Verdadera Ficcionalidad Falsa

Creo que supondríais que la idea principal de esta columna debería ser Salvemos Community. No dudéis de que la mejor comedia de la actualidad merece todo el tiempo que pueda conseguir pero aquí poco podría hacer más que explicar la lógica de la decisión de la NBC — por una vez parece existir, con números similares Withney aparentemente es una decisión más lógica que Community para acompañar a Chelsea —, tratar de tranquilizar al personal explicando que todos los años suele haber alguna serie cuyo regreso se retrasa y que en alguna ocasión eso no significa que no se la renueve —es decir, como el año pasado Parks & Recreations — pero que todo esfuerzo, ya sea con los hashtag #SaveCommunity o, sobre todo #sixseasonsandamovie además, claro, de firmando en http://www.save-community.com/ o en FaceBook y me temo que poco más se puede analizar.

Esperar una mejora en las audiencias o un cambio en los espectadores, teniendo en cuenta el número de espectadores potenciales que no lo son porque no pillan o les parece pretenciosa poca solución le veo. Más allá de que es una cadena impredecible y con muy poca audiencia y la historia en sí parece tener un final programado: En un año, dos como mucho, tendrán que graduarse. Si lo hacen en sólo un año la cadena conseguiría, además, una serie que se podría vender al circuito de sindicación, ese de pequeñas estaciones de televisión que emiten series semanales a diario —sí, lo sé, suena como España— y para las que hace falta una bolsa razonablemente grande de episodios para no quemar la serie repitiendo sólo un par de temporadas —¿ veis?, esto ya no suena como España— lo que compensaría mantenerlo para concluir la historia de manera razonable, especialmente siendo la gran beneficiada la productora de la misma, Sony, que ya ha demostrado ser capaz de bajar los precios por lograr estos tratos.

Dicho esto, y espero que algo más tranquilos mis teóricos lectores, hablemos una vez más de realidad y ficción. La excusa de esta vez: Regis Philbin, octogenario presentador de un programa matinal de gran éxito en USA, se retira. Durante estos últimos meses han ido apareciendo co-presentadores famosos, en parte como homenaje, en parte para probar los límites y las afinidades del programa. El desfile fue notable y el elegido para sustituir a Regis la primera semana acabó siendo Jerry Seinfield, luego seguirá habiendo rotaciones y aún no se ha elegido al sustituto final pero eso a nosotros no nos importa demasiado.

Lo que nos importa es que se supone que Regis se quejó por esta sustitución ya que aún se sentía maltratado por su aparición en Seinfeld, en el que realizaba un cameo —el programa entero, de hecho— con una frase que no le gustaba, no le parecía propia ni divertida —Y si estás pensando de qué podía tratarse, le decía a Kramer You’re bonkos — de manera que eso afectaría a su imagen. Ahí tenemos a la realidad afectada por la ficción.

El caso contrario. Siempre que hablo de la ficción bebiendo de la realidad suele ser porque tengo intención de mencionar a Jack Webb, como vimos la semana pasada el Método Webb es usado con enorme alegría y regocijo por Dick Wolf —Ese hombre— y, por extensión, por más series que quieren estar cerca de la actualidad sobre todo las de policías que no sólo siguen el método Webb de usar hechos reales como base, también se inspiran en personajes y situaciones reales, de manera que la guerra Leno – Conan puede dar ideas para un episodio de Castle, por ejemplo. Pero más allá de eso tenemos a las series de abogados que exponen estos hechos y juzgan sin mucho reparo, algo en lo que David E. Kelley es un maestro como lleva demostrando años, desde ese L.A. Law de la que acabó ocupándose casi por completo. Ahora en Harry’s Law, que comenzó queriendo ser algo nuevo y que ha acabado teniendo que convertir en la enésima revampirización de su serie clásica de abogados, pero también en series de otros creadores. Quizá la mejor en eso sea hoy por hoy The Good Wife, el prodigio del matrimonio formado por Robert y Michelle King no sólo suele ir pegado a la actualidad sino que, en ocasiones, logra que esa vaya y vuelva, como en el reciente capítulo sobre la comida escolar, que tenía su origen en las muertes por listeria ocurridas a principios de septiembre por un brote en melones, la plaga, que llegó a afectar comedores escolares, dio lugar a un episodio que se emitió a principios de Octubre y que, sin embargo, no ha dejado de causar muertes, las últimas a finales del mes pasado, si bien, y como es costumbre también mezclando ideas, datos y conceptos que da idea de lo útil que es acercarse a la actualidad pero no que sea necesario serle fiel realmente. Por eso la plaga de listeria de este año se confunde con la única más grave que esta, la que en 1985 causó la muerte de más de cincuenta personas por comer queso contaminado. Precisamente ese queso permitía a la serie hablar de otro tema, difícil de creer en un contexto real: Las discusiones federales para establecer la comida de comedor escolar que están tratando de establecer, por ejemplo, que un alto nivel de salsa de tomate en la pizza la calificaría como vegetal. Y os preguntaréis como hacía Seth Meyers en el Weekend Update del SNL: ¿En serio?

He ahí otro límite de la discusión, los falsos informativos, o los auténticos informativos pero con humor. A veces uno no sabe si la idea de que un informativo serio incluya youtubes de gatitos mientras que uno satírico cree sus propios virales debería de contar, pero el hecho es que estas falsas noticias, desde los periódicos satíricos hasta programas como Estas no son las noticias de las nueve o Have I got news for you pasando por supuesto por el Weekend Update y, desde luego, los dos más importantes de la televisión americana The Daily Show con Jon Stewart y The Colbert report. Dado que el famoso segmento 18 a 49 y especialmente los más jóvenes dentro de ellos han reconocido en numerosas encuestas que se informan gracias a ellos, ¿deberíamos suponer que la ficción humorística se ha apoderado de las noticias o que es la realidad la que proporciona un gran material dentro del es gracioso porque es verdad que tiende a acecharnos?

Cada vez más nos encontramos con hibridaciones, con esos teóricos realities que se quieren veristas, con personas que son en realidad pésimos actores, tan malos que resultan naturales de alguna retorcida manera, pues interpretan su único personaje, el asitself. pero en realidad están perfectamente guionizados —o, al menos, tanto como podría estarlo un concurso, lo que nos llevaría a pensar si Have I got news for you o QI deberían entrar en ficción o concursos, o variedades… y ya puestos, mirarlas conexiones del ex-*SNL* Rich Hall en todas estas propuestas— mientras en la ficción real se buscan tramas y personajes cercanos, sobre todo en España, en la que lo que no es patio es barrio.

El resultado, cada vez más cercano a convertir todo el audiovisual en un pastiche que sólo podría encajar en la etiqueta Variedades, es de una alegría para los postmodernos que de puro futurista parece imposible: La tácita separación de programas se diluye, no por el efecto ya os vale de cambios de planos y mentiras en programas de cocina y chapucismo vario sino porque a la gente le gusta la realidad ficticia, la ficción realista y todo el juego de espejos que hace que la realidad tenga que adaptarse a la ficción para ser creída y la ficción buscar modos de parecer tan desastrosa como suele ser. Todo lo cuál nos lleva a un momento como este:

¿Realidad, Ficción o Variedades?


Dick Wolf Sehombre

Ya os decía yo que os iba a sonar la musiquita. Pero, ¿de dónde sale Dick Wolf? Cuando nació en 1946 en New York le pusieron Richard Anthony Wolf pero tardó muy poco en ser un Dick, muy pronto entró en la élite gracias a su padre, ejecutivo de publicidad de la NBC —luego pasa lo que pasa— que primero le mandó a la escuela de St. David y luego a la muy prestigiosa Phillips Academy de Andover, (en la que sería compañero de… pero mejor dejemos eso para un poco más adelante) aún tendría tiempo de pasar por The Gunnery antes de acabar en la Universidad de Penssylvania_ en donde se graduó en 1969. En 1970 hizo dos cosas, casarse y empezar a trabajar en publicidad, en la firma neoyorquina Benton & Bowles, mientras terminaba unos guiones que poder vender en Hollywood. Entre sus anuncios destaca este para :

Que ríete tú de Mad Men y Pan Am. Y es que Dick Wolf siempre ha sido ese hombre.

A finales de los setenta tuvo una reunión con Oliver Stone que no le compró ninguno pero le recomendó algunos pasos que dar y facilitó la venta de sus dos primeros guiones, uno era Skateboard, un extraño film de skaters, el otro era Gas, una comedia sobre un periodista que investiga el robo de leche y su relación entre la subida de los precios de la leche y la gasolina.

La parte buena es que le sirvió para entrar en el juego y que le ofrecieran un puesto de escritor en Canción triste de Hill Street que le puso definitivamente en el mapa gracias a la candidatura para el Emmy en un episodio que escribió a solas, lo que facilitó, a su vez, la venta de un par de guiones y su entrada como guionista en una nueva serie creada por un productor que quería renovar el policiaco de manera radical introduciendo más acción y más estilo, de manera que contrató a Dick Wolf como supervisor de guiones. El hombre era Michael Mann, la serie Miami Vice y el resto es historia.

Durante su estancia en la serie aprovechó para vender algunos guiones más a Hollywood, un par de los cuales fueron suficientemente bien recibidos. Por ejemplo el que en 1987 le permitió contar con un joven y prometedor actor para una historia realmente curiosa: Un policía novato se infiltra en un grupo dedicado a robar coches, su líder es un tipo carismático que parece arrastrar al resto, incluido el joven poli que pronto se replanteará sus lealtades inmerso en la vida de velocidad, chicas y adrenalina que su nuevo amigo le propone. No, no salen surferos, ni rapados, de hecho el protagonista se quedó durante años en un discreto segundo plano — D. B. Sweeney — mientras que el peso real recayó en el jefe de los ladrones, un tipo incapaz de apartarse del primer plano y a punto de realizar una interpretación magistral en una película sobre Wall Street. El actor se llamaba… Charlie Sheen. No man’s land o La tierra de nadie (En fin) no fue una gran película ni logró ampliar las ganas de Hollywood de reutilizar la historia pero, por lo menos, fue un escalón mientras llegaba la siguiente película y seguía ascendiendo puestos en la serie.

Tardó poco menos de un año. Otra estrella despuntante, otra historia de género. Un puñado de hombres y mujeres bailan en torno a una joven heredera huérfana que no tiene muy claro en quién puede confiar, ni si el chico que le gusta, un apuesto capitán de yates de carreras, está siendo del todo sincera con ella. De nuevo el papel más importante es el más ambiguo, y en esta ocasión, en la película Masquerade o Mascarada para un crimen, le toca a otro joven prodigio de los ochenta, Rob Lowe ser el motor real de la historia.

Pese a todo Wolf pasará a centrarse en la televisión, no dejando el mundo de las series hasta que… pero me estoy adelantando de nuevo. Wolf había hecho un par de películas y Corrupción en Miami estaba acercándose a su fin. (No os lo creeréis pero duró sólo 5 temporadas) así que, a la vez que se terminaba Wolf hacía lo que todo joven productor, empezar a lanzar sus propias series.

De entrada se sumó al intento de relanzar las ABC Mistery Movies, el espacio semanal en el que se dieron a conocer Colombo o Kojak —recuperadas para la ocasión— con tres series nuevas, dos de las cuales llevaban la marca de Wolf. La primera, Christine Cromwell estaba protagonizada por la ex-_Ángel de Charlie_ Jaclyn Smith, que en esta ocasión vería cómo le cancelaban la serie tras cuatro episodios pese a ser la única protagonizada por una mujer; la otra, Gideon Oliver, sobre un profesor universitario de antropología interpretado por Louis Gossett Jr. que logró alcanzar los cinco episodios. (La otra, B. L. Styker tampoco duró mucho, pese a estar protagonizada por Burt Reynolds y producida por Tom Selleck, con un par de bigotes)

Por suerte para el año siguiente pudo poner en marcha dos pilotos. El primero, aún para la ABC, se llamaba H.E.L.P., trataba de un nuevo servicio que ofrecía a la vez la asistencia de bomberos, policías y paramédicos.

La serie, en la que recuperaba de Canción triste de Hill Street para un papel como policía a David Caruso y presentaba como un joven oficial a Wesley Snipes, no tuvo demasiado éxito y en seis episodios estaba fuera. Aún quedaba casi una década para que funcionara esa historia con Turno de guardia (Third watch) y, mientras, Dick Wol tenía otras cosas de las que ocuparse.

Por ejemplo Nasty boys, una serie para al NBC sobre policías de narcóticos —Ya, bueno— en el departamento de policía de Las Vegas. Un departamento especializado en infiltrarse en el que destacaban Don Franklin y Benjamin Bratt junto a otro rescate de Canción triste de Hill Street , el gran Dennis Franz. Por algún extraño motivo parecía que no era aún el momento y duró sólo el doble que la anterior, hasta 13 capítulos. La verdad es que consiguió unos buenos resultados y una base fiel pero era la NBC de Tartikoff, primera en los ratings y ese año decidieron que les iban tan bien las cosas que sólo tendrían una serie no producida por ellos. La NBC nunca defrauda.

Así que parecía que a Wolf le iban durando cada vez más las series: 4, 5, 6, 13… La próxima parecía que podría ser la definitiva. Tenía una idea, hacer una serie policiaca. Porque hay que reconocerle que es de ideas fijas, y si este no funciona ya funcionará el siguiente. Y si mezclarla con policías y bomberos no servía de gran cosa… ¿Qué tal con abogados?

Efectivamente, el 13 de septiembre de 1990 se emitía el primer capítulo de una serie llamada a hacer historia. Sacando los casos de los titulares, como si de un nuevo Jack Webb se tratara. Centrada en los casos transversales que pasaban de investigarse a juzgarse, creando una forma de verlos que permitía tomar lo mejor de los dramas judiciales y la investigación de Perry Mason sin que el sospechoso y sus giros se quedaran fuera de juego al incluir la investigación, ofreciendo un díptico capaz de ofrecer a la vez intriga y reflexión.

Que lo digo en serio. Los episodios con giro tipo son mucvhos pero también la existencia de una reflexión general sobre el tema que tocaba esa mañana en el juicio y en la investigación. Y como Dick Wolf es un cuco en lugar de dar una respuesta a la Soorkin o Kelley se dedica a meterla doblada ofreciendo dos posibilidades: La suya y la mala. Repasar la integración de un ideario de derechas en una serie que cuenta sin problemas con minorías, personajes positivos en ambos y una aparente ecuanimidad en el trato y reflexión es tan divertido como hacerlo mirando sólo el resultado: Sí, es difícil ser más de derechas pero, a la vez, es difícil disimularlo mejor. Porque todo es perfecto hasta que llega el final y ganan los de siempre, y si no ganan porque ya sería pasarse, entonces surge una complicación para-legal o aparece un personaje para que se cumpla una ley natural por encima de la _legislativa-, que no nos vas a pillar en tonterías a nosotros, hombre. No es algo realmente condenable — al fin y al cabo Kelley lleva toda su carrera haciendo lo mismo para el otro bando— siempre y cuando nos demos cuenta de la manipulación, de la falta de una reflexión final que va más allá de esa defensa ultra, digo, a ultranza, de la ley natural. Y, total, al final los malos son castigados y los bueno… bueno, los malos son castigados.

Por su reparto han pasado multitud de buenos actores, empezando por Chris North — A quien podéis ver ahora en The Good Wife pero que seguro que recordáis como el Mr. Big de Sex and the City —, también Dennis Farina o Benjamin Bratt, rescatados del pasado de Wolf, interpretaron personajes aunque los más duraderos y recordados fueron Sam Waterston, Steven Hill y, sobre todo, S. Epatha Merkerson. Además, Jerry Orbach pasó en la serie desde la temporada 2 a las 14 en la que se cambió al spin-off L&O: Trial by Jury debido a la menor carga de trabajo que era de esperar para él en la nueva serie, el motivo: un cáncer de próstata que le mató cuando sólo había podido grabar dos episodios de la nueva serie. Todos ellos y montones de otros actores, regulares, invitados y variables. Aunque quizá merecería la pena detenerse en dos. Bueno, de momento detengámonos en uno: Richard Belzer que logró dar el santo de Homicide: Life on the Street a L&O conservando… el personaje. John Munch empezó en la serie y logró pasar a L&O:SUV aún teniendo en cuenta que su personaje era creación de David Simon —Sí, el de siempre— y cobraría royalties por su uso. De manera que Belzer ha estado paseando a Munch por la pequeña pantalla con L&O como base de operaciones. Las maravillas de la televisión.

Durante veinte años, hasta 2010, aguantó Ley & Orden los modos y modas, que se dice pronto, está empatado con Gunsmoke como serie de acción real que más ha durado y sólo Los Simpsons ha sobrepasado a ambas. De hecho cuando la NBC — ¡Esa cadena! — decidió cancelar la serie sin posibilidad siquiera de una temporada corta para que ganara a Gunsmoke (No pueden evitarlo, en serio, ellos son así) el propio Dick Wolf — ¡¡¡Ese hombre!!! — se ofreció a pasarlo a cable, a internet o a bodas, bautizos y comuniones si falta hacía para poder superar el record. Pero no hubo forma. 456 capítulos quedaban detrás y, más importante, multitud de versiones.

La primera llegó al final de los turbulentos— para Wolf, ya veréis, ya — años ’90.
Parecía un buen momento, con las subidas de audiencia, para sacar un spin-off, Law & Order: Special Victims Unit cumpliría esa función con un éxito más que notable. Un poco más procedural, un poco más escandaloso porque, como decíamos antes, al estilo Dragnet de Jack Webb de basado en hechos reales le añadiría un componente sexual que centraría la actividad del SUV. Y, además, tenía a Mariska Hargitay que logró ser la primera actriz de un L&O en ser nominada a un Emmy y ganarlo. Y también se hizo como un Globo de oro. De hecho, Hargatay se convirtió en el pilar de la serie, con un personaje que se convertiría en ejemplo para todas esas mujeres investigadoras con puestos de responsabilidad que hemos estado viendo en la última década. Tras múltiples complicaciones de salud y varias negociaciones económicas parece que la actriz seguirá en la serie que entra ya en su 13 temporada y ha perdido por el camino a su compañero de las anteriores, el ex- OZ , Christopher Meloni, que no pudo o supo cerrar el trato.

El siguiente hijo le nació para la temporada de 2001, algo le hacía pensar a la NBC o a Dick Wolf de que sería un buen año para iniciar una tercera serie relacionada, Law & Order: Criminal Intent centrada en delitos de perfil alto (es decir, un 90% de las veces asesinatos) cometidas sobre, alrededor y — habitualmente— por un VIP, y esta vez con un Vincent D’Onofrio que parecía empeñado en convertirse en las versión king size de Colombo. El debut fu espectacular, los siguientes tres años fue la serie líder de su día, hasta que la ABC se sacó de la manga Mujeres desesperadas y la NBC compró el Football Americano para hacerle frente, el peregrinaje —y la habitual intención de los actores por largarse al lograr cierta relevancia— lo que llevó a la cadena a traerse a Chris Noth para alternar con D’Onofrio y, a la marcha de Noth a pastos más verdes, a incorporar a Jeff Goldblum, convirtiéndose en el actor principal de un cast que estuvo moviendo a a la gente como una montaña rusa hasta que la NBC decidió cerrarlo al concluir su décima temporada en 2011.

Entre medias de estas tres estuvo la cuarta serie —Sí, cuando decía que L&O ha sido todo un éxito no exageraba— que se centraba en la parte judicial para compensar el giro policial del resto. Law & Order: Trial by Jury duró sólo 13 episodios entre 2005 y 2006 y fue el primer traspiés de la factoría.

Aún quedaba por jugar la baza de la franquicia que permitió vender versiones de la serie a paises como Francia que lo convirtió en Paris enquêtes criminelles y la mantuvo en el aire tres temporadas entre 2007 y 2009, mientras que la versión inglesa llamda en un alarde de imaginación Law & Order: UK comenzó a emitirse en 2009 y aún continúa. Menos suerte tuvo la última versión americana: Law & Order: Los Angeles, una idea poco inspirada pero no lo suficientemente loca que duró una temporada —completa, eso sí— entre 2010 y 2011, intentando encontrar una personalidad propia. Pero ya parecía tarde.

De todas estas series sólo queda la internacional inglesa y Law & Order: Special Victims Unit que vive una temporada más de caída de sus números. Es difícil saber si la NBC cerrará este último capítulo de una de las series que más dinero les ha hecho ganar. Especialmente porque es la NBC y porque este años sus estrenos se han estrellado, pero la relación con Wolf lleva siendo tensa desde que se empeñaron en cancelar el primer Ley y Orden.

Lo divertido del caso era que los ratings de la serie sufrieron todo el proceso que rara vez se da, comenzando por los últimos 40 para ir subiendo poco a poco a los treinta y luego a los veinte, hasta 1999 no marcarían por primera vez en el Top 20 en el 13 y, como os estáis oliendo seguro desde hace un rato, no llegaría a entrar en el Top 10 por primera, última y única vez hasta su duodécima temporada estrenada 15 días después del 11S. (Tal y como vimos que pasó con JAG, como para no ver el causa-efecto) Tres temporadas más tarde había vuelto a los 30 y en cinco había llegado a su mínimo, quedándose en el 54 y si bien la siguiente logró que remontara hasta el 38 las dos últimas, ya en los puestos más allá del 60 condenaron definitivamente a tan longeva producción.

Lo que nos lleva al otro actor destacado de Ley y Orden, por motivos externos. Se trata de Fred Thompson, que durante 5 temporadas, de la 13 a la 18, interpretó al fiscal de distrito Arthur Branch y que dejó el cargo para… presentar su candidatura a la presidencia por el Partido Republicano, es decir, su candidatura a candidato para enfrentarse al aún no electo candidato demócrata que estaba claro que sería Barack Obama o Hillary Clinton. Thompson tenía muchos respaldos, sobre todo dentro del mundo del espectáculo —empezando, obviamente, por el de Dick Wolf— pero en el río revuelto post-*Bush* acabó ahogándose frente a políticos profesionales como McCain, Romney y Huckabee que dejaron fuera de juego al actor con rapidez, pese a lo cuál decidió no regresar a Ley y Orden .

No era el primer encuentro de Wolf con la política, como dijimos antes su mejora en los _ratings- hacia el año 2000 podía explicarse también por factores externos, y es que el famoso compañero de Wolf cuando estuvo internado en la Phillips Academy de Andover era… George W. Bush. Dick Wolf hizo campaña en las dos ocasiones por él y estaba bastante claro que existía si no una sintonía sí un complicidad entre ambos. Lo que explica claramente algunas de las decisiones internas en Ley y Orden pero, también alguna de las de la carrera externa de Wolf. Lo veremos en su momento.

Volvamos a los años noventa, como el resto del país, y veamos lo que fue la carrera de Dick Wolf más allá de “Ley y Orden empezando por el siguiente guión para una película que vende, en 1992, y que podría marcar a una generación de intérpretes tanto como Rebeldes marcó a la anterior. En este caso Wolf se inspiraba en sus años de internado para presentarnos a un grupo de jovenzuelos que nos presenta a un atleta judío transferido gracias a una beca deportiva a un internado exclusivo en el que tendría que luchar contra la discriminación y todas esas cosas que se lucha en las pelis. En el reparto, como estrella, Brendan Fraser, mientras que el malvado alumno envidioso que le delata como judío —¿He dicho que estaba ambientada en los años ’50? Por lo visto entonces existían atletas judíos— el malo, decía, era un Matt Damon celosón porque sus otros compañeros —entre los que estaba, claro, Ben Affleck—le hacían más caso. Completaba el reparto masculino Chris O’Donnell y los menos conocidos Cole Hauser, Anthony Rapp y Randall Batinkoff.

No sé cómo iría la experiencia pero el director, Robert Mandel, lo siguiente que rodó fue El sustituto. Y hablando de héroes de acción, Dick Wolf tenía preparadas dos novedades más para 1992. La primera fue un extraño intento de hacer drama médico que no duró nada, ni John Mahoney ni Eriq LaSalle acababan de encajar en el tema médicoo, por lo visto. Menos mal que Wolf tenía un plan B. Junto con DeLaurentisBob , no Dino — creó una serie llamada Mann & Machine y que trataba de… de… Mejor lo miráis primero y cuando os lo creáis seguimos.

Efectivamente, entre Un robot en casa, Una chica explosiva y Medias de seda tenemos una serie puntera y rompedora que ríete del Automan de Larson, la historia de un polícia — Mann, ¿lo pillas, lo pillas?— al que con un poco de Weird science construyen un Small wonder para que detengan los delitos de Silk stalking y un poco lo que les venga así a mano. La Machine del título se llamaba Eve Edison —Eso es. El Festival del Humor no acababa nunca.— y no dejaba de ser la clásica serie de policías compañeros diferentes, más cercano a Holmes y Yo-yo (Haced una búsqueda, veréis las risas) que a Robocop, y que duró 4 capítulos en antena aunque se llegaron a grabar 9. ¿La cadena? Pues la NBC, ¿qué otra?.

El año siguiente Wolf repitió con DeLaurentis y juntos crearon otro vehículo para * Yancy Butler*, la actriz que interpretaba a Eve, juntos crearon South Beach, una serie inspirada muy levemente en Modesty Blaide con una ladrona de guante blanco forzada a trabajar para la policía acompañada por Eagle-Eye Cherry que, ojo, es el nombre real del actor, bueno, en realidad es un músico sueco de raíces africanas que . La parte buena es que estaba a las órdenes de Robert, un siempre excelente John Glover. Esta vez llegaron a emitir seis episodios y grabar siete así que mucho mejor

En cuanto dejó de lado a DeLaurentis y se asoció con Kevin Arkadie la cosa mejoró algo al centrarse en, claro, policías. La llegada de la FOX le permitió centrarse en ello con las nuevas ideas alternativas, multiculturales y jóvenes de la cadena. Concretamente en policías de incógnito en la ciudad de Nueva York o como ellos lo llamaron: Nueva York Undercover, la serie tuvo un éxito relativo llegando a las cuatro temporadas y siendo más recordada por ser la primera serie en presentar a dos actores de color en los papeles principales, Malik Yoba como el detective J.C. Williams y Michael DeLorenzo como el detective Eddie Torres.

Durante los siguientes años Wolf iría encadenando una notable cantidad de series fallidas año tras año, el drama legal The Wright Verdicts en 1995, la macarrada de acción de Swift Justice en 1996, el acercamiento a los federales en —en fin— Feds en 1997, la serie política D.C. en 2000… Casi parece que lo más útil que hizo fue en 1997 cuando lo intentó con Players, una serie sobre exconvictos que colaboran con la justicia que permitió a Wolf darle el papel principal a IceT, a quién recuperaría en 2000 para que interpretara a un personaje de L&O:SVU.

A eso se unían todo tipo de series que trataban de sacar éxito de Ley y Orden, como Deadline, serie de periodistas que duró dos temporadas (2000- 2001) y estuvo centrada en la vida del ficticio New Yor Ledge que solía aparecer en Ley & Orden; en 2006 saca Conviction, centrado en el personaje la abogada Alexandra Cabot, interpretada por Stephanie March que venía de L&O:SVU y aabaría volviendo a ella tras lograr sólo 13 episodios para esta serie.

Aunque quizá el caso más sorprendente fuera el de las series de no-ficción, primero Arrest & Trial, del año 2000, en el que se recreaba un caso real al más puro estilo Ley & Orden, dándole una apariencia de documental que transmitiera incluso más verismo que la serie. A continuación y por dos temporadas, de 2002 a 2004, _Crime & Punishment _, que seguía a miembros de la fiscalía del distrito mientras preparaban sus casos. Un paso más para adentrarse en los casos reales, como siempre. Hablando de lo cuál, Wolf fue el elegido por la ABC para tratar de recuperar el Dragnet de Jack Webb del que tanto bebía su principal fuente de dinero.

La desconcertante elección del gran Ed O’Neill —incluso por encima de los arreglos al clásico tema musical— parecía remitir más a la parodia cinematográfica —con el mismo nombre que la serie original y la dupla Tom Hanks y Dan Aykroyd, una idea que no es algo reciente— interpretando el personaje de Joe Friday que Webb inmortalizó y Aykroyd parodió, sin que pareciera muy clara la dirección que le pretendían dar. El desastre fue de tal magnitud que en el episodio 12 decidieron dar un enorme giro, cerraron temporada y prepararon una nueva librándose del compañero de O’Neill y presentando a un grupo de jóvenes investigadores racialmente diversos —con señalar que incluía a Eva Longoria os podéis hacer una idea— el resultado esperable fue la cancelación tras cuatro episodios de la nueva temporada. Los restantes —hasta 10— fueron apareciendo en repeticiones y canales ajenos, hasta el punto de que la serie fue completada por primera vez en su pase en Francia.

A esto había que unir su faceta como productor de telefilmes, a veces con la suficiente calidad, como la adaptación para la HBO de _Bury My Heart at Wounded Knee _, una historia de las tribus indias de los Estados Unidos; antes de eso había producido una nueva versión del clásico The Invisible Man, no una serie como la del habitualmente interesante Matt Greenberg, sino una versión con Kyle MacLachlan en 1998, aunque lo más importante sería, por supuesto, Twin Towers, una mezcla de documental y película estrenada en 2003 que presentaba a dos hermanos, uno bombero, el otro policía, muertos durante los ataques del 11S. Es algo que no puede evitar.

De hecho, mientras Ley y Orden se resiste a desaparecer del todo de nuestras pantallas el próximo proyecto de Dick Wolf es crear una serie de bomberos desde una perspectiva seria que muestre los héroes que son. Y la verdad es que si alguien puede sacarla adelante es Wolf, no en vano él es Ese hombre.


Teorizando las evoluciones

Cuando uno —pongamos… yo mismo— habla de las series desde la perspectiva de los pilotos o, incluso, de los 3 primeros episodios, siempre surge una duda. “Bueno, vale, pero, ¿cómo evolucionará luego?” Una cuestión a la que se puede responder en ocasiones pero que acaba siendo fundamental para el futuro de la serie y —más aún— para la opinión que tendremos sobre ella.

Ya hemos hablado aquí de la maldición del episodio 13, aquel en el que todo lo que estaba pensado “en previsión” se termina, y más vale que tengas una idea de cómo seguir —y que los ejecutivos de la cadena no quieran meter mano— o puedes acabar como Glee, sufriendo una bajada de calidad absolutamente brutal y echando por tierra todo el trabajo anterior.

Porque es normal que las series tengan que evolucionar pero la inteligencia del creador, del responsable, está en cómo lo hacen. Fijaos en Community, de unos primeros episodios más cercanos a una sitcom clásica, con detallitos, eso sí, se fue pasando poco a poco hacia la locura total para final de temporada con capítulos como el del pollo o el magistral episodio del paintball y, una vez lograda la idea, decidieron hacer una segunda temporada que se tiraba en plancha sobre la locura. Cierto es que alguno de los personajes parece tener un desarrollo parcialmente errático — es decir, el _señor Chang _ que siempre está bien aunque no siempre tenga sentido su inclusión — pero las líneas de dirección de la serie parecen firmes.

Por contra, en 2 broke girls llevamos 8 episodios y no parece que tengan intención de crecer, evolucionar o pasar a mayores. No es algo atroz, la serie es aceptable y tiene buenos diálogos, pero el potencial se ve desaprovechado.

¿Será miedo al cambio? Ese mismo miedo que ha llevado a los chicos de Misfits a sustituir a un personaje por otro demasiado parecido y devolverlos a la casilla de salida, como si no hubieran dado muestras de originalidad los dos últimos años para poder prescindir del uniforme. ¿Es eso bueno? ¿O es el exceso de cambios lo que puede matar a una serie? Recordemos la idea de Roseanne de hacerles ricos, Maude convirtiéndose en congresista o SeaQuest metiendo un cambio radical que era, sobre todo, un lavado de cara y de género. No parece que les fuera mucho mejor, ¿eh?.

La evolución es una complicación. Porque muchas veces pierdes lo que tienes, y no me refiero sólo a la resolución de la Tensión Sexual. Pensad en Scrubs, la trama sobre el Dr. Kelso jubilándose es grandiosa pero una vez concluida… te deja a un gran personaje en fuera de juego para el resto de temporadas. Incluso la genialidad con la que supieron llevarlo —Su afición a los muffins— no escondía que se les había ido de las manos.

Por contra, en Urgencias, durante la temporada 3, la encantadora Dra. Lewis se subía a un tren. Y todos pensábamos que acabaría bajándose de él. Después de todo lo que había sufrido con el hijo de su hermana y de la relación que estaba flotando con el Dr. Greene… ¡¡¡Si hasta él fue a decirle que no se fuera!!! Pero los guionistas nos reservaban otra cosa: Susan Lewis desaparecería de la serie, como desaparece la gente de la vida real, sin previo aviso. Otra cosa es que, pasados 5 años y ante la huida de los protagonistas originales (Clooney, Margulies, La Salle, Reuben y hasta Edwards) consiguieran que regresara. Y lo mejor de todo es que lo explicaron de tal manera que parecía lógico: Gente a la que dejas de ver y, un día, vuelve a entrar en tu vida.

Esto, como la calidad de las series, es variable. Que también es parte de la evolución, aunque no lo parezca. Por motivos externos e internos. How I Met Your Mother empezó tanteando, como casi todas, y se convirtió en una gran serie. De hecho, el final de la cuarta temporada fue magnífico. Pero entonces llegó la quinta… y la calidad comenzó a bajar, y siguió la sexta y aquello parecía no tener remedio, la gente huía de ella… de manera que cuando en la séptima ha empezado a recuperar fuelle —es decir, se han acordado de no hacerle mucho caso ni darle dramatismo a Ted Mosby, ese personaje— la mayor parte está ya fuera.

Del mismo modo cuando The Big Bang Theory se han convertido en un éxito de masas han ido a convertirlo en otra cosa, una serie de relaciones, de chicos contra chicas de frikis sin suerte que, en fin, como en el caso de Glee significa no sólo vulgarizar la serie a los niveles medios sino, además, convertir una serie de lo que era a lo que uno pensaba que sería cuando le contaban de lo que iba. La involución, vaya.

Aunque si me preguntaran cuál es la serie que hoy en día ha logrado conjugar la premisa inicial con evoluciones extremas constantes, creo que no tendría mucha duda: Supernatural. Desde los tiempos de Happy days no se había visto una locura evolucionista semejante, y en Happy days llego un momento en que no sabían si iban o venían, quién era el protagonista o dónde estaban. En Supernatural los protagonistas siempre han sido los Winchester, aunque no hayan estado siempre vivos los dos a la vez, y el tema siempre ha sido la lucha contra los elementos sobrenaturales malvados, tanto daba que fueran leyendas urbanas, monstruos —de la semana—, demonios, ángeles o Dios. Lo importante era eso y así se ha mantenido; todo lo demás, desde los secundarios a las motivaciones y contextos, ha ido cambiando, de la búsqueda del padre con la que empezaba la primera temporada a la asociación de cazamonstruos, las tramas diabólicas, las tramas angélicas o el paso actual, enemigo final de temporada que va apareciendo de cuando en cuando y episodios independientes —o casi— en medio, al más puro estilo Buffy.

Frente a esto, las evoluciones internas en otras series —ahora tiene nuevo novio, ahora hay boda, ahora toca niño, otro niño, ¡más niños!— se antojan limitadas, son evoluciones sentimentales, humanas si queremos, pero hay poca evolución real, poco cambio de paradigma con conservación de la esencia.

Quizá por eso tienen tanto éxito la valoración de pilotos, porque sospechamos que no van a alejarse mucho de ese punto inicial, y cuando lo hacen a mejor o a peor, o cuando demuestran estar en una carrera para que no dejen de pasar cosas, sea para bien o para mal —es decir, como podría pasar en Lost o en American Horror Story — nos preguntamos cuánto durará y si habrá un plan detrás. Demasiados episodios para este punto de partida, esto no les da para dos temporadas, habrá que ver qué se inventan cuando haya pasado X y es normal. Fijaos en algunos de los mejores estrenos de esta temporada: Homeland, Revenge, Boss… ¿Alguien tiene la sensación de que podrán estirar la premisa? Frente a ideas abiertas como las de grupo, como Friends, de lugar de trabajo, como The Office, o de localización, como Mujeres desesperadas, las que tienen una idea detrás parecen más limitadas por su propia idea: Como conocí a vuestra madre pasa a ser Papaito Brasas, en Expediente X parecía que nunca acababan de estar contentos con la explicación a la desaparición de Samantha Mulder y cuando alguna como El Mentalista se atreve a superar su final teórico —La muerte de John el Rojo — da la sensación de que le falta algo a la serie.

Y, sin embargo, nuestra propia vida cambia y muta, miramos dónde, con quién o qué hacíamos hace 5, 10, 15, 20 años y podemos comprobar los cambios y adivinar los que vendrán, ¿por qué nos cuesta entonces tanto aceptarlos en un producto de ficción con vocación e continuidad? ¿será el miedo al cambio? ¿O será que lo que nosotros llamamos evolución o desarrollo puede zumbar en los oídos como “No le toques ya más, que así es la rosa”?

Lo importante, al menos para mí, es aceptar ese cambio pero no dejar de ser crítico con él, y sé que eso significaría repasar las series de las que he hablado al cabo de unos meses, ver si han cambiado, si ha sido para bien, si mejor haberlas dejado… Pero no hay tiempo para todo. Tendréis que conformaros con anotaciones, comentarios y, si la evolución es grande, quizá hasta alguna columna sobre una evolución concreta.

O no. Ya veremos. Según evolucione.


Apocalíptico pasapáginas español

En esta vuelta de cierre de los creadores y creaciones en la televisión creo que es justo empezar por España para tratar de entender uno de esos extraños movimientos que ocurren de cuando en cuando y que aquí se tradujo en un cambio de rumbo total.

Para finales de los años ’80 parecía que la televisión en España había logrado una cierta estabilidad. Se hacían adaptaciones literarias, se preparaban miniseries y se buscaban series de aventuras, otras de tema familiar y algunas de temática adulta — bien dramas, bien antologías de género — . Cierto es que en el policiaco o la comedia quedaba aún bastante por recorrer pero, poco a poco, progresábamos adecuandamente hacia una televisión útil y moderna.

¿Qué salió mal?

Es difícil señalar sólo un problema o mostrarse completamente seguro de que se debe a uno de los muchos factores que podría explicarlo. Sobre todo porque por comparación con otros países tampoco parece que exista un motivo real.

Lo que cambió de finales de los ’80 a mediados de los ’90 fueron fundamentalmente dos cosas. La Ley Miró y la entrada de las privadas. Quizá pudiéramos añadir una muesca más si contamos también con el predominio de un nuevo tipo de actor, frente a los forjados en el teatro y el cine, gente baqueteada, sólida y que — Me estremezco sólo de pensarlo — vocalizaban de manera que se les podía entender cuando decían sus líneas de diálogo, frente a eso llegaron los Niños Especiales, esos extraños seres balbuceantes, recién salidos de la Guardería de Cristina Rota. Pero en estos momentos aún no llegaba a ser más que un problema menor.

Los viejos profesionales de la televisión acabaron bien desapareciendo como Diosdado o Armiñán — quien tras la magnífica Juncal no haría más que otra miniserie Una gloria nacional —, otros como Chicho Ibáñez Serrador o Adolfo Marsillach dejarían la ficción para centrarse en otro tipo de entretenimientos, el primero lanzando programas como Waku-Waku o El Semáforo, el segundo con Recuerda cuando o Tren de cercanías o ejerciendo sólo como actor y sólo Antonio Mercero cosecharía un gran éxito con las seis temporadas que tuvo Farmacia de Guardia entre el 91 y el 96 (aunque no regresaría a la televisión hasta casi una década más tarde, y con escaso éxito, adaptando Manolito Gafotas) mientras que el esperable relevo no parecía producirse.

En toda tradición hay siempre el inevitable ciclo de comienzo, madurez y declinado que suele ir solapando a unos creadores — o grupos e incluso generaciones, si son ustedes de los que creen en esas cosas — lo que no hubiera hecho tan dura la transición de haber aparecido un repuesto. En lugar de eso llegó la Época de las Grandes Productoras — es un decir — en la que tuvimos la figura del productor parecía más determinante que el resto de nombres tras los proyectos.

Sin ir más lejos, tras Farmacia de guardia se encontraba Andres Gandara, que después seguiría con Antena 3 en ¡Ay, Señor, Señor! y Menudo es mi padre. Pero a esta serie volveremos luego.

Por su parte José Frade, tras su éxito con Las Pícaras (TVE, 1983), decidió aprovechar las privadas para presentar una serie de comedias urbanas y jóvenes: Canguros, Hermanos de leche o Tres hijos para mí sólo, todas a mediados de los noventa en Antena 3 y la última con bronca por las similitudes que Médico de familia presentaba con ella —Similitudes, todo sea dicho, mínimas: Viudo con tres hijos que tiene que reactivar su vida. Tiró para ponerlas en marcha de profesionales sólidos del cine, gente con la que había trabajado antes, especialmente con José Miguel Ganga (Otro nombre importante para la televisión de aquí) Tras el fracaso de esta última decidió dar un giro con Yo, una mujer a mayor gloria de Concha Velasco y un despuntante Ricardo Franco como director. Pero en lugar de seguir explorando otros géneros — Frade como productor estuvo detrás de incontables películas, algunas vergonzantes, sí, pero también supo dar oportunidades al policíaco o el cine de terror, entre otros géneros, lo limitado de los géneros tocados en sus producciones televisivas es pues de lamentar — vuelve a la comedia, primero para estrellarse junto a Miguel Hermoso en Café con leche y después a mayor gloria de Lina Morgan que tras las exitosas Compuesta y sin novio y Hostal Royal Manzanares pasa a estrellarse con Una de dos a no despegar con Academía de Baile Gloria y a despedida y cierre con el programa de ¿_sketches_? ¿Se puede?. Al juntarse esos tropiezos con los líos sentimentales del propio Frade que el mismo 2004 de ¿Se puede? se casaba con la vedette Norma Duval apartándose del negocio hasta su separación en 2009. De momento no ha vuelto a la televisión, sólo al cine, con Don Mendo Rock.

Otro nombre propio es el de Eduardo Campoy que en 1987 fundó la empresa CARTELCreativos Asociados de Radio y TELevisión — tras la que produjo unas cuantas películas antes de meterse en la televisión por la puerta grandes con*_Los ladrones van a la oficina_* actualización española de las comedias de cacos que aprovechaba el momento para recuperar a varías de la grandes glorias de la pantalla. Con eso en mente le veremos reaparecer con _La casa de los líos: y Señor Alcalde o las adaptaciones en formato casi-miniserie de Carvalho — versión Puigcorbé — o Entre naranjos. Con los años siguió probando en comedia ( Abierto 24 horas o ¡Ala… dina! ) pero también en drama legal ( La ley y la vida) o la acción ( Código fuego) aunque con resultados más bien discretos.

Manuel Gómez Pereira logró en el 95 que Bardem pareciera un actor capaz de hacer comedia en Boca a Boca, parecía un buen punto para sacar una compañía adelante y de ahí surgirían primero la adaptación de la película del propio Gómez Pereira Todos los hombres sois iguales y después toda una serie de títulos, como Al salir de clase o El comisario junto con propuestas menos… exitosas como el caso de El pantano o Abogados.

En cuanto a Menudo es mi padre, de la que antes hablábamos, significó la aparición de un par de productoras nuevas, por un lado Factoría de ficción, por otro la demostración de que Globomedia podía hacer algo más que El programa de Ana y, sobre todo, el megaéxito de Médico de Familia. Los creadores de la misma eran Emilio Aragón, de los Aragón de toda la vida, gran consumidor de televisión USA decidido a traer aquí algunas de las ideas de allí — especialmente las relacionada con el humor — y El Antípoda, el hombre que llegó del punto opuesto en la Tierra para ponernos bocabajo, Daniel Écija. Estando ocupado con sus cosas Aragón sería Écija el principal responsable de todo lo que significa Globomedia en cuanto a series que, a ojo de buen cubero, podría incluir la mitad de oferta de ficción televisiva en España desde mediados de los años noventa.

Lo que nos coloca en otro punto del juego de las culpas, ¿cuánto del actual panorama se debe a Daniel Écija? Cierto es —inegable incluso— que hay un modelo Globomedia con su chico y su chica, su amor improbable, su cámara frigorífica, su epidermis bien exhibida y su propensión al melodrama familiar de desarrollo culebronesco y personajes planos. Por otro lado son los únicos que han ido intentando alguna mejora en el sota, caballo, rey de las ambientaciones y temas de las series españolas. Bien por adjudicárselo, bien por creer en ellas, la verdad es que por todos los géneros y tipos han extendido sus tentáculos, todos con sus tics que podría hacernos pensar en una serie única y mutante, una especie de Dr. Who controlada por Ecija que ajusta mínimamente sus parámetros en cada reencarnación. La parte buena es que por lo menos han tenido algún momento de replantearse lo que hacían y decidir buscar algo distinto dentro de sus mismos parámetros, agradecible en todo caso, independientemente de que el resultado sea Aguila Roja, LEX, El internado, Supervillanos o El Barco. No es mucho, pero es lo que hay. La duda es, ¿sin ellos —o sin él— las ideas originales hubieran podido prosperar? Y si es así, ¿no se da cuenta de que esos tics unificadores no parecen propiamente conceptos de autoría sino remoquetes.

Todo esto y, además, muchas más productoras como el Grupo Ganga dirigido ahora por Miguel Angel Bernardeau, Miramon Mendi de Jose Luis Moreno, Boomerang TV_, El Terrat, Notro Films, Zeppelin, Magnolia, etc… Muchas veces polivalentes, capaz de hacerte un especial, una película, un programa de la tele o una serie, cuando no se realizan importantes líos con las productoras de las series subiéndose, bajándose y pasando de unas a otras. Pero como este no es un repaso por lo impublicable, ni es idea de esta columna tratar de entender como funcionan los grupos de producción española — en parte por desconocimiento, sin duda, y estoy más que abierto a ser corregido porque cualquier intento de poner en claro el entramado sirve, sobre todo, para darme dolor de cabeza — sino los motivos que mandaron al corner la producción de ficción de finales de los ochenta convirtiendo las dos décadas siguiente en poco más que una travesía por el desierto lleno de comedietas inofensivas. Para ello la relevancia está más en dejar claro que el sistema de productoras que impera en España hace que los personalismos de un creador sean atemperados al máximo, primero por la productora y sus tonos unificadores, después por la propia cadena que tampoco está muy por la labor de apostar por cosas extrañas. Y todo lo que no es clonación es extrañamiento.

Llegamos, por tanto, al siguiente punto: Las privadas. El meteorito que acaba con los dinosaurios parece ser el antecedente lógico de la aparición de estas cadenas que chocaron contra la normalidad existente para crear una nueva Era Glacial. En este caso la idea parecía ser que con más cadenas habría más libertad, más series y, por tanto, un mayor número de series de las que habiendo un 10% bueno significaría un mayor número de series apreciables. La realidad fue que a las nuevas cadenas la ficción les atraía lo justo y suficiente, repitiendo viejos esquemas — Tele5 llegó a crear un vodevil con Juanjo Menéndez y Esperaza Roy que contaba con guiones de Alonso Millán, Casa para dos se llamaba el numerito — y buscando más una amplitud amable de telespectadores — es decir, agradar a TODA la familia — a la vez que el máximo rendimiento económico.

Esto último, que podría parecer una perogrullada, acaba asemejándose a un chiste de la tira cómica Dilbert en la que el jefe de cabellos puntiagudos afirma que si logra reducir los costos y mantener beneficios acabará logrando dinero a cambio de nada. Y en eso es en lo que están, cada vez con menos intenciones de gastar un dinero que, o no creen que puedan recuperar por ningún medio, o no quieren adelantar, o no ven necesidad de poner en movimiento, lo que facilitaba un creciente número de series de escenarios muy limitados y con un reparto actoral contado, hasta el punto de que Qué vida más triste llegó a parecer el futuro de la ficción en España por pura dejación de las cadenas.

Porque, como os podéis imaginar, el paso a la TDT y sus múltiples canales ha sido casi tan útil como la anterior expansión. Pero eso es ahora, volvamos al pasado y fijémonos en que, en realidad, sí hubo series que intentaron tímidamente presentarse pero que sólo parecían durar las más… sencillas, las que apelaban a un público amplio y ofrecían un humor familiar —que no necesariamente blanco— mientras las series de abogados, de acción o de fantástico brillaban por su ausencia o por la magnitud de la hostia cuando alguna cadena asomaba la puntita. No está claro si podía deberse a la falta de ambición, a la tibieza o si realmente el público no es lo suficientemente maduro. ¿Quizá es que no está acostumbrado a ver a españoles ejerciendo en este tipo de ficciones? Pero… ¿No hubo una época en que el cine español realizaba todo tipo de géneros? Teniendo en cuenta que, en efecto, en los años ’60 y ’70 teníamos todo tipo de films de géneros distintos, muchos de ellos en régimen de coproducción y una amplia mayoría ambientados fuera de España por aquello de la Dictadura de Extrema Plácidez. Pero durante finales de esos setenta y todos los ochenta no shabíamos ido acostumbrando en cine —igual que en literatura o en cómic — a que también España podía ser un país de tramas sórdidas y juegos sucios. Sin embargo, a mediados de los ’80 el número de películas producidas y estrenadas empieza a decaer, con ello la industria que se sustentaba en ellas y, por supuesto, los técnicos y artistas que aprendían y trabajaban allí.

Todo lo cuál nos lleva a plantearnos… ¿Qué pinta en todo esto la llamada -Ley Miró_? Creada con la mejor de las intenciones, como pasa siempre, la idea tras la Ley Miró era mejorar la calidad del cine español facilitando que las películas de mayor calado intelectual tuvieran más pasta que las exploit, la consecuencia real fue que se realizaran más películas de gran calado intelectual que no solían interesar al público, mientras las de géneros populares pasaban a un plano terciario, perdiendo en el proceso el público y su interés. El libro Spanish Exploitation (Victor Matellanos, T&B, 2011) da unas cifras realmente sobrecogedoras, de loas 80 películas de terror rodadas en España entre 1971 y el ’73 en el año ’88 sólo se produjeron 2. Imaginemos cómo afectó esta ley no sólo a la industria, también a los profesionales. Si a eso se le une el acoso de la oposición — Que lo mismo se quejan de la falta de producciones españolas en televisión (Obligando a responder con Gatos en el tejado) que echan los perros a la creación de Crónicas del mal por ser muy cara — entenderemos que el sector estaba poco menos que en sus propias manos para poder sobrevivir.

Visto lo cuál no podemos más que sorprendernos — y alegrarnos, claro — de que parezca haber una cierta intención de tantear temas y formatos nuevos, Tímida, mínima, y con las posibilidades de enraizar de una piña en el Tibet, aunque quedaría por ver un desarrollo autorial más claro —desligándolo de la faceta de estrella de la Productora— y un tratamiento más adulto —entendido como no-familiar, no como escabroso — de los varios géneros que están muertos de risa desde hace años.

El problema llega cuando regresamos a la pregunta del principio: ¿ Qué causó la bajada de calidad? Porque como hemos visto televisión se sigue haciendo, aunque menor en sus ambiciones y sus extensiones — De ahí que lo más cercano a Curro Jimenéz tardara casi 30 años en estrenarse — de modo que no podemos negar la existencia de una ficción televisiva en los años noventa. Tampoco podemos hacer oídos sordos a los problemas derivados de la aparición de los ejecutivos de las privadas, movidos por el dinero y buscando la forma de lograr formatos más baratos, ajenos al mundo muchas veces; o a la aparición de las autonómicas que parecen dedicarse casi en exclusiva a promover su idioma por medio de culebrones. Añadámosle los problemas surgidos por culpa de la Ley Pilar Miró y la creciente desafección de los españoles por su cine —Asuntos no necesariamente unidos— y culminemos con los productores superstar que monopolizan de manera tiránica las ideas de las series. ¿Qué culpa tiene cada cuál?

No insistiré más en lo que supuso este cambio, al menos no de momento, pero sí que la idea de esta columna, repasar las más importantes teorías, lo hemos cumplido. Ahora cada cuál puede dar nuevas ideas, apuntar datos incorrectos —que los habría sin duda— y quejarse de que no dé más historias interesantes y sangrantes de las productoras. En cualquier caso temo que nunca acabemos de aclarar a qué se debió esa extinción… y cuándo se producirá la siguiente.

Esperemos que nos pille mejor preparados.