Mordiscos como entrantes

Como he venido comentando en las últimas columnas la identificación entre la televisión y su ficción serializada es importante y tiende a eclipsar todas las demás facetas que en ella podemos encontrar, motivo por el que tras un año tan ficción-céntrico como el pasado he decidido hablar de otros temas televisivos.

No sé en qué pensáis vosotros cuando pensáis en la televisión. Sobre todo en estos momentos en que podría estar hablando de radio o de telégrafo. El reinado de la televisión está en franca decadencia y nadie tiene muy claro cómo manejarlo. Sólo saben sacar inventos con más canales que recuerdan poderosamente a los cartuchos piratuelos que se podían encontrar hace unos… Espera, esto es lo que se conoce como el salto generacional, ¿verdad? La gente de la posterior, de la anterior y gran parte de mis pares no entenderán esta referencia. Nunca habrán tenido la suerte de cruzarse con un sistema de consolas o con un cartucho que proclame tener sus X en 1 juegos. Al menos no hasta que llegó la TDT o la televisión por tierra, mar y aire y se encontró con 400 canales que acaban siendo variaciones los unos de los otros. Mira cuántos canales entran en:

– Canales de películas con un mínimo de temática común. – Canales de series con un mínimo de temática común. – Canales infantiles —Es decir, series de dibujos, alguna de acción real y películas ocasionales, con suerte un programa al día que no sea ninguno de los anteriores— – Los canales anteriores, una hora después.

Estos serían los añadidos a los canales regulares, es decir, esos que tratan de convencerte de que se puede hacer televisión generalistas desde un estudio y con una cámara, quizá sin el cámara, como si tuvieran que demostrar que la televisión en España está preparada para un holocausto nuclear. Y hablando del bunker, también mucho debate, por supuesto. Habrá quien crea que los documentales son más interesantes y fiables, incluso educativos, que las opiniones, pero entonces en los periódicos habría datos y no columnistas.

El asunto es que eso reduce mucho la televisión y, sobre todo, elimina muchos otros programas, como los mencionados de documentales —que se han unido a la espectacularización en pos de espectadores— o los programas concursos —y que no tengamos aún un canal de programas concurso con Saber y Ganar en redifusión y antiguos episodios de Lingo dice mucho de cómo las cadenas menosprecian a la audiencia anciana femenina— por poner sólo un par de ejemplos.

Pero, además, arrincona en España a uno de los… ¿nos atreveríamos a llamarlo género? que arrasa en todo el mundo y ejemplifica las formas y maneras de entender la televisión y sus utilidades. Es decir, los programas de cocina. Que la cocina de España es rica y variada parece que es algo que todos sabemos —al menos tanto como la natación es un deporte muy completo o tenemos los mejores dobladores del mundo— pero que la forma de enfocarla y crear programas a su alrededor también es múltiple y variada parece que es algo que aún no hemos aprendido ocupados como estamos en diseñar televisión desde el bunker.

Así que por un corto espacio de tiempo creo que sería bueno echarle un ojo a algo tan aparentemente periférico como son los programas de cocina, ya veréis todo lo que ha evolucionado el medio y las distintas ideas que tienen para ellos. Y, por supuesto, estoy más que dispuesto a investigar y hablar de aquello que creáis que se me pueda haber escapado.

— Como estas cosas parece que se nos ocurren a todos a la vez puedo deciros que, aunque con un punto de partida distinto del que tendrán las columnas sobre este tema, llevan unos pocos podcast los chicos de Del sofá a la cocina hablando también de tele, cocina y tele sobre cocina. Que no se diga.—


Sark TV 2011

Como decía la semana pasada, parece imposible resistirse a elaborar una de esas listas de “Lo mejor del año” o, al menos “Lo que demuestra que podría haber sido peor” y tonterías similares. Si se ve como una oportunidad para celebrar las cosas buenas que hemos encontrado, más que como una estúpida competición entre series — es decir, tan estúpida como un Pilotos Deathmatch por lo menos — tiene la ventaja de que sirve para hacer inventario y repaso de lo que dio el año de sí y, a la vez, reconoce el trabajo y dedicación que hay tras la ficción. En este caso, digo, no en el de Las noticias del año. Puede parecer una tontería pero, francamente, hay temporadas en las que dan ganas de montar el concurso sólo a “Secundario del año” para poder señalar la labor incansable de gente como John Glover, Mark Sheppard o Walton Goggins… aunque todos sabemos que Goggins es más protagonista de Justified que Olyphant, ¿verdad?

En mi particular caso voy a centrarme un año más en una serie de arbitrariedades innecesarias: Que las series sean nuevas, que lo sean por haber sido estrenadas entre el 1 de Enero y el 31 de Diciembre del año en cuestión y, peor aún, que me gusten a mí. Sí, el subjetivismo abrazado como mantra en uno de los pocos deslices que un respetuoso de la justa valoración se permite. Si tuviera que pesar y medir en la balanza las novedades para decidir cuál ha sido la más ajustada y definitiva, sin duda el resultado cambiaría. Pero eso no me interesa, me interesa cuál es la que más me ha hecho disfrutar. Y por qué.

Obviamente eso ha significado que series que funcionan como una bola de nieve — léase Community, y véasela también — no hayan merecido este reconocimiento. Sin duda están desoladas, las pobres. Pero es algo que hay que admitir, se puede ser una serie con múltiples cualidades y no gustar a parte del público. Lo realmente extraño sería una serie con una adhesión inquebrantable.

Pero volvamos al repaso. El año no ha sido gran cosa pero ha tenido series más allá de lo defendible y la clásica demostración de que más nos vale que sigan existiendo los angloperiféricos, ver las ideas rectoras de la neozelandesa Almighty Johnson y el desparpajo de la realización debería llevar a preguntarnos cómo no se nos ocurrió antes a nosotros. Los canadienses por su parte nos amenizaban con la llorada EndGame, y con la punta de lanza de una de las tendencias del año: INSecurity, serie coñera sobre servicios secretos despendolados y sátira del género de acción y espionaje que tendría su punto álgido con Eaglehart del siempre grande Chris Elliot. Que, por cierto, ha sido una de las comedias locas del año.

Pero al final son los ingleses los que pasan la mano por la cara a todos los demás. Que si empiezan el año ironizando sobre sus relaciones con USA gracias a la enorme Episodes —que unía a creativos y actores de ambos lados— y a partir de ahí el recital, menor o mayor, pero siempre interesante gracias a series libres como Marchlands o Campus pero especialmente en la sección de negro con un Case Histories que hacía brillar a Jason Isaacs, la emitida de corrido para aliviar tensiones de InJustice, la extraordinaria y compleja The shadow line e, incluso, la Mejor al principio que al final Hidden y, por supuesto, una de las grandes series de este año: The Hour, al que las aguas finales —menores, por suerte— de la excusa argumental de espionaje no quita que sea una gran obra que habla, además, de la necesidad de una prensa independiente, lo que podría unirla de cierta manera con el bombazo sorpresa de fin de año, y no me refiero a la enormemente divertida aunque algún olor a refrito tenga Life’s too short, sino a la mentada la pasada semana Black Mirror– … Además, claro, está el fantástico, que para algo sacaron The Fades.

No diré que todo ha sido perfecto porque los ingleses también crearon uno de los choques de trenes de la temporada, también en el fantástico, con la involuntariamente hilarante Bedlam. Y la verdad es que el repaso por los mayores despropósitos da idea de lo bueno que ha sido este año, sobre todo para los gemelos separados al nacer que intercambian sus puestos, como en dos de los mayores desastres del año, The Lying Game y Ringer, series en las que los actores y guionistas compiten a ver quién lo hace peor y las interpretaciones de sus actrices principales parecen intentar demostrar que hay sólo un personaje con doble personalidad. Si no hubiese sido porque este ha sido el año de una de las creaciones más singulares casi hubiéramos echado en falta un nuevo Persons Unknown, pero para eso tenemos a la NBC proporcionándonos diversión y, sobre todo, ¡¡¡ THE CAPE !!! ¡¡¡SIX SEASONS AND A MOVIE!!! y me quedo corto.

En cuanto a los Estados Unidos, pues muy flojito todo. En la primera mitad del año o eran cosas a medias como Episodes o adaptaciones como Wilfred o divertimentos como Franklin and Barh y Suits —este parece haber sido el año de repetir temas— y cuando parecían haber acertado se ponen a dar vueltas al tema como en 2 Broke Girls.

Total, que hasta que no llegó noviembre no parecieron ponerse las pilas.

En humor no hay mucho más, solo Suburgatory tratando de hacer algo entre la autocomplacencia y el desparpajo meta, evolucionando a poquitos con un estilo que quizá debería empezar a correr algo. En cuanto al drama, casi cualquiera de los siguientes títulos podrían haber terminado en los puestos de plata o de oro de este repaso.

Quizá Boss lo tuviera más difícil porque aun cuando sea un nuevo uso de la debacle mental mezclada con la zona negra de la política y los chanchullos que todo queda muy clasiquito, muy bien, así como para meterle un poco de niebla y pasarlo a blanco y negro o algo. En fin, muy bonito.

Si uno se deja de clasicismo no puede más que aplaudir la que tiene todos los puntos para ser la serie más objetivamente buena del año. Por actores y actuaciones, por construcción de trama y por saber hacer. Me refiero, claro, a Homeland, por un lado reverso de 24, por el otro exceso de interpretación de Claire Danes que compone un atrapapremios excelso aun teniendo en frente al siempre magnífico Damian Lewis y a las tetas de Morena Baccarin. Sólo se le puede reprochar algo de falta de locura, algo más de exceso y no de mueca. Pero, quitando eso, se merece todos los premios que evitarán darle.

Lo que nos lleva a American Horror Story, cumbre y altiplano televisivo, interesante e interesado repaso a un género, el Gótico Americano, que tiene ecos de Poe y Hawthorne y auténticos alaridos de magníficos genios como Shirley Jackson, Fritz Leiber o Ira Levin por citar referencias sólo literarias. Porque esto no es una serie, es una turmix, un conjunto de excesos articulados llenos de referencias que a lo largo de la serie va tocando prácticamente todo lo utilizable y remontable, los temas como el pecado o la alienación, el uso de la familia como centro del mal, o el entorno urbano malsano… Sospecho que si uno no tiene esto en cuenta sólo ve algo aceleradísimo y alocado, enormes cantidades de ideas argumentales golpeándose unas con otras, el equivalente en serie del sonido de los bolos al chocar… Ah, las maravillas de la televisión moderna.

En cualquier caso estas eran las series que merecían recordarse ahora que estamos empezando un año nuevo. Pero ninguna de ellas recogerá los premios de Plata y Oro. Eso lo reservamos para:

SarkTv de Plata

Revenge

Puestos a celebrar gozosamente todo un género o subgénero por lo menos hacerlo bien. La clásica historia de venganza tan cercana a El Conde de Montecristo como a un culebrón, con toques de thriller moderno para acabar de unirlo todo en un batiburrillo que nos deja bien claro que esto va a ser un no parar de locos acontecimientos y gente que parece que, pero luego no… Todo ello teniendo como ilustre precedente a Retorno a Eden pero puesta al día y, lamentablemente, con menos cocodrilos. Yo creo que deberían considerarlo. Por lo demás, y mientras descubrimos hacia donde van todos los guiones pirotécnicos y las venganzas y contravenganzas no se puede más que disfrutar del loco desarrollo.

SarkTv de Oro

SPY

Las debilidades tienen estas cosas. A mí me ponen una comedia de espías —uno de los temas de este año recién terminado, mucho más agradecido que los cuentos de hadas, sea dicho todo— que mezcla además una familia desestructuradísima con toques de humor ácido y otros cercanos al surrealismo y es que me quedo enganchado a ella. Es un pequeño artefacto cómico y familiar, sí, pero gozoso en si mismo, en sus derivaciones y trucos de guión. Una serie pequeña entre todos esos argumentos más grande que la vida y todos esos temas serios. Aquí tenemos a un padre que se lleva mal con su hijo, tenemos a un matrimonio roto y un nuevo trabajo insólito, quizá anda que parezca muy original, pero todo ello junto es una máquina de relojería. Especialmente cuando se cuenta con un secundario como Robert Lindsay en el agradecidísimo papel del jefe, o con un niño actor tan capaz como Jude Wright —verlo es sentir vergüenza por todos esos niños actores que no saben vocalizar, chillan y ponen caritas de pucheritos. ¿De dónde sacan los ingleses a estos chavales?— además, claro, del gran trabajo de su actor principal: Darren Boyd. Ah, los actores ingleses… En fin, que si tenéis la oportunidad no la dejéis pasar y que yo ya estoy a la espera de la segunda temporada. Porque lo malo de estas series inglesas, sobre todo de las más ligeras, es que te dejan con hambre de más, como un pequeño bloque del mejor foie.

NOTA : Por lo visto este año se ha estrenado Juego de Tronos y merece al menos una mención, por su magnífica intro y porque Peter Dinklage se hace querer, supongo. Que no se diga que no les recuerdo en este repaso—


Sark de Oro 2011 o Perdidos en el Amazon

Hace doce años, -¡ARGH!- en mis primeros tiempos de internet, acostumbrado a hacer tonterías como cualquier otro internauta primerizo decidí que, igual que otras personas en la aún novedosa Dreamers, podía convertir mi opinión en premio y elegir la mejor lectura del año.

Hoy, más de una década después, sigue siendo mi particular tradición de año nuevo. Repasar el año editorial, señalar alguna de mis lecturas y, claro, exponer cuales fueron los dos libros que más me habían gustado. Y ahí está la clave. Me da igual la importancia de los libros, la técnica con la que se realice o lo culturalmente aceptable que resulte. Yo, como único juez, soy lo más importante, y que me haya gustado, que me haya hecho disfrutar de la lectura, es lo que determina la elección.

En años anteriores el galardón fue para El Hada Carabina de Daniel Pennac, Huérfanos de Brooklyn deJonathan Lethem, Cíclopes de David Sedaris, La Disco Rusa de Wladimir Kaminer, La Mosca de Slawomir Mrozek, El Martillo Cósmico de Robert Anton Wilson , Pégate un tiro para sobrevivir de Chuck Klosterman, Las Ovejas de Glenkill de Leonie Swann, los Cuentos Completos de Connie Willis, Al pie de la escalera deLorrie Moore y  Mi Tío Napoleón de Iraj Pezeshkzad

Este ha sido otro de esos años en los que las líneas divergen, oficialmente no ha habido una propuesta que moviera el año, como mucho el éxito de El jardín olvidado que llegó en verano porque algo tenía que llenar el aburrimiento vacío. Ni siquiera la aparición de buenos títulos en las tradicionales como Solar en Anagrama o Disturbios en Acantilado. Incluso títulos poco tradicionales en editoriales de siempre, como la más que subyugante Los Poseidos de Elif Batuman en Seix Barral. Por suerte llegó Amazón a montar el taco,  haciendo interesante -llamémoslo así- el mercado electrónico. Casi ha hecho de menos que la fuerza inicial que está pillando el fantástico más épico hubiera funcionado de manera más rápida y explosiva.

Por lo demás, tranquilidad. La gente de Ático de los Libros y sus gemelos de Principal han seguido la buena senda del año pasado aunque reduciendo el número de novedades, lo que no ha quitado para que sacara El dinero de los demás y La esquina entre otras novedades. Impedimenta, Libros del Asteroide, Nórdica, Sajalín y todas las demás pequeñas son las que han sabido meterle algo de diversión a este año que termina. Las recuperaciones de unos y otros con obras magníficas como El callejón de las almas perdidas o Las vidas de Dubin en  Sajalín, La juguetería errante o Reina Lucía en Impedimenta, La gente corriente de Irlanda de Flann O’Brien en Nórdica, En el condado de Drury en 451 y el proverbial largo etcétera. A los que habrá que unir sellos pequeñajos como Contraseña o Satori. Y, por supuesto, la enorme satisfacción que ha resultado que Es Pop Ediciones se animara a recuperar a Chuck Klosterman con la completamente recomendable Fargo Rock City.

Los autores españoles no han logrado darle mucho más interés al año, la publicación de Otra dimensión de Grace Morales o la puesta al día de Tusquets con Rafael Reig o Pérez Andujar y, magnífico como siempre, Antonio Orejudo, sazonaron más que removieron el año.

Pero si algo ha logrado hacer interesante el año es la fuerza del género negro que ha aprovechado el impulso nórdico para hacer una labor de crecimiento y difusión. Como decía antes, tanto Impedimenta o Contraseña como Sajalín o Principal presentaron grandes propuestas, el mystery más british, el noir más hardboiled, y la exploración del crimen actual, cotidiano, de bajos fondos… hay un poco de todo por aquí. Si alguien merece el crédito por ir mes tras mes buscando lo mejor y más importante de todos los rincones del género, es la Serie Negra de RBA que me ha dado muchas satisfacciones este año, especialmente con la recuperaciones de Fredric Brown -Lagrimones me caen cada vez que lo pienso- y, por supuesto, El último buen beso. Durante gran parte del año ha sido mi libro favorito del mismo y, sin duda, una de las novelas detectives más interesantes y sólidas que se pudieran encontrar. Todo lo cuál nos va llevando poco a poco a lo que más os interesará -es un decir- que es la elección de los Sark de Oro.

ellunesempiezaelsabadoSark de Plata para El lunes empieza el sábado  de Arkadi y Boris Strugatski  en Nevsky Prospects.

De estos grandes autores se había ido publicando en España alguna cosilla, sobre todo en Gigamesh, pero creo que esta obra es incluso mejor que La Zona o Stalker o como toque traducirlo hoy. Al menos es la más divertida, usando la metaficción en ocasiones y en otras los clásicos resortes del género para proporcionar un reflejo deforme y lleno de humor sobre la ciencia ficción, el fantástico -género en aumento este año- y, por supuesto, la reflexión cultural cercana a la parodia y, a la vez, enormemente interesante en sus propuestas. Hasta tal punto que lo único negativo que puedo decir es que deja ganas de más y, desde luego, que no entiendo la mención a Harry Potter en la faja.

losamigosdeedditecoyleSark de Oro para Los amigos de Eddie Coyle de George V. Higgins en Libros del Asteroide.

El éxito del negro este año, de las fronteras y límites, ha servido para extender más aún el nombre de lo que se hace. No sólo con la grandísima -y gratísima- labor de la Serie Negra de RBA, también editoriales como Libros del Asteroide que tiene un magnífico historial y una brillante selección, Nancy Mitford, Robertson Davies, Angel Wagestein o Manuel Cháves Nogales, que incluye a Leo Mallet y que se ha distinguido publicando este año el caramelito del que puedo decir, con enorme satisfacción, que tiene un pequeño continente pero un enorme fondo. Historia urbana, mostrando múltiples oces alrededor de la figura central de Eddie, arremolinando a todo tipo de hampones y defensores de la ley, todo ello con un entramado constructivo, unos diálogos, una forma de presentar las escenas entre personajes y aprovecharse de las peculiaridades de la narración que convierten este libro en una clave que sirve para explicar, acercar y magnificar todo lo bueno que una novela negra puede tener.


Espejismos finianuales actuales

El repaso al año parece haberse salvado en los últimos minutos. Si yo siguiera la idea de “temporada” que empieza en Septiembre y termina en Agosto, la de 2010-2011 habría sido un vacío con unas pocas y notables excepciones. Por suerte soy de los que prefiere elegir su arbitrariedad junto a la del calendario, de manera que estos últimos meses he podido ver series que han animado el año tan soso que llevábamos.

A lo mencionado en los últimos Pilotos Deathmatch hay que unir un par más de series que se han colado de rondón en este año. Y si bien varias de ellas son perfectamente prescindibles y muy poco interesantes como I hate my teen daughter o The Exes, junto a productos tan dignos como suelen ser los ingleses, como la biografía Young James Herriot o el inicio, también inglés, de The Bleak Old Shop Of Stuff, una serie que pretende hacer sátira dickensiana desde el dickensianismo, o series que prometían más de lo que dan como la previa que se ha podido ver de Luck o The house of lies, aunque quizá ambas mejoren con el rodaje.

Así que ya sabéis de qué voy a hablar. Black Mirror, que por tres semanas ha presentado lo que no deja de ser por un lado un excelente ejercicio de sociedad ficción usando todo tipo de recursos, desde los más cercanos al fantástico de Twilight Zone al SciFi de Outer Limits, y que siendo una serie notable y mereciendo, sin duda, un puesto en el Arriba Diez de lo mejor del año, tiene en su contra tres cosas:

Su carácter antológico, que hace que no exista ni una ligazón ni, desde luego, una continuidad argumental. Ideológica, incluso temática, pero no argumental. Al fin y al cabo es algo propio de las citadas series. Aunque al final el nexo de unión siempre acaba siendo tanto la idea rectora como la forma de abordar las historias. Pero no es necesario que realice desde aquí un canto a las grandes series antológicas y su desaparición. ¿O sí? Mejor otro día esa historia.

Su segundo problema es, precisamente, la existencia de esos ilustres antecedentes. Competir, no ya contra los que hicieron historia sino contra el recuerdo que dejaron, es una imposibilidad. De la misma manera en que aquellos luchaban contra los seriales de radio y los cuentos en revistas pulp o en los cómics. Además, claro, de todos sus refinamientos a lo largo de los años. Así que cuando digáis me suena a visto ya sabéis a qué os estáis refiriendo en realidad.

Finalmente, su peor problema: Vosotros, queridos míos. Que hacéis un hype hasta del pan de molde. Si os dicen: Esta serie es buena. Parece que os váis imaginando algo con un nivel mínimo de Community —Espera, habrá, gente a la que… No, esa gente no puede existir— pero parad a considerarlo. ¿Es que ahora sólo tenemos dos puntos? O es Insuperable o es Puaj, ¿qué fue de las antiguas gradaciones? ¿Cuándo volverán los grises?

En cualquier caso: Black Mirror, con sus escasos tres capítulos, sus ilustres precedentes y todo lo que cada cuál quiera sacarle, es una de las series del año, mucho más afilada que la anterior creación de Charlie Brooker, la magnífica Dead set. Otro de esos genios salidos de The 11 O’Clock Show que marcó el cambio de siglo inglés y que se preocupa de la relación de la gente con los medios, con la televisión, con la novedad electrónica. Al fin y al cabo empezó su carrera escribiendo en PC Zone y fue copresentador, entre otras cosas, de un programa de gadgets y aparatejos electrónicos..

En la serie hay poco que se pueda decir o analizar sin desmenuzar parte de lo interesantes e, incluso, rupturistas, que son parte de su brillo, y resultaría poco interesante dar algo más que breves apuntes sobre lo que realmente parece estar diciéndonos Brooker, que la realidad se nos está desmadrando. Que el futuro distópico podría empezar en quince minutos y que las señales están ahí. Por eso su discurso es tan coherente.

Recordemos que es el autor de algo tan increíble como How to watch television? para The Art Show

Brooker es una de las personas que más tiempo puede haberle dedicado a reflexionar sobre la televisión, tanto mediante artefactos meta como sus Brass Eye — ¿ Recordáis la bronca por su programa centrado en la pedofilia? ¿No? Satirizar no la pedofilia (Que también) sino la locura amarillista de la prensa y su tratamiento apocalíptico de estas informaciones, lo exacerbado de su tratamiento; sirvió para que esos mismos medios, con el loco ultraderechismo del Daily Mail a la cabeza, atacaron duramente al programa, a su creador, Chris Morris — A quien quizá conozcáis por su papel de Denholm Reynholm en The IT Crowd o como director de la película Four Lions— o en sus críticas del medio en columnas de The Guardian primero y en un video-blog para la BBC, Screenwipe además, por supuesto de How TV ruined your life, un programa en seis partes en el que examinaba el medio, sus límites y su influencia en el comportamiento humano actual.

Como aquello era un documental tuvo menos repercusión así que, de una manera inequívocamente irónica, la aparición de este Black Mirror sirve para demostrar que a la gente le interesa más la ficción que la reflexión. Qué le vamos a hacer.

Del resto del año hablaremos un poco más, pero sólo un poco, la semana próxima. Mientras tanto id recordando dos cosas: Que lo bueno de hacer una lista a final de año es que suele dar tiempo a las series a mostrar sus cartas y que hasta que no termina el año no se debe sacar una lista de “Lo mejor del año”.


Decada noventerUSismo según

Tratar de reducir, resumir o —incluso— trazar el cambio importante que supuso para la televisión en general y para la estadounidense en concreto la década de los noventa es una locura. Por eso desde este momento reconozco que, por lograr un final en falso para las columnas históricas —en el sentido de retratar la televisión, sus series y creadores desde el comienzo mismo, no porque se haya desbocado mi siempre exultante autoestima — voy a contar en breve —reíros, cabrones, si queréis— lo que sucedió. Ya habrá oportunidades de volver en un futuro algo lejano a tratar con mayor profundidad el tema.

Tres son los cambios fundamentales que se producen, y quizá el mayor de ellos empezara a finales de la década anterior. La culpa de todo la tiene Rupert Murdoch. El magnate australiano — Mogul es una palabra tan bella —y su compinche estadounidense Marvin Davis dirigían una compañía que en 1986 dio un golpe de mano en el tablero de la televisión USA comprando una serie de pequeñas emisoras, Metromedia, un grupo independiente y desorganizado que ellos vieron como una oportunidad. Al fin y al cabo ya en los años ’50 intentaron asaltar a las tres grandes para hacerse un huequito. No lograron un éxito pero, eh, por lo menos sacaron Perry Mason a la palestra. Ahora, con estas estaciones parecia el momento ideal para volver a intentarlo. En 1985 se inició la búsqueda de un grupo de emisoras para meterse en el pastel televisivo, en el ’86 estaba cerrado ya el trato con Metromedia y se preparaba el lanzamiento del canal que aún mantenía su programación antigua, el primer programa propio fue The Late Show conducido por Joan Rivers y que, aún en un momento tan temprano en la vida del canal, daba idea de por dónde iban a ir sus apuestas.

Si la ABC era el canal de la familia, la CBS de los viej… los mayores y la NBC era el canal de los que no veían la tele entonces FOX iba a ser el canal de los diferentes: Apostarían por la diferencia en sexo, religión o etnia, apostarían muy especialmente por los jóvenes, y su tono sería cercano al sarcasmo, un humor fuerte, duro y corrosivo. Siguiendo la idea de la MTv que había convulsionado el mercado televisivo en los ochenta y con él a toda una joven generación en FOX se propusieron crear una parrilla que no dejara a al gente indiferente.

En 1987, además de la salida de Rivers tras un rocambolesco suceso¹, se puso en marcha una primera parrilla que incluía como primera serie Matrimonio con hijos y como primer programa para el primetime El Show de Tracy Ullman que dos semanas más tarde empezaba a emitir una serie de cortos llamada, ¿cómo era? Ah, sí… Los Simpson. Durante ese año llegarían también 21 Jump Street ( Jóvenes policías) junto con series menos perdurables pero no por ello menos originales como Werewolf, The New Adventures of Beans Baxter o Women in prision. El fallecido Late de Joan Rivers dio un par de traspiés en un formato llamado The Wilton North Report; mitad Weekend Update del SNL y propuestas inglesas como la gran Not the Nine O’Clock News que anticipaba el de Daily Show o el Colbert Report; que acabó siendo sustituido por un nuevo Late The Arsenio Hall Show^, conducido por el cómico negro y en el que podía dedicarse a informar sobre el SIDA y el VIH igual que a tener de invitado a Eddie Murphy o a Clinton tocando el saxofón.

Otro ejemplo sería la creación del programa de sketches del ex-SNL Damon Wayans junto con su hermano Keenen Ivory, la saga de los Wayans tiene estas cosas. El programa en cuestión era In living colour y se convirtió en el centro de una revolución de color en la que junto a los hermanos se lanzaron dos carreras importantes, la de Jamie Foxx y, sobre todo, la de uno de los dos blancos que participaban en el programa, Jim Carrey.

Jóvenes, mujeres, minorías, extravagancias en el gusto y humor fuerte, como decía la FOX apareció para convertirse en la alternativa y, como suele suceder cuando hay un tiburón como Murdoch detrás, les salió bien. A principios de los noventa dispararon rápido a los jovencitos: 90210, Melrose Place, New York Undercover y Party of Five y por pura casualidad gracias al superéxito de principios de los noventa, la FOX había decidido apostar por la loca idea de que un querido actor de serie B en una extravagancia que mezclaba western, comedia, aventuras y un poco de steampunk sería su éxito de la temporada. Lamentablemente para la carrera de Bruce Campbell su The Adventures of Brisco County, Jr. fue un pequeño fracaso cancelado en la primera temporada. Por contra la serie sobre un par de investigadores fue un éxito grandísimo. Aunque, claro, eran investigadores de lo sobrenatural.


The X-Files – intro por HatakTRAILERS

Expediente X. Su primera serie en lograr entrar el Top 20 de programas del año. A partir de ahí estaba claro que la cadena había llegado para quedarse y que alguna maniobra existía tras sus ideas de rejuvenecer y captar a la audiencia periférica.

Para finales de la década estaban establecidos y para la siguiente, con la explosión de los Realities, logró ponerse primera en 2008 en lugar de la CBS aunque llevara años siendo la primera en la franja de espectadores de 18/49 que aún ostenta. Como decíamos, tenía un plan.

El efecto más evidente es que frente a la NBC que tiende a crear programas que siguen ese viejo dicho “más inteligentes que sus espectadores”, en FOX sólo son cercanos a los diferentes, además su forma empresarial despiadada para con los débiles — No se puede hablar de FOX sin mencionar Firefly, lo pone en el reglamento— permite que haya mucha rotación de ideas extrañas de manera que cuando una funciona hace olas. La parte mala es, por supuesto, que el estar dirigida por CEOs Despiadados haga que caigan encima de ella dispuestos a devorarla. Sean Expediente X, Los Simpson, Ally McBeal, House o Glee.

Para desenterrar el siguiente pilar no debemos irnos a los años ochenta, mejor nos vamos a 1965 y la creación del primer canal de cable, es decir, al primer loco que decidió enviar las ondas por cables en lugar de por el teléfono o las microondas, en fin, conozcan a Charles Francis Dolan. Nacido en el 26 y decidido a conseguir una forma alternativa se puso a enterar cables bajo Manhattan para su estación televisiva. En los setenta pasó a las microondas y después incorporó el satélite, pero siempre innovando y buscando la forma de darle una vuelta a los conceptos televisivos, desde la emisión de combates en directo hasta codificar su señal a mediados de los ochenta para que sólo los que pagaban pudieran verla.

Dolan estaba convencido de que a la gente no le importaría pagar un poco por poder disfrutar de las emisiones de películas y series sin interrupciones, de manera que puso en marcha el Green Channel hasta lograr el apoyo de la empresa Life que pasó a ser desde el 8 de noviembre de 1972 — es decir, cumplirá 40 años el próximo Noviembre— la emisora conocida como Home Box Office. Pronto introdujeron series extranjeras y algún otro éxito como, digamos, emitir softcore entrada la noche. Lo que no significa que no añadieran programas infantiles dado que fueron los primeros en emitir en Estados Unidos la serie creada por los ingleses de la ITV junto a la CBC canadiense y nuestros chicos como coproducción con su productora directa, la HIT o Henson International Televisión, porque estamos hablando de…

Fraggle Rock. De hecho, hasta pasado el año 2000 nuestros muchachos estadounidenses mantuvieron una —exclusiva, faltaría más— programación infantil. El régimen de coproducción se notaba en el _mundo exterior_que tenía a Doc y Sprocket, salvo en las versiones para Alemania (que usaba lo mismo pero con un actor alemán), Francia (que usaba una pastelería) y Reino Unido (que usaba un faro, y logró perder los capítulos propios. Y creíais que eso era cosa de los sesenta.)

Para finales de los noventa la cadena ya había decidido dos cosas, distribuir series adultas originales y producir sus propias series. La primera de las cuales fue un drama carcelario de gran nivel y extenso en el uso de violencia e incluso sexo, sórdido y duro aunque de gran calidad, la magnífica serie se llamaba Oz. Creación de Tom Fontana, un grandísimo guionista que colaboró en los guiones de St. Elsewhere u Homicidio: Una vida en las calles.

Esta seriedad contrastaba con la serie que demostraba la potencia de la distribución por parte del canal, una serie que marcó a muchas mujeres y sobre la que procuro no entrar en valoraciones para evitar interminables discusiones sobre la diferencia entre “protagonizada por mujeres” y “feminista” o “plausible” y “creíble”. Es decir:

Y justo cuando iba a sonar la bocina de la época el canal presentó otra serie dramática, profunda y reflexiva, no especialmente fácil y que durante años sería el rasero con el que se mediría a toda la ficción televisiva por motivos que, sinceramente, se me escapa siempre.

Como la memoria es mala al cabo de una década pasarían a medirla con*_The Wire_*, que al fin y al cabo también es de la Home Box Office o como la conocemos todos: HBO.

En décadas posteriores llegaría el establecimiento de su marca y su intento de reactivar las miniseries con Band of brothers así como el progresivo proceso de copia y mejora —o al menos cambio— por parte de otros canales como AMC, Showcase o Starz.

El tercer pilar vuelve a llevarnos a canales nuevos, porque la animación con humor logra una revolución gracias a la aparición y éxito de Los Simpson y su serie propia en 1989, y eso es algo que se nota en otros canales como con la doble aparición de The Comedy Central y Cartoon Network.

En el primer caso serían los poseedores de la HBO —ya sabéis, la empresa Life era parte de TIME que se fusionó con Warner creando TIME Warner —Sí, es la versión resumida— puso en marcha The Comedy Channel y Viacom (Es decir: MTV o Nickelodeon) lanzo Ha!. El primero se centraba en actuaciones de stand-up y películas cómicas, el segundo en repetir sitcoms, y tras menos de un año de comerse los mocos se juntan en una cadena que acabaría llamándose The Comedy Central, que mantuvo las rutinas antiguas y especialmente el único gran éxito de la antigua programación, el programa dedicado a despellejar películas antiguas Mystery Science Theater 3000.

Para mitad de la década empezaba a meter programas nuevos como The Daily Show, aún sin Jon Stewart al frente, Politically Incorrect con Bill Maher aunque sin duda los mayores éxitos llegaron con la animación, primero en Dr. Katz, Professional Therapist

Una serie que unía el concepto de psicoanálisis —que permitía acercarlos a la stand-up — con al sitcom más tradicional. Y que era otro ejemplo de la animación adulta —iba a decir que siempre desde la comedia pero otro de los éxitos de la FOX en esta década, King of the Hill está muy lejos de poder ser considerada humorística — que gracias al éxito de Los SImpson llenó los años noventa: Con Ren & Stimpy en el lado más cercano a lo normal, El Crítico en el centro y Duckman en el otro extremo.

Aunque nada como el megahit de los noventa de Comedy Central. Ya sabéis…

South Park, creada por Trey Parker y Matt Stone, es una serie de la que no se me ocurre que hace falta que hable, así que otro día será.

La referencia de Los Simpson a Los Picapiedra y la buena marcha del canal de Viacom Nickelodeon sirvió para convencer a, de nuevo, Time Warner de que apostara por un canal que recuperara las viejas animaciones del estudio Hannah-Barbera que poseían desde hacía años, así como el resto del enorme stock que tenían acumulado sin darle demasiado uso. Y cuando notaron que también había una nueva animación bullendo decidieron darle una oportunidad a series nuevas: El laboratorio de Dexter (1996), Johnny Bravo (1997), Vaca y Pollo (1997), I Am Weasel (1997) o The Powerpuff Girls (1998)

Ahí tenemos el éxito de la aparición de esos dos primeros nuevos canales y cómo dinamizaron las series en general y las de animación en concreto. También marca el final de estas columnas quincenales dedicadas a repasar la historia de la televisión y sus creadores —aunque hoy hayamos visto menos de estos— aprovechando que Los Sopranos sería la primera serie reivindicada y recuperada por la nueva generación de espectadores del mismo modo que Family Guy, estrenada el enero de 1999, sería la primera serie cuyas ventas en DVDs la llevaran de nuevo de vuelta a la televisión en uno de los muy escasos regresos de una tumba de una serie largo tiempo cancelada.

Espero que os haya servido de provecho, quizá incluso gustado, porque hay más historias de donde he sacado estas —no, la Wikipedia no, hombre— y quedan aún muchos creadores a los que conviene recordar y redescubrir. Al fin y al cabo los sucesos del pasado mueven a los del presente, por eso hay que tenerlos en cuenta. ¿O podéis imaginar cómo sería la televisión —y el cine, y… casi todo— si alguien en UK no hubiera pensado en poner en marcha The 11 O’Clock Show ?

[¹El programa iba bien pero sus datos empezaban a declinar así que le dijeron que despidiera al productor y buscara a alguien que pudiera arreglarlo. El asunto es que el productor era el marido de Rivers de aquel momento. Se negó a hacerlo y su programa fue consecuentemente —un decir— cancelado. Precisamente este año Joan Rivers ha participado en un capítulo de Los Simpson parodiando aquel suceso. Y sí, Los Simpson se emiten en la FOX. ]


Cambiantes consumiciones televisivas

Cuando acepté escribir estas columnas pensé que lograría equilibrar mejor la parte de ficción de la televisión —entendida como la parte confesa de ficción, claro— y la parte de teórica no-ficción que también tiene. Lo que pasa es que resulta siempre más tentador tirar por el lado de la ficción, al menos para mí. En cualquier caso os aseguro que el año próximo habrá ciertos cambios pero, mientras tanto, convendría examinar otros asuntos.

Hace unos pocos meses en El País publicaron una página de contenido infame sobre la actual tendencia al alza en el consumo de series. El tipo que escribía no era consciente, o le daba igual, del cambio operado que justificaba ese aumento y se quedaba, simplemente, en que era una actividad audiovisual al alza y, según su estrecho punto de mira, un claro ejemplo de la gente que se embarca en mundos ficticios para combatir su soledad. Una mamarrachada como otra cualquiera en cuanto que el punto de partida o los ejemplos (el tiempo muerto en la consulta del médico) eran poco menos que estupideces poco meditadas, mientras pasaba muy de puntillas por el auténtico motivo confundiendo causas y efectos. Pero siendo un artículo de opinión en ese periódico tampoco es que se pudiera esperar mucho más.

Por otra parte, en las últimas semanas se han estrenado dos servicios de Televisión On Line, por un lado Youzee y por el otro Voddler. En ambos casos se trata de portales centrados en ofrecer de manera legal la posibilidad de acceder a contenidos audiovisuales —series, películas, cortos, documentales, etc… — de consumo inmediato y en cualquier aparato dotado de internet y posibilidades de usar un reproductor multimedia. Luego volveré a ellos.

Tratemos pues de establecer los motivos del auge de las series desde un punto de vista no sólo actual sino, más importante, contextual. Hay tres grandes falacias que parecen ofrecer soluciones sencillas a la cuestión y que necesitan de algo más de reflexión: En primer lugar está la que señala el actual crecimiento de su consumo como algo unido a la gran calidad actual de las series televisivas intentando convencernos de que vivimos en una edad de oro o, como poco, de plata, sin parangón alguno.

Tras todo este año de repaso y ensalzamiento de autores y creaciones creo que los lectores de esta columna deben tener bien claro no ya mi opinión al respecto sino la realidad innegable: Buenas series han existido siempre. En mayor o menor cantidad y número, desde luego, pero nunca de manera inapreciable ni inexistente, no desde la popularización televisiva en los años 50 —recordemos que pese a todo la televisión es un medio joven— e incluso en la década anterior, entre pruebas, se daban algunos buenos ejemplos. El repaso a creadores, autores y series tanto en USA como en UK y España debería dejar claro este punto y ayudar a que dejáramos de oír esas tonterías de que las series “están mejor que nunca”.

En segundo lugar está la que asegura que se trata de una moda ligada, por tanto, a la presión social, ver series está de moda. Por lo visto, antes en el café de la oficina hablaban de Herodoto. Obviamente, cuando alguien dice ver series está de moda en realidad querría decir ver series por elección en lugar de lo que pone la televisión es más sencillo ahora —es decir, el paso de un sistema algo más activo en la elección, en un crecimiento exponencial desde la existencia de un canal a la situación actual, pasando por la llegada de las privadas hace poco más de veinte años— de manera que las conversaciones sirven para comparar entre más productos culturales dentro de un mismo medio. Igual que se habla de películas o libros, siendo unos más populares o recomendados que otros, pasamos a no estar constreñidos por la limitación de elección sino por todas las otras cosas que tratan de influirnos como el mercado, la publicidad y los pesados evangelistas machacones.

Finalmente, y más importante, que es un asunto de los tipos estos de Internet que son unos piratas y se bajan las series matando a los autores. O algo así. Y parece ridículo no reconocer que Internet ha cambiado muchísimo la aproximación a todos los productos culturales. Pero el problema está en que son todos. No hay un Internet sólo para series, aunque leyendo blogs de televisión pueda parecerlo. En Internet uno puede encontrar libros, música, películas o vídeos musicales. Y si algo no parece ser encontrable, ahora existen muchas más posibilidades de conseguirlo. Ojo, muchas más, no “todo”, ni “seguro”, que no dudo que acabe sucediendo si el tiempo tiende a infinito, pero puedo asegurar que hay cosas que están desaparecidas, o casi.

Ahora vamos a aproximarnos a esos mismo puntos al revés. En un contexto. Si en los años ’70 estabas viendo una serie, más te valía estar delante de la tele y tener el mando para poder contarla luego. En los ’80 empezaron a poder rularse VHS con capítulos, aunque ocupaban mucho espacio —de manera que, pongamos, Kimagure Orange Road era una caja de cartón llena de cintas— por suerte para finales de los ’90 ya estaban los CDs y DVDs reduciendo espacio, y con la llegada de internet incluso empezó a terminarse el problema de “oh, vaya he grabado el final de Estudio Estadio por lo que me faltan los quince últimos minutos de El Comisario McMillan y Esposa”, más aún, empezó a poder conseguirse en el momento también los capítulos en su idioma original —por el bonito procedimiento de armarte de paciencia y bajar trozos de las news para juntarlo de nuevo—, de forma que acabamos en el punto actual, en el que puedes buscar y encontrar dejando de depender de la tiranía televisiva.

No sé si lo habrán hablado ya pero una de las discusiones más habituales de los últimos años es el cambio del centro Televisión al centro Pantalla, o Pantallas, en las casas. El antiguo objeto televisión que ganó unas aplicaciones de vídeo, que después admitió la consola y quizá ahora esté enchufada al ordenador está, además, rodeado; hay más gente sin televisión porque tiene más pantallas. Ya no sólo no hay hegemonía, además la presencia de sobremesa y, sobre todo, de portátiles, junto con otros paraparatos del estilo de ebooks y teléfonos listillos permite que cada cuál haga poco menos que lo que le venga en gana.

La multiplicación de canales, que ha pasado de uno a dos a media docena y ahora a una treintena, sin contar promociones y tontadas varias por tierra, mar y cable, se ha convertido en una solución efectiva pero pírrica ante los datos de mayor consumo internetero y menor consumo televisivo. De forma similar a la de los periódicos (que ahora llevan la inexplicable coletilla en papel) o la radio, la televisión, tras sólo unas décadas de reinado, se ha convertido en algo que parece propio de otras generaciones y obsoleto, sin prestar atención a que nuestros padres podían no tenerla o verla sólo en blanco y negro o, en el mejor de los casos, haber vivido la mayor parte de su vida con una muy limitada oferta televisiva.

Entender Internet como un Videoclub infinito, un lugar del que sacar lo que se quiere en cualquier momento es sólo la mitad del asunto. En la parte de cacharrería es el poder tenerlo en cualquier lugar, llevarlo a otra habitación o, incluso, portarlo en el móvil o en la consola —y aquí reconozco no ser capaz de lograr ver en pantallas tan pequeñas—, lo que permitiría llevarse las series a la sala de espera de un doctor en lugar de algo más abierto y comunicativo como, digamos, una novela.

Convertir el visionado de series en una actividad sencilla, frente a lo que era en su momento conseguir los episodios de los Monty Python o del Dr. Who o seguir Urgencias o Policías de Nueva York, es lo que ha favorecido que se pudieran recomendar y seguir más allá de los canales y las audiencias en zapineo; esta facilidad y el gusto de la gente por opinar es lo que ha creado esos estados de opinión que igual que hablan de libros, partidos de fútbol o cómics —bueno, quizá esto último aún no…— te machaquen con lo buena que es Mad Men.

Y de la misma manera que acabas recibiendo El tiempo entre costuras en préstamo o regalo, te llega un bonito y —sobre todo— funcional estuche con una serie, una temporada normalmente aunque si hay suerte es algún tipo de mini completa como Band of Brothers o una bonita construcción de alguna serie completa de mediano tamaño como The Wire. Reconozcamos que las posibilidades de que te caiga algo realmente goloso como House of cards o State of play es tan menor como su propio precio.

Lo que nos lleva a la llegada a España de algunos servicios: Voddler, YouZee, Wukio y, si tenemos suerte, Netflix empiezan a operar en España. Son empresas que tienen un catálogo de películas y series y que lo ofrecen bien de manera gratuita, bien por pago o, incluso, mediante un sistema de tarifa plana. Imaginad que Series Yonkis fuera legal. Pues ellos han imaginado que la gente paga por Spotify y que el único motivo por el que no lo hacen por las series y películas es la inexistencia de algo como ellos. Veremos cómo les va porque la cosa está muy en mantillas todavía y algunas de las opciones más claras del pirateo —es decir, la inmediatez en la disponibilidad de capítulos y el placer de escucharlos en su idioma original— no queda tan claro que vayan a mantenerlo. Pero eso será otra columna.

Y precisamente esa inmediatez es el último punto a tener en cuenta pues el tráfico constante de novedades fáciles de conseguir — Y de calidad como SPY o Life’s too short — hacen que la gente no se percate tanto o no encuentre espacio para recuperar los clásicos y no tan clásicos. Del mismo modo encontrarlos no siempre es fácil, y pienso no ya en los inencontrables de Viruete sino en algo tan aparentemente sencillo como La Pandilla Plumilla. Aspectos ambos que explican esa exaltación de la actualidad frente a una visión ponderada para la que hace falta un mínimo de memoria y haberle dedicado un rato a ver series, incluso a reflexionar sobre ellas.

Comprender todo esto es necesario para poder explicar, argumentar o entender que la relevancia actual de las series es, sencillamente, el derivado de la aplicación de nuevas tecnologías que facilitan el acceso en un medio que ya era popular. Nuevas tecnologías que permiten una mayor cantidad de oportunidades y el acceso a mucho más material, de manera que mientras la televisión convencional se va restringiendo, emitiendo cada vez más repeticiones de las mismas series en canales diferentes, ahora podemos acceder en muchos más lugares y eligiendo nosotros el momento.

Una nueva revolución que provoca olas y también, como siempre, que a alguno le llegue el agua a los pies y piense que está lloviendo.