Parece complicado encontrar una película que pueda entrar en esta categoría aprovechando las fechas en las que estamos. En realidad lo primero en lo que he pensado ha sido, por supuesto, Critters 2: The main course, aunque detrás de esa iban saliendo otras más o menos relacionadas como Night of the Lepus u otra cinta española, Atrocious. Como veis no son tantas, al menos si no contamos la generalidad de Lo Zombie y sobre todo mientras intentamos mantener lejos de nuestro recuerdo Nadie conoce a nadie. Pero por suerte hay magníficas películas que nos permiten salir del paso como esta que nos ocupa hoy.

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Inesperadamente bien rodada para estar hecha por dos directores y ser, además, casi su primera película, pues aunque David Alonso hubiera realizado la poco menos que invisible Bajo un cielo extraño su compañero, Fernando Cámara, no había realizado nada antes. Tras esta película repetirían en Más de mil cámaras velan por tu seguridad, en la que habría solo un director, y pasarían a tener carreras separadas aunque en ambos casos de corto recorrido. Y es una auténtica lástima porque esta película está llena de virtudes que los pequeños errores -de novatos en algunos momentos, de ir demasiado siguiendo el academicismo en otros- no hacen desmerecer.

En conjunto podemos hablar de una historia de misterio con aires de terror entre gótico y religioso. Una parroquia realmente poblada, una serie de extraños sucesos que permiten la discusión sobre si son obra de Dios o del Diablo, incluyendo agua bendita congelada y una intoxicación masiva que incluye la resurección de algunos muertos, y en el centro un impresionante listado de actores españoles (Emilio Gutiérrez CabaSantiago Ramos, José Luis López Vázquez, Asunción Balaguer, Héctor Alterio, Juan Echanove…) que realzan aún más este gran ejemplo de película española. ¡Si no la habéis visto ya tenéis plan para estas fechas!


Libros que llegan: Neuhause, Hilda, Silver y más

¡Lo que hace la cercanía del Día del Libro! Tradicionalmente durante la Semana Santa no hay novedades. Como mucho algún libro perdido de la semana anterior que acaba llegando por descuido en estos días. Pero este año el que la semana próxima tengamos fiesta ha facilitado casi una docena de novedades notables. Así que, por pequeña que sea…

¡Que entre la pila!

– Algunas heridas nunca se curan de Nele Neuhause, ed. Maeva

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La llegada de Blancanieves debe morir trajo a España el buen hacer policíaco de Nele Neuhaus y si bien en Amigos hasta la muerte -la segunda de la serie de la que Blancanieves era la cuarta- resultaba más desmayada ahora tenemos entre nosotros a la tercera, menos claustrofóbica pero más redonda, más clásica pero mejor acabada. En resumen: Todo un placer volvernos a ver.

 Hilda y la cabalgata del pájaro de Luke Pearson, ed. Barbara Fiore

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Para los que seguimos las anteriores historias de Luke Pearson estamos ante un nuevo ejemplo de magnífico cómic pensado para que puedan leerlo los pequeños pero también con los adultos como posibles lectores. La llegada de cualquier título nuevo es una gozada a celebrar.

 La señal y el ruido de Nate Silver, ed. Península

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Nate Silver se convirtió hace dos años en un nombre conocido gracias a sus bastante acertados análisis de datos electorales. De modo que un libro en el que explicara sus opiniones sobre los datos y cómo interpretarlos para llegar a las conclusiones correctas parecía inevitable. Aquí ha tardado un poco más en llegar pero, claro, aquí ha tardado un poco más pero ha llegado al fin.

– Fūrinkazan (風林火山) La epopeya del clan Takeda de Yasushi Inoue, ed. Sexto Piso 

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Inoue traza una obra histórica al rededor de la figura de un rōnin, Yamamoto Kansuke, y su trabajo como asesor de los Takeda.  Una obra que permite mostrar las guerras previas al periodo Edo tanto como el resultado de las intrigas palaciegas como desde un punto de vista más militar.

– El unicornio de Iris Murdoch, ed. Impedimenta

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Una historia gótica de Murdoch, cercana a los cuentos de hadas pero también a las oscuras interpretaciones de lo que esta historia, sobre una pequeña a cuyo alrededor se mueve una nube de criados, contada precisamente por una institutriz, está lanzando una reflexión sobre la culpa y la inocencia.

– Palabralogía de Virgilio Ortega, ed. Crítica 

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Un recorrido por la etimología de las palabras, mostrándonos desde sus inicios por remotos que sean -Roma, Grecia, Egipto… da igual- hasta al actualidad, independientemente del número de cambios de significado que hayan podido tener. Precisamente porque también esos cambios de significado han tenido un motivo.

Algodoneros de James Agee y fotos de Walker Evans, ed. Capitán Swing

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Antecedente directa de a famosa obra de Agee y Evans Ahora elogiemos a hombres famosos, este trabajo de periodismo e investigación que durante años se creyó perdido fue encontrado a la muerte de Agee, archivado entre sus papeles. La historia de tres familias de algodoneros, su duro trabajo y la miseria en que se movían; poniendo de relieve las imposibilidades de un sistema en los tiempos más duros para la supervivencia.

Esto no es un programa de Tiqqun, ed. Errata Naturae

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Revista francesa de pensamiento, Tiqqun presentó durante su no muy extensa andadura toda una serie de artículos con intención reflexiva y casi revolucionaria que cuestionaba la realidad del sistema, artículos que pueden acumular tiempo pero que siguen pudiendo hacerse pasar por algo más reciente.

El armario de acero de VV.AA., ed Dos Bigotes 

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Hablando de lo cual, se presenta con este volumen la editorial Con 2 Bigotes que pretende traer obras LGTBI comenzando por este volumen antológico contra la homofobia en Rusia. Como meta no es mala, en mi opinión.

– Diarios de la gran guerra y relato de un supervivivente de Gerald Brenan, ed. Confluencias

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Si creíais que esta semana no iba a haber novedades con la Gran Guerra de fondo… Le toca el turno a los recuerdos de Gerald Brenan, el escritor e hispanista responsable de textos como El laberinto español o Al sur de Granada.

El cuentacuentos de Saki con ilustraciones de Isabelle Vandenabeele, ed. Barbara Fiore

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Terminamos con esta bella edición ilustrada de uno de esos mínimos y magníficos cuentos de Saki que logra desdoblar la parte real hacia la imaginaria de manera que permite comprender toda la carga de fantasía y malicia propuesta.

Bueno, pues ya está. Es poco probable que las editoriales logren sacar alguna novedad antes del próximo miércoles pero, ¿quién sabe? En cualquier caso nos volveremos a encontrar en esta sección. Antes o después.


Aprovechando que las editoriales están dándole bombo a sus premiados con los Pulitzer aprovecho para recuperar por aquí el que más me interesó de entre los que se lo llevaron el año pasado. The Black Count, cuyo título… completo.. es The Black Count: Glory, Revolution, Betrayal, and the Real Count of Monte Cristo. Es decir, la biografía del General Thomas-Alexandre Dumas, el padre de Alexandre DumasPadre, claro- en la que su autor, Tom Reiss, se dedica a investigar sobre la poco conocida y muy novelesca historia del padre del gran folletinero, una vida tan llena de aventuras y giros como la de los personajes de su hijo, algunos de los cuales parece que inspiró.

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Hijo de un noble francés que se fue a hacer las américas a Haiti -cuando aún era Saint-Domingue- y acabó perdiéndolo todo salvo una esclava con la que tuvo a Thomas-Alexandre en 1963 y luego a sus hermanos. A partir de ahí, su padre seguía eludiendo a su tío -dueño de la plantación Monte Cristo-  hasta que decidió hacer dinero de la manera sencilla: Vendiéndoles como esclavos. Esa fue solo una de las paradas que incluirían la vida como Joven Aristócrata en Francia, su enrole en los Dragones, su implicación durante la Revolución dentro de un grupo de militares de razas variadas en la Free Legion of Americans o Black Legion, que luego se especializaría en operaciones… especiales.  Tanto que con 32 años sería nombrado General en Jefe del Ejército Francés en los Alpes. Chocó con Napoleón, fue enviado a Egipto, capturado, regresó a una Francia que había caído en el racismo hasta el punto de verse degradado e incluso fuera de la ley por su matrimonio con una mujer de otra raza y, tras otra serie de humillaciones y maniobras para desposeerle de lo que se había ganado acabó falleciendo en 1806, con solo 43 años.

Una vida fascinante, una serie de logros que pocas personas podrían mostrar y que presenta además un componente de raza fundamental en toda la historia. En resumen, uno de esos libros que cuesta creer que no haya habido auténticos empujones y zancadillas por publicar en español. Habrá que esperar un poco más, nosotros que aún tenemos tiempo.


La muerte de Junior ha servido para que se hable aunque sea un poco de Los Brincos. Un grupo con muchas canciones que, siempre he creído, merecían una mayor variedad de versiones. Flamenco, Nadie te quiere ya, Mejor, Lola, Si me preguntan a dónde voy, El pasaporte Amiga mía, Lo que yo quiero, Un sorbito de champagne, Borracho

De entre todas ellas -que ya son unas cuantas- posiblemente mi favorita sea esta A mí con esas, una canción con los problemas de machismo propios que, sin embargo, sigue funcionando. Más aún cuando lo toca alguien con tanta potencia propia como el grupo granadino 091 que sabe sacarle partido y meter aún más fuerza a una canción que ya de por si es arrebatadora.

Quizá no sea la mejor canción para despedir a Junior pero como aquí en realidad estamos celebrando a Los Brincos y las versiones pocas se me ocurren más adecuadas.


Reivindicación de la reivindicación

Hay tareas que no terminan nunca. Ese es el resumen que justifica que sigan las series. O, al menos, las que impulsa las que tratan un problema semanal. La falta de un criminal, un elemento sobrenatural o de enfermos podría poner en jaque muchas de las series más apreciadas por los espectadores. También resultaría poco creíble.

Lo sería solo cuando hay un gran mal que se persigue o una enorme tarea, descubierto el villano en las sombras, neutralizada su función, o se sustituye por otro o hay que aceptar un cambio en la forma de ser de la misma serie.

Por contra, las comedias -como las series más cotidianas- viven de los hechos improbables y las fricciones. Las personales y las amorosas. De ahí que en ocasiones se sobre-exploten esas relaciones y esas dinámicas, haciendo rotar a los personajes en enfrentamientos y emparejamientos sucesivos.

El que no parezca haber un final para las cosas no significa, sin embargo, que sea algo malo. Solo que es algo trabajoso. Ciertamente las series pierden frescura, a veces incluso se notan encerradas en hábitos y reteraciones. Algo que puede hacer pensar que a partir de la 7ª temporada no merece la pena que duren, sin entrar en que cada serie es diferente y las reinvenciones pueden ayudar -o cargarse- algo que funciona. Igual que parece que las policiacas nunca tendrán fin podemos ver cómo Seinfeld parece revivible en la actualidad. Como si los actores no tuvieran derecho a cansarse de sus personajes. Todo lo cuál no es una introducción para recordar M*A*S*H o Urgencias sino la labor de la reivindicación.

El pasado sábado en el suplemento cultural de El País escribía Boyero sobre True Detective. Sus tonterías de siempre, vaya. Que si Kevin Spacey era un desconocido cuando Seven, que si la HBO y sus series… El asunto en sí no es que Boyero desconociera a Spacey pese a que seis meses antes se hubiera estrenado Sospechosos habituales, o hubiera actuando antes en Henry & June y Glengarry Glen Ross. Tampoco es que al hablar de la HBO lo hiciera para mencionar la rutina de costumbre con Los Sopranos y The Wire. Lo importante es que ante esto sepamos y queramos continuar con la reivindicación.

Recordando esa magnífica serie de Cannell y Lupo llamado Wiseguy, emitida en España por la FORTA -aunque a Boyero se ve que no le tocó- que tenía una trama de temporada y una docena escasa de capítulos, además de las actuaciones habituales de Ken WahlJonathan Banks, contaban con unos cambios de gran parte del reparto que les permitía tener a gente como Chazz Palminteri, Tim Curry o Michael Chiklis, pero, sobre todo, una prodigiosa segunda temporada con Kevin Spacey como gran -y bastante desquiciado- villano.

O volviendo a contar una vez más que la HBO empezó a funcionar a mitad de los setenta y que para mediados de los ochenta ya tuvo sus primeras series, incluyendo la coproducción Fraggle Rock. Junto a especiales de comedia y deportivos fueron saliendo programas como El cuentacuentos -de nuevo gracias a la buena relación con Henson– y antologías como Historias de la cripta o El autoestopista. A partir de ahí fueron apareciendo comedias como las sitcoms – Sigue soñando, por ejemplo- todos ellos programas al menos estimables que precedieron a dos creaciones humorísticas magníficas como fueron El Show de Larry Sanders y Mr. Show. Dos creaciones noventeras de la HBO a las que podemos unir un primer drama inesperado, magnífico y, esta vez sí, ciertamente rupturista: OZ. En la HBO de aquella época hubo de todo, como la serie animada de Spawn o Tenacious D, una mezcla de comedia musical sobre una banda auténtica o falsa, quizá ambas. No significa que ahora no tengan cierta variedad ni que las series estrenadas a partir del 2000 no haya algunas olvidadas frente a otras más conocidas, contando incluso con la poca habitual situación de que contaran con una única temporada -de manera más que comprensible- como Lucky Louie o John from Cincinnati que aparecieron y desaparecieron mientras Flight of the Conchords o Big Love llegaban para quedarse.

Lo importante de toda esa cháchara es que no hay que dejar que el discurso habitual, que olvida y oscurece, se fije. De ahí que convenga continuar reivindicando, atrayendo atención sobre OZ o Wiseguy, recordando a la gente las producciones magníficas que desde los ’50 se han ido realizando en el medio.

El asunto del que al fin y al cabo es de lo que trata esta columna es que incluso si se lograra dar una fama y relevancia a estas series habría otras. Igual que hay actores, directores, guionistas… que merecen un poco más de foco. El problema es que ese foco no puede estar sobre todo el mundo todo el rato así que hay que ir moviéndolo.

No se trata de ser agresivo, tampoco es que esto tenga mucha más solución, pero sí merece la pena recordarlo cuando tengamos oportunidad. Como tantas otras cosas. Así quizá los discursos implantados como eso de «la edad de oro de las series» o «los años noventa en la HBO»,  fundados muchas veces en desconocimientos, desaparezcan. Que parece mentira que a estas alturas sigamos viendo discusiones sobre si hay mujeres divertidas o si el fantástico puede funcionar en televisión como si I love Lucy o las minis de Quatermass no hubieran estado en su mismo inicio.

Como he dicho en otras ocasiones, cuando comencé esta columna pensé en dedicarla fundamentalmente a la reflexión sobre lo que tenemos ahora. Tardé poco en ver que hay que dedicar tiempo también a la divulgación, porque sin despejar esas ideas preconcebidas y establecer un marco en el que moverse la reflexión podría no comprenderse de manera parcial o total.

Así pues, reivindiquemos. Y cuando tengamos algo que ya creamos suficientemente reivindicado, pongamos Roger Corman, pasemos a lo siguiente, no cerremos esa reivindicación previa ni, desde luego, combatirla. Puede que ahora parezca que Corman o Jess Franco están más asumidos. En realidad suele ser una percepción borrosa propia de los círculos en los que nos movemos -el famoso sesgo- pero mientras seguimos con ellas podemos tratar de ir un poco más allá con la siguiente ronda.

No hay que buscar atajos, esto no va a terminar nunca así que no tiene sentido tratar de acortar el camino o decaer pensando que jamás lograremos nuestro objetivo, ¡no hay un objetivo que se pueda completar! La educación no es algo que se resuelva en una sola noche o que se pueda arreglar de una vez, es un proceso continuo. Podemos conseguir distinciones y honores, por supuesto, pero la curiosidad por lo que nos gusta y las ganas de compartirlo y divulgarlo… eso ni termina nunca ni tendría sentido esperarlo.

Por eso hay que permanecer atento, reivindicando todo lo que nos parezca que lo merece. Incluyendo, por supuesto, la propia idea de reivindicación.

 

 

 


El Musical: Stephen Colbert «Sorry/ Grateful»

Cuando digo que hay musicales que parece que voy a ir sacando por aquí por parte… Aquí estamos de nuevo con Company, uno de los grandes triunfos de Stephen Sondheim. Y eso que aún no os he puesto mi canción favorita de la obra. Pero existe un motivo para estar aquí de nuevo.

Que es Stephen Colbert, un cómico enorme, muy aficionado a cantar y que hasta este musical no tenía nada realmente comparable en Broadway -aunque debo decir que adoraría verle haciendo de Koko en El Mikado-, que acaba de anunciar que cerrará un programa que es ya una institución para pasar a otro que lo ha sido siempre, y aunque su interpretación de Harry sea solo una parte pequeña del número maldito sea si dejo pasar la oportunidad.

No solo porque se demuestra que ya desde los ensayos estuvo lleno de entusiasmo:

 

 

Además los momentos de actuación los borda, sobre todo con dos grandes al lado como Neil Patrick Harris y Martha Plimpton:

De modo que llegamos a Sorry /Grateful, la canción de los «maridos» -recordemos, Company es una obra sobre un soltero amigo de un montón de matrimonios casados- en los que tratan de explicarle lo que se siente estando casado.

A Colbert y NPH se unen aquí -ya os he dicho, la parte cantada de Colbert no es muy amplia- una leyenda viva de Broadway como Jim Walton. Y también Jon Cryer, no iba a ser todo bueno.

Pero lo importante es que aquí le tenemos a él: Stephen Colbert on Broadway!