eran —son— grupos de “noticias”. En realidad casi más de discusión o charla. De cuando en cuando alguien colgaba pedacitos de una foto o una película o capítulo de serie… más pedacitos aún a una velocidad de bajada enervante.

Tras esto pronto se fueron probando otros métodos: intercambios directos por el IRC, ftps de dudosa situación y, por supuesto, los primeros pinitos de los programas de P2P : desde el Napster hasta más moderno — y aún activo— eDonkey o el precedente directo de AudioGalaxy pasando por una larga retahíla de nombres como SoulSeek, Ares o el siempre infame Kazaa

Ya en tiempos tuvimos unas cuantas desgracias a lamentar. Con el mismo crujir de dientes pero en otros campos, menos gente y más corralito. Los foros estaban para estas cosas, habían relevado las ML — Listas de correo, vaya— y los blogs en pañales. Claro que no estamos aquí para hablar de Usenet y sus alrededores.

Mientras tanto aparecían también los torrents y sus gestores y, andando el tiempo, las páginas de almacenamiento y descarga. En los que entra MegaUpload.

Debo decir que a consecuencia de la petición —y dada mi mala cabeza, y memoria— recurrí a amigos y conocidos, gente que estuvo también ahí en esa época en la que lo más movido era el anime. Y aunque algunos nombres salieron — sobre todo el de Isla Tortuga — y multitud de anécdotas surgieron en cascada todo quedó en el terreno del no se lo digas a nadie y el pero esto es offtherecord. Ah, los deslices del pasado.

Como decía, estos métodos, que al público poco instruido podría parecer complejos frente a la sencillez de entrar en una web y darle a un botón — al fin y al cabo incluso las webs de descarga en _rar_s automontables tienen sus detractores por complejos— eran el pan de cada día para ver material, algo a lo que la gente se acercaba ante determinados momentos como el episodio musical de Buffy (¡Noviembre de 2001, queridos!)

Es momento de regresar al futuro. Y eso significa no tanto hablar de todos los que como MegaUpload ofrecen almacenamiento o de las webs que listan estos enlaces — O los hubs, que es otra lucha— hasta las páginas que permiten ver en streaming el contenido. Tanto el legal y aprobado como el pirateo de casi cualquier canal. Es decir, la forma más sencilla de ver retransmisiones instantáneas para premios, programas en vivo o… Pero qué os voy a contar que no sepáis.

En cualquier caso el asunto “Internet hace que cierre mi negocio” suele incluir un giro “Internet es mi negocio” que en el caso del entretenimiento audiovisual es tan sencillo de explicar como Blockbuster vs. Netflix. Y precisamente Nextflix es el Godot que está toda Europa esperando. La discusión sobre la caída del negocio de Blockbuster y su posterior hundimiento parece chocar con la enorme subida de Netflix cuando, en realidad, son sólo dos versiones de un mismo servicio, la diferencia es que el segundo elimina la molestia del desplazamiento y —mejor aún— tener que interactuar con humanos. Todo lo que sea no mover el culo del asiento, aunque signifique esperar un poco para tener lo que ya hemos pagado, será sin duda bien recibido.

Netflix, los problemas de su éxito y sus intentos mil veces postpuestos de llegar a Europa merecerían post aparte si no se le estuviera dedicando alguno casi cada semana. Para cuando logren ponerlo en marcha aquí —si tal cosa sucede— su hype, su leyenda, será demasiado grande para permitir la existencia de una realidad publicable.

Pero, mientras tanto, van llegando otros a ocupar ese mismo espacio. De momento podemos hablar de Voddler, Youzee y Wuaki como intentos de recoger le testigo y ofrecernos series y, sobre todo, películas. El problema, al menos para los que consumismos series, es que hay una grave diferencia con USA. Parece que ninguna va a ir a por el espectador que quiere el capítulo de hoy, con los subtítulos que haya. Un problema que no existe en USA, claro, y que no es comparable a campos como el musical. —De canciones, no de obras, el día que se molesten en grabar las obras seré el primer sorprendido y quizá el único paganini

En cualquier caso, estos tres portales ofrecen una cantidad de series de diversa procedencia y distinta intención.

Wuaki es la más inmediata, facilita el registro sin invitaciones de por medio y te deja acceder de inmediato a sus contenidos. Como casi todos tienen una parte muy importante de pago directo por consumo, y resulta incluso complicado decidir por qué pagar por una temporada sólo 2/3 de lo que costaría comprarla en DVD. Aunque a mí me parezca más grave que no permita contenido en VOS.

Voddler Quizá sea yo pero Voddler está justo en el punto intermedio. No es que tenga muchas series que mirar, casi prefiero directamente no mirarlas, pero ya cambiando el modelo de invitación por el modelo abierto. Aquí para elegir ver algo en VOS hay que elegir concretamente ese archivo lo que lo acerca a ese mínimo común que eran las páginas tipo SeriesYonkis. Aquí hay contenido gratuito y contenido de pago y uno casi agradecería algo más de lo segundo a ver si así mejoraba la oferta.

Youzee finalmente es, o debería ser, el más conocido de los tres. Aunque fuera sólo por la pasta que se gastan en promocionarlo. Sigue aún el estilo de invitación y carece de contenido gratuito. Más aún, en parte del contenido “de pago” sólo está la carátula, no los enlaces para verlo. Pero parece que será la más seria por ese intento de mimetizar clásicos como Hulu o Spotify en el aspecto y organización.

Lejano aún el momento en que haya una alternativa concreta y correcta o un único formato para ver y poder disfrutar de aquello que queremos, cuando queremos y cómo queramos. De hecho, los canales tradicionales van viendo cómo funciona esto y subiendo los capítulos de sus series propias a Internet con enorme celeridad.

Sobre todo porque, como hemos visto al mirar al pasado, lo único que se consigue al cerrar una vía es que se busque otra. Así que el asunto es, ¿qué se puede ofrecer para evitarlo?

[Añado: No he hablado de Filmin y debería, pero es por puro desconocimiento. La verdad es que ofrecen algunas de las mejores series inglesas —y, ya puestos, universales— de todos los tiempos como Sí, Ministro o House of Cards, pero desconozco su funcionamiento, sus pros, sus contras…

No sólo eso, también soy consciente de que puede haber más plataformas —De las legales, de las otras ya sé que las hay a patadas, que parece que lo más popular es lo único que existe y luego se cierra lo que se cierra— de manera que cualquiera que crea que puede añadir, sugerir o rectificar tanto la parte del futuro presente como la del presenta pasado es más que bienvenido a comentar y modificar]


Premios den sueño

Hay algo inexplicablemente atractivo en los premios. Esa es, al menos, la única idea que se me ocurre para justificar nuestro interés por ellos. Bueno, eso y el porterismo para despellejar lo que han decidido ponerse las famosas —y algún famoso aislado— en un momento de alucinación temporal.

Todo lo demás no dejan de ser extraños homenajes al partidismo o parcialismo de los electores —si ellos llegaran a existir, que a veces parecen directamene evitados— y, peor aún, ajenos a nuestra propia opinión sobre quién se merece qué.

En general cuando hablamos de merecerlo estamos pendientes de dos cosas: la gente que “realmente lo merece” y aquellos que “no se lo merecen en absoluto”, aunque sorprenda siempre que nos parezca peor lo segundo que lo primero.

Luego ya los premios en sí pueden ir más por el camino emocional, por el corporativo o, como los Antesalos que se dieron ayer, dedicarse a candidaturear famosetes que ya algo caerá.

La verdad es que pasarse toda la noche despierto es doblemente insensato: No por hacerlo, claro, sino por todas las que uno va soltando y por todo lo que uno va viendo. Desde el mismo momento en que los candidatos no reflejan aquello que parece realmente más interesante —Es decir, que falta Community en cualquier sección de Comedia o que en Drama parece que el requisito para la candidatura es el Potencial de famoseo — no está muy claro qué es lo que esperamos al verlos.

¿Tal vez que el ganador sea una sorpresa más allá de que no estén candidatos? ¿Quizá que Meryl Streep se saque uno extra sin necesidad de hacer nada, simplemente preventivo? ¿O es el ver como los grandes favoritos se convierten un año más en los ganadores habituales?

La siguiente excusa habitual suele ir para el presentador. Para “Ver qué tal lo hace” el pobre desgraciado de turno. Sí, Pobre Desgraciado porque, quitando unos pocos elegidos en momentos puntuales, las entregas de premios suelen ser momentos tediosos en los que se demuestra a la perfección aquello de que el piano debe descubrir que no ha escrito la música, y también para con la “interpretación de sorpresa”, se ve que no han podido dedicarse un mes entero a estar con un ganador de premios —de nuevo, Meryl Streep— para conocerla en su mundo y saber qué cara poner cuando se lo llevan. Sólo su interpretación de que no les importa que haya ganado un compañero es peor que la de sorpresa por llevárselo.

En fin, misterios modernos, que aquí hablamos mucho de cómo han afectado las tecnologías y conectividades a la forma de ver series y consumir ficción pero nos olvidamos de algo incluso más sorprendente: La facilidad para ver y comentar unos productos que nos exigen unos cambios de ritmo de vida que no se compensan… más que con los chistes y despellejes realizados en el momento en cualquiera de los medios de comunicación instantánea que tenemos ahora a nuestro alcance.

Y lo que es peor, por mucho que me esté quejando en estos momentos y por raras que sean las ceremonias que realmente merecen la pena —digamos, el año pasado, los premios Tony que presentó Neil Patrick Harris— sé perfectamente que por lo menos los cinco o diez primeros minutos de la siguiente estaré ahí.

Por si merece la pena.

Por si acaso.

Al fin y al cabo todos sabemos que las ficciones salen de algo llamado La fábrica de ilusiones.


Mordiscos como entrantes

Como he venido comentando en las últimas columnas la identificación entre la televisión y su ficción serializada es importante y tiende a eclipsar todas las demás facetas que en ella podemos encontrar, motivo por el que tras un año tan ficción-céntrico como el pasado he decidido hablar de otros temas televisivos.

No sé en qué pensáis vosotros cuando pensáis en la televisión. Sobre todo en estos momentos en que podría estar hablando de radio o de telégrafo. El reinado de la televisión está en franca decadencia y nadie tiene muy claro cómo manejarlo. Sólo saben sacar inventos con más canales que recuerdan poderosamente a los cartuchos piratuelos que se podían encontrar hace unos… Espera, esto es lo que se conoce como el salto generacional, ¿verdad? La gente de la posterior, de la anterior y gran parte de mis pares no entenderán esta referencia. Nunca habrán tenido la suerte de cruzarse con un sistema de consolas o con un cartucho que proclame tener sus X en 1 juegos. Al menos no hasta que llegó la TDT o la televisión por tierra, mar y aire y se encontró con 400 canales que acaban siendo variaciones los unos de los otros. Mira cuántos canales entran en:

– Canales de películas con un mínimo de temática común. – Canales de series con un mínimo de temática común. – Canales infantiles —Es decir, series de dibujos, alguna de acción real y películas ocasionales, con suerte un programa al día que no sea ninguno de los anteriores— – Los canales anteriores, una hora después.

Estos serían los añadidos a los canales regulares, es decir, esos que tratan de convencerte de que se puede hacer televisión generalistas desde un estudio y con una cámara, quizá sin el cámara, como si tuvieran que demostrar que la televisión en España está preparada para un holocausto nuclear. Y hablando del bunker, también mucho debate, por supuesto. Habrá quien crea que los documentales son más interesantes y fiables, incluso educativos, que las opiniones, pero entonces en los periódicos habría datos y no columnistas.

El asunto es que eso reduce mucho la televisión y, sobre todo, elimina muchos otros programas, como los mencionados de documentales —que se han unido a la espectacularización en pos de espectadores— o los programas concursos —y que no tengamos aún un canal de programas concurso con Saber y Ganar en redifusión y antiguos episodios de Lingo dice mucho de cómo las cadenas menosprecian a la audiencia anciana femenina— por poner sólo un par de ejemplos.

Pero, además, arrincona en España a uno de los… ¿nos atreveríamos a llamarlo género? que arrasa en todo el mundo y ejemplifica las formas y maneras de entender la televisión y sus utilidades. Es decir, los programas de cocina. Que la cocina de España es rica y variada parece que es algo que todos sabemos —al menos tanto como la natación es un deporte muy completo o tenemos los mejores dobladores del mundo— pero que la forma de enfocarla y crear programas a su alrededor también es múltiple y variada parece que es algo que aún no hemos aprendido ocupados como estamos en diseñar televisión desde el bunker.

Así que por un corto espacio de tiempo creo que sería bueno echarle un ojo a algo tan aparentemente periférico como son los programas de cocina, ya veréis todo lo que ha evolucionado el medio y las distintas ideas que tienen para ellos. Y, por supuesto, estoy más que dispuesto a investigar y hablar de aquello que creáis que se me pueda haber escapado.

— Como estas cosas parece que se nos ocurren a todos a la vez puedo deciros que, aunque con un punto de partida distinto del que tendrán las columnas sobre este tema, llevan unos pocos podcast los chicos de Del sofá a la cocina hablando también de tele, cocina y tele sobre cocina. Que no se diga.—


Sark TV 2011

Como decía la semana pasada, parece imposible resistirse a elaborar una de esas listas de “Lo mejor del año” o, al menos “Lo que demuestra que podría haber sido peor” y tonterías similares. Si se ve como una oportunidad para celebrar las cosas buenas que hemos encontrado, más que como una estúpida competición entre series — es decir, tan estúpida como un Pilotos Deathmatch por lo menos — tiene la ventaja de que sirve para hacer inventario y repaso de lo que dio el año de sí y, a la vez, reconoce el trabajo y dedicación que hay tras la ficción. En este caso, digo, no en el de Las noticias del año. Puede parecer una tontería pero, francamente, hay temporadas en las que dan ganas de montar el concurso sólo a “Secundario del año” para poder señalar la labor incansable de gente como John Glover, Mark Sheppard o Walton Goggins… aunque todos sabemos que Goggins es más protagonista de Justified que Olyphant, ¿verdad?

En mi particular caso voy a centrarme un año más en una serie de arbitrariedades innecesarias: Que las series sean nuevas, que lo sean por haber sido estrenadas entre el 1 de Enero y el 31 de Diciembre del año en cuestión y, peor aún, que me gusten a mí. Sí, el subjetivismo abrazado como mantra en uno de los pocos deslices que un respetuoso de la justa valoración se permite. Si tuviera que pesar y medir en la balanza las novedades para decidir cuál ha sido la más ajustada y definitiva, sin duda el resultado cambiaría. Pero eso no me interesa, me interesa cuál es la que más me ha hecho disfrutar. Y por qué.

Obviamente eso ha significado que series que funcionan como una bola de nieve — léase Community, y véasela también — no hayan merecido este reconocimiento. Sin duda están desoladas, las pobres. Pero es algo que hay que admitir, se puede ser una serie con múltiples cualidades y no gustar a parte del público. Lo realmente extraño sería una serie con una adhesión inquebrantable.

Pero volvamos al repaso. El año no ha sido gran cosa pero ha tenido series más allá de lo defendible y la clásica demostración de que más nos vale que sigan existiendo los angloperiféricos, ver las ideas rectoras de la neozelandesa Almighty Johnson y el desparpajo de la realización debería llevar a preguntarnos cómo no se nos ocurrió antes a nosotros. Los canadienses por su parte nos amenizaban con la llorada EndGame, y con la punta de lanza de una de las tendencias del año: INSecurity, serie coñera sobre servicios secretos despendolados y sátira del género de acción y espionaje que tendría su punto álgido con Eaglehart del siempre grande Chris Elliot. Que, por cierto, ha sido una de las comedias locas del año.

Pero al final son los ingleses los que pasan la mano por la cara a todos los demás. Que si empiezan el año ironizando sobre sus relaciones con USA gracias a la enorme Episodes —que unía a creativos y actores de ambos lados— y a partir de ahí el recital, menor o mayor, pero siempre interesante gracias a series libres como Marchlands o Campus pero especialmente en la sección de negro con un Case Histories que hacía brillar a Jason Isaacs, la emitida de corrido para aliviar tensiones de InJustice, la extraordinaria y compleja The shadow line e, incluso, la Mejor al principio que al final Hidden y, por supuesto, una de las grandes series de este año: The Hour, al que las aguas finales —menores, por suerte— de la excusa argumental de espionaje no quita que sea una gran obra que habla, además, de la necesidad de una prensa independiente, lo que podría unirla de cierta manera con el bombazo sorpresa de fin de año, y no me refiero a la enormemente divertida aunque algún olor a refrito tenga Life’s too short, sino a la mentada la pasada semana Black Mirror– … Además, claro, está el fantástico, que para algo sacaron The Fades.

No diré que todo ha sido perfecto porque los ingleses también crearon uno de los choques de trenes de la temporada, también en el fantástico, con la involuntariamente hilarante Bedlam. Y la verdad es que el repaso por los mayores despropósitos da idea de lo bueno que ha sido este año, sobre todo para los gemelos separados al nacer que intercambian sus puestos, como en dos de los mayores desastres del año, The Lying Game y Ringer, series en las que los actores y guionistas compiten a ver quién lo hace peor y las interpretaciones de sus actrices principales parecen intentar demostrar que hay sólo un personaje con doble personalidad. Si no hubiese sido porque este ha sido el año de una de las creaciones más singulares casi hubiéramos echado en falta un nuevo Persons Unknown, pero para eso tenemos a la NBC proporcionándonos diversión y, sobre todo, ¡¡¡ THE CAPE !!! ¡¡¡SIX SEASONS AND A MOVIE!!! y me quedo corto.

En cuanto a los Estados Unidos, pues muy flojito todo. En la primera mitad del año o eran cosas a medias como Episodes o adaptaciones como Wilfred o divertimentos como Franklin and Barh y Suits —este parece haber sido el año de repetir temas— y cuando parecían haber acertado se ponen a dar vueltas al tema como en 2 Broke Girls.

Total, que hasta que no llegó noviembre no parecieron ponerse las pilas.

En humor no hay mucho más, solo Suburgatory tratando de hacer algo entre la autocomplacencia y el desparpajo meta, evolucionando a poquitos con un estilo que quizá debería empezar a correr algo. En cuanto al drama, casi cualquiera de los siguientes títulos podrían haber terminado en los puestos de plata o de oro de este repaso.

Quizá Boss lo tuviera más difícil porque aun cuando sea un nuevo uso de la debacle mental mezclada con la zona negra de la política y los chanchullos que todo queda muy clasiquito, muy bien, así como para meterle un poco de niebla y pasarlo a blanco y negro o algo. En fin, muy bonito.

Si uno se deja de clasicismo no puede más que aplaudir la que tiene todos los puntos para ser la serie más objetivamente buena del año. Por actores y actuaciones, por construcción de trama y por saber hacer. Me refiero, claro, a Homeland, por un lado reverso de 24, por el otro exceso de interpretación de Claire Danes que compone un atrapapremios excelso aun teniendo en frente al siempre magnífico Damian Lewis y a las tetas de Morena Baccarin. Sólo se le puede reprochar algo de falta de locura, algo más de exceso y no de mueca. Pero, quitando eso, se merece todos los premios que evitarán darle.

Lo que nos lleva a American Horror Story, cumbre y altiplano televisivo, interesante e interesado repaso a un género, el Gótico Americano, que tiene ecos de Poe y Hawthorne y auténticos alaridos de magníficos genios como Shirley Jackson, Fritz Leiber o Ira Levin por citar referencias sólo literarias. Porque esto no es una serie, es una turmix, un conjunto de excesos articulados llenos de referencias que a lo largo de la serie va tocando prácticamente todo lo utilizable y remontable, los temas como el pecado o la alienación, el uso de la familia como centro del mal, o el entorno urbano malsano… Sospecho que si uno no tiene esto en cuenta sólo ve algo aceleradísimo y alocado, enormes cantidades de ideas argumentales golpeándose unas con otras, el equivalente en serie del sonido de los bolos al chocar… Ah, las maravillas de la televisión moderna.

En cualquier caso estas eran las series que merecían recordarse ahora que estamos empezando un año nuevo. Pero ninguna de ellas recogerá los premios de Plata y Oro. Eso lo reservamos para:

SarkTv de Plata

Revenge

Puestos a celebrar gozosamente todo un género o subgénero por lo menos hacerlo bien. La clásica historia de venganza tan cercana a El Conde de Montecristo como a un culebrón, con toques de thriller moderno para acabar de unirlo todo en un batiburrillo que nos deja bien claro que esto va a ser un no parar de locos acontecimientos y gente que parece que, pero luego no… Todo ello teniendo como ilustre precedente a Retorno a Eden pero puesta al día y, lamentablemente, con menos cocodrilos. Yo creo que deberían considerarlo. Por lo demás, y mientras descubrimos hacia donde van todos los guiones pirotécnicos y las venganzas y contravenganzas no se puede más que disfrutar del loco desarrollo.

SarkTv de Oro

SPY

Las debilidades tienen estas cosas. A mí me ponen una comedia de espías —uno de los temas de este año recién terminado, mucho más agradecido que los cuentos de hadas, sea dicho todo— que mezcla además una familia desestructuradísima con toques de humor ácido y otros cercanos al surrealismo y es que me quedo enganchado a ella. Es un pequeño artefacto cómico y familiar, sí, pero gozoso en si mismo, en sus derivaciones y trucos de guión. Una serie pequeña entre todos esos argumentos más grande que la vida y todos esos temas serios. Aquí tenemos a un padre que se lleva mal con su hijo, tenemos a un matrimonio roto y un nuevo trabajo insólito, quizá anda que parezca muy original, pero todo ello junto es una máquina de relojería. Especialmente cuando se cuenta con un secundario como Robert Lindsay en el agradecidísimo papel del jefe, o con un niño actor tan capaz como Jude Wright —verlo es sentir vergüenza por todos esos niños actores que no saben vocalizar, chillan y ponen caritas de pucheritos. ¿De dónde sacan los ingleses a estos chavales?— además, claro, del gran trabajo de su actor principal: Darren Boyd. Ah, los actores ingleses… En fin, que si tenéis la oportunidad no la dejéis pasar y que yo ya estoy a la espera de la segunda temporada. Porque lo malo de estas series inglesas, sobre todo de las más ligeras, es que te dejan con hambre de más, como un pequeño bloque del mejor foie.

NOTA : Por lo visto este año se ha estrenado Juego de Tronos y merece al menos una mención, por su magnífica intro y porque Peter Dinklage se hace querer, supongo. Que no se diga que no les recuerdo en este repaso—


Sark de Oro 2011 o Perdidos en el Amazon

Hace doce años, -¡ARGH!- en mis primeros tiempos de internet, acostumbrado a hacer tonterías como cualquier otro internauta primerizo decidí que, igual que otras personas en la aún novedosa Dreamers, podía convertir mi opinión en premio y elegir la mejor lectura del año.

Hoy, más de una década después, sigue siendo mi particular tradición de año nuevo. Repasar el año editorial, señalar alguna de mis lecturas y, claro, exponer cuales fueron los dos libros que más me habían gustado. Y ahí está la clave. Me da igual la importancia de los libros, la técnica con la que se realice o lo culturalmente aceptable que resulte. Yo, como único juez, soy lo más importante, y que me haya gustado, que me haya hecho disfrutar de la lectura, es lo que determina la elección.

En años anteriores el galardón fue para El Hada Carabina de Daniel Pennac, Huérfanos de Brooklyn deJonathan Lethem, Cíclopes de David Sedaris, La Disco Rusa de Wladimir Kaminer, La Mosca de Slawomir Mrozek, El Martillo Cósmico de Robert Anton Wilson , Pégate un tiro para sobrevivir de Chuck Klosterman, Las Ovejas de Glenkill de Leonie Swann, los Cuentos Completos de Connie Willis, Al pie de la escalera deLorrie Moore y  Mi Tío Napoleón de Iraj Pezeshkzad

Este ha sido otro de esos años en los que las líneas divergen, oficialmente no ha habido una propuesta que moviera el año, como mucho el éxito de El jardín olvidado que llegó en verano porque algo tenía que llenar el aburrimiento vacío. Ni siquiera la aparición de buenos títulos en las tradicionales como Solar en Anagrama o Disturbios en Acantilado. Incluso títulos poco tradicionales en editoriales de siempre, como la más que subyugante Los Poseidos de Elif Batuman en Seix Barral. Por suerte llegó Amazón a montar el taco,  haciendo interesante -llamémoslo así- el mercado electrónico. Casi ha hecho de menos que la fuerza inicial que está pillando el fantástico más épico hubiera funcionado de manera más rápida y explosiva.

Por lo demás, tranquilidad. La gente de Ático de los Libros y sus gemelos de Principal han seguido la buena senda del año pasado aunque reduciendo el número de novedades, lo que no ha quitado para que sacara El dinero de los demás y La esquina entre otras novedades. Impedimenta, Libros del Asteroide, Nórdica, Sajalín y todas las demás pequeñas son las que han sabido meterle algo de diversión a este año que termina. Las recuperaciones de unos y otros con obras magníficas como El callejón de las almas perdidas o Las vidas de Dubin en  Sajalín, La juguetería errante o Reina Lucía en Impedimenta, La gente corriente de Irlanda de Flann O’Brien en Nórdica, En el condado de Drury en 451 y el proverbial largo etcétera. A los que habrá que unir sellos pequeñajos como Contraseña o Satori. Y, por supuesto, la enorme satisfacción que ha resultado que Es Pop Ediciones se animara a recuperar a Chuck Klosterman con la completamente recomendable Fargo Rock City.

Los autores españoles no han logrado darle mucho más interés al año, la publicación de Otra dimensión de Grace Morales o la puesta al día de Tusquets con Rafael Reig o Pérez Andujar y, magnífico como siempre, Antonio Orejudo, sazonaron más que removieron el año.

Pero si algo ha logrado hacer interesante el año es la fuerza del género negro que ha aprovechado el impulso nórdico para hacer una labor de crecimiento y difusión. Como decía antes, tanto Impedimenta o Contraseña como Sajalín o Principal presentaron grandes propuestas, el mystery más british, el noir más hardboiled, y la exploración del crimen actual, cotidiano, de bajos fondos… hay un poco de todo por aquí. Si alguien merece el crédito por ir mes tras mes buscando lo mejor y más importante de todos los rincones del género, es la Serie Negra de RBA que me ha dado muchas satisfacciones este año, especialmente con la recuperaciones de Fredric Brown -Lagrimones me caen cada vez que lo pienso- y, por supuesto, El último buen beso. Durante gran parte del año ha sido mi libro favorito del mismo y, sin duda, una de las novelas detectives más interesantes y sólidas que se pudieran encontrar. Todo lo cuál nos va llevando poco a poco a lo que más os interesará -es un decir- que es la elección de los Sark de Oro.

ellunesempiezaelsabadoSark de Plata para El lunes empieza el sábado  de Arkadi y Boris Strugatski  en Nevsky Prospects.

De estos grandes autores se había ido publicando en España alguna cosilla, sobre todo en Gigamesh, pero creo que esta obra es incluso mejor que La Zona o Stalker o como toque traducirlo hoy. Al menos es la más divertida, usando la metaficción en ocasiones y en otras los clásicos resortes del género para proporcionar un reflejo deforme y lleno de humor sobre la ciencia ficción, el fantástico -género en aumento este año- y, por supuesto, la reflexión cultural cercana a la parodia y, a la vez, enormemente interesante en sus propuestas. Hasta tal punto que lo único negativo que puedo decir es que deja ganas de más y, desde luego, que no entiendo la mención a Harry Potter en la faja.

losamigosdeedditecoyleSark de Oro para Los amigos de Eddie Coyle de George V. Higgins en Libros del Asteroide.

El éxito del negro este año, de las fronteras y límites, ha servido para extender más aún el nombre de lo que se hace. No sólo con la grandísima -y gratísima- labor de la Serie Negra de RBA, también editoriales como Libros del Asteroide que tiene un magnífico historial y una brillante selección, Nancy Mitford, Robertson Davies, Angel Wagestein o Manuel Cháves Nogales, que incluye a Leo Mallet y que se ha distinguido publicando este año el caramelito del que puedo decir, con enorme satisfacción, que tiene un pequeño continente pero un enorme fondo. Historia urbana, mostrando múltiples oces alrededor de la figura central de Eddie, arremolinando a todo tipo de hampones y defensores de la ley, todo ello con un entramado constructivo, unos diálogos, una forma de presentar las escenas entre personajes y aprovecharse de las peculiaridades de la narración que convierten este libro en una clave que sirve para explicar, acercar y magnificar todo lo bueno que una novela negra puede tener.