Hay cosas que escapan de nuestro control, cosas sobre las que símplemente no tenemos capacidad de decisión. Otras, en cambio, sólo requieren una determinación y una dedicación tan constante y centrada que resulta más sencillo considerarlas imposibles.
Cambiar la opinión de lo que consideramos evidente aunque rara vez sea más que algo consensuado pertenece al asegundo grupo. La serie de columnas sobre las series pretéritas y sus creadores pertenecen a un esfuerzo continuado por desterrar una de las ideas más estúpidas que existen: Que hemos pasado de una caja tonta a una caja lista gracias a un incremento notable —y reciente—de calidad en las mismas.
Hubiera sido más sencillo —qué duda cabe— demostrar que, en realidad, ahora las series están lejos de ser tan inteligentes como se supone, bien demostrando la vacuidad de propuestas de vacas sagradas como Allan Ball o con simples enumeraciones, tú dices Community yo respondo Better with you, Perfect couples y Mad love. Al fin y al cabo que sea el presente no significa que no se cumpla la ley de *Sturgeon.
Sin embargo consideré que la mejor cura para la estupidez es el conocimiento. Existe una notable ceguera en lo que al pasado televisivo se refiere. Peor aún, existe una notable nostalgia que une los recuerdos televisivos sólo con lo que veíamos y cuándo lo veíamos, como si fuera más importante recordarnos a nosotros que recordar la obra. Cierto es que no se puede esperar que la gente recuerde todo su pasado pero, por eso mismo, es bueno ayudar a recordar.
El punto a demostrar tras todas las anteriores divagaciones es que el desconocimiento —por encima de las ganas de autoafirmarse como los más brillantes, los mejores telespectadores de la historia televisiva— es lo que permite perpetuar la idea, así como escribir grandilocuentes charlatanerías, y que es la divulgación lo que nos permitirá exorcizarlo.
Porque, la verdad, la televisión siempre ha tenido un nivel medio. Siempre ha habido malos programas v siempre hemos tenidos grandes referentes, creadores que ponían su sello personal a sus productos, gente que comercializaba su imagen como Lucille Ball o que tenía un molde propio, de éxito, como Jack Webb —y eso sólo en los años ’50— para contrarrestar los programas rutinarios, las aplicaciones de clichés a la pequeña pantalla que se limitaban a una rutinaria regurgitación de las historias clásicas y los clichés básicos.
Algo que se notaría más con la popularización de canales de los años ’80. No eran ya sólo las tres grandes las que competían en USA, UK o cualquier otro mercado que se os ocurra. Empieza a multiplicarse la competencia, los canales, los distintos sellos por los que distribuir nuevas creaciones de ficción. Más canales, más obras, más purria. Pero, además, más trabajo.
Porque cuando se incrementa el número de novedades se incrementa también las posibilidades de una mayor cantidad de productos de ficción salvables, de creadores y, por supuesto, de grandes obras.
Ese será el motivo de que, empezando la próxima semana, las columnas se centren aún más en los creadores, olvidando —externamente, internamente trataré de seguir una cronología— la agrupación por décadas.
Mientras tanto, recordad mis silentes lectores, la próxima vez que os digan que la televisión vive ahora una edad dorada de las series pensaréis que como en los ’90 con Twin Peaks, Urgencias, Prime Suspect o Frasier; en los ’80 con Canción triste de Hill Street, Murphy Brown, El enano rojo o Las chicas de oro; en los ’70 con M*A*S*H, Monty Python’s Flying Circus, Lou Grant y, por supuesto, Yo, Claudio; en los ’60 con El prisionero, Los defensores, Los vengadores o Los Picapiedra e, incluso, en los primeros años de la tele ficcional, en los ’50, con I love Lucy, Dragnet o los diferentes Quatermass.
Siempre ha habido buena televisión, también ahora, que no se nos olvide ninguna de las dos cosas.