Bondadismo inocente culpabilizante maldad

Tras los Juegos Olímpicos de Londres se comprobó que los saltos de trampolín tenían buena audiencia, así que ¿por qué no adaptarlos a la televisión? Pensadlo por un momento y decidid si no lo tienen todo: a) Emoción: 1. Como competición que es, por saber quién será el ganador; 2. como drama potencial, por el morbo de que alguno de los concursante se mate —Algo no por menos probable que vaya a funcionar peor con el público televisivo actual—; b) Carne: ¿Que mejor excusa que esta para sacar a señores y señoras con poca ropa en horario de máxima audiencia?, algo que siempre tiene su público; c) Coartada: Es un deporte, al fin y al cabo, así que los dos puntos anteriores no tienen nada que ver con su previsible éxito. Que va. En absoluto.

Como estas cosas funcionan como funcionan rápidamente buscaron un cuarto punto: d) Famosos. Por lo visto ver a un famoso con poca ropa y/o muerto siempre será mejor que ver a un desconocido —un desconocido es aquel que aún no ha pasado suficiente tiempo de exposición mediática, claro.—

En algo así debían de pensar en Estados Unidos y Países Bajos. En el primer país la FOX —venga, va, haced como si os sorprendiera— comenzó a preparar un especial que debería haber estado para la temporada de otoño. Pero no dejaba de retrasarse. Y eso que intentaron ponerlo en marcha lo más rápido posible porque la ABC ya había manifestado su intención de adaptar el formato holandés Splash!. Se puede decir muchas cosas de los europeos pero no que seamos lentos para estas cosas. Mientras la FOX se chocaba contra todo tipo de problemas el canal SBS 6 tenía a finales de agosto listo para emisión Sterren Springen, algo así como Famosos saltando. Rápidamente se vendió a más países, casi siempre con esa premura para llegar a ser los primeros en estrenar un programa tan aparentemente sencillo.

Cuando la FOX logró por fin estrenar su Stars in Danger: The High Dive se encontró, además, con que la audiencia pasó mucho de ellos. El propuesto concurso reality parecía condenado a no pasar de ahí y los planes de la ABC de estrenar su propia versión de Splash se retrasaron a la espera. Mientras tanto los ingleses habían logrado estrenar el suyo, que se convirtió en el éxito del año con una audiencia mucho mejor incluso de lo esperado. Por lo esperado por la cadena, me refiero, los críticos tenían los cuchillos afilados desde hacía semanas.

Así pues, tenemos un programa basado en unos puntos bastante obvios y con éxito internacional, en parte probado, en parte pendiente —este mismo mes se estrenará la versión francesa, por ejemplo— que apela a cosas tan básicas que lo raro es que no lo hubieran estrenado antes.

De modo que, ¿a qué tanta sorpresa y tanto rasgarse las vestiduras?, ¿qué clase de ridículas afirmaciones son esas de que es muy español su éxito? ¡O la elección de participantes! ¿Que aquí está Falete? Atentos a Jaap Terror Amesz, concursante del programa original:

Tenemos tanto que aprender.

Como decía antes, no estoy apoyando este tipo de programas, trato de explicarlo. Y trato de hacerlo porque por más que lo intente no encuentro comprensible afirmaciones como las de la versión inglesa The Guardian que lo aprovechaba para hacer un repaso a esa televisión que es tan mala que es buena y eso es algo que no soy capaz de entender.

Pero si retrocedemos un poco más, hace unas semanas se estrenaron tres series distintas entre sí pero con problemas de aceptación similares. Se trataba de The following, Zero hour y Cult. A ellas también les tocaron soportar todas esas afirmaciones ridículas: “Es mala pero te ríes”, “ Es tan mala que es buena “, “Es un placer culpable”. ¡NO, NO, NO!

La primera es quizá la más ambigua. Si te ríes al menos algo de provecho habrás sacado, ¿no? —Y soy de la opinión que eso es así incluso aunque estemos viendo un dramón— Así que, por favor, si te has reído, aunque sea por terribles casos de comicidad involuntaria, muéstrate si no agradecido al menos benevolente y reconoce que sirve para pasar un buen rato. Si te ha hecho reflexionar, si te ha mantenido interesando, enganchado a lo que sea; puede que no fuera su objetivo, puede que sea un logro externo a sus intenciones, pero es sin duda un logro.

La segunda me parece un error de concepto. No el de disfrutar de una obra deplorable. A eso estoy acostumbrado. Incluso a la vieja idea del amar/odiar, ver algo para criticarlo, porque te sientes superior, te sientes poderoso ante su podredumbre, te crees más inteligente que lo que criticas y eso te hace sentirte bien contigo mismo. Y, sin embargo, volvemos al mismo punto de lo anterior. Es un choque de trenes, lo ves no porque esté bien sino porque produce una fascinación malsana y morbosa. Es algo que podemos entender. Pero, eh, ¡acéptalo! El programa es malo Y te gusta. No pero, no. Y. No te gusta porque ni aunque, salvo, claro, que seas una persona que sólo se fije en la calidad mensurable —¡o peor aún, en el juicio crítico !— a la hora de decidir qué te gusta.

Motivo por el cual considero que los placeres culpables son afirmaciones tontas. ¿Qué quiere decir eso de Es un placer culpable? ¿Qué te meterían en la cárcel si te pillaran? ¿Que te estás haciendo daño a ti mismo? Así como con un ojo guiñado, estupendo. ¿Os imagináis a Mitríades, rey del Ponto, diciendo que beber veneno es su placer culpable? Y el representante de la curia frente a él le diría, Ah, el mío es la pederastia. ¡Y todos tan amigos!

No, me temo que no. Generalmente cuando dices eso te refieres a: Oh, sé que es terrible y que no debería de gustarme porque el consenso general es terrible y en lugar de esto que estoy viendo debería estar repasando The Wire o haciendo natación que es el deporte más completo así que, bueno, seré autoindulgente y reconoceré de manera irónica la baja calidad de mi elección haciendo como si tuviera la tarjeta de Sal de tener que reconocer que te gusta este programa de dudosa calidad y recopila tu crédito exterior diciendo que lo haces de manera irónica.

Porque es es el problema principal. La imagen que queremos proyectar de nosotros mismos, los gustos que querríamos tener, los gustos que queremos que el resto crea que tenemos. Y si no están aceptado pues… ¡te ríes de ellos y ya está!

Ver un producto desde la superioridad moral es sólo comparable a ensalzarlo desde la nostalgia. En ambos casos importa más lo que tú le añades que lo que él ofrece. Y, peor aún, demuestra que no eres capaz de diferenciar lo uno de lo otro, Pparece que la gente no sabe separar la calidad del propio gusto. Como si fuera ese el baremo de la calidad. De manera que cuando lo que nos gusta es algo que no parece tener una alta calidad demostrable hay que buscar un motivo para verlo.

Para los que llevéis tiempo leyéndome en mis varias intervenciones interneteras no os sorprenderá mucho que defienda, como siempre, que la calidad de un programa no debería estar ligada a su audiencia. Ni en favor, ni en contra. Eso de que los programas de calidad deberían triunfar o son, por su propia definición, minoritarios, son chorradas. Que la gente sienta que debe disculparse por no gustarles programas de calidad, también. Solo me resulta más lamentable la gente que defiende que esos programas no deben hacerse, que sólo se deben hacer los populares (por lo visto se puede decir que un programa es bueno pero no que es malo, yo qué sé) del mismo modo que me parece lógico que no todo el mundo sepa cosas pero no que defienda la incultura.

Volviendo a lo que aquí nos ocupa, suelo poner el inicio del problema en que mucha gente aún no ha caído en que no es lo mismo evaluar la calidad de un programa que lo que pueda gustarnos dado que, insisto de nuevo, que algo esté bien realizado no significa que vaya a gustarnos inmediatamente. Y viceversa: Que algo nos guste no significa que tenga calidad. Pese a lo cuál vemos una gran cantidad de valoraciones basadas en ese megustismo.

El megustismo es un problema generalizado, claro y viral. Examinar una obra según su impacto en nosotros puede facilitar llegar a una conclusión rápida y sencilla. Pero responde a la pregunta: ¿qué reacción me ha producido la obra?, una pregunta egocéntrica donde las haya. La obra sólo importa en tanto que nos afecta. No se trata de: ¿qué análisis saco de la obra?, no busca una aproximación analítica. Busca ver si ha levantado olas en nuestra forma de ser y pensar, si ha acertado en la diana de los gustos propios.

Cierto, realizar un análisis frío y sopesado sólo puede hacernos parecer como unos robots idiotas, carentes de emociones, dotados de unos aparatos para evaluar la frenología de la realidad. “La fotografía muy cuidada, la interpretación impecable, el inteligente planteamiento.” En fin, esas cosas. Pero, eh, al menos estamos hablando de la obra y no de nosotros o de bajo mi punto de vista (¿o era pese a no ser crítico de cine?, no sé)

Personalmente considero necesario usar una mezcla de ambas para hallar hasta que punto es un producto bien construido y que, además, logre apelar a la parte emocional básica. Pero siempre con el conocimiento de que pueden ser programas que no estén hechos para apelar a mí como persona. O, peor aún, que ese impacto que puede realizar en mí sea muy superior a la calidad de la obra.

Por ejemplo, cuando te tomes la crítica a una obra como una crítica personal. O, más imperdonable aún, cuando decidas juzgar a una persona por aquello que le gusta. Estoy tratando de decidir qué es peor y no lo veo claro.

Por otro lado, lo que sí puedes encontrar es muchos productos cuya calidad cuestiones por no notar que están realizados para un público con una sensibilidad distinta. Si estás viendo una simplona serie policíaca de la CBS están buscando eso precisamente, si es un programa de dudoso gusto y chorreante de testosterona redneck en SPIKE también, y si no soportas los realities de BRAVO estás más que en tu derecho de manifestarlo. Pero no digas que no entiendas que le pueda gustar a nadie. Todas las cosas son entendibles si te detienes a analizarlas. Generalmente porque funcionan apelando a un tipo concreto de público, no buscan un éxito global sino dentro de su nicho.

Lo más extraño en el proceso televisivo no suelen ser las audiencias sino que un ejecutivo al ver un programa concreto pensara que eso se podría estrenar con razonable éxito. Y, sin embargo, no es algo nuevo. A la mala recepción y general incomprensión hacia Zero hour y Cult, algo que podría unirse a momentos del pasado, del reciente como The Cape o Persons Unknown y del más lejano como Manimal o Cop rock. Ejemplos de series de calidad dudosa pero francamente entretenidas de ver que se la pegaron. Podríamos, por otro lado, sacar un listado de las que triunfaron.

En ningún momento es necesario que las consideremos mejor de lo que son. Entendámonos, se puede discutir y debatir su calidad. Por supuesto. Al fin y al cabo todo está sujeto a revisión. Por eso ahora la cotización crítica de Los Sopranos ha caído mientras que la de The Wire está a tope. Todo sube y baja, incluso en lo relativo a lo peor considerado. En los USA la serie que más puñaladas se está llevando este año es Smash, y no se los está llevando tanto por su nivel, que es simplemente mediocre, como por una serie de sucesos externos entre los que destacan muy especialmente el ser el proyecto mimado de Robert Greenblatt, el actual jefazo de la NBC que la ha conducido a su actual desastroso puesto en las audiencias, cuya permisividad con el proyecto permitió que la temporada pasada se convirtiera en una bomba grabada con múltiples problemas de supervisión — puesto del que ha sido relevada este año por Up all night y su actual catástrofe empezando por ser también una serie de la NBC — que acabaron facilitando que la serie se viera por lo que se conoce como hate watching , es decir, el visionado de un programa con la única finalidad de ponerlo a parir. Algo que el año pasado acabó siendo prácticamente la única forma en la que se hablaba de algunos productos televisivos en USA .

No voy a decir que esté mal, allá cada cual con los motivos para ver un programa, pero espero que la próxima vez que estéis disfrutando de ver algo tratéis de entender qué es lo que os gusta y por qué. Así, con un poco de suerte, podremos llegar a descubrir que Es tan alocado que es bueno, Es tal el dislate que te ríes y, desde luego, es un placer . Sin más.


Primus Doctor William Hartnell

Y con este capítulo, este An Unearthly Child, comenzó la historia de Doctor Who, aunque ciertamente no sin problemas. No todos los días matan a un presidente el día antes de que comience tu programa. Además, finalmente no habían logrado la portada del Radio Times aunque sí un amplio reportaje interior y la BBC se había preocupado de emitir de tanto en tanto un trailer promocional y un anuncio de radio narrado por Hartnell. En cualquier caso, una serie de apagones hicieron que parte de Gran Bretaña no pudiera disfrutarla, por lo que decidieron, como medida excepcional, volver a emitir el primer capítulo justo a continuación del segundo.

La audiencia, por su parte, respondió con moderado entusiasmo. No parecía que aquello fuera a ser un éxito de masas y quizá se debiera en parte a que estábamos aún lejos de un Doctor como ahora conocemos. Tras presentarnos a los personajes de los profesores Ian y Barbara y su preocupación por Susan, que les lleva a acabar atrapados dentro de la TARDIS, la acción no empezará en realidad hasta el segundo capítulo en el que veremos el entorno prehistórico. Muchos han sido los nombres que se han tratado de colocar a esta primera aventura, los más oficiales son 100,000 BC o The tribe of Gum, pero prácticamente todo el mundo se refiere a ella por el título de ese primer capítulo.

Estamos, como en todas las series que comienzan, con unos capítulos de tanteo que aún estarían influenciados por esa primera idea de un doctor más duro, bastante insoportable e incluso cruel. También la aventura que viven, un viaje a la edad de piedra en la que la vida importa no demasiado, los fuertes sobreviven y nadie ayuda a los débiles, sólo importa imponerse como jefe de la tribu por los medios que sean. Nuestros protagonistas se quedarán sorprendidos por el rechazo a la cooperación y la evolución que ello podría traer por mantener esas tradiciones y ese poder. Ah, y el doctor fuma en pipa y luego ya nunca más.

El recibimiento de la serie fue sólo un poco por encima de tibio, un poco por encima de la media y ya. Nadie parecía demasiado impresionado. Peor aún, dentro de la propia cadena estaban teniendo problemas, y la culpa era de los Daleks.

Dentro de las especificaciones estaba evitar los objetos tecnológicos que sirvieran de solución para todo pero, sobre todo, evitar los bug eyed monsters, de modo que cuando vieron las pruebas del segundo serial y descubrieron a los Daleks tuvieron una discusión inmediata con el equipo creativo, que aseguraba que no se trataba propiamente dicho de este tipo de monstruos. Que a mitad de la grabación ocurriera la muerte de Kennedy pudo haber hecho que la atención se desviara de ellos, pero estaba claro que, por mucho que le pesara a Sydney Newman, todos los implicados, empezando por la productora Verity Lambert, sabían perfectamente lo que estaban haciendo. Llegó incluso a plantearse sustituirla por el tercer serial, The Edge of Destruction, escrita por el script editor —al que llamaré por comodidad aunque el cargo no encaje del todo— o jefe de guionistas David Withaker. Sin embargo, problemas de producción hicieron absolutamente imposible esta solución y el serial The Mutants o The Dead Planet pero, fundamentalmente, The Daleks, acabaría viendo la luz.

Y esto pudo ser lo mejor que le pasara a Doctor Who en su historia. La trama del serial vería llegar a el Doctor y sus acompañantes a un planeta moribundo, Skaro, víctima de una guerra total que ha cambiado a las dos razas que lo compartían: una de terribles guerreros, otra de pensadores, respectivamente los Thals y los Dals. Tras la guerra, los primeros decidirían abrazar el pacifismo tras los devastadores efectos en su planeta. Los segundos recorren el camino contrario, han acabado mutando y viven recluidos dentro de unas armaduras de guerra para poder sobrevivir; ya no se consideran Dals, ahora son otra cosa, son Daleks (en el futuro se establecerá que en realidad se llamaban Kaleds; pero en el futuro). El Doctor decide investigar, aún a riesgo de su salud y la de sus acompañantes —mostrando aún esa forma de ser de sus inicios— y, cuando descubre el auténtico aspecto e intenciones de los Daleks, anima a los Thals a abandonar el pacifismo y luchar por su supervivencia —bueno, quizá el Doctor al principio no, a él le daba igual todo lo que no fuera él mismo—. Esta historia, que trae ecos de otras anteriores como la de los Eloi y los Morlocks en La máquina del tiempo o su correlato en Dan Dare con los venusianos Therons y los malvados Treens, está amplificada por resonancias tanto a la Segunda Guerra Mundial y el paralelismo entre los Daleks y los Nazis como a la Guerra Fría existente en esos mismos momentos. La posibilidad de un planeta destruido era uno de los grandes miedos de la Guerra Fría, las mutaciones atómicas llevaban años siendo un recurso de la ciencia ficción y a nadie sorprendían demasiado. Por contra, el diseño de los Daleks fue todo un acierto. De inmediato éxito, subieron los espectadores de la serie de 6 a 10 millones y se convirtieron pronto en todo un icono popular.

Su primera y amenazadora aparición ya hacía suponer algo turbio detrás: La imagen de Barbara atenazada y gritando, algo menos habitual en ella de lo que sería esperable, y la extraña imagen de resonancias fálicas, esa presentación cercana al punto de vista del Dalek, serían sólo una forma de meternos en la historia, porque pronto les veríamos en todo su esplendor.

El diseño, obra del recientemente fallecido Ray Cusick, se hizo rápidamente popular. Tanto, que los personajes fueron rápidamente el centro de un debate. Por un lado hubo organizaciones que se quejaron de su presencia en una serie orientada hacia los niños —algo que por lo visto se debía a la hora y no a los dos seriales que llevaban emitidos, pero esto sería algo habitual en la historia de la serie—, mientras que los niños se dedicaban a imitarlos, disfrazarse y reclamar juguetes, que no tardarían en llegar, claro. Además de garantizar, no las 52 semanas que quería originalmente Newman, pero sí 36 que, gracias a la buena marcha, terminarían siendo 42. Si tenemos en cuenta que el periodo sin serie de ese primer año de 1964 sería apenas de mes y medio, veremos que tampoco se alejaron tanto de lo que pretendían.

Mientras tanto, el tercer serial, The edge of destruction, llegaba por fin y en él se producía la confrontación entre los companions y el Doctor por, digamos, lo absolutamente insoportable que era. En el transcurso de esta historia, que acabó siendo un ejemplo de episodio embotellado, la TARDIS empezaba a funcionar raro, el Doctor cree que Ian y Barbara la han saboteado, Barbara sugería al Doctor que puede ser un intento de comunicar que algo va mal —y aquí se establece que hay algo sintiente en la TARDIS—, pese a lo cuál él prefiere tratar de drogarles para que confiesen; discuten, con un clímax en el que Barbara le llama stupid old man y le señala que le salvaron de la muerte en la prehistoria y no le abandonaron cuando les engañó para ir a conocer a los Daleks, de modo que cuando se comprueba que Barbara tenía razón todo este tiempo, se disculpa. Aunque sea de manera tangencial.

Hay una idea interesante que sugiere Teresa Jusino en Chicks unravel time y es la posibilidad de entender al personaje del Doctor en este momento de su historia como un adolescente. Sí, tiene aspecto de señor mayor —teóricamente por su ausencia de regeneraciones— pero es joven para su raza y se comporta de manera egoísta, irascible y con continuos cambios de humor. Quizá porque, como apuntaba Community, no es tanta la diferencia entre ambas edades.

En el cuarto serial, Marco Polo, comienza la aparición no sólo de periodos históricos, también de figuras históricas reconocibles. Y con ella, otro de los temas recurrentes en la historia de la serie: La necesidad de ofrecer un entretenimiento formativo con una ficción interesante. Los personajes en esta primera historia pasarán meses acompañando a Marco Polo, algo que quedará tan poco televisivo que pocas veces más se repetirá. En lugar de eso se condensarán en unos pocos días los sucesos, pese a que ello signifique tomarse libertades con personaje, periodo, fecha, ahm… Formativos, sí, pero sobre todo entretenidos. Algo que se comprobará más adelante cuando hablen de los Romanos o, como comprobaremos con el final de su primera temporada, de la Revolución Francesa.

También estamos con Marco Polo ante la primera historia desaparecida. Durante los primeros años de Doctor Who, correspondientes a los dos primeros Doctores, la serie vivió un tratamiento similar al que cientos de programas y series sufrieron en esos mismos años, la destrucción sistemática de sus cintas originales. Se salvaron sólo aquellas que fueron prestadas para su emisión en otros países de la Commonwealth y afines, o aquellos que quedaron perdidos o despistados. Hay recompensas para quienes los encuentren, por cierto.

Pero como ejemplo perfecto de lo que el fenómeno fan ha supuesto en la televisión desde su mismo inicio, se han podido realizar reconstrucciones parciales gracias a fotos del rodaje o de producción que se han guardado y, sobre todo, a que casi todos los episodios han visto cómo se guardó la pista de voz gracias a los espectadores en casa que, no teniendo ningún medio para copiar las historias, se conformaban con lo que tenían a mano, la creación de una copia de sonido. La falta de cultura de la reposición y lo efímero de las emisiones televisivas en la época empujaban a aquellos que querían conservar algún recuerdo a esta muestra de coleccionismo al límite. Algo que años después ha servido para reconstruir y recuperar de diferentes maneras los episodios perdidos. Mitigando en parte, además, un problema que aquejaría a la serie los siguientes años y afectaría a momentos tan importantes como la primera aparición de los Cybermen, pero ya llegaremos a eso.

Antes está esta primera temporada y en ella pasarán por dos historias importantes, la primera por su posición como prólogo del comportamiento de los personajes para la siguiente. The Keys of Marinus es una historia menor en casi todos los aspectos, pero nos muestra una vez más a Barbara siendo la primera en notar que algo va mal, librándose del control mental y ayudando a sus compañeros. También será la primera vez que se utilice el sistema de quest, en el que cada capítulo trate de conseguir un objetivo en búsqueda mayor, de manera que hay una línea argumental general para el serial y una resolución, a la vez, en cada episodio.

Pero será The Aztecs la cima de la primera temporada y uno de los mejores episodios que John Lucarotti realizaría en su paso por la serie. En ella los viajeros llegan a la época de los Aztecas, Barbara es confundida con la diosa Yetaxa y decide aprovecharse para cambiar las cosas. Como ha ido quedando claro, el segundo personaje en importancia en la serie es ella; los músculos de Ian —tampoco demasiado espectaculares, pero era lo que había— y la caracterización infantil de Susan hacen que sea Barbara la que choque contra el Doctor, algo notable también cuando Ian trata de apartarlas de peligros y, mientras ella se queja de que las traten como porcelana de Dresden, Susan le defienda como galante. Pero si en un punto habrá desarrollo en esa rivalidad será especialmente en lo que al intervencionismo temporal se refiere.

Tema éste que se venía tratando activamente en Doctor Who desde el primer serial, retratado entonces como una manera de mostrar la separación entre los pobladores del pasado y los viajeros del futuro, sin utilidad alguna; contra los Daleks significó devolver a los ahora pacíficos Thal al camino de la guerra, pero también lograr que sobrevivieran; y aunque en las siguientes historias pasó a ser un tema menor —si bien es incapaz de ver que esa sensación de molestia cuando tratan de imponerle una actuación, como le pasa a ella con Ian, es la misma que pueden sentir esos pueblos a los que ella intenta mejorar la vida— acabará explotando aquí.

A Barbara le falta tiempo para intentar eliminar la costumbre de los sacrificios humanos. Sus intentos para cambiar la situación la llevan a un enfrentamiento directo con el Doctor, quien le explica que la historia es inmodificable y ellos no son más que observadores, unos que nunca deben inmiscuirse en el devenir de la gente. El siguiente diálogo es uno de los fundamentales para entender la serie:

BARBARA: ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?

DOCTOR: Tiene que haber un sacrificio humano hoy en la Ceremonia de la Lluvia
BARBARA: Oh, no.

DOCTOR: Y tú no debes interferir, ¿lo entiendes?

BARBARA: No puedo sentarme al lado y simplemente mirar.

DOCTOR: ¡No, Barbara! Ian está de acuerdo conmigo. Él va a escoltar a la víctima al altar.

BARBARA: ¿Él va a qué?

DOCTOR: Sí, ellos le han nombrado guerrero, y él me ha prometido que no interferirá con el sacrificio.

BARBARA: Bien, ellos me han nombrado a mi diosa, y yo lo prohíbo.

DOCTOR: ¡Barbara, no!

BARBARA: No habrá sacrificio este mediodía, Doctor. Ni nunca más. La reencarnación de Yetaxa demostrará a esta gente que no necesitas sacrificar a un ser humano para conseguir que llueva.

DOCTOR: Barbara, no.

BARBARA: No es bueno, Doctor, mi decisión está tomada. Este es el principio del fin del final del Dios Sol.

DOCTOR: ¿De qué estás hablando?

BARBARA: ¿No lo ves? Si yo pudiera empezar la destrucción de todo lo que es erróneo aquí, entonces todo lo que es bueno sobrevivirá cuando Cortés llegue.

DOCTOR: ¡Pero no puedes reescribir la historia! ¡Ni una línea!

SUSAN: Barbara, los sumos sacerdotes están llegando.

DOCTOR: Barbara, un último ruego. Lo que estás intentado hacer es completamente imposible. Lo sé, créeme, lo sé.

BARBARA: No Barbara, ¡ Yetaxa!.



De alguna manera eso le hace pensar que cuando los españoles lleguen no tengan motivos para asesinarles. Pobre Barbara, sabe de Historia pero no conoce a los españoles. Por supuesto, la cosa no sale bien. La víctima siente que se le ha arrebatado un honor y decide inmolarse, siendo todo ello parte de la trama del malvado sacerdote Tlotoxl para hacerse con el poder, algo que las acciones de Barbara han pavimentado porque el más humanitario sacerdote Autloc, herido ante su engaño, decide dimitir y dejarle todo el poder. Los Aztecas siguen estando condenados y Barbara no entiende cómo es posible que no haya funcionado. Es decir, entiende que El Tiempo no permite que lo cambien con facilidad, pero no entiende para qué les sirve poder viajar en el tiempo si no pueden cambiar nada. Por suerte el Doctor lleva tantos años que ya sabe cómo funciona esto:

BARBARA: Fallamos.

DOCTOR: Sí, lo hicimos. Teníamos que hacerlo.

BARBARA: ¿Cuál es el motivo de viajar a través del tiempo y el espacio si no podemos cambiar algo? Ninguna. Tlotoxl tenía que ganar.

DOCTOR: Sí.

BARBARA: Y al hombre que respetaba, lo traicioné. Pobre Autloc. Le dí falsas esperanzas y al final perdió su fe.

DOCTOR: Él encontró otra fe, una mejor, y ese es el bien que has hecho. Has fallado en salvar una civilización, pero al menos has ayudado a un hombre.


En la siguiente aventura, The Sensorites, volvemos a una narrativa fantástica, algo que facilitará que por fin se comente que el Doctor y Susan no son de la Tierra, aunque aún no se cite Gallifrey. Y también por tratar de dar más protagonismo a Susan mostrando unos poderes telepáticos que no había demostrado antes.

De todas forma será en el final de la primera temporada donde encontraremos un regreso al tema de la intervención, esta vez de la mano de Ian: se trata de The Reign of Terror, serial que tiene desaparecidos sus capítulos 4 y 5 de 6. Se trata de un cierre de temporada que referencia al primer capítulo en el que Susan hablaba de la Revolución Francesa como si hubiera estado allí. Así que se dirigen para allá en lo que, dado el éxito de la serie, supone su primer rodaje en exteriores —por cierto, se dice que si la serie se hubiera cancelado en su primer año se hubiera descubierto que todo eran ensoñaciones de Barbara, pero no dejan de ser habladurías—. Será esta vez Ian quien intente cambiar las cosas para que El Terror cause un menor derramamiento de sangre y sea Barbara quien, impotente, trate de advertirle de la imposibilidad de cambiar las cosas. También en esta ocasión se logrará apenas un pequeño movimiento, pero suficiente para ellos. Además, parecerá estar claro que hay grandes asuntos en los que no se puede influir. Por lo menos en el planeta Tierra, en Skaro o Marinus parece que importa menos.

La temporada terminó el 12 de septiembre de 1964 pero fue rápidamente seguida por una segunda temporada que comenzó el 21 de Octubre del mismo año. El Doctor y sus compañeros se mantenían y Verity Lambert aún era la productora, pero pronto habría movimientos entre los jefes de guionistas. David Withaker aún lo sería en el primer serial, Planet of Giants, aparentemente a partir de una vieja historia de C.E. Webber que hubiera sido originalmente el piloto y se dio de lado por motivos presupuestarios, usada ahora por Withaker para presionar por un cambio en los estudios asignados para realizar la serie, aún a costa de reducir a tres un serial originalmente pensado para durar cuatro episodios. En la versión ahora propuesta el giro es que se trataba de un acercamiento más pro-ecologista, porque no es de gigantes de lo que hablamos aquí sino de un empequeñecimiento repentino que les permite escuchar el plan de un empresario sin escrúpulos y su colega científico para crear un insecticida extraordinariamente potente. Es, por tanto, un serial en el mundo actual. La verdad es que todo queda bastante extraño, no parece muy propio de la serie. Quizá sea porque estaban preparando el gran zambombazo del siguiente serial, el primer regreso de un enemigo, que tendría que ser, claro, para los enemigos por excelencia.

The Dalek Invasion of Earth significó muchas cosas. De entrada, que Withaker había ganado y ahora tenían a su disposición los modernos Estudios Riverside en lugar de los anticuados de Lime Grove. También marcó la primera marcha de un companion, porque Carole Ann Ford, cansada del poco desarrollo de su personaje Susan, decidió abandonar la serie. La salida del personaje es amorosa: decide quedarse en la Tierra del futuro, a la que accidentalmente han viajado, con el chico al que ha conocido allí. En lo externo también es importante hablar de los problemas de salud de Hartnell, que no dejaba de empeorar hasta el punto de que tuvo un colapso rodando una de las escenas. Durante casi una semana estuvo paralizado, primero, y luego reponiéndose, en la cama; para disimular, en el capítulo The end of tomorrow se rodarían escenas con su doble.

Pero lo más importante aquí es, por supuesto, el regreso de los Daleks. Esta vez con un Supreme Controller, y la presentación de un Black Dalek, de alto rango, facilitando más aún la identificación con los Nazis. La incorporación en la trama de hechos propios de la guerra y la postguerra, como la existencia de un mercado negro o de delaciones, así como el hecho de que esta operación muestre a los Daleks por las calles de Londres y en algunas localizaciones bien conocidas de la ciudad, sirvió para disparar lo que se ha conocido como Dalekmanía.

Además, el creador de estas historias, Terry Nation, al que Newman había traído con él después de su participación en Out of this world, había negociado la posesión del copyright de los bichos, de manera que estaba tan contento con que la BBC estuviera realizando su primer gran negocio de merchandising con los chicos de Skaro.

Inmediatamente la productora Amikus compró los derechos para adaptar el serial original The Daleks al cine, con opción para hacer dos películas más. La primera, llamada para disimular un poco Dr. Who and the Daleks, se realizó con la suficiente rapidez como para que el serial terminara el 26 de diciembre de 1964 y la película se estrenara el 23 de agosto de 1965.

Curioso exploit del serial original en el que el Doctor es un inventor bonachón, con dos nietas, la pequeña Susan —mucho más que en la serie— y la más mayor Barbara y que, acompañado por éstas y el inepto novio de la mayor, Ian, prueba su nuevo invento, la TARDIS, sólo para verse transportados al mundo de los Daleks. Con una curiosa interpretación de Peter Cushing como el Doctor —que se apellida Who— y un aspecto más bufonesco e infantil, la película, estrenada aún con el recuerdo del segundo serial y punto central de la Dalekmanía, queda como una curiosidad de lo que podría haber sido la serie de haberse dirigido a un público más infantil, o más amplio, o americano. Tanto da. El éxito llevó a sacar una segunda película que adaptaba, por supuesto, este segundo serial: Daleks ? Invasion Earth: 2150 A.D., que decidía prescindir ya en el titulo de la referencia a Dr. Who y centrarse en los villanos, ahora en technicolor y, aprovechándolo, tremendamente coloridos. La segunda historia usaba sólo la base de los Daleks en la tierra del futuro eliminando todas las tramas oscuras y cambiando a Barbara e Ian por dos acompañantes completamente nuevos y creados para servir como contrapunto cómico. Lamentablemente, para el 5 de agosto de 1966 se había pasado de la dalekmanía a la batmanía y el aumento de infantilización tampoco ayudó. La tercera película, por tanto, no llegó a realizarse nunca, como tampoco el radioserial con Cushing como Who, ni tantas otras cosas.

En cuanto a la segunda temporada, en el siguiente serial, The Rescue, se las arreglan para que entre una nueva companion jovencita a la que poner en peligro: Vicki, una jovencita del siglo XXV que, ante la muerte de sus padres, decide unirse a nuestro grupete. También fue la primera serie de Dennis Spooner como jefe de guionistas tras la marcha de David Whitaker, que antes de marcharse actuaría como guionista de este serial, y un claro ejemplo del éxito de la dalekmanía al ser el primer programa de Doctor Who en entrar en la lista de los 10 más vistos de la semana.

La llegada de Spooner se produce completamente en Los Romanos, una nueva trama histórica escrita por él mismo que sorprende por el tono de comedia incluido en mitad de los hechos dramáticos —aparentemente por sugerencia de Verity Lambert, que quería probar aproximaciones nuevas— con los héroes secuestrados para servir de esclavos y el reinado de Nerón, incendio de Roma incluido, de fondo.

Lambert no paraba de buscar nuevos ángulos, por eso la siguiente historia está protagonizada por dos razas extraterrestres, una parecida a mariposas gigantes, la otra a igualmente enormes hormigas. Un delirio y disfrute para los amigos de los insectos gigantes, por muy rudimentarios que sean los efectos especiales usados.

La siguiente historia, The Crusade, fue la última que escribiera David Whitaker. Incluye por primera vez actores no-blancos en papeles relevantes e incluso presenta a ambos personajes históricos de manera no maniquea: Saladino puede ser manipulador pero también es compasivo; Ricardo puede ser generoso pero también pueril y propenso a los cambios de humor. Regresa al tema de la imposibilidad de cambiar la historia al tratar de evitar el enfrentamiento entre Ricardo Corazón de León y Saladino; sin éxito, como podéis imaginaros. También es curioso por tratarse del único serial de la segunda temporada en el que faltan episodios, el segundo y el cuarto.

Por contra, The Space Museum decide jugar con el tiempo y lleva a los protagonistas a un momento en que son parte de la exhibición de un museo, de manera que tienen que aprovechar el error de la TARDIS que les permite estar a la vez en dos formas diferentes gracias a un pasaje de la cuarta dimensión, para evitarlo. Por lo visto ésta es una de esas situaciones que sí se pueden reescribir. Por cierto, es la primera visita del Doctor a un museo —o eso dice él—, lo que reforzaría la idea de la adolescencia del señor del tiempo. Ah, y dentro del museo también se encuentra una armadura de dalek; algo que en cierta manera anticiparía el siguiente serial, que trae por segunda vez a los nativos de Skaro a la acción dentro de la misma temporada, con Terry Nation de nuevo a los guiones.

Se trata de The Chase, un serial memorable como todos los de los Daleks, pero además con más motivos: Principalmente, por marcar la marcha de Ian y Barbara como acompañantes del Doctor y la llegada de un nuevo personaje, el astronauta Steven Taylor, que entra en su sustitución. Entra, además, a hurtadillas, colándose en la TARDIS antes de que la guerra cause una explosión potencialmente mortal, pero no será hasta el siguiente serial en que el Doctor descubra que se les ha unido. Los Daleks, además, han evolucionado. Tienen incluso su propia máquina del tiempo: precisamente para quitarla de en medio es por lo que Ian y Barbara dejan al Doctor. También incluye un clip de los Beatles que sólo aparece aquí y que, debido a las leyes de derechos de autor, no se puede ver fuera de UK; se supone que era parte de una idea en la que veríamos al cuarteto tocando caracterizados como ancianos, tocando juntos en el futuro. Pero no pudo ser por la negativa de su manager, que debía saber que no se podía reescribir el tiempo —.todavía si hubiera dicho los Rolling…—. En cualquier caso, esta tercera historia seguía la idea de Marinus, también escrita por Nation, de realizar quests individuales en medio de una narrativa más amplia y también la base de la proyectada y nunca realizada tercera película del Doctor. Pese a lo cuál fue la primera vez que los Daleks usaban de manera regular el grito de guerra ¡ EXTERMINATE ! También incluye una trama de robots a las órdenes de los Daleks sustituyendo a figuras históricas, personajes populares — ¡ Drácula y Frankestein! — e, incluso, al propio Doctor, que llama Susan a Vicki porque nunca se habían encontrado con ella, del mismo modo que le llaman humano .

Con esto llegamos hasta la sorpresa del último serial de esta segunda temporada, The Time Meddler, en el que el Doctor, acompañado ahora por Vicki y Steven, se encuentra con The Monk, o The Meddling Monk, es decir… otro gallifreyano, uno que además sabe que, aunque las grandes corrientes temporales se reajustan, hay cambios que se pueden realizar. Y, además, su TARDIS funciona, incluido el Circuito Camaleón. No es un villano realmente malvado tanto como curioso. Y enfrentado por completo a las insistencias del Doctor —“Nunca, nunca interfieras en el curso de la Historia”—. La historia es curiosa, pero más lo era lo que ocurría detrás de las cámaras. Además, se nota la falta de Barbara para explicar los hechos históricos del periodo, porque a Ian sólo lo usaban para explicar conceptos científicos… si se acordaban.

Verity Lambert estaba dejando el puesto de productora, con John Wiles tomando su lugar durante el rodaje de estos capítulos; a su vez, Spooner es sustituido como jefe de guionistas por Donald Tosh, y a la mala salud de Hartnell no le hacían nada de bien todos estos cambios. Aunque se manifestara en forma de berrinches y problemas para recordar sus líneas. Y aunque lograran que la primera historia de la temporada, Galaxy 4, que, además, fue otro de los picos de audiencia pese a tratarse de una historia pensada para el trío de acompañantes anteriores. Estaba muy claro que, en la época de la dalekmanía, Doctor Who era un éxito, pero también estaba claro que Hartnell no aguantaría mucho más el ritmo, así que empezaron a pensar en modos de arreglarlo.

De modo que estamos en una temporada de transición que, además, está muy polarizada alrededor del megaserial en mitad de la misma: The Daleks Master plan. Precisamente un prólogo de la misma, Mission to the Unknown, que se emitió en formato de capítulo unitario sin la presencia de ninguno de los protagonistas, se emitiría desgajado para que Hartnell pudiera descansar una semana.

Pero antes de poder empezar a emitirla tenían que pasar por The Myth Makers, una visión diferente y con bastante humor de la guerra de Troya que significó la despedida de Vicki, que se queda en el pasado enamorada nada menos que de Troilo y tomando el nombre de Crésida. A veces, en lugar de reescribir la Historia, se limitan a hacer tachones en ella. Claro que dentro de la trama, con el Doctor forzado a encontrar una manera para que los griegos entraran en Troya, decide que por ridículo que suene va a intentar lo del caballo; de modo que lo que lleva a la creación del caballo es su conocimiento previo. Seguro que esa recurrencia no se la esperaba la Historia. En su lugar entra Katarina, una joven sirvienta troyana convencida de que el Doctor era el mismísimo Zeus. Para acabar de arreglar el carácter de Hartnell, aquí tuvo un accidente y, para colmo, la muerte de una de sus tías, la que le cuidó en su niñez. Pese a lo cuál se siguió rodando con razonable naturalidad.

Entramos así en el larguísimo y, francamente, menos interesante de lo que podría parecer, The Daleks’ Master Plan, que duró doce semanas —¡sin contar el prólogo!—, de tal manera que llegó un momento en que nadie parecía tener muy claro qué plan era ese. Sin embargo, es conocido por ser el primer serial en el que uno de los acompañantes muere, pues Katarina decide sacrificarse para que Zeus viva. ¡Y pensar que había evitado el destino de Troya! Por lo visto se dieron cuenta de que el personaje no encajaba, dieron órdenes a Nation de eliminarlo tan pronto pudiera… y, si se descuida, la mata sobre la marcha. Aunque no sería la única: en el larguísimo tiempo del serial el Doctor conocería a la encarga de seguridad Sara Kingdom —interpretada por la magnífica Jean Marsh—, con la que viviría varias aventuras en diferentes localizaciones antes de que muriera durante uno de los capítulos finales del serial. La idea era, por cierto, más que curiosa. Aprovechando el tirón de la dalekmanía, Terry Nation escribió una suerte de spin-off sobre una fuerza de asalto que defendiera la tierra de los extraterrestres, especialmente de los Daleks. Sin embargo de la serie no llegó a hacerse ni el piloto, por lo que Nation decidió recuperar a esta mujer fuerte y valiente, modelada según los parámetros de la Dra. Cathy Gale, el magnífico personaje de Honor Blackman en The Avengers. Un excelente personaje femenino al que luego decidió matar, aunque fuera heroicamente. Una lástima, pero claro, Jean Marsh siempre insistió en que lo que le ofrecieron era un personaje incidental, no una companion y con lo ocupada que estaba, incluso años antes del exitazo de Arriba y abajo, resulta de lo más creible. El infinito serial tuvo incluso un capítulo navideño de tono más ligero —que terminaba con el Doctor rompiendo la cuarta pared para felicitar las navidades a los espectadores— y el primer regreso de un villano individual: El Monje reaparecía en el octavo episodio para poner las cosas difíciles al Doctor entre ese capítulo y el décimo… y poco más.

Para el siguiente serial, The Massacre of St Bartholomew’s Eve, volveríamos a la zona histórica y a la imposibilidad de reescribir la Historia, esta vez teniendo que aprender la lección Steven. Ya puestos, encontrarían una nueva companion en los últimos minutos del último capítulo, Dodo Chaplet. El final del serial llevaría a la sustitución de Tosh por Gerry Davis como jefe de guionistas. Efectivamente, fue más interesante lo que ocurría fuera que dentro de los platós.

Si el siguiente serial, The Ark, llega a ser recordado por algo algún día probablemente sea precisamente por esos problemas graduales tras las cámaras que les llevaron a grabarlo según disponibilidad de personal y estudio, no como un todo sino como un cuando se pueda. Pese a lo cuál se incluyeron varios efectos novedosos para la época en busca de una apariencia de mayor futurismo. La entrada del personaje de Dodo trajo quejas de los jefes de la BBC porque a la actriz se le escapaba en ocasiones su acento cockney y eso no era algo que pensaran tolerar. Es difícil decidir hasta que punto decidieron que el personaje de Ben Jackson, que aparecería sólo unos pocos seriales después, tuviera un marcado acento cockney, sólo por molestar.

En The celestial toymaker, la historia que vendría a continuación, aparece un enemigo contra el que el Doctor asegura ya haber combatido, aunque nunca lo hubiéramos visto en televisión. También se suponía que sería el punto de partida para Hartnell una vez decidido que la estupenda audiencia del programa no se podía perder y que era más sencillo aprovechar su naturaleza alienígena para justificar un cambio de actor. Claro que, a lo mejor, hubiera funcionado si no se hubiera cambiado de productor a la mitad, sustituyendo a John Wiles por Innes Lloyd. De manera que el escritor de los episodios, Brian Hayles, envió cuatro guiones que el entonces equipo de Wiles y Tosh le obligaron a reescribir y para los que, estando ya en producción, el nuevo equipo de Lloyd y Davis volvió a sugerir modificaciones. Wiles y Tosh acusaron a esta relectura de ser más infantil mientras defendían la suya por las limitaciones técnicas para lo que el guión original pedía. Por si tenían pocos problemas, llegaron las leyes de copyright obligando la BBC a que la producción incluyera un anuncio de que uno de los personajes NO ERA el personaje al que muy obviamente refería pero que tenía derechos de autor.

En contraste, los siguientes seriales serían más sencillos. The gunfighters era una parodia de los tópicos del cine del oeste con la historia dramática del OK Corral de fondo, aunque tenga el rigor histórico de Juana La Loca… de vez en cuando. The savages sería una sencilla historia de ciencia ficción que sólo es memorable porque el Doctor le pide a Steven que se quede en el planeta para actuar como árbitro de las dos razas enfrentadas. Finalmente The war machines, el último serial de una temporada que había visto llegar al Doctor a lo más alto y ahora le veía deshincharse, sirvió para quitarse de en medio a Dodo y sustituirla por el antes mencionado marinero Ben Jackson y también por Polly Wright, hija de un científico y asistente de otro, una pareja curiosa que llegó en el peor momento de la serie, con una trama más que plana, como si no le importara a nadie hasta el punto de que la máquina que era el villano del serial, WOTAN, no sólo logra un crédito de actor, también se dirige directamente al Doctor como Doctor Who.

Un despropósito que seguiría con el inicio de la cuarta temporada The Smugglers, una olvidable historia de piratas que sirvió simplemente para que los espectadores no se vieran venir la gran sorpresa del siguiente serial, The Tenth Planet, la primera ocasión en que aparecen los Cybermen y, una vez más, otro de esos seriales perdidos. Salvo por un momento guardado por el programa infantil Blue Peter, el momento definitivo en el que lograban deshacerse de William Hartnell, sus problemas de temperamento, salud y memoria y recibían a un Doctor completamente nuevo…


Iniciante Pilotismo Deathmatchizante Bimestral

Un año más comienza un nuevo Pilotos Deathmatch, y creo que el formato que se estableció el año pasado fue lo suficientemente bueno como para mantenerlo.

Así que cada dos meses (que puede ser uno sólo durante la explosión otoñal) reseñaré todos los pilotos de series, miniseries, tv-movies o programas de los que tenga algo que decir. La lista irá ordenada por orden alfabético y cada nombre será el enlace a la web oficial del programa. Posiblemente haya vídeos también. Como novedad, a la izquierda del nombre iré poniendo el país del que provienen las series: (AU), (CA), (NZ), (UK), (USA) y, por supuesto (OT). Algo que será más útil para las estadísticas de final de año —o para comprobar la fortaleza de la industria de la ficción en Nueva Zelanda, tanto da— que completamente relevante.

Empezamos el año con un montón de novedades, hasta 54 programas tenemos para comentar, y algunos de ellos son hasta buenos. Más aún, hay novedades que ya imagino que saldrán en los resúmenes de Lo mejor del año como Utopia o The Americans. Pero aún quedan meses antes de llegar a eso. De momento tenemos mucho que comentar y lo único que puedo decir es:

¡Que comience la lucha!

The [206] (USA)
Primera serie, primera rareza. Este es un programa de sketches de una emisora de Seattle. Empezaron a sacarlos a mediados de enero, y dan un poco lo mismo. Pero luego parece que decidieron parar y sacar el resto en abril. Claro que tampoco vamos a esperar conteniendo la respiración.

Agent Anna (NZ)
Intento de comedia, o quizá de drama, sobre una mujer que ve caerse su mundo y sólo puede aferrarse a su trabajo. No es que sea gran cosa pero tampoco ofende.

The Americans (USA)
Primera alegría del repaso. Y una de las series de las que ya he hablado un poco más antes . Las desventuras de una pareja de espías rusos en los Estados Unidos del recién nombrado presidente Reagan sabe combinar la parte de espionaje sucio de la guerra fría, basándose en técnicas y situaciones reales, con el necesario drama familiar que deje bien claro que lo primero que son sus protagonistas es personas. Ya la han renovado para una segunda temporada con sólo cuatro capítulos emitidos, pero la verdad es que se lo merece.

Banshee (USA)
Por contra esto es un nuevo quiero-y-no-puedo de la HBO con Alan Ball dedicado a una serie, mitad Justified mitad Happy town, que no llega a desarrollarse en ningún momento. Mira que hemos tenido sheriffs ambiguos en la televisión, desde el magnífico Lucas Buck de American Gothic hasta Tom Underlay de Invasion, pasando por el reparto completo de Chiefs… En fin, otra oportunidad perdida.

Being Eileen (UK)
Esta comedia dramática tuvo un buen lanzamiento con un especial navideño hace dos años. Ahora ese especial, Lapland, ha dado paso a esta serie que pierde toda la ambientación noruega en favor de… bueno… otra serie de familias disfuncionales más o menos llevado. No es que sea una mala serie, y posiblemente guste a quien la vea, pero sólo gustar, porque da la sensación de ya vista.

Belle?s (USA)
Keith David es un buen actor y mejor doblador que se merece vehículos mejores que esta simplona comedieta familiar sobre el dueño de un restaurante. Por otra parte, para lo que es Tv One resulta una comedia sorprendentemente poco bochornosa. Anticuada, sí, pero no da vergüenza ajena. Que ya es un paso.

Blandings (UK)
Parece mentira pero en ocasiones dan ganas de decirle a una serie que la culpa no es de nadie. Que está bien. Que quizá si no conocieras los libros. Porque, claro, esta adaptación de las novelas de Wodehouse está bien interpretada, con una buena producción… pero no da ganas de verla más que si la encuentras por casualidad en la televisión. Y no es culpa suya. Pero tampoco mía.

Borealis (CA)
De momento sólo una tv-movie con potencial para servir de piloto. Y está sorprendentemente bien para tratarse de un asesinato en mitad de una zona casi despobladada con interéreses políticos y económicos y una trama económica por detrás. ¿Por qué no es ya una serie? Pues los de SPACE, que son así de raros y no sé a qué esperan para darle el sí a lo que podría ser una de las series de ciencia-ficción más interesante de los últimos años.

Built (USA)
Una por las risas. Un reality de una cuadrilla de constructores que, además, trabajan como modelos. Parece una locura sacada de la mente de alguien que viera Extreme Makeover: Home Edition y Zoolander la misma noche, y algo de eso hay, pero sirve, sobre todo, para comprobar hasta dónde hemos podido llegar.

The Carrie Diaries (USA)
Si yo os digo que han hecho una serie que es una precuela juvenil de Sexo en Nueva York lo mismo os reís, incluso aunque afirme que es uno de los últimos coletazos de Dawn Ostroff en The CW. Pero es totalmente cierto. De hecho, el intento de juvenilizarlo ambientándolo en los ochenta sirve para convertirlo en una serie más adolescente, haciendo que cualquier trasfondo se pierda. Y ahora tratad de no hacer chistes sobre George Lucas.

Charlie Brooker’s Weekly Wipe (UK)
Que Charlie Brooker es la mente pensante detrás de Black Mirror a estas alturas es algo sabido. Que lleva años en televisión también debería de saberse. Y que, además, lleva años haciendo versiones de estos Wipes… bueno, también debería saberse. Paso al medio audiovisual de sus columnas sobre televisión en The Guardian: son muchas y variadas las versiones que dichas columnas han tenido a lo largo de los años, en televisión y en internet, y esta es la última de ellas: Un programa semanal de comentario y análisis de cine, series y televisión en general, y noticias. No es una serie propiamente dicha, pero os recomiendo que no os lo perdáis, porque incluso con aquello que estéis en desacuerdo os dará para reflexionar.

Common Ground (UK)
Cuando los ingleses te proponen series como ésta no sabes bien qué pensar. Porque te ofrecen una serie de cortos de 11 minutos, a razón de dos por capítulo, todos centrados en la misma población y con un estilo cercano al mockumentary, y lo que uno piensa es que parece una brillante emisión de medios pilotos. Porque sólo la falta de una cohesión, ese punto de propuestas demasiado breves para acabar de despegar y demasiado largas para considerarlos simples sketches, lastra la brillantez de las interpretaciones o el humor y la mala leche de los puntos de partida. ¡¿Cómo se atreven a dejarnos a medias?!

Cracked (CA)
¿Os estáis imaginando una serie sobre top diez enraizados en la cultura popular? Pues ya os podéis ir olvidando. En realidad se trata de una serie canadiense policíaca centrada en la Psych Crimes Unit y, si ahora estáis pensando en gente que finge ser un médium para resolver crímenes de manera humorística, habéis vuelto a fallar. Se trata, en realidad, de una sección centrada en delitos que incluyan —como autores, víctimas, testigos, etc— a personas con trastornos mentales. La serie, y aquí sí que podéis apostar sobre seguro, es tan blanda como rutinaria, pero muy respetuosa, eso sí. Los canadienses, que son así de majos.

Cult (USA)
Hay series que parecen preparadas para verse como un choque de trenes, sucesos a medio camino entre lo horrible y lo fascinante. En ningún caso esto significa que sean malas —ya hablaré de eso en dos semanas— sino que la diversión que te proporcionan va por recorridos distintos. En el caso de esta serie concreta es incluso más complejo, porque es la misma linea de división el punto por el que discurre, tan extrema es en sus planteamientos meta que se va a convertir en un test. Cult es la historia de la serie Cult en la que una policía, que estuvo infiltrada en una secta que ahora ha raptado a su hermana, una serie de tanto éxito que tiene seguidores en internet, recreándola, investigándola, dedicándose con pasión a ella y a sus secretos, y a sus zonas oscuras, como las que descubre un chaval antes de desaparecer. Por eso su hermano, un periodista desprestigiado, tendrá que empezar a levantar capas entre la ficción y la realidad para buscarlo. Y, por supuesto, el mismo juego se da también con nuestra realidad, intentando quizá una identificación con lo que ha sido en ocasiones el fenómeno fan en la era de internet. A veces parece una parodia de los espectadores de Lost; otras, un juego de humo y espejos; a ratos, incluso, parece que en lo que indaga es en la profundidad del fenómeno fan. En resumen, una serie realmente rara, difícil de recomendar pero, al menos tras este principio, imposible de dejar de seguir.

Dancing On The Edge (UK)
Los avatares de una banda de jazz compuesta por músicos negros a finales de los años treinta. Si les ha llamado la atención algo de esto véanla porque es realmente curiosa, pero me temo que si las ambientaciones históricas no son lo suyo no durarán mucho con el viaje.

Dani’s Castle (UK)
El mundo de las series juveniles/infantiles no tiene demasiado sentido. De hecho, no me veo capaz de explicar cómo funciona Cambio de clase. En cualquier caso, esta es una serie que casi podría entrar en la tradición de Happy days de ir modificando la serie según pasan las temporadas. Antecedida por Dani’s house, el cambio aquí es radical… no necesariamente a mejor, pero sí radical. Pero, quién sabe, quizá con la edad adecuada y la nacionalidad justa le vería la gracia.

Deception (USA)
¡¡¡COMO SU PROPIO NOMBRE INDICA!!! Vale, lo sé, es un falso amigo. Pero también de eso va al serie, de una jovenzuela que muere y la policía infiltrada que se mete en su círculo familiar de la manera más tonta para investigarlo. Francamente, si tenían intención de copiar Revenge se podrían haber visto primero el original, por lo menos para que Victor Garber y Tate Donovan tuvieran algo más que hacer. Que al menos a Garber le dan algo de margen pero es que están todos desaprovechadísimos, que no puedes dejar de imaginarte a Henry Czerny riéndose de ellos gracias a su papel de Revenge.

Deception (O) (Irlanda)
¿A que parece mentira que estas cosas puedan suceder? Pues suceden. Y el caso es que esta serie de familias, secretos y misterios es más entretenida que la americana aunque se le note la falta de dinero. Pero, claro, estos abrazan el género culebronesco sin pedir perdón ni buscar excusas.

Derek (UK)
Lo último de Ricky Gervais, sobre un grupo de deficientes mentales. Y es… ahm… si la idea era un drama no es conmovedor, pero si es una comedia entonces no es divertido. Así que decidid por dónde preferís que haga aguas esté extraño intento.

Do No Harm (USA)
Esto va de unos americanos que vieron Jeckyll y pensaron, ¡nosotros podemos hacer una como esta pero en TODO MAL! No merece mucho la pena que hablemos más de ella porque ya está cancelada, aunque, dado que duró dos episodios sólo y fue el peor estreno de una serie en la historia de la televisión y de las networks, lo más divertido que vamos a sacar de ella tuvo que ser la cara de Robert Greenblatt al ver los datos de audiencia.

The Doctor Blake Mysteries (AU)
Otra colección de libros de misterio con ambientación histórica por parte de estos locos australianos. Todo correcto… y poco más que se pueda decir.

Father Brown (UK)
Por increible que parezca —al menos para mí— Mark Williams ha acabado aquí, tras lanzarse a la fama en el Fast Show, interpretando al célebre cura entrometido. Calidad BBC para las agradables historias de Chesterton y mucha cara conocida entre los invitados. Bien, vaya.

The Following (USA)
Como mencionaba el otro día en esta columna, la mayor fortaleza de esta serie es su componente meta; fuera de eso tenemos simplemente otra versión de serie de psicópata al estilo de Mentes criminales con solo un poco más de violencia. Así que no da tanto como prometía, lástima.

Funny business (UK)
Un interesante documental de la BBC sobre las distintas formas en que los cómicos ingleses pueden sacarse un dinero extra: Actuaciones privadas para empresas, anuncios, cruceros, apariciones públicas. etc… A mí, desde luego, me ha parecido un brillante ejemplo de para qué sirve un documental.

Golden Boy (USA)
La historia del que sería el más joven comisionado al mando de la policía de Nueva York, una historia por tanto histórica y biográfica sobre un fondo policíaco. Así que parece que poco a poco la televisión americana va pillándole el truco de los british noir que tan bien funcionan allí. De momento éste apunta maneras, aunque habrá que ver hasta dónde se atreven a ir teniendo protagonistas reales.

Great Night Out (UK)
Por contra, esta serie inglesa parece la respuesta a espantos americanos como Guys with kids, salvo que en vez de padres aquí son un grupo de amigos y fieles seguidores de un equipo de fútbol con sus líos con las mujeres y todo ese costumbrismos tan sobado.

House of Cards (USA)
Mientras se sigue discutiendo lo que puede cambiar para el negocio con el éxito de esta serie tal y como ya comentamos en una columna anterior así que hablemos ahora de otro tema, su calidad. Teniendo a Kevin Spacey y a David Fincher es fácil imaginar que la calidad es buena; teniendo enfrente el original inglés sabemos que será difícil de igualar. Y en ambos casos es cierto. La serie inglesa es mucho mejor, pero no tanto porque esta sea mala como porque tienen que luchar con cosas distintas. En el caso de la inglesa sólo 6 capítulos y la posibilidad de ser tan sórdidos como quieran; por contra, la americana se nota estirada, llena de tramas de relleno que poco aportan, apuntando más abajo que la inglesa en su éxito profesional y retratando a un personaje central menos capaz en sus intrigas, menos capaz para la ironía y que disfruta bastante menos del lío que está montando. Por suerte la serie puede ser juzgada en sí misma y, de esa manera, podemos decir que, pese a esos problemas de trama y relleno, estamos ante una buena serie; quizá no insuperable, pero sí muy buena.

Jo (O) (Francia- Alemania)
Siguiendo el éxito de Transporter, la alianza franco-germana saca ahora un policíaco con Jean Reno y, como en ese caso, se trata de una serie agradable pero muy común, diseñada para poder ser vendida a todo el mundo. Como estrategia, la verdad, no es mala.

King of the Nerds (USA)
Este concurso entra en esa nueva categoría en la que no sabes hasta qué punto se están riendo con o de los concursantes. Por eso parece la versión Grand Prix de TBBT más que un programa que mida conocimientos reales. Incluso sin entrar en comentarios sobre los diferentes roles otorgados y visibles.

Kroll Show (USA)
Programa de sketches para Comedy Central y, como casi siempre, gags buenos se juntan con otros que son simplemente repetitivos pero, eh, por lo menos aquí están por encima de la media de vez en cuando. Lástima que no sea más a menudo.

Legit (USA)
Estamos ante una serie que usa la vida de un cómico, pretendidamente real, para basarse en todos los momentos ridículos y embarazosos en los que se va metiendo. Es decir, estamos ante una versión de baratillo y pretendidamente más joven de Curb Your Enthusiasm. Aunque en este caso se suponga que parte de la gracia esté en que los protagonistas, al menos el central, quieren mejorar. En fin, veremos si logra evolucionar y salir de la sombra.

Monday Mornings (USA)
Cuando David E. Kelley decidió regresar a los dramas médicos, en este eterno retorno que está teniendo en busca de algo que no sea abogacía, hubo cierta expectación. Al fin y al cabo hablamos del creador de Chicago Hope. Sin embargo lo que tenemos aquí es mucho muho más dramático y, aunque lleno de grandes actores como Ving Rhames y Alfred Molina, el resultado parece incluso anterior. Como si tras años de personajes extremos y de recursos que bordeaban la credibilidad por el lado de fuera hubiera decidido volver no ya a los años ochenta sino, incluso, a los seriales dramáticos de los sesenta. Y no diré que esta serie resulte aburrida necesariamente por eso, pero sí que parece envejecida prematuramente. A ver si la próxima…

Motive (CA)
Serie canadiense con una premisa que trata de darle una vuelta a la clásica serie policíaca. Conoces a la víctima y al culpable pero no has visto el asesinato y, sobre todo, desconoces el motivo. Unir los puntos es a lo que se dedicará la inspectora protagonista. Curioso.

Mr. Selfridge (UK)
Jeremy Piven en otro de sus recitales interpretativos, esta vez en una serie de época sobre unos almacenes que intentaban revolucionar la forma de venta. Y sin poder ser mucho más de lo que ya he dicho, logran que funcione de manera razonable.

Mr & Mrs Murder (AU)
Curiosa serie de trasfondo humorístico, algo chapucera en sus formas, sobre una pareja de super-limpiadores especializados en escenas de crimen con una predilección por enredar en los casos en los que les asignan. Una premisa ligera y a ratos incluso divertida que tiene en sus limitados medios su principal problema. Los créditos en viñetas muy bien, por cierto.

My Mad Fat Diary (UK)
Serie basada en unos libros moderadamente exitosos, narra con mucho humor las tribulaciones de una adolescente con sobrepeso y problemas mentales tratando de encajar en un nuevo lugar. Logra ser, para mi sorpresa, una versión creíble de tantos programas americanos. Quizá siga siendo algo estereotipado, pero es parte del encanto fuera de los moldes americanos.

Newsreaders (USA)
Spin-off de Childrens Hospital, también para Adult Swim, con un informativo falso. Curioso aunque no muy original.

Out there (USA)
Dentro del canal americano IFC hay muchas series notables. Lamentablemente este intento de incluir en la lista una serie animada logra ser tan independiente como de costumbre aunque no muy divertida. A ver si para la próxima…

Over/Under (USA)
Piloto de una serie que nunca se realizará, posiblemente porque no era gran cosa, que el canal USA Network decidió emitir, no sé bien si para rellenar hueco o por si caía algo, pero esta historia de un day trader que la caga y es despedido teniendo que reconstruir su vida con ayuda de un chaval especial y apuestas de por medio… Pero si es que no es NO.

Power Rangers Megaforce (USA)
Serie de época sobre un psiquiatra a domicilio en la América rural del siglo… ¡¡¡PUES NO, LECHES, PUES CLARO QUE NO!!! Los Power Rangers con su enésima versión de la misma serie, eso es lo que tenemos aquí. Además, de manera acumulativa, porque pretende ser algo así como la gran celebración de la saga que cumple 20 años.

Privates (UK)
Soldados. En 1960. Un drama de época inglés que, bueno, a los que le gusten los dramas bélicos de época imagino que les gustará; me temo que para esto no soy su público.

Real Husbands Of Hollywood (USA)
Bravo tiene multitud de versiones de real housewives pero es BET, el canal afroamericano, el que ha sacado una parodia con un estilo similar y que nunca llega a dejar claro cuánto tiene de real y cuánto de improvisación, logrando crear de puro cutre y lamentable una magnífica parodia, a la que quizá no haga demasiado bien ser una serie y no sólo un especial, pero que acaba siendo de las mejores ideas que puedan haber salido jamás de este canal.

Rocket Monkeys (CA)
Serie de animación canadiense infantil sobre un centro de ayuda global con distintos animales espaciales entre los que se encuentran los Rocket Monkeys, una pareja de amigos especialistas en crear líos siguiendo fórmulas habituales de este tipo de programas. Y poco más.

Second Generation Wayans (USA)
Aquí llega de nuevo la BET presentando una serie sobre la más reciente generación de Wayans tratando de encontrar su lugar en el mundo del espectáculo. Sorprendentemente se quejan de que les comparan para mal con sus antecesores, ¡¡¡para mal!!! Pero no, es que dicen que sus mayores están bien considerados. Así que debe ser algún tipo de ciencia ficción rara.

Second Generation Wayans from Dexter Valentino Morris on Vimeo.

Seed (CA)
Serie canadiense sobre un donante de semen que se encuentra rodeado por los niños que ayudó a concebir. Se supone que comedia pero, vaya, como si alguien hubiera decidido que hacer una serie de Made in America era una buena idea. Imaginad.

Sofia the First (USA)
Puessssss… una serie Disney sobre una princesa infantil. Que sirve para que a los periodistas españoles les cuelen pedobears y poco más.

The Spa (UK)
Agradable comedieta laboral sobre un spa. Como el lugar lo permite y los británicos están para eso se permiten algunos pasos dentro del humor negro y lo políticamente incorrecto. Pero ya podrían haber ido incluso un poco más lejos.

The Spies Of Warsaw (UK)
Adaptación del libro de Alan Furst sobre espionaje en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial, o esta serie tiene la suerte de contar con David Tennant como protagonista o me temo que la sencilla corrección con la que juega se iba a quedar realmente corta.

The Taste (USA)
Programa concurso entre The Voice y Masterchef en el que no acaba de funcionar realmente ninguna de las partes. Y eso pese a tener entre los jueces a gente tan interesante como Anthony Bourdain y Nigella Lawson. Pero con un problema de patrocinadores desatados mayor que el de Top chef y una presentación de platos limitada a una cucharada poco provecho le vamos a sacar, me temo.

Utopia (UK)
Todos en pie. Estamos ante una de las mejores series del año. Ya hablé algo de ella hace unas semanas pero, dando un vistazo más completo, diré que se encuentra profundamente enclavada en las tradiciones conspiranoicas y en el fatalismo europeo, con un núcleo central que parece sacado de un tebeo de Vértigo de los años noventa y una puesta en escena brillante, con una fotografía que parece de otro mundo. Magnífica.

Vikings (UK)
En marzo comenzará la serie del History Channel con Gabriel Byrne. Mientras tanto podemos ir viendo los episodios de este documental que Neil Oliver les dedicó en la BBC.

Way To Go (UK)
Comedia a la inglesa —es decir, negra— sobre un grupo de jovenzuelos que encuentran una oportunidad para la emprendeduría añadiendo a sus trabajos habituales la creación de un servicio completamente ilegal de asistencia al suicidio. Es una pena que todo lo que tiene de peliagudo no lo tenga de divertido pero, en fin, por lo menos logra un nivel razonable, que ya es más de lo que puede decir, por ejemplo, Derek.

Wendell and Vinnie (USA)
Una serie de Nickelodeon sobre un niño al cargo de su tío. El niño es un sabelotodo y el tío un tipo desnortado y naïf. Se supone que con eso tiene que valer para que te rías, pero se les ha olvidado meter perros que hablen o monos vestidos de persona.

Zero Hour (USA)
Terminamos en alto. Anthony Edwards interpreta al editor de una revista para escépticos con una popularidad superior a la del Muy interesante que se encuentra metido de repente en una megaconspiración. Como se trata de un thriller con elementos extraños puede hacerse aburrida por ratos, pero los momentos en los que abraza la loca premisa, una búsqueda de malvados relojes nazis, es cuando la serie se muestra en su mejor momento, con monólogos sobre relojes y nueces del Brasil. No parece que vaya a durar mucho, así que habrá que disfrutar lo que dure. DA CLOK!

Pues al final parece que no ha sido tanto, aunque queden los datos para comentar. Estos dos primeros meses las 54 novedades se han repartido en 26 USA, 18 UK, 5 C, 2 A, 1 NZ y 2 de Otros países, una irlandesa y una franco-germana. Y hemos tenido algunas novedades destacables, además. Esperemos que el resto de meses sepan estar a la altura, veremos lo que marzo y abril dan de sí. Veremos también si los estrenos de Bates Motel y Hannibal logran llenar lo que se espera de ellos, si Orphan Black o Defiance son buenas, cómo queda el Broadchurch de Tennant y cómo de espantosa resulta DaVinci’s Demons. Pero eso serán los próximos meses, de momento disfrutemos de las novedades más recientes.


Cienciaficción amplia didáctica exitosa

Michael Barry, Jefe de Series Televisivas de la BBC, había dimitido. Para cubrir su hueco llegó Sydney Newman, de quien ya hemos hablado , que tenía varias ideas, puestas ya en marcha en su etapa para la rival/subcontrata de la ITV conocida como la ABC.

Newman había apostado por modernizar y mejorar el teatro filmado que era la televisión a mediadios de los cincuenta. Había metido junto a las obras de teatro sobre la clase alta, despreocupada, reflexiones y elementos de preocupación social que habían permitido popularizar la televisión —que hasta 1958 no sobrepasaría en número de público potencial a la radio— a la vez que no lo había hecho tirando de los bajos instintos, sino ofreciendo calidad. Una calidad que la gente estaba dispuesta a buscar. Su propuesta obligó, a su vez, a que el resto de rivales del patio catódico decidieran apostar por esa calidad y refinamiento. Es, por tanto, este canadiense uno de los principales culpables de la alta calidad en la ficción británica televisiva.

Y, sin embargo, para cuando llegó a la BBC todo parecía en marcha para producir Doctor Who. O, mejor dicho, para producir la serie que acabaría siendo Doctor Who, pero que no acababan de concretar y mucho menos cuajar. Volvamos un momento hacia atrás en el tiempo, apenas unos meses. Antes de que Barry dimitiera. Porque, precisamente, debemos preguntarnos, ¿por qué tuvo que dimitir?

Como hemos mencionado unos, digamos, dos millones de veces desde que comencé a escribir estas columnas, la BBC empezó a tener un rival comercial en 1956 con la aparición de la ITV. La ITV apostó por hacer lo mismo que la BBC pero mejor y comenzó poco a poco a comerle terreno. Cuando Sydney Newman llegó desde la CBC canadiense hasta la ABC en 1958, pulió más aún esas diferencias dando voz a los Jóvenes airados en el programa fundamental de la época, el Armchair Theatre. Newman exigía obras inéditas para televisión, que además debían ser de calidad pero, fundamentalmente, debían atraer al público prometiéndoles algo que no pudieran conocer de otro modo. También en el resto de programas les estaban rom… les superaban con amplia ventaja. La inventiva se buscaba y no había miedo a derivar series de premisas convencionales a un progresivo enloquecimiento controlado, como pasó con Los Vengadores. En consecuencia, la BBC hacía aguas por todas partes, enfrentado a un enemigo que no entendía, sin saber bien qué oponerle.

Por suerte para todos, los ingleses aman la documentación casi tanto como la cultura popular, y siempre hay alguno que, como James Chapman, está dispuesto a enterrarse en toneladas de papel para establecer cómo se hicieron las cosas. Siguiendo los descubrimientos de Chapman relatados en su libro Inside the TARDIS, podemos ver que fue esa superioridad de 2 a 1 de la ITV la que llevó en 1962 al Jefe de Entretenimiento Ligero Televisivo, Eric Maschwitz a proponer que la BBC debería buscar entre la ciencia ficción publicada para mejorar la sección de Ficción.

Al fin y al cabo, en la ABC a Sydney Newman estaba yéndole bien con Out of This World, una antología de adaptaciones de ciencia ficción al estilo del Armchair Theatre que se había buscado a Boris Karloff como nombre conocido para realizar las presentaciones, aunque luego adaptaran a Wyndham, Asimov o Simak entre otros. Pero ya volveremos a este programa también.

Los encargados de realizar este escrutinio entre lo publicado para ver si había algo adaptable fueron Donald Bull y Alice Frick, la pareja, que consultó con el secretario honorario de la British Science Fiction Association, Brian Aldiss. Decidieron que no había ningún autor moderno lo suficientemente bueno, le encontraron pegas a C.S. Lewis, Arthur C. Clarke, John Wyndham o Charles Eric Maine. El estudio terminaba recomendando el uso de guionistas televisivos y que se realizaran como seriales, señalando el enorme éxito de la saga de Quatermass o la de Andrómeda, que había visto su segunda historia (The Andromeda Breakthrough) emitida ese mismo 1962. La experiencia de la ABC con Out of this world, con más éxito de crítica que de público, les hizo recomendar que se buscara una historia con personajes fijos que realizaran una fidelización al espectador.

Un segundo informe fue encargado; sin embargo, en esta ocasión Frick trabajaría junto al guionista John Braybon para proponer cinco libros que se pudieran adaptar teniendo en cuenta una serie de premisas:

– Nada de Bug-Eyed Monsters. – Nada de robots metálicos protagonistas. – Nada de caras localizaciones fantásticas.

De las cinco finalistas tres — Eternity Lost de Clifford Simak, Pictures don’t lie de Catherine McLean y No woman born de C.L.Moore — fueron considerados como más problemáticos, centrándose las posibilidades en Three to conquer de Eric Frank Russell y Guardians of time de Poul Anderson.

Y hasta ahí llegó la búsqueda.

Al menos hasta que la llegada de Newman trajo nuevos profesionales y una reorganización de departamentos. A partir de ahora habría un Jefe de Ficción, que sería el propio Newman y que respondería directamente ante los Controllers de Programación de la BBC, Donald Baverstock y de Televisión, Kenneth Adam. A su vez él tendría tres secciones a su cargo que supervisaría directamente: Series, Seriales y Obras. Sería precisamente el Jefe de Seriales Televisivos, Donald Wilson, quien decidió rescatarla.

Buscaba un serial que funcionara mediante una emisión semanal por 52 semanas montada sobre la base de fidelización del espectador. Buscaba concretamente un programa que durara poco menos de media hora para poder encajarlo los sábados entre el programa deportivo Grandstand y el mayor éxito que la BBC tenía en ese momento, el programa musical Juke Box Jury.

De manera que puso a Frick, Braybon y al guionista Cecil Bunny Webber a buscar una historia que pudiera satisfacerle y cumpliera, además, todos los puntos conocidos; una labor educativa —que para algo eran una cadena pública— que les llevó a centrarse en dos posibilidades:

Braybon sugirió un grupo de científicos que llevara a cabo experimentos secretos para tratar de descubrir si algunos hechos misteriosos eran auténticos sucesos científicos, meras patrañas o había algo más que se les escapaba. La premisa no fue admitida para estas series aunque podríamos decir que es lo que dio lugar años después a la serie Doomsday.

En su lugar decidieron trabajar en lo que la serie debía tener. Como se ve en estas notas conceptuales sobre la serie que cita Chapman y que la BBC gentilmente colgó aquí.

Además de una audiencia general y la posibilidad de incluir cualquier tipo de historia de ciencia ficción, definen los cuatro personajes que debe incluir la serie. Sí, primero los personajes, luego la serie.

Los personajes infantiles no no atraen el interés de niños más mayores que ellos mismos. La heroínas jóvenes no atraen el interés de los niños. Los héroes jóvenes no atraen el interés de las niñas. De manera que el mayor interés común entre niños y adolescentes es logrado por:

EL GUAPO HÉROE JOVEN.
(Primer personaje)

Una heroína joven no atrae el interés de las mujeres adultas; nuestro joven héroe ya logra el de los chicos y chicas; por lo tanto debemos considerar a las mujeres adultas usando:

LA GUAPA HEROÍNA ELEGANTE DE UNOS 30.
(Segundo personaje)

Los hombres son una parte importante de la audiencia de los sábados a las 5 (post Grandstand). Estarán interesados en el joven héroe; y para atraparlos firmemente deberíamos añadir:

EL HOMBRE MADURO, 35 – 40, CON ALGÚNGIRO DE PERSONAJE”.
(Tercer personaje)

Hoy en día, para satisfacer a las mujeres adultas, las figuras-paternales son introducidas entre los programas para fidelizarlas en tal cantidad que la TV empieza a parecer una Casa de Retiro: Introduzcámoslas aquí ad hoc, según nuestras historias lo necesiten. Podremos no tener niños protagonistas, sino personajes infantiles que puedan ser introducidos ad hoc, porque la historia lo requiera, no para interesar a los niños.

Sydney Newman escribió a mano debajo de este párrafo: Necesitamos un niño al que meter en peligros, que cometa errores.

Tras una serie de reuniones y discusiones se decide que, para igualar el marcador, sea una niña de unos quince años. Para favorecer la parte educativa se decide que los dos adultos sean profesores. Y será el cuarto personaje, el hombre maduro, el que los vertebre a todos. Y su nombre será… Doctor Who.

Misterioso, ¿eh? Eso espero, porque los guionistas no tenían ni la más remota idea de qué ocultaba. Y originalmente era incluso más ambiguo. La primera idea es que estos tres personajes le encontraran, que él asegurara no recordar nada, no sabía quién era, cómo se llamaba o de dónde venía. Sólo parecía que estaba huyendo de algo… ¿o quizá lo estaba persiguiendo? ¿Era realmente tan inocente como parecía? Los guionistas no sólo no tenían claro si era un viajero del tiempo, del espacio, de otra dimensión. Así que seguían trabajando en el resto de aspectos.

Al fin y al cabo, se había decidido que esta iba a ser la primera serie estrenada de la nueva BBC de Newman. Todo el mundo esperaba mucho de ella. Confiaban en que fuera un ejemplo y una piedra de toque y sobre ella se pudiera ver una clara intención de cambio.

De momento parecía que había algo claro. Los cuatro personajes viajarían juntos, los profesores lo serían de la adolescente y el anciano tendría alguna conexión desconocida con ellos. Pronto quedó claro que lo más sencillo era que la serie incluyera viajes temporales para así poder tratar de distintos momentos históricos. De hecho, el personaje de la profesora, provisionalmente llamado Lola McGovern y finalmente Barbara Wright, lo sería de Historia. A su vez, para los conceptos científicos el profesor, Ian Chesterton, lo sería de Ciencias. Por supuesto, esto incluyó una nueva regla a la serie: La Historia no se podía cambiar. Pero de eso ya hablaremos más adelante.

En Abril ya había un presupuesto exiguo; tanto, que hizo que Newman tuviera que rechazar una de las primeras historias sugeridas por considerar que no podrían afrontarlo. Incluso para la época la cantidad era muy ajustada y el departamento de producción iba a tener que hacer auténticos esfuerzos para poder sacar adelante el programa, aunque fuera mediante el uso de los trucos más baratos que se les pudiera ocurrir; un problema que estaba ahí para quedarse. Además, los departamentos técnicos de la BBC consideraban que intentarlo siquiera era ya una locura. sobre todo porque Donald Baverstock , el Controller de Programación de la BBC, estaba abierta y vocalmente en contra, quizá debido a la loca pretensión de que se pidieran 52 episodios, a razón de uno por semana durante un año. O quizá por tratar de renovar la televisión mediante la ciencia ficción, pese al precedente de Out of this world. ¿Quién puede estar seguro? Y, si podía, ponérselo difícil, destinándoles al peor estudio de la casa para realizar las grabaciones, tan malo que no cumplía los requisitos mínimos que David Whitaker, el Supervisor de Guiones, consideraba que necesitaban ninguna de sus historias; o a impedir que consiguiera la publicidad de una portada en el Radio Times, el magazine de información sobre la radio y televisión que la BBC venía publicando desde 1923.

En cualquier caso, el mal ambiente hizo huir a las primeras elecciones para el puesto de Productor de la serie. Ni Don Taylor —parte de la vieja guardia de la BBC y absolutamente snob, al que Newman ofreció el puesto para limar asperezas— ni Shaun Sutton, que venía de la sección infantil de la cadena, aceptaron el puesto, por lo que Newman pasó a ofrecérselo a su tercera opción, una persona de su confianza con la que había trabajado en el famoso _ Armchair Theatre_. Su nombre era Verity Lambert y su trabajo al frente del programa y a su favor demostró que Sydney había acertado por completo al confiarle la serie a ella.

Su capacidad de trabajo y visión es incluso más importante que el hecho de que fuera la única productora de la BBC en ese momento, y si bien se puede discutir si se la colocó por ser sacrificable por su limitada experiencia, lo que está claro es que ella acabó de modelar el programa. Por ejemplo en lo que respecta al público al que iba dirigido. Como declaró en una entrevista promocional en 1964 y recogió Chapman en su momento:

Tengo un firme punto de vista en el nivel de inteligencia que debemos tener como objetivo —me dijo enérgicamente—. Doctor Who aparece en un momento en que hay una enorme audiencia infantil, pero está pensada más como historia para toda la familia. Y, de todos modos, los niños hoy en día son muy inteligentes, por lo que no permito ningún guión que les tome por tontos.

Pese a lo cuál siguieron con la idea de que la adolescente fuera el punto débil. Aunque ya hablaremos con más extensión de los conceptos de sexo y clase en el Doctor Who, aquí el que fuera una mujer es poco relevante, ya que el hueco que iba a cubrir era el que en los tebeos de superhéroes solía corresponder a los jocosamente llamados boy hostage o target boy, es decir chico rehén o chico diana, siendo el más famoso Robin. Aquí lo compensaron haciendo que la profesora Wright fuera el personaje más fuerte y, posiblemente, interesante de las primeras temporadas. Pero de todo esto ya hablaremos en dos semanas.

Por contra, el personaje del Doctor seguía en desarrollo, aunque por lo menos tenían ya al actor para interpretarlo. Verity Lambert decidió que tenía que hacerlo William Hartnell, un actor maduro especializado en tipos oscuros o poco pacientes aunque, eso sí, con un retorcido sentido del humor. Y, si bien tenía 55 años cuando aceptó el papel, la fragilidad de su salud y la caracterización para la serie le hacían parecer incluso más mayor y duro. Tan duro era en las primeras versiones que debieron suavizar su carácter. Durante el primero de los seriales y parte de la primera temporada se notaba que los guionistas aún no sabían cómo de insufrible tenía que ser o si tenía oscuras motivaciones tras sus actos. De manera que algunas de las secuencias que quedaron permiten dudar de si se trata de alguien que quiere evitar males mayores o si está disfrutando con la violencia y destrucción… Hasta el punto de que tuvieron que grabar un segundo capítulo inicial para evitar escenas en las que no sólo insultaba a la joven Susan, que pasaba de ser tratada como You stupid child al más cariñoso My dear child, y para suprimir la escena en la que Ian era electrocutado por el Doctor cuando trataba de salir de la TARDIS. Para ese rodaje ya se había decidido la trama inicial. Los dos profesores, curiosos ante el extraño conocimiento y su separación de la realidad de Susan, la siguen hasta un descampado lleno de chatarra en donde la ven entrar en una cabina, acompañada por un anciano. Convencidos de que están en el mejor de los casos ante un secuestro, descubren que es mayor por dentro y, para que no se lo puedan contar a nadie, el Doctor les convence de que les acompañen en sus viajes.

Para el rodaje de este capítulo se decidió que la relación de los dos viajeros, el Doctor y Susan, debía quedar del todo clara e inocente, así que pasaron a ser nieta y abuelo. Pese a esto, seguía sin estar claro —y los guionistas tardarían aún años en decidirlo— cuál era su naturaleza. Si bien se daban algunas claves con Susan, asegurando que había nacido en el Siglo XLIX, o el doctor soltando en un breve discurso que ellos eran exiliados: “vagabundos errantes en la cuarta dimensión”, “huidos de nuestro propio planeta sin ayuda ni protección”. Como decía antes, los guionistas aún no tenían claro ni si ese planeta era la Tierra en el futuro u otro distinto, ni el motivo de esta huida, voluntaria o forzada, pero al menos tenían ya un primer serial, 100,000 BC, conocido también como The Tribe of Gum y, por supuesto, por el nombre de ese primer capítulo: An Unearthly Child.

Y ya tocaba, porque pese a haber sido previsto su inicio para la temporada de verano, a finales de Julio, los problemas técnicos y con la cadena habían ido retrasando su estreno. El piloto original no estuvo preparado hasta septiembre y, una vez lo vieron, decidieron que nadie soportaría a ese Doctor y se pusieron a rodar las nuevas tomas. Finalmente se logró una nueva fecha de estreno, el 23 de Noviembre de ese 1963.

La producción de la primera temporada no paró aquí —aunque, de nuevo, hablaremos de todo lo relacionado con el primer doctor en dos semanas—, pero todas las miradas se pusieron ya en el primer episodio. Era importante no sólo para ellos, también para la BBC y para Sydney Newman, que esta primera nueva serie fuera un éxito, así que la espera era tensa. Sólo quedaba la tranquilidad de que con el episodio finalmente preparado, nada podía enturbiar su presentación al mundo.

Excepto, quizá… El viernes anterior a su estreno, a muchos kilómetros de allí, en Dallas y a las 12:30 de la tarde, las 18:30 en Reino Unido, el presidente estadounidense John F. Kennedy era asesinado. De inmediato la programación, toda la programación, comenzó a girar en torno a ese crimen, ahogando cualquier intento de promoción e, incluso, trayendo el miedo a que algún programa especial les obligara a retrasar el estreno.

Esto, que ya era falso en aquel momento, se ha convertido en uno de los primeros mitos sobre la serie. Hablándose de que se iba a estrenar el viernes o que el primer capítulo se retrasó por culpa de JFK. En realidad, y pese a todo, se estrenó tal y como estaba previsto, entre el programa deportivo y el musical, sin mayores interferencias que la lógica falta de publicidad y relevancia frente al suceso que estaba conmocionando al mundo.

A las 17:15, los espectadores que sintonizaron la BBC pudieron contemplar por vez primera esto:


Puñado contrastivas noveduelas reflexivas

En las últimas semanas, en el último mes, una serie de novedades han ido apareciendo en la pantalla. Todas ellas merecedoras de cierta reflexión que, de hacerse durante el Pilotos Deathmatch, se saldrían del estilo apresurado y festivo de simple reseña rápida. Porque muchas veces la reflexión que llevan aparejada no es una valoración de calidad sino la forma en que nos llevan a tratar un tema.

Las cinco series a las que me refiero son Utopia, Les revenants, The killing, House of cards y The americans. Efectivamente, están citadas en orden.

Les revenants

Esta serie es la única de la que no hablaré en el Pilotos Deathmatch por tratarse de una novedad del pasado año, que yo no vi porque es francesa. Por suerte ahí estaba Pablo Olivares y su Tvc15 para animarme a darle una oportunidad —hay veces que uno se pierde cosas por no tener Facebook—. Como no tendrá su hueco, permítanme decir aquí que es una serie más que notable, muy bien planteada y que no sólo sabe darle una vuelta al concepto de la película, que funcionaba en cierto modo como punto de partida original, sino que también da para una reflexión sobre la pérdida y la superación.

Porque estos muertos vivientes, estos zombies, no siguen la moderna tradición de Romero ni la clásica Vudú, no son infectados tampoco, son muertos vivientes. Literalmente. Personas que en un momento de su existencia murieron y ahora se han puesto mejor. No es que sea un tema completamente novedoso, ni mucho menos, ni tan siquiera en estos últimos años en los que el éxito de Lo Zombie ha explorado la no-muerte de manera exhaustiva. Pero sí que sabe ir más allá: centrarse, no en el sentimiento de alienación de los no-muertos sino en explorar el efecto que su regreso causa en los vivos.

Sobre todo porque los vivos han seguido haciendo sus cosas, mientras que para los muertos el mundo se detenía. De manera que son ellos, que ya se reajustaron una vez, los que tienen que aprender a abrir de nuevo los huecos que habían tapado. Porque la salida de una persona, como dejan bien claro en la serie, no es sólo la salida de un ser querido, también puede serlo de alguien incomprendido o, incluso, odiado. Más aún, al no ser una resurrección masiva incide también en la vida de aquellos que descubren que otros han tenido la oportunidad de recibir de nuevo a sus seres cercanos.

Resulta agradable ver que, al margen de otras consideraciones y evoluciones de la trama, con esa vieja presa que se rompió e inundó el pueblo uniendo a esta narración con las viejas historias, con las pulp pero también con el romanticismo o con las miniseries europeas que tan bien funcionaron entre los años ’70 y ’80, al final la serie acaba hablando de sentimientos, de pérdida y de adaptación, y de las líneas que usamos para separarnos y distinguirnos.

Utopia

De esta serie, por otro lado, hablaré largo y tendido en el PD. O quizá no. Al fin y al cabo es la mejor nueva serie del año, al menos a día de hoy. Lo que sí merece la pena que vayamos comentando ya es que resulta fundamentalmente británica y que es, a la vez, inseparable de los cómics.

De hecho, la mejor definición que se me ocurre y posiblemente la forma en que comience su descripción es Serie inglesa de Vértigo llevada a la televisión, porque es exactamente eso lo que tenemos. El nexo con el mundo del cómic parece indudable: según comienza la serie hay la primera referencia a novela gráfica no cómic —¡bah!— y, a partir de ahí, será un centro de la trama.

Esto es, a la vez, pura autorreferencia británica. Igual que en un episodio apócrifo de la magnífica Doom patrol de Grant Morrison, igual que uno de los cómics inesperados de Warren Ellis, hay algo propio de la forma de enfrentarse a la locura cotidiana, a las conspiraciones imposibles pero plausibles, a la creación en laboratorios y a los grandes problemas de su juventud, siempre imparable.

Ese briticismo ya aparecía antes en otras series. Tener protagonistas salidos de Misfits o de Four lions parece que ayuda a unir conceptos, pero es algo más. Quizá al espectador moderno y desinformado, reconocible por frases como Las series viven una era dorada, le parezca evidente un punto de contacto con el Black Mirror de Charlie Brooker —fundamentalmente porque no sabrán que Brooker es responsable también de cosas como Dead set — cuando el ejemplo más claro de precedente, la línea que algo más directamente sigue, es la que les lleva a Troy Kennedy Martin y su brillante Edge of darkness. Mucho más cercano a la realidad y la conspiranoia que hermanos más espirituales como el Neverwhere de Neil Gaiman. Lo único que espero es que al final haya árboles.

The following

He aquí la única serie que no recomendaría con tanta alegría como las demás. Y no es que sea una mala serie, simplemente no está a la misma altura. De manera premeditada. Porque de las cinco series que voy a hablar hoy es, sin duda, la que más cerca está de reflejar el carácter de su creador. Y, con ello, refleja uno de sus matices, el de hombre de la cadena que busca la manera de ofrecer lo que de él se espera y a él se pide.

Kevin Williamson es el responsable de esta serie y en ella refleja una vez más todas sus obsesiones y, ya puestos, hace lo que la cadena le pide. En este caso un thriller. Y si atendemos a los aspectos más superficiales de la serie eso es precisamente lo que tenemos, una suerte de remontaje de Mentes criminales y antecedentes, coetáneos y derivados, montado, eso sí, con el brío que pudiera tener 24 y con unos aspectos más duros, sin llegar al gore, por mucho que parezcan creer algunos que esto es lo máximo sólo por haber dado un paso más desde Bones. En cualquier caso, esa violencia creciente y esa mayor crudeza también son una constante en la obra de Williamson. Vale, quizá no en Dawson crece pero sí en The vampire diaries, que con tanto éxito se emite ahora en The CW, y tampoco debería sorprender mucho al que haya visto alguna de las Scream, Sé lo que hiciste…, The faculty, Secuestrando a Miss Tingle o, incluso, La maldición.

De entre los puntos en común los tres más recurrentes son la traición, la figura del líder carismático y la metanarrativa, todos presentes en esta serie. Salvo que aquí la autoconsciencia se ha enmascarado, el asesino Joe Carroll —sí, Carroll—, interpretado por James Purefoy, maneja la trama como si fuera una novela. Más aún, se dirige directamente a su némesis, el agente especial Ryan Hardy —sí, Hardy—, explicándole cuales son o han sido sus movimientos desde un punto de vista de escritor, cómo está manipulando para lograr un efecto concreto en los lectores. De manera que el creador puede hablar a través de él para explicarle al espectador lo que está haciendo y por qué. De este modo, como un calcetín, en lugar de tener a personajes autoconscientes de estar en una construcción ficticia —o en una imitación de la misma— tenemos a personajes que, pese a estar dentro de esta construcción de autoficción, parecen no darse cuenta de ello, mientras que el creador juega a la metaficción rompiendo la cuarta pared de una manera completamente elíptica.

No sólo eso: al convertir a ese trasunto del propio creador en el líder carismático y hacer que sea él el que mueve los hilos, está creando una reflexión sobre la figura del propio escritor y sus criaturas como títeres, personas que están ahí sólo con una finalidad, y por tanto descartables cuando han terminado de cumplir su función para la historia. Él lo sabe pero también esos seguidores son conscientes, e incluso aquellos con los que juega de manera indirecta parecen saber que aparentemente no hay forma de librarse de ese control. Quizá el trabajo de Purefoy no llega a ser todo lo carismático que se supone que es su personaje, pero el creador nos deja indudablemente clara cuál es su función aquí. Especialmente gracias a que desde el primer capítulo se ha subvertido uno de los principios habituales de los thrillers: no hay un enemigo a descubrir ni a capturar, está mostrándose a las claras y dentro de la cárcel el punto habitual en que cualquiera de estas historias se habría dado por finalizada, que aquí da pie a una versión de clásicos como El silencio de los corderos para examinar esas posiciones creadas por este escenógrafo del crimen. Porque, pese a estar capturado, son sus seguidores los que siguen matando; más aún, no se sabe su identidad al completo y de ahí surge la acumulación de tramas sobre la traición. Los personajes pueden revelarse en cualquier momento como parte de la conspiración —y muy extraño sería que al menos uno de los investigadores principales, Debra Parker (Annie Parisse) o Mike Weston (el gemelo Ashmore Shawn), si no ambos, no acabaran siendo cultistas—, lo que hace que la paranoia en el espectador, dado que a los investigadores parece que se la suda esta obviedad, esté dirigida al viejo no puedes confiar en nadie que tan bien casa con las películas de terror en las que se venía moviendo Williamson.

Quizá sea ése el principal problema de la serie, que al pasar de un contexto de terror a otro de investigación, Williamson no ha sabido moverse, no ha sabido ver que si algo ocurre en un periodo de tiempo realmente corto se pueden pasar cosas por alto, pero es difícil no tomar medidas cuando se ha dispuesto de semanas, y ha optado por el clima de completa inutilidad, cuando no estupidez, de 24, cuyos brillantes investigadores parecían incapaces de comprobar un curriculum, una vinculación, o llegar a las más elementales conclusiones por reiteración —Si, por ejemplo, el malo de turno ha hecho una vez que A sea B+C y tenemos otro A y otro B, deberíamos sospechar al menos de C— echando por tierra, además, parte de la construcción intelectual.

Pero es que, al final, lo que quería la cadena era eso, un thriller con pretensión de frenético y lleno de trampas y giros, con todos los tics —para bien, para mal— de su autor y que en lo que triunfa y en lo que falla es, precisamente, en lograr esto. Cierto es que no se le podía pedir menos, pero podría, sin duda, haber dado para más.

The americans

Cuando uno escucha que la premisa de una serie es una pareja de agentes de la KGB infiltrados en la sociedad americana que encuentran en 1981 nuevos peligros por la llegada del paranoico Ronald Reagan —y ya sabemos que el que estés paranoico no significa que no te persigan—, lo primero que uno podía esperar era una serie de acción, quizá también de ocultamiento, sobre todo cuando la cadena que lo va a emitir es la FX (The Shield, Justified…), con lo que son de suponer dosis de violencia y sexo por encima de las de las networks. Y es cierto, lo ofrecen; no llegan a los niveles de ridículo de Alias, pero muestran un estilo de vida que, junto a la recreación de inicios de los ochenta, darían para una serie estupenda.

Pero es que va más allá. Lo que acaba vertebrando la serie no son sólo las misiones y cuitas de espías, sino la vida familiar. Volviendo a la vieja discusión comiquera, el contraste entre Clark Kent y Superman. Uno de los dos se supone que es la versión disfrazada del otro pero, en realidad, ambas son partes de una misma persona. Ambos son disfraces de Kal-El. El disfraz de civil, el disfraz de superhéroe. En nuestro caso tenemos a dos personas disfrazadas de americanos pero también de superespías; el número de disfraces que aparecen en la serie es tan alto que yo supondría necesario remontarme a Misión imposible —o al armario del Decano Pelton—, empezando por la primera escena que nos pone en el contexto del trabajo de espías, nos incluye una escena sexual y, finalmente, nos muestra una eliminación de disfraz del que emerge el personaje que luego será central.

Del mismo modo, se da especial importancia a la vida familiar. La pareja de espías lleva una fachada de esposos cariñosos con dos hijos. Estos desconocen del todo las actividades de sus padres, como si de River Phoenix en Little Nikita se tratara. Y ambos se preocupan por ellos. Incluso aunque su relación sea más peliaguda y tengan que realizar actividades poco habituales en un matrimonio, empezando por mantener relaciones sexuales con otras personas, esconderse datos e, incluso, informar del otro como vigilantes de su propia integridad, todos ellos sucesos potencialmente desastrosos. Pero como el matrimonio es parte de la fachada, tienen que encontrar la manera de manejarlo para seguir adelante.

Es de suponer que Joe Weisberg, antiguo CIA, quería contar precisamente esto. Sobre todo cuando otro de los personajes principales es un agente de contrainteligencia del FBI con sus propios problemas familiares que viene también de un trabajo de infiltración —en una hermandad aria—, presentándose por tanto como un negativo de la situación de los protagonistas.

La auténtica naturaleza y la familia; ésas son al final las dos grandes bazas de una serie en la que tampoco falta acción, violencia, intriga o sexo. Demostrando que no hacía falta apartarse tanto de los ingredientes de Alias para lograr un resultado por completo diferente.

House of Cards

Que considero al original inglés una de las mejores series de la historia de la televisión, al menos su primera temporada, creo que no es algo que vaya a sorprender a ningún lector habitual de esta columna. Por tanto, hablar de las diferencias no creo que sirva para mucho.

David Fincher realiza cambios para adaptar a la realidad actual estadounidense la historia; cambios con respecto al original que pueden gustarnos más o menos, pero que parecen fundados en la idea de cómo hacer una serie o, en el peor de los casos —un cierto exceso de fraccionamiento de los personajes y una extensión de su tiempo en pantalla, por ejemplo—, es más un mal propio del sistema estadounidense que un fallo de adaptación del original de Ken Riddington, que ya en su caso se tomaba muy serias libertades con respecto a la obra original, la novela de Michael Dobbs. Kevin Spacey, a su vez, funciona a la perfección como Frank Underwood que, por su parte, es un personaje suficientemente lejano al insuperable Francis Urquhart de Ian Richardson. De modo que, aunque para mí sea mejor la inglesa, ésta no deja de ser una serie más que notable.

Pero no es de eso de lo que tenía intención de hablar aquí. Ni mucho menos. De lo que quería hablar es de cómo se ha presentado esta serie a los espectadores. De los nuevos tiempos que traen y de cómo ha afectado a todas las partes de la cadena.

Como habréis notado, he hablado de las series por su fecha de emisión, dejando para el final a la última estrenada, porque House of cards vio la luz el 1 de Febrero. Y, sin embargo, sus 13 capítulos ya están cof al alcance de todos. Para explicar eso hay que explicar, una vez más, los planes de Netflix.

Cuando eres una plataforma de streaming —y sé qué estoy simplificando en exceso su funcionamiento y servicios— no cuentas con las limitaciones que la televisión convencional te ofrece. De hecho, no cuentas ni con las limitaciones de la televisión no convencional. Dejas de depender, por tanto, de los anuncios y las parrillas, de las duraciones y las estrategias; pasas a poder ofrecer algo que está ahí, no algo que se va a mostrar como en una ventana. Ese concepto de ventana abierta/cerrada es tan anacrónico que lo raro es que estos cambios no se hayan producido antes. Porque lo que han hecho en Netflix no sólo ha sido obviar la necesidad de restringir el ritmo dotando de una franja a la nueva serie, sino que, incluso, han marcado el paso. Es decir, han colgado de una sola vez los 13 capítulos de los que consta la temporada.

De una sola vez.

Algo entendible desde un punto de vista de series como obras de ficción totales. Si publicas un libro lo haces de una vez, no en fascículos. Pero el paso del folletín al libro también tuvo sus altibajos. Sobre todo cuando no provienes de un país o una cultura de series que duran lo que tienen que durar —o lo que ellos creen—, como la inglesa, sino mediante estándares que aún no logran que la duración corresponda con lo que tienen que contar.

Pero, sobre todo, olvida que el motivo del folletín era vender periódicos; si a alguien le interesaban los seguía y, para ello, permanecía fiel al periódico. Por eso se dejaron de sacar cuentos cortos y se olvidaron las antologías televisivas; por eso los folletines premiaban los arcos largos y en la televisión se experimentaba pasando de series que presentaban un problema y lo resolvía en el mismo capítulo a otras que iban encadenando arcos, hasta las series sin arcos definidos como Canción triste de Hill Street o, incluso, con arcos largos como en Wiseguy y después Twin peaks, etc… Pero los americanos, igual que los españoles, se han ido malacostumbrando a recurrir a estos trucos baratos para fidelizar a la gente.

Y por eso nos puede parece extraña la idea del Netflix de soltar de una sola vez toda la carga de profundidad que es House of cards. Al fin y al cabo Netflix es un sistema de suscripción mensual. Si la gente se da de alta este mes y lo ve, ¿por qué habría de seguir al mes siguiente?

En primer lugar, porque puede que la gente no lo vea de esa manera. Igual que comprarse un libro no les obliga a leérselo de una sola vez. Cambiamos así de películas de hasta 180 minutos a casi 780 horas de duración. De manera que la gente puede tardar lo que quiera. Lo mismo deciden verse sólo un capítulo, o tres, o media serie, dejarla, retomarla… Es lo que llevo diciendo varios años: El espectador de ficción pasa de un rol pasivo, en el que se limita a recibir la información, teniendo que amoldarse a las ventanas de emisión y a las pausas impuestas desde el exterior, a uno activo que puede elegir la cantidad de información, el momento y las pausas para que sea la obra la que se adapte a su vida. Lo que, a su vez, redunda en una mayor facilidad para pasar de un espectáculo público a uno privado, quizá porque el empeoramiento de la calidad e importancia del cine junto a la mejora de las condiciones domésticas facilitan, además, que también la televisión se vea mejor. Y eso, junto a las posibilidades activas, aumenta sus posibilidades para la socialización sin salir de casa.

Pero mientras todos nos vamos haciendo a la idea de que los tiempos cambian, se producen algunos divertidos movimientos. Por ejemplo, el desconcierto de la gente a la que se le ha dado la posibilidad de elegir cómo verlo y no acaba de tenerlo claro. Más aún, el desconcierto de los críticos hace pequeño al que pueda tener parte del público, pues no saben no sólo cuánto o qué ver sino qué o cuánto o cómo o cuándo reseñar y, por primera vez, incluso ellos se tragan espoilers.

Me lo estoy pasando en grande, como podéis imaginar.

Además, Netflix ya tiene claro que hay tres formas de hacer caja. Con la gente que compra según sale, con la gente que sigue comprando después —en un movimiento similar al propuesto por la teoría long tail— y con la gente que busca algo nuevo. Así que hay más series nuevas preparadas para el estreno. Unas, como la dramedia Orange Is the New Black y la serie de fantástico/terror Hemlock Grove, se podrán disfrutar en breve. Otras, como una teórica serie sobre la vida y muerte de Pablo Escobar, puede que tarden algo más pero, al no precisar de un hueco concreto, se podrán estrenar en cuanto estén listas para ello. De momento parece que también la cuarta temporada de Arrested development se emitirá así.

Algo que quizá cambie incluso la forma de sacar webseries… aunque tampoco hará tanta falta: ya ha habido algunas como Cybergeddo, la de Zuiker para YahooTV, que se ofreció de una sola vez; habrá que ver también los siguientes proyectos de esta plataforma. Y lo que otras, como la aún en movimiento Amazon Studios o HULU, preparen.

Como veis, son muchos los aspectos que se pueden comentar en las series —en algunas, al menos— y por ello precisamente hacía falta sacarlos del Pilotos Deathmatch. Que, sin embargo, hablará de ellas, aunque no será hasta el próximo 4 de Marzo.


Doctos introductinajes espacio temporales

Dedicar todo un año a una única serie puede parecer una locura o una arbitrariedad, y en ambos casos tendríais razón. Pero no es lo único.

De entrada, es la serie de ciencia ficción —o de fantasía, si tenéis intención de empezar a discutir los límites de la definición— que más tiempo hace que se estrenó. Incluso aunque haya estado algunos años sin emitirse. También ha tenido épocas de enorme éxito e, incluso, de fenómeno de masas, y es por derecho propio uno de los grandes clásicos televisivos.

Esto, junto con la propia naturzaleza mutante facilitada por el funcionamiento interno de la serie, ha servido para hacer de ella una creación que va recogiendo en cada momento el espíritu de su tiempo, una suerte de zeitgeist variable, permitiendo repasar normas y maneras de cada época sin que por ello dejen de viajar por el tiempo y el espacio.

Además, la extensa historia refleja también las formas y maneras del funcionamiento televisivo, desde la historia de su propia creación que veremos en un par de semanas, hasta los distintos métodos de trabajo, —incluyendo la expansión por otros medios, aunque eso lo veremos muy por encima— la lucha con la cadena y con las asociaciones de telespectadores, el enfrentamiento con el gobierno, la etapa de colaboración con los americanos, desembocando en aquéllo, los intentos de traerlo de vuelta, su triunfal regreso británico y su regreso al primer plano de manera global.

A su vez, estamos hablando de una serie que ha logrado ir convirtiéndose en un referente, consiguiendo nuevos seguidores. Lo ha hecho pese a esos extraños movimientos de capítulos, especiales y duraciones extrañas que caracterizan a los británicos, muchos de los cuales parecían haber olvidado las series durante los escasos 15 años en los que lo único que se emitió fue… eso.

De manera que a estas alturas hay toda una generación que distingue entre el “Nuevo” Doctor Who y el Clásico o que ni tan siquiera considera el clásico, bien por desconocimiento total o porque considera que es muy antiguo. Así que habrá que suponer el interés de algunos de esos espectadores en conocer algo mejor esas temporadas anteriores. Quizá incluso a quitarse el miedo al blanco y negro de los dos primeros doctores.

Pero no sólo el personaje principal es interesante e importante, también podemos ver evolución —e involución, pero ya hablaremos de Peri— en sus acompañantes, los Companions, que sirven para reflejar cambios y puntos de vista diferentes, y permiten dar una enorme diversidad a la serie.

Lo que me lleva a los dos libros sobre la serie que quiero recomendar. Veréis, normalmente cuando hago las secciones temáticas hay alguien que me pregunta si he recurrido a algún título concreto o si hay una bibliografía básica del tema. Y, generalmente, no hay nada concreto. También es cierto que no me molesto en poner en estas columnas un registro de libros, revistas y recursos de internet usados —básicamente para no tardar el doble en escribirlas—, pero he pensado que no estaría mal citar en la introducción algunas pistas. Quizá lo esperable sería comenzar con los volúmenes de TARDIS Eruditorum pero aún es una colección naciente al haberse publicado de momento sólo los volúmenes dedicados a los dos primeros doctores; eso sí, si les interesa la serie no se los pueden perder, la labor de Philip Sandifer es difícilmente igualable. Del mismo modo se podría hablar de Doctor Who: The Unfolding Text, el primer análisis serio sobre el Doctah —sí, sé que algunos odiáis este apelativo cariñoso, qué le vais a hacer— que en 1983 publicaron John Tulloch y Manuel Alvarado, y cuyo problema actual, además de la horrorosa portada, es la edad transcurrida y la sobre-seriedad buscada para dotar de gravedad al estudio.

Los libros que recomiendo son Inside the TARDIS de James Chapman, editado en 2006, en parte celebración de la nueva serie, en parte introducción y repaso a la historia de la misma. Un libro ameno, didáctico y bien desarrollado que equilibra la duración de los capítulos por lo que —este sería el único pero— muchas veces no puede detenerse en honduras ni profundizar o reflexionar en exceso.

Por suerte, la otra lectura recomendada lo suple: Chicks Unravel Time, coordinada por Lynne M. Thomas y Deborah Stanish; se trata de una colección de ensayos, a razón de uno por temporada y autora, en el que podemos encontrar una cantidad de interesantes reflexiones con temas que van del feminismo al clasismo y, por supuesto, a la evolución y carácter del Doctor. El número de artículos buenos es muy alto, el de los excelentes es inesperado y el de los malos —que también hay— es por suerte moderado.

Con ambas lecturas combinadas se puede lograr una perspectiva razonable de lo que fue el dentro y fuera de la serie desde antes de su creación. Y, de paso, ahorraros la mitad de las columnas que se van a publicar este año en El receptor.

Podemos hablar también, claro, de algunos otros libros, especialmente la no-guía de episodios The discontinuity guide (2ª edición en 2004) de Paul Cornell, Martin Day y Keith Topping y la mirada al mundo de fanes y fanzineros de License denied (1997), editado por Paul Cornell. Que luego Cornell terminara escribiendo Human nature y casándose con una sacerdote anglicana es algo que no acabo de comprender. Me conformo con que no acabe siendo el sucesor de Moffat.

En cualquier caso, la idea para este año será intentar acercaros toda esa historia detrás de la serie, tanto la clásica como la nueva. Sobre todo ahora que empieza a haber espectadores que no conocen nada anterior a Matt Smith A la vez, procuraré proporcionar un cierto análisis y reflexión sobre tramas y personajes, amigos y enemigos —¡ The Rani & The Valeyard !— buscando los puntos en común con su actualidad y con las ideas que nos trataban de trasmitir los guionistas.

Pero todo eso será dentro de un par de semanas y empezando con la historia de la creación de la serie, cuando Sydney Newman y una amplia variedad de implicados definieron lo que buscaban como una serie de ciencia-ficción con componentes educativos de servicio público, que estuviera enfocada a los chavales pero atrajera también al resto de la familia. Pero para llegar a la respuesta, e incluso a la pregunta, tendrían que pasar muchas cosas. Por ejemplo, que la ITV estuviera ganando por mucho a la*BBC* en audiencia, hasta el punto de que el responsable de ficción de ésta, Michael Barry, decidió dimitir.

Así que la BBC necesitaba un programa popular, que fuera servicio público y tuviera éxito con la audiencia. Y también un nuevo responsable de ficción. En ambos casos: WHO?