Es de suponer que algo habrán leído mis silentes lectores sobre todo el asunto Sheen que tan entretenido ha tenido a internet y la información sobre televisión y sobre famosos estas últimas semanas. La historia en sí tiene un interés limitado salvo por demostrar que no existe un lado bueno: No hay duda de que Sheen está como un cencerro —aunque sea un cencerro encantador— y las sucesivas denuncias por violencia doméstica o los numeritos de arrasar lo que se le ponga por delante están muy lejos de ser una exageración de los nostálgicos del Hollywood Dorado, pero es que el tipo que está en frente, Chuck Lorre, está muy lejos de ser un angelito.
Un post de el dijo, ella dijo, sangre de tigre por al alfombra poco iba a añadir y un repaso a las situaciones no es mucho más interesante Queda, sin embargo, la posibilidad de hablar sobre la cancelación de la serie.
En realidad la serie no está cancelada aún, claro. No en vano en la segunda comedia más vista de Estados Unidos y la primera durante mucho tiempo, siendo Charlie Sheen el actor mejor pagado de la pequeña pantalla desde que William Petersen dejara CSI. Las pérdidas calculadas para la cadena por dejar de emitir la serie en publicidad ya contratada ascienden a 250 millones de dólares. Incluso tratan de considerar el impacto que carecer de este programa como lanzamiento de la noche supondrá para la CBS y —especialmente— para las series que la siguen. Así que la próxima vez que leáis a un columnista televisivo diciendo que Dos hombres y medio se puede dar por cancelada pensáoslo de nuevo.
Casualmente esto ha coincidido con la preparación de la columna de la semana próxima sobre los creadores y la ficción en USA en los años ’70, que también tiene una buena ración de cancelaciones de por medio.
Entendámonos: Lo normal es que las series se cancelen. Lo más normal aún que lo hagan en sus tres primeros años y que el motivo principal sea su baja audiencia.
También ha ido convirtiéndose en costumbre que la audiencia sea en números globales buena pero que falle en conectar con el segmento de la población que se denomina de interés, es decir, los que manejan y gastan pasta: 18 a 49 años, de manera que un programa con más audiencia de mayores de 49 puede significar que se le saque cinco millones de espectadores de diferencia a otra cadena y, pese a eso, se estén vendiendo los anuncios a un tercio de esa otra cadena. Es otro motivo suele ser un simple ajuste de balance: Si lo que tenemos que gastar para hacer una serie no compensa con lo que vamos a ganar por hacerla, ¿qué importa la audiencia? Eso suele suceder cuando hay mucho caché o mucho gasto en efectos y producción —exteriores, vestuarios, etc…— siendo este último el motivo de que se cancelara años ha A través del tiempo.
En cuanto a las otras cancelaciones de series, es algo tan poco habitual que los ’70 se podría considerar una década especialmente problemática para tener una serie. Unos cuantos ejemplos los veremos la semana próxima, como los correspondientes a un proceso de cambio de imagen de la cadena que llevó a sacudir por la ventana los programas con buena audiencia pero apariencia menos deseable, otras series tuvieron problemas ajenos a las circunstancias propias de la serie y la cadena pero, en este caso, podemos señalar una situación vivida a finales de los años sesenta.
Dentro de las muchas historias que podemos contar —y por lograr una columna con una duración razonable— vamos a ir con los hermanos Smothers.
Partiré de la suposición —arriesgada— de que no te suenen. Tom y Dick Smothers eran músicos folk durante los sesenta que incluían el humor en sus actuaciones. Pronto estaban apareciendo por la tele como invitados habituales en el programa de Steve Allen y realizando otras apariciones que les convirtieron en una pareja bien conocida, haciéndoles merecedores de su propio programa The Smothers Brothers Show una sitcom poco afortunada que, pese a todo, les permitió hacerse con un hueco en la pantalla. Tras la cancelación de la serie les ofrecieron un programa propio de actuaciones y sketches, The Smothers Brothers Comedy Show. Un programa que empezó como una versión avanzada del clásico programas de variedades y terminó en pleno escándalo.
La mezcla de guionistas e invitados cómicos fue, más que la selección musical, lo que marcó el programa: Steve Martin, Rob Reiner, Don Novello —el futuro Padre Guido Sarducci del SNL— o Albert Brooks estaban entre las caras más habituales, y su estilo de comedia era bastante ácido y crítico para la época.
Eso no quiere decir que no hubiera problemas con la música también, llevar a The Who casi les cuesta un disgusto y llevar al represaliado Peter Seeger se convirtió en un triunfo, pero allí estaban los hermanos, logrando introducir a los más importantes músicos pacifistas —Joan Baez, Buffalo Springfield…— en los hogares estadounidenses.
En estos tiempos quizá la dedicación del famoso segmento 18-49 les hubiera cubierto algo más, pero entonces la CBS estaba demasiado ocupada tratando de convertirles en algo manejable como para preocuparse por ello. Para evitar problemas en su segunda temporada la cadena les impuso la entrega de los programas con diez días de anticipo para poder cortar los que consideraran incorrecto. Por ejemplo, a Harry Belafonte delante de una imagen de la convención del Partido Demócrata cantando Lord, don’t stop the carnival, una pieza de Daivid Steinberg sobre Moisés y la zarza ardiente o a Joan Baez dedicándole a su entonces marido, David Harris, una canción explicando que estaba en prisión por haberse negado al reclutamiento —esta última batalla quedó en algo como tablas cuando los hermanos lograron que se mantuviera la dedicatoria y la referencia al encarcelamiento aunque no a los motivos que lo produjeron— lo que estuvo a punto de costarles la cancelación.
Finalmente tuvieron una tercera temporada que se suprimió de un día para otro por las constantes discusiones entre los hermanos y la cadena permitiéndoles ganar un pleito millonario y —obviamente- sacándoles durante años del reconocimiento público televisivo.
Esta historia parece mucho mejor, o cuanto menos más interesante, que historias como la de Sheen y sus directos antecedentes como Mia Farrow dejando Peyton Place tras liarse con Frank Sinatra, decidiendo que la tele no era para ella, lo que causó interminables problemas a los guionistas de la serie para explicar la desaparición de un personaje central, o el calvario que supuso Grace under fire, una de las comedias más importantes de los ’90.
Quizá usted, mi silente lector, no recuerde ya a Brett Buttler. Puede que ni recuerde la serie que aquí se trajo poco, tarde y mal. En cualquier caso debe saber que esta señorita era una cómica de Stand up que logró un trato con Carsey-Werner para realizar una serie sobre una madre divorciada y ex-alcohólica que trata de sobreponerse al día a día —Si no les suena lo de Carsey-Werner no se preocupen, fueron una pieza fundamental de la televisión noventera (Roseanne, That’s ’70 show…) así que acabaremos llegando a ellos.— El problema con Buttler fue que su serie se convirtió en un éxito —para la ABC en esta ocasión— a la vez que las discusiones con su productor y creador de la serie iban subiendo de nivel. Al final fue animado a largarse otorgándole el puesto de consultor cómico que no le mantuvo tan apartado de la serie como Brett Buttler hubiera deseado. Claro que por mucho que ella le culpe de la tensión y de haberla conducido a las pastillas tranquilizantes y, a continuación, la marihuana y el alcohol, ella también tuvo su parte de culpa en el enrarecido ambiente de trabajo y la entrada y salida de actores. Todo lo cuál acabó llevándola a desintoxicación primero y a cambiar la pequeña pantalla por la tranquila vida en el campo después, trabajando ahora en su propia granja, ajena a todas las broncas exteriores.
Al menos hasta hace un par de semanas, en que fueron varios medios a tratar d entrevistarla porque, bueno, al fin y al cabo el creador y productor de Grace under fire era Chuck Lorre.
Habrá que desearle suerte a los chicos de Big Bang Theory, me parece a mí.