Alrededor gastrónomos viajeros

De las muchas evoluciones de la cocina en televisión lo más habitual es que le podamos echar la culpa no a los creativos de estos programas sino a otras ideas populares transplantadas a los mismos. Quizá el ejemplo más popular de esto fue la aparición de los programas de viajes con una excusa gastronómicas.

En esto tiene mucho que ver las dos formas de entender los programas de viajes. La primera, que podríamos llamas De observador y que tiende a identificarse con una perspectiva europea/francesa en la que el protagonista es el viaje más que el viajero, a la manera de un clásico documental. La segunda, muy inglesa, muy estadounidense, es esa De interacción en la que el viajero aparece prominentemente dando su opinión y mostrando las reacciones que la zona visitada la produce. (Y en más ocasiones de las deseables, haciendo el payaso o el idiota. Pero no me quejaré mucho porque gracias a eso tenemos An idiot abroad)

En más ocasiones de las que parecería justo mencionar ese choque cultural venía de la ingestión —a falta de un término mejor— de la comida tradicional, tanto daba que se tratara de un muy especiado plato sudamericano o asiático, algún preparado con insectos o, incluso, unas criadillas españolas. — Lo que lleva a la idea de que ninguna cocina es realmente tradicional si no puedes putear con ella a los forasteros, tomad nota la próxima vez que un madrileño os ofrezca gallinejas.— De manera que era lógico que pronto ambos puntos de vista, el intrusivo y el frío, decidieran que las rutas gastronómicas duplicaban sus espectadores potenciales.

Todo lo cuál podría llevarnos a una discusión sobre si el Travel Channel y el Food Channel están compitiendo porque sólo puede quedar uno, pero mejor eso lo leéis en TVTropes porque esos travelogues y volvemos a la historia. Aunque, la verdad, sería realmente complicado señalar cuál fue el primer programa que usó la mezcla mágica.

Lo que sí puedo decir es que el ejemplo más exitoso lo tenemos de la mano de Anthony Bourdain_, nacido en Nueva York aunque con raices francesas que le llevaron a abrazar ese estilo de cocina, presentó para el Food Network en el año 2001 un programa llamado A Cook’s Tour en el que viajó durante dos temporadas por todo el mundo para presentar los cocineros más importantes y sus platos más representativos.

La serie fue un éxito que causó varios efectos:

— Convirtió en un chef célebre a Bourdain y le dio una importancia que no tenía antes. Eso no significa que le mejorara el carácter porque parte de la gracia consiste en que es un tipo tan apasionado como bocazas.

— Esta mezcla, a su vez, dio lugar a un libro de recuerdos llamado Confesiones de un chef que es una de las lecturas más entretenidas que se puedan encontrar sobre una cocina desde dentro contando al menos desde por lo menos Sin blanca en París y en Londres. Además dejaba claro lo poco conforme que está con sus situación como estrella y la opinión —mala, claro— que le merecen los cocineros de la tele, especialmente los del Food Channel. Y si poco bueno dijo de ellos en el primer libro en su continuación En crudo —Que, por cierto, sale en español la semana del 9 de Marzo de la mano de RBA y es el motivo de este pequeño y extraño salto temporal en esta serie, pero ya lo explicaré mejor en dos semanas— el vapuleo hizo olas.

— Sirvió, además, para poner de moda los programas de comida y viajes y descubrir al público americano una variedad de autores y cocinas alejadas.

¿La consecuencia más directa? Bourdain, que es un tipo temperamental, acabó llevándose el programa al Travel Channel con el nombre de No reservations y una idea aún más abierta, digamos que añadió más viaje.

— Obviamente visitó más lugares que España pero ambos vídeos me parecen más que interesantes como para colocarlos aquí—

El éxito de este programa sirvió para sacar a la gente de detrás de las encimeras para algo más que realizar realities , así que sólo quedaba por decidir cómo articular los viajes, que podría parecer no tan sencillo hasta que, claro, se pusieron a ello. Una vez observadas las opciones las excusas parecían centrarse en dos y media. La primera era la más obvia, tirar de Gira Gastronómica eligiendo una región o un país y recorriéndolo. Normalmente sin demasiado sentido del viaje, no mediante etapas continuadas. La segunda idea era identificar un tema y buscarlo por todo el mundo / país/ región… Precisamente este era el que seguía Bourdain
repasando a los chefs del mundo.

En cuanto a la media solución, se trata como siempre de buscar un truco que cumplir para darle algo de interés al tema. Como el siguiente éxito, $40 a Day que en 2002 se puso en marcha con Rachel Ray, que ya tenía un programa enseñando a realizar platos en 30 minutos o menos, se iba de viaje teniendo que realizar al menos cuatro comidas — normalmente entre desayuno o brunch, comida, merienda, cena y algún snack durante el día — contando sólo con ese presupuesto. Una forma curiosa de ponerle un reto a su programa como el límite de tiempo en su predecesor. Tres años más tarde ya estaba lo suficientemente harta como para pasar a Rachel Ray’s Tasty Travels siguiendo el concepto mucho más descansado de presentar la comida de sus viajes.

Pronto surgieron más programas buscando desde bebidas ( The Thirsty traveler) a barbacoas (BBQ with Bobby Flay), en USA, UK o el país que se os ocurra.

Como podéis ver en muchos momentos el concepto era que un cocinero —o presentador, que no todos los que salen en estos programas son chefs — con suficiente gancho se iba a pagar unas vacaciones de trabajo. A veces incluso pseudofamosos (Dweezil & Lisa ) De forma que Giada de Laurentiis_ (Giada in Paradise / Giada’s Weekend Getaways), David Rocco ( David Rocco’s Dolce Vita) y, por supuesto, Gordon Ramsay ( Gordon’s Great Escape ) se han dedicado a ellos poniendo bien clarito su nombre en el título.

Claro que si alguien se merece el premio de Cocinero Viajero con su Nombre en el Título el rey sería Jamie Oliver, polarizador de espectadores, aficionados, expertos y casi cualquiera que le eche un ojo a sus programas, pero del que hablaremos en más profundidad otro día. De momento demos un repaso a sus programas que incluyen:

Jamie’s : Great italian Escape (2005), American Road Trip (2009), Great Britain (2011) además de su programa de 2010 Jamie Does inserteaquínombredelugar que en USA pasó a llamarse Jamie’s Food Escapes —imagino que por si alguien cogía el chiste—. Sólo contando los programas que van sobre el viaje en sí.

En cuanto a los temáticos, también podemos notar la diferencia entre los dos estilos con facilidad, por ejemplo con Three Sheets, un programa que ha ido dando vueltas por distintas cadenas mostrando bebidas y competiciones de bebidas por todo el mundo con gran implicación de su creador y presentador, el cómico Zane Lamprey, que también crearía Driking made easy centrándose en los alcoholes estadounidenses. Por contra la idea temática de seguir efectivamente una ruta e ir explicando lo que se come o los pasos que siguen está detrás de The Spice Trail y demuestra un acercamiento más lógico e interesante a las posiciones documentales de los programas sobre viajes.

Pese a lo cual posiblemente los más famosos sean esos gemelos separados al nacer de Bizarre Food y Man vs. Food. Entendamos que no son gemelos idénticos, claro, uno muestra rarezas culinarias, a ratos incluso monstruosidades, y ahí llega la divergencia. En Bizarre Food Andrew Zimmern trata de hacer un Mondo Comida, incluso con un cierto acercamiento antropológico — Que se engrandecía en el spin-off fallido Andrew Zimmern’s Bizarre World , como ven ya ponía su nombre en grande — en el que cabe un poco de todo. Con deciros que en el capítulo de España estaba incluida la… Gasp ¡¡¡HORCHATA!!!

Por el otro lado Man vs. Food que realiza una búsqueda más… sutil. Aquí parecería un programa sobre cocina interna estadounidense de no ser porque siempre acaban virando hacia… no tanto lo bizarro —definición inglesa— como lo grotesco. Sí, también hablan de cosas picantes, o cualquier otro extremo que les sirva para justificar esa apuesta, ese enfrentamiento. Y lo más sencillo es sacar no algo extremadamente grasiento, sino algo extraordinariamente grande.

Lo que según mi punto de vista le quita gran parte de la gracia al asunto. Al final es simplemente un… Desafío Homer Simpson. Ver quién puede comer cuanto. Muchas veces ni la elaboración ni, desde luego, la calidad juegan algo importante. Sólo el tamaño, de una manera parecida a la que las explosiones acaban condicionando Mythbusters el gigantismo vertebra el interés y la búsqueda de diversión de Man vs. Food, que es —con todo— uno de los más importantes programas del canal por espectadores. Hasta el punto de acabar creando una versión temática a partir de la edición de programas antiguos llamada Amazing Eats.

La búsqueda de una conexión temática ha estado presente durante años, si bien en demasiadas ocasiones ha sido por el simple concepto de que si se habla de comida en viajes se puede hablar de los sitios de comida durante los viajes. El comer en carretera pasó a vertebrar entre 2006 y 2007 distintos programas y aproximaciones, desde Feasting on Asphalt, Road Taste —presentado primero por los hijos de Paula Deen y, después, por los Neely— y, por supuesto, Diners, Drive-Ins & Dives. Celebraciones más o menos efectivas de los locales de carretera, las dietas grasas y todas esas cosas divertidas.

En el lado contrario de la mesa se encuentra _The Best thing I ever ate _ que pone a distintos chefs y correlatos a guiar una visita al lugar en el que se hace su plato favorito y explicar cómo se consigue esto. Restaurantes, claro, no la cocina de la casa de su madre. Todo ello, lástima, en los Estados Unidos. Aunque las recetas están ahí para algo. Claro que según qué cosas

Por supuesto todo este tipo de programas no podían dejar de lado España. Como decía en la anterior columna por aquí tuvimos el antecedente de Un país en el buch… en la mochila el programa que durante un lustro, de 1995 a 2000, mostró al cantautor Jose Antono Labordeta realizando un descubrimiento de España según sus paisajes, gentes, ocupaciones y, por supuesto, al comida. Ahora tenemos UN país para comérselo y entre medias… poco. Alguna cosa del Canal Cocina, que incluye ideas tan originales como Cocineros españoles por el mundo, con un episodio dedicado a Gibraltar que es como para montarle una fiesta. Por suerte España por eTapas o Escapadas con gusto sirven para atenuar lo que se realiza para el mercado interior.

Sin embargo para el exterior los dos grandes referentes son dos programas del mismo año, 2008, uno presentado por un español establecido allí, Jose Andrés, que en Made in Spain daba el clásico repaso a las gastronomías. En frente tenía a la actriz e hija adoptiva de Talavera, Gwyneth Paltrow que en compañía del chef Mario Batali —otra estrella del Food Network USA — y otros dos compañeros de viaje. En general se diría que su mayor atractivo ha sido exponer al exterior la riqueza gastronómica de España (¿Era algo así el cliché, no?) aunque algún beneficio añadido tuvo.

Mientras tanto Anthony Bourdain, a quien también volveremos a ver por aquí, tiene otro programa más, The Layover, en el que usa un truco. Tiene sólo 24 horas en cada destino. Vaya, vaya.

¿Qué hemos sacado en claro de todo esto? Pues que divulgar está bien, conocer cosas nuevas mejor, y que hacer el payaso no debería ser imprescindible. Pese a lo cuál quizá una de las mejores cosas que han salido de estos gastro-travelogue es The Trip. El repaso que Steve Coogan y Rob Brydon, con Michael Winterbottom a los mandos, le meten al formato: Disfrútenlo.


Polarizaciones Interneteras Televisivas

¿Se han leído alguna vez el texto de entrada de esta columna? Eso a la derecha del dibujito que Efe tuvo a bien realizar —casi sin chantaje por mi parte— para ilustrar la tontada. En cualquier caso, en esa entradilla dijo, entre otras bobadas, que “Mientras avanza el siglo, e Internet la remplaza, queda como el electrodoméstico más importante.” Hum, autocitarme para empezar es algo que tenía que haber hecho antes.

Cuando lo escribí ya habían salido los primeros estudios —bueno, o los terceros o cuartos— que hablaban de cómo las jóvenes generaciones se están desenganchando de la televisión a favor de internet —lo de los porros y el caballo de toda la vida, vamos— y cómo eso había llevado a algunas grandes empresas a tomar decisiones importantes para seguir manteniendo su negocio con unos pequeños ajustes.

Lo hilarante es que esas empresas eran las de televisiones. Que en cuanto se olieron el percal empezaron a convertir la forma correcta de ver la tele en la forma correcta de usar una pantalla. El pantallismo se iba a convertir en una forma más de cultura del siglo XXI. Los fabricantes se volverían relevantes e imprescindibles para los juegos de las consolas e irían integrando y mejorando las cosas que se pueden hacer cuando se les enlaza con el ordenador. “Tonto, que más grande es mejor” parecía ser su lema. Y, con el tiempo, incluso han empezado a integrar otro tipo de servicios y a buscar la forma de separarse de las propias emisiones, bien integrando sus propios enlaces de contenido web o apoyando a estas compañías.

Dicho en breve: Las televisiones se apartaban de las televisiones. Perdón: Las pantallas se apartaban de las cadenas de emisión de contenido. Algo que debería haber hecho sospechar a las cadenas.

De hecho, las cadenas deberían haber estado moscas desde los años ochenta. Antes de eso la mayor parte de cadenas eran monolíticas, había poca alternativa y siempre de manera local o regional. —Aquí, en USA, incluso en UK— De manera que lo que pasaba en las grandes cadenas tenía un peso. La importancia histórica del programa de los Smother Brothers se basada en parte en eso. Eran tres cadenas, Bonanza llevaba temporadas mandando de manera absoluta. La aparición del cable, el básico y el premium, o de los canales menores organizados, ha ido limando todo eso. Hoy en día un programa revolucionario, digamos Community, puede emitirse en una gran cadena y tener que competir contra el cable de FX o los programas de Commedy Central. Cuanto más difusa está la relevancia menor es el poder que se tiene.

Volvemos por un momento a un pensamiento del pasado. “La posibilidad de reproducir en cualquier parte cualquier programa como nuevo estándar del consumo digital.” (Lo he puesto entre comillas pero no sé si llegué a expresarlo así, en cualquier caso esto de autocitarse es adicitivo) Y veamos cómo eso casa de nuevo con los fabricantes de pantallas. Pantallas en el teléfono, la consola portatil, el ordenador igual de portatil o los famosos y nuevos pdas, pantallas por todas partes que te permiten conectarte y ver.

Ya tienes la infraestructura pero ahora falta la segunda parte: el contenido. Y ahí es dónde tocaba actuar a las cadenas de televisión. ¿El resultado?

El resultado ha sido que frente a la creación de plataformas específicas — es decir, Netflix como paradigma, Hulu como poco menos que un YouTube de marca, un montón de empresas seguidoras de la idea corriendo detrás — la lógica hubiera supuesto que el canal tendría que escuchar y buscar una forma de acceder a ese público. La realidad ha sido, como casi siempre, otra bien distinta.

La mayor parte de las cadenas se han limitado a buscar un método mixto de aproximación, no creando ningún espacio exclusivo para internet pero sí incorporando internet en sus contenidos. Y por una vez no me refiero a meter YouTubes en las noticias vengan o no a cuenta. Me refiero a usarla como plataforma de comunicación en un primer momento, casi como si fuera un teléfono/fax de extraño aspecto, después como fondo de información en el que poder buscar datos — que significa muchas cosas, desde su condición de biblioteca Infinita y, por tanto, Caótica hasta su condición de un buen lugar para fusilar contenidos según la moral del usuario— o para colocarlo en busca de visibilidad.

Casi todas las cadenas tienen algún caramelito para la red, unas pocas están empezando a usarla como un medio en el que pueden tener a disposición del público los programas atrasados. No todos, fundamentalmente series y algunos clips que consideran importantes de noticias y magazines. Pero ya es algo. Tengamos en cuenta que internet está inexplorado en muchos sentidos y uno es el de los derechos de emisión. Que os puede hacer muchas risas pero que veremos cómo se irán regulando durante los próximos años.

El caso de South Park es un ejemplo, no es la cadena la que lo tiene a disposición de todo el mundo sino sus propios autores. Cualquier capítulo desde cualquier localización puede ser consultado. —Aquí entrarían, además, las ideas de los mismos autores, libertarios de izquierdas, uniéndose a la idea comercial— Por contra señores como los de la BBC tienden a limitar la disposición geográfica de su contenido. Y nuestra TVE va recuperando poco a poco los clásicos que tiene en su fondo.Y repito con pesar lo de poco a poco.

A esos usos aún existentes se ha unido, finalmente, una idea de entender internet como una mezcla de forma de medir el pulso de la realidad y competidor: Un termómetro rectal.

De manera que cuando necesitan comprobar la relevancia o justificarla usan intenet —fundamentalmente ahora las redes sociales— para refrendar lo dicho y, ya puestos, darle un aire nuevo a lo que en la película Network se satirizaba como Vox Populi, esos segmentos en el que gente sin conocimientos que pasa por la calle demuestran que tienen una opinión sobre cualquier tema.

En cuanto a la parte de la competencia… Como el periodismo está cada día más hundido en el amarillismo por su necesidad de generar beneficios económicos tangibles e inmediatos [Es decir, no tanto dar una buena imagen de la cadena y atraer a gente que les considere con una visión del mundo si no imparcial sí sesgada de la misma manera, que da sus beneficios en atracción y fidelización de la audiencia, sino en poder poner anuncios y vender lo que toque con el menor gasto posible.] que favorecen el uso del alarmismo entre los espectadores. Y allá que van con internet como un nido de pedófilos malvados que van a por nuestros hijos, una taberna de piratas que tratan de hundir a la sufrida industria del espectáculo —que a estas alturas ya ha comprado o está comprando en estos momentos todos los medios que se ponen a tiro—- y, desde luego, peligrosos revolucionarios que ponen en peligro el estado, la seguridad nacional y las recetas de cocina sin clembuterol.

– ¿Y todo esto venía a cuenta de?

Como decía al principio. Antes incluso de empezar con esta columna habían salido datos hablando de cómo cada vez hay menos gente que le hagan caso a la televisión. Pero es que el último resultado ya dibuja un futuro bastante negro para ellos: Según la empresa de mediciones Nielsen los jóvenes menores de 35 años cada vez ven menos televisión. En ese mismo informe se comenta que los mayores, sin embargo, cada vez ven más minutos de televisión.

Podríamos discutir la validez de esos datos o buscar explicaciones a lo allí expuesto, digamos por ejemplo que el aumento se pueden deber a motivos sociopolíticos como el incremento del paro en esas franjas de edad. Me da lo mismo. Primero, porque para cualquier asunto se pueden crear múltiples explicaciones a posteriori que lo expliquen. Segundo, porque me interesa más esa polarización progresiva. El panorama trazado señala que la generación que no nació con la informática pro defecto tiende a depender aún de la televisión. y mientras esa generación dure los problemas serán limitados. Es decir, la situación de la televisión será la misma que la de la radio. —Con la diferencia obvia de que la radio se puede usar en muchas circunstancias en las que prestar atención a una pantalla es poco recomendable.— Así que ahora pensad en esos señores que hablan de cuando en la radio salía, y esas imágenes de familias escuchando la radio con aprensión. Felicidades, en diez años seréis vuestro propio guión de Cuéntame.

Pero lo más importante es el rango de edad. Ya estamos hasta los 34 años. ¿Por qué es importante ese dato? Pues porque los anunciantes tienen una franja de edad deseable —la vieja bronca entre FOX y CBS— que indica que lo mejor es tener espectadores entre 18 y 49 años y, dentro de esos, mejor aún si no sobrepasas los 34. Tu vida estará aún en ese momento de realizar gastos y ser impulsivo. Menos establecida y restrictiva en el dinero que tienes y cómo te lo vas a gastar. —Y yo sigo suponiendo que todos esos programas sobre adolescentes mentales tienen como objetivo parcial atraerlos. Al menos ese es mi sueño para dotar de sentido las decisiones de las cadenas—

De manera que ahora ese público objetivo que nos va a dar de comer se encuentra…

En Internet.

Así que ahora es cuando deberíamos ver cómo ocurre una de estas posibilidades:

— Regresa la polémica FOX vs. CBS y bien se empieza a hacer más caso a los mayores, bien se redefine de nuevo una franja de edad interesante. ¿12 a 18? ¿49 a 59?

— Los anunciantes empiezan a meter pasta en internet, como en tiempos de la burbuja. Pobres idiotas. En consecuencia las cadenas tiene que empezar a buscarse la vida para adaptarse en internet.

— Empiezan las luchas para domar definitivamente Internet, convertirla en un redil más manejable y sacar a la gente que ha ido allí buscando algo nuevo e interesante. Como siempre se ha hecho antes.

— Todas las anteriores y, además, el final de la electricidad. O quizá una guerra. Bien pensado, todas las anteriores y varias de las posteriores.

El punto del cambio, en cualquier caso, es este. Demográficamente estamos en el centro del giro y aún no hay tanto control en la red como parece. Ya ha habido adaptaciones variadas, de series de ficción a servicios de noticias, que serán los nuevos pioneros, y pronto estará por ver cómo siguen los demás.

Pero, tranquilos, la televisión no desaparecerá, igual que no han desaparecido la radio, los cómics o los libritos pulp… Como veis la extinción no es el peor destino posible.


Evitando cruzamientos encimeras

Hay mucha gente a la que le gusta comer. A otros les gusta cocinar. A los más afortunados les gusta ambas cosas. —Y antes de que digáis nada, existen los segundos, lo afirmo de primera mano— De manera que los programas de cocina siempre han sido valorados y populares.

En las viejas revistas venían recetas, en la radio popular abundaban los consultorios y pronto hubo programas en la televisión de lo que podíamos considerar “encimera”, programas en los que salía un señor que cocinaba explicando cómo realizar estas maravillas de la cocina.

Kathleen Collins asegura que todo fue una sucesión de casualidades, primero para enseñar el público cómo sacar más rendimiento a las raciones durante la segunda guerra mundial, luego para aprovechar lo poco que había en la postguerra. No digo que no ayudara a popularizarlo en televisión —y radio— pero sí que ya a finales del S XIX había publicaciones de tema culinario y secciones en revistas femeninas de manera que algo más debe haber ahí.

En Estados Unidos ponen como punto de inflexión la figura de Julia Child, una mujer extraordinaria en muchos aspectos que se alejaba de los modos y maneras del cocinero tradicional. Quizá hayáis visto ya Julie & Julia pero dejad que os ponga un clip de la auténtica Julia Child

Sí, esa es su voz. y esa forma de aproximarse a la cocina es la que la hicieron una celebridad. Y la que causó que Dan Aykroyd realizara una de las parodias más conocidas del SNL clásico.


The French Chef por y10566

Y ese fue el punto de movimiento en los programas De encimera, la personalidad del cocinero tiraría del programa de manera que sólo los que más destacaran podría hacer algo. Lo que aplicado a España significa:

He ahí el Robin Williams de la cocina española. Pero pensad en lo importante de la presencia. Antes de su llegada había habido programas de cocina, por supuesto, pero ninguno que se convirtiera en un auténtico fenómeno. Hasta el punto de que el más cercano, Con las manos en la masa era —y es— menos recordado por las recetas de Elena Santoja y sus ilustres invitados, o por las charlas que allí tenían lugar, que por la sintonía de su cabecera:

Lo dicho, poco éxito. Y no porque no se buscaran cocineros mediáticos o carismáticos o como lo quieran llamar. Hasier Etxeberria comentaba en Porca Memoria, el libro de memorias de cocina que escribió a medias con ese otro genio todoterreno que es David de Jorge, que buscó a alguien que hiciera interesante ese tipo de programas y que cuando por fin lo encontró se lo quitaron en el último momento —se refería, claro a Arguiñano— porque el problema es que puedes tener a un cocinero magnífico como Pedro Subijana pero ponerle ante una cámara no significa que vayas a lograr ese espectáculo que es lo que hace que la gente se quede viendo el programa.

El problema de ir más allá de una persona cocinando es, precisamente, lo que ha llevado al resto de países a intentar variar y ampliar las experiencias y expectativas de este tipo de televisión, especialmente cuando los americanos descubrieron que había todo un campo gracias a los distintos géneros y sus hibridaciones, o cuando los continentales decidieron que la comida no es más que un método de transporte… Ya hablaremos de todo ello aquí. De momento nos queda la reflexión con España. Pensad en los programas de cocina que se emiten. En lo que hay, en lo que estáis viendo. Incluso en el propio Canal Cocina y sus producciones locales. ¿Por qué en un país con tanta tradición, gusto e interés nos hemos quedado tan detrás? ¿Por qué parece que vamos a remoquete de lo que hacen los demás, en un furgón de cola poco interesante?

Imagino que los problemas son los habituales: Por un lado nuestra poco desarrollada cultura audiovisiual, por otro lo justo que suelen ir de dinero las producciones que realizamos. Eso es lo único que justifica en mi cabeza que sigamos tirando de programas de encimera y tratando de encontrar a gente con suficiente carisma como para sacar a flote al barco.

Sí, en los últimos años parece que algo se ha empezado a mover. Sobre todo en cuanto a imitaciones de formatos extranjeros se refiere. Y si creéis que exagero pensad en uno de los puntos más bajos de la cocina española en televisión —el programa llegó a ser retirado antes de tiempo— y, en general, de los realities de Tele5: Esta cocina es un infierno o el intento de adaptar el Top Chef aquí.


El reencuentro / Esta cocina es un infierno por Sh0xTL

Famosos toreando profesionales. La cocina como lo último que le interesa a nadie allí. El gusto por el amarillismo y la confrontación por el puro gusto por el choque, no como finalidad o narración. Y, por supuesto, la paciencia de los chefs españoles. Esto con Anthony Bourdain, Tom Colicchio y, sobre todo, Gordon Ramsay hubiera terminado como Justified. pero si algo tiene a bien la televisión en España es menospreciar la educación, igualar por abajo y ensalzar la falta de educación. Quizá eso influya también en el estancamiento.

Así que, mientras tanto, iremos viendo cómo se lo montan fuera.


Excesismos contenientes temporalizados

En el momento actual se puede hacer ya una lista de las tendencias para la televisión si dividimos como Curso 11/12 lo estrenado de Septiembre del pasado año hasta Agosto. Lo más obvio es la llegada de la moda de los cuentos. Las series estrenadas, aprobadas o encargadas se multiplican. Detrás podríamos poner los futuros distópicos, las comedias multicçamara —que es un eufemismo para cutre — y, como siempre desde hace más de un lustro, las adaptaciones. Pero, además, este año está siendo muy productivo el desmadre.

No se trata de una cosa a la National Lampoon sino de una forma actual de interactuar con la ficción. La decisión consciente de que hay que ir más allá constantemente, de que no puede haber límites, algo que muchas series han intentado lograr a lo largo de la historia —y aquí pienso una vez más en esa gran precursora de subir las apuestas que fue Dark shadows — ir un paso más allá en cada ocasión. Un concepto que parece forzado a chocar de frente contra el famoso tiburón de la tele.

Antídoto contra el formulismo, espoleo para tratar de enganchar al espectador, que no sepa por dónde vendrá la siguiente, reivindicación viva del desmadre que ha tenido sus más y sus menos televisivos, con grandes momentos en los ochenta gracias a los megaculebrones, siempre tan proclives a los giros locos, y a principios del nuevo milenio, demolida la capacidad de sorpresa junto con las torres y enfrentada la ficción a la duda de ofrecer un refugio seguro y clásico y tratar de ofrecer un más difícil todavía que parecía obligatorio ir más allá y que frente a la comedia, en la que parece casi inevitable considerarlo como un método de crear el impacto necesario para el humor, podría acabar creando el efecto contrario: Convertir el intento dramático en un ejemplo de humor involuntario cayendo en el ridículo.

Los seguidores, más aún los espectadores ocasionales, podrían discutir hasta que punto esto sucedía en Lost, o qué parte del interés de 24 residía precisamente ahí, en ver cómo superarían la situación metiéndose en algo incluso más grande. El defecto consiguiente fue que muchas series decidieron que era este truco el que les daba carta de naturaleza y lograba su éxito convirtiéndolo en un ingrediente principal de una serie de producciones que parecían diseñadas por algún tipo de mamífero zoológico adicto que se lanzaban sin casco contra la pared televisiva. De manera que a la vez que nos permitía refocilarnos ante The Cape o Persons Unknown hacían que la siguiente vez fuera más complicada porque los ejecutivos y el público empezaban a temerse lo peor de este recurso. Y tras una temporada casi sin excesos, de improviso, varias series acertaron en tono y tiempo para acertar la misma nota, cada cual desde un punto diferente. Porque, aunque os parezca una tontería, lo más importante de todo es no sólo darse a los excesos sino ser capaz de fundamentarlos.

Empecemos por lo más sencillo, por la comedia. Suburgatory parte de una idea simple, un padre y una hija oponen su visión urbanita de NY a la aparentemente plástica de los suburbios del estado. Un principio con el que se podría haber estado años sin lograr un buena guión o, peor aún, sin notar la diferencia entre un capítulo y otro. (Mirad 2 brooke girls que podría haber formado pareja por las noches con Becker a finales de los noventa o con Alice a mediados de los setenta) Pero aquí tenemos sobre el esqueleto —nunca mejor dicho— de Mean girls el empuje y, sobre todo, la intención de expandirse que ha hecho que en menos de media temporada tengan una extensa galería de personajes secundarios y una indudable preferencia por llevar más allá los conceptos. Ciertamente no llega a los excesos de Community pero sí sobrepasa los de HIMYM o Scrubs en esa intencionalidad que permita distinguir el programa.

En cuanto a AHS, American Horror Story, juega a las dos barajas del género del horror, porque dentro de todo el desmadre que el fantástico permite —y ya sabemos que es mucho— no sólo juega a no poner reglas sino a que parezca que las pone para romperlas a continuación y, por supuesto, a que esas transgresiones puedan parecer simples retazos de melodrama cuando, en realidad, hace un estudio y repaso del gótico americano en todos su espléndida magnificencia. De manera que las barbaridades se suceden de tal manera que se cotidianizan y, al final, pase lo que pase nos encontramos en el propio ambiente familiar y hogareño, retorcido pero no ajeno, de manera que las partes más cotidianas —que son, por cierto, las más cercanas a ese gótico suburbano de Jackson, Leiber o Levin, y menos mal que no les dio por aproximarse a V.C. Andrews — acaban siendo las que demuestran más claramente lo mal que estamos: Tanto como para que eso que les ocurre nos parezca normal.

Pasemos a esa extraña serie llamada Revenge que coge otro de los géneros clásicos en el exceso, el melodrama culebronesco, que demostró durante los ochenta y parte de los noventa su absoluta falta de desvergüenza, y lo reinventa con una tibia justificación de suspense para poder jugar a tirar de la cuerda con caídas desde grandes alturas, comas que no lo son y, por supuesto, ninjas. Si Soap realizaba un homenaje realista en Revenge tenemos poco menos que una reivindicación de un género que ha sabido ir inoculando otros porque, al fin y al cabo, si se le da suficiente tiempo a una trama siempre acaba tendiendo al culebrón.

Lo que vendría a demostrarse en el último ejemplo, Homeland, pues el espionaje en sí fue uno de los más afectados por esa mordedura melodramática, y, a la vez, la locura en sus dos vertientes, la del improbabilismo que predomina en tantos relatos de espionaje de Bond a Los Vengadores, permitiéndoles locas piezas de tecnologías y grandes planes de dominación mundial bajo la base de que algo ocurre porque no es imposible, sólo sumamente improbable, y la de la conspiranoia que asegura que todo el mundo está tejiendo uno de estos planes para atraparnos. Y lo lleva a un nuevo nivel apoyándose en que frente a 24, que llevaba al tope y poco más ese improbabilismo, aquí se pueden estudiar los círculos de locura que confluyen y se tocan en la separación entre una locura externa —es decir, la existencia real de la manifestación de esa locura improbable en forma de conspiración— y la interna, con una protagonista que detecta este plan porque los ve por todas partes de manera que es su propia situación de estar, digamos, como las maracas de Machín, la que permite que trace las líneas de la conspiración. Una vuelta del calcetín que va estirando un poco más allá el renacido interés por el género de espionaje que este año pasado dio tantas alegrías. Como vemos, todos son géneros en los que parece fácil que se produzcan estos cambios, parecen preparados para ello, y como decíamos antes ha habido siempre antecedentes, siempre hay alguna serie que va más allá.

¿Significa el éxito de estas propuestas que están perdiendo los escrúpulos, por fin, y que empiezan a decidir olvidar los aburridos sucesos que usan ahora? ¿O es que han decidido que algo de juerga y algarabía al elegir las tramas siempre anima la serie? ¿O aún no han caído en el motivo real de que se diga que la realidad puede ser más extraña que la ficción? ¿Pero no debería pasar también con el resto? ¿Cuánta credibilidad tenemos que matar para ver una serie policíaca o para aceptar los resultados de las de abogados o, por qué no, para aceptar ver una serie de aquí? ¿Por qué no matar la credibilidad necesaria para asumir ese te violo en la primera cita que es Toledo en algo más ambicioso?

Es la rutina, el convencionalismo, lo que resulta más peligroso para una serie. Si haces una historia con un mono detective, con una madre reencarnada en coche o con una capa con poderes puede que te la pegues pero serás recordado sin duda.


Cargantes descargantes futuropasados

Muy bien, aparcaré a los pobres cocineros un rato. Si algo cae en mi negociado —y merece la pena— es la forma en que la televisión llega al público y resulta que por algún motivo la gente parecía creer que TV en internet = Megaupload

Todo lo cuál me lleva a un pequeño proceso doble: Hay que hablar del pasado y del futuro.

El pasado… Soy contrario a la nostalgia pero no a la memoria. Hace unas semanas en tuiter @fosforoblanco preguntaba cómo seguíamos las series hace unos años. En cierto modo era como hacer un ejercicio de arqueología de las ciencias del compartimiento. Antes de que apareciera internet en nuestras vidas teníamos copias de VHS, o entre cassettes para música o juegos, incluso el contenido de los discos de 8, 5 y 1/4, 3 y 1/2… Si algo parecía claro era que la idea de compartir estaba ahí antes de que alguien decidiera poner las cosas más sencillas. Para la comunicación, digo.

Obviamente en cuanto hubo comunicación apareció gente dispuesta a compartir lo que tenía. De ahí que pronto surgiera la idea de usarlos. Lo primero que pude utilizar para ver una serie extranjera fueron las news, un espanto completo de bajar trozos y pegarlos. Las news eran —son— grupos de “noticias”. En realidad casi más de discusión o charla. De cuando en cuando alguien colgaba pedacitos de una foto o una película o capítulo de serie… más pedacitos aún a una velocidad de bajada enervante.

Tras esto pronto se fueron probando otros métodos: intercambios directos por el IRC, ftps de dudosa situación y, por supuesto, los primeros pinitos de los programas de P2P : desde el Napster hasta más moderno — y aún activo— eDonkey o el precedente directo de AudioGalaxy pasando por una larga retahíla de nombres como SoulSeek, Ares o el siempre infame Kazaa

Ya en tiempos tuvimos unas cuantas desgracias a lamentar. Con el mismo crujir de dientes pero en otros campos, menos gente y más corralito. Los foros estaban para estas cosas, habían relevado las ML — Listas de correo, vaya— y los blogs en pañales. Claro que no estamos aquí para hablar de Usenet y sus alrededores.

Mientras tanto aparecían también los torrents y sus gestores y, andando el tiempo, las páginas de almacenamiento y descarga. En los que entra MegaUpload.

Debo decir que a consecuencia de la petición —y dada mi mala cabeza, y memoria— recurrí a amigos y conocidos, gente que estuvo también ahí en esa época en la que lo más movido era el anime. Y aunque algunos nombres salieron — sobre todo el de Isla Tortuga — y multitud de anécdotas surgieron en cascada todo quedó en el terreno del no se lo digas a nadie y el pero esto es offtherecord. Ah, los deslices del pasado.

Como decía, estos métodos, que al público poco instruido podría parecer complejos frente a la sencillez de entrar en una web y darle a un botón — al fin y al cabo incluso las webs de descarga en _rar_s automontables tienen sus detractores por complejos— eran el pan de cada día para ver material, algo a lo que la gente se acercaba ante determinados momentos como el episodio musical de Buffy (¡Noviembre de 2001, queridos!)

Es momento de regresar al futuro. Y eso significa no tanto hablar de todos los que como MegaUpload ofrecen almacenamiento o de las webs que listan estos enlaces — O los hubs, que es otra lucha— hasta las páginas que permiten ver en streaming el contenido. Tanto el legal y aprobado como el pirateo de casi cualquier canal. Es decir, la forma más sencilla de ver retransmisiones instantáneas para premios, programas en vivo o… Pero qué os voy a contar que no sepáis.

En cualquier caso el asunto “Internet hace que cierre mi negocio” suele incluir un giro “Internet es mi negocio” que en el caso del entretenimiento audiovisual es tan sencillo de explicar como Blockbuster vs. Netflix. Y precisamente Nextflix es el Godot que está toda Europa esperando. La discusión sobre la caída del negocio de Blockbuster y su posterior hundimiento parece chocar con la enorme subida de Netflix cuando, en realidad, son sólo dos versiones de un mismo servicio, la diferencia es que el segundo elimina la molestia del desplazamiento y —mejor aún— tener que interactuar con humanos. Todo lo que sea no mover el culo del asiento, aunque signifique esperar un poco para tener lo que ya hemos pagado, será sin duda bien recibido.

Netflix, los problemas de su éxito y sus intentos mil veces postpuestos de llegar a Europa merecerían post aparte si no se le estuviera dedicando alguno casi cada semana. Para cuando logren ponerlo en marcha aquí —si tal cosa sucede— su hype, su leyenda, será demasiado grande para permitir la existencia de una realidad publicable.

Pero, mientras tanto, van llegando otros a ocupar ese mismo espacio. De momento podemos hablar de Voddler, Youzee y Wuaki como intentos de recoger le testigo y ofrecernos series y, sobre todo, películas. El problema, al menos para los que consumismos series, es que hay una grave diferencia con USA. Parece que ninguna va a ir a por el espectador que quiere el capítulo de hoy, con los subtítulos que haya. Un problema que no existe en USA, claro, y que no es comparable a campos como el musical. —De canciones, no de obras, el día que se molesten en grabar las obras seré el primer sorprendido y quizá el único paganini

En cualquier caso, estos tres portales ofrecen una cantidad de series de diversa procedencia y distinta intención.

Wuaki es la más inmediata, facilita el registro sin invitaciones de por medio y te deja acceder de inmediato a sus contenidos. Como casi todos tienen una parte muy importante de pago directo por consumo, y resulta incluso complicado decidir por qué pagar por una temporada sólo 2/3 de lo que costaría comprarla en DVD. Aunque a mí me parezca más grave que no permita contenido en VOS.

Voddler Quizá sea yo pero Voddler está justo en el punto intermedio. No es que tenga muchas series que mirar, casi prefiero directamente no mirarlas, pero ya cambiando el modelo de invitación por el modelo abierto. Aquí para elegir ver algo en VOS hay que elegir concretamente ese archivo lo que lo acerca a ese mínimo común que eran las páginas tipo SeriesYonkis. Aquí hay contenido gratuito y contenido de pago y uno casi agradecería algo más de lo segundo a ver si así mejoraba la oferta.

Youzee finalmente es, o debería ser, el más conocido de los tres. Aunque fuera sólo por la pasta que se gastan en promocionarlo. Sigue aún el estilo de invitación y carece de contenido gratuito. Más aún, en parte del contenido “de pago” sólo está la carátula, no los enlaces para verlo. Pero parece que será la más seria por ese intento de mimetizar clásicos como Hulu o Spotify en el aspecto y organización.

Lejano aún el momento en que haya una alternativa concreta y correcta o un único formato para ver y poder disfrutar de aquello que queremos, cuando queremos y cómo queramos. De hecho, los canales tradicionales van viendo cómo funciona esto y subiendo los capítulos de sus series propias a Internet con enorme celeridad.

Sobre todo porque, como hemos visto al mirar al pasado, lo único que se consigue al cerrar una vía es que se busque otra. Así que el asunto es, ¿qué se puede ofrecer para evitarlo?

[Añado: No he hablado de Filmin y debería, pero es por puro desconocimiento. La verdad es que ofrecen algunas de las mejores series inglesas —y, ya puestos, universales— de todos los tiempos como Sí, Ministro o House of Cards, pero desconozco su funcionamiento, sus pros, sus contras…

No sólo eso, también soy consciente de que puede haber más plataformas —De las legales, de las otras ya sé que las hay a patadas, que parece que lo más popular es lo único que existe y luego se cierra lo que se cierra— de manera que cualquiera que crea que puede añadir, sugerir o rectificar tanto la parte del futuro presente como la del presenta pasado es más que bienvenido a comentar y modificar]


Premios den sueño

Hay algo inexplicablemente atractivo en los premios. Esa es, al menos, la única idea que se me ocurre para justificar nuestro interés por ellos. Bueno, eso y el porterismo para despellejar lo que han decidido ponerse las famosas —y algún famoso aislado— en un momento de alucinación temporal.

Todo lo demás no dejan de ser extraños homenajes al partidismo o parcialismo de los electores —si ellos llegaran a existir, que a veces parecen directamene evitados— y, peor aún, ajenos a nuestra propia opinión sobre quién se merece qué.

En general cuando hablamos de merecerlo estamos pendientes de dos cosas: la gente que “realmente lo merece” y aquellos que “no se lo merecen en absoluto”, aunque sorprenda siempre que nos parezca peor lo segundo que lo primero.

Luego ya los premios en sí pueden ir más por el camino emocional, por el corporativo o, como los Antesalos que se dieron ayer, dedicarse a candidaturear famosetes que ya algo caerá.

La verdad es que pasarse toda la noche despierto es doblemente insensato: No por hacerlo, claro, sino por todas las que uno va soltando y por todo lo que uno va viendo. Desde el mismo momento en que los candidatos no reflejan aquello que parece realmente más interesante —Es decir, que falta Community en cualquier sección de Comedia o que en Drama parece que el requisito para la candidatura es el Potencial de famoseo — no está muy claro qué es lo que esperamos al verlos.

¿Tal vez que el ganador sea una sorpresa más allá de que no estén candidatos? ¿Quizá que Meryl Streep se saque uno extra sin necesidad de hacer nada, simplemente preventivo? ¿O es el ver como los grandes favoritos se convierten un año más en los ganadores habituales?

La siguiente excusa habitual suele ir para el presentador. Para “Ver qué tal lo hace” el pobre desgraciado de turno. Sí, Pobre Desgraciado porque, quitando unos pocos elegidos en momentos puntuales, las entregas de premios suelen ser momentos tediosos en los que se demuestra a la perfección aquello de que el piano debe descubrir que no ha escrito la música, y también para con la “interpretación de sorpresa”, se ve que no han podido dedicarse un mes entero a estar con un ganador de premios —de nuevo, Meryl Streep— para conocerla en su mundo y saber qué cara poner cuando se lo llevan. Sólo su interpretación de que no les importa que haya ganado un compañero es peor que la de sorpresa por llevárselo.

En fin, misterios modernos, que aquí hablamos mucho de cómo han afectado las tecnologías y conectividades a la forma de ver series y consumir ficción pero nos olvidamos de algo incluso más sorprendente: La facilidad para ver y comentar unos productos que nos exigen unos cambios de ritmo de vida que no se compensan… más que con los chistes y despellejes realizados en el momento en cualquiera de los medios de comunicación instantánea que tenemos ahora a nuestro alcance.

Y lo que es peor, por mucho que me esté quejando en estos momentos y por raras que sean las ceremonias que realmente merecen la pena —digamos, el año pasado, los premios Tony que presentó Neil Patrick Harris— sé perfectamente que por lo menos los cinco o diez primeros minutos de la siguiente estaré ahí.

Por si merece la pena.

Por si acaso.

Al fin y al cabo todos sabemos que las ficciones salen de algo llamado La fábrica de ilusiones.