Supongo que un clásico es un clásico. Sobre todo porque este Amor de Oficina (O)(MX) parece haber decidido ver hasta dónde puede tirar de los restos de Betty la Fea. No por la parte de la protagonista, que aquí tiene una forma distinta de ser aunque -sin duda- es más… payasa. Pero el lugar y las acciones parecen sacadas de aquella: Una empresa de ropa -de lencería en este caso- y todo una serie de secundarios que trabajan en ella. De secundarios y de los dos actores principales, que comienzan habiéndose liado ya antes de saber quiénes son. La una, la muy profesional aunque notablemente desastrosa aspirante a ser la nueva directora. El otro… el hijo del jefe. Y de ahí los dos grupos montados. Los trabajadores de toda la vida, con sus distintos follones más cómicos que dramáticos -de momento, ya sabéis cómo va esto- mientras que del otro lado están los amigos del enchufado, unos pijos que -con el tono de comedia que predomina al menos en el piloto- parecen más desconectados de la realidad que malvados. Todo eso, más unos inversores extranjeros y una serie de discutibles decisiones son lo que nos deja este piloto que establece con sencillez y claridad lo que tenemos delante: Una comedia romántica de fondo telenovelesco en el que se mezclan las relaciones personales, el reto de quién será el jefe y, por supuesto, el ‘bienestar empresarial’. En fin, fin, quiero creer que a su público objetivo le puede gustar y, desde luego, Ana González Bello sabe lo que se hace y cómo hacerlo. Así que, bueno, veremos si tiene éxito. Sobre todo con tan pocos capítulos.

Un tanto genérica y yo diría que menos comprometida de lo que nos quieren vender, esta The Copenhagen Test (USA) con la que Peacock cierra nuestro año. Me parece perfecto que quieren hablar de la problemática de los agentes asiáticos y reivindicar que casi no tenemos ejemplos de ellos. El problema es poner una trama en la que Corea del Norte ocupa el papel principal, y usar como coreano a un actor chino. Quiero decir, ¿ahora los USA no se animan a acusar de espionaje a China? Será la primera vez. Lo cierto es que usar como coreano-americano a un actor nacido en China, emigrado a Canadá y que desde allí dio el salto a USA es ciertamente explicativo de cómo funcionan las cosas… en USA. Pero bueno, si la historia hubiera sido algo menos ‘la rutina de costumbre’ supongo que podríamos haberlo dejado de lado. De todas formas si alguien busca rancho, aquí lo tiene.

Supongo que este Dear Life (AU) está pensado para los que gusten de un cierto tipo de drama humano. También imagino que hay toques en él que están pensados como comedia. Lo cierto es que no acabo de entrar en ello, y mira que está claro que lo intentan. Quizá la culpa sea mía. Pero esta historia de una mujer aún devastada por la pérdida de su amado que decide seguir el destino de los órganos que donó… Pues yo qué sé. No me podría dar más lo mismo ni ella, ni los donados, ni la gente que intenta que pase el duelo. Quizá como película… pero yo qué sé.

No podíamos pasarnos una semana sin glorificar criminales, claro, así que aquí llega RUN (AU) con una especie de noticia biográfica de uno de los más notables -y algo desastrosos, diría yo- atracadores de Australia. Po’ fueno, po’ fale, po’ m’alegro.

No hay como que una serie funcione para ponerse detrás, hace un par de años a Netflix le funcionó una serie de Harlan Coben en primeros de año y desde entonces tenemos otra siempre que toca. La de este año es Run Away (UK), que comienza con una especie de misterio, sigue con ‘qué malas las redes sociales’ -en un momento muy complicado porque trata de venderte como mentira algo que es literalmente lo que ha pasado, aunque no por las motivaciones que las redes ponen-, y continúa acumulando personajes y cadáveres. Lo cierto es que el exceso de unos y otros hace pensar más en una novela en la que te van sacando a gente sin explicarte más, que en un piloto en donde suele procurar conectarse a las personas porque, bueno, verte el piloto no significa que vayas a seguir. Que es una notable diferencia con leer un libro, ahí lo lógico es suponer que tras el primer capítulo seguirás leyendo. En fin, sea como sea y pese a la profusión de actores británicos -televisivos sobre todo- bien conocidos está claro para quien esto escribe que Ruth Jones (y Annette Badland) es lo más interesante del asunto. Menos por el papel que tiene por cómo lo aborda. Pero bueno, supongo que este rancho de principio de año está para consumir mientras digieres el resto de cosas.

He tenido que mirar que Synden (O)(SU) no fuera una serie antigua. No solo porque lo que cuenta es básicamente lo de siempre (policías nórdicos hundidos con vida familiar deprimente investigan un hecho delictivo triste en una zona desmoralizada) sino porque, de hecho, la falta de novedad -por mucho cadáver que quieran apilar- lleva a dudar si es que son todas iguales, si es que no tiene cabeza para más, o si es que allí todos los crímenes son iguales. Si tú propósito de año nuevo es deprimirte con algo distinto al telediario lo mismo te sirve. Para todo lo demás solo le recomiendo esta serie a alguien que quiera ponérsela de fondo mientras planchas… la ropa o la oreja. Tanto da.

Comenzamos el año con Netflix decidiendo otra vez que a una de sus series no le toca trailer. Tiene pinta de que va a ser otro de esos años. 
Llega Netflix con El tiempo de las moscas (O)(AR), que adapta dos libros de Claudia Piñeiro. Y lo hacen cogiendo el nombre del segundo. ¿Y el primero? Pues embutido por ahí entre flashbacks. Supongo que en algún momento le dedicarán un capítulo propio o algo, porque si no va a quedar raro. Pero es cierto que el segundo era un libro más interesante del primero. Al fin y al cabo aquí tenemos el casi costumbrismo de dos ex-presidiarias metidas en un negocio de exterminación que se acaba descontrolando mientras se habla de las relaciones de poder en las parejas, de los problemas de la salud y la sanidad y de otra media docena de cosas a la vez que se habla de clase o se explora -quizá explota- esa más baja y ‘criminal’. No es que a mí me haya dicho gran cosa pese a las interpretaciones -más correctas que destacables- pero, bueno, seguro que tiene su público.